Te quiero, Marta (Colección Mediterráneo 3) Capítulo 17
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Capítulo 17

« Serà una gran festa

no em diguis que no

no inventis excuses

que ens coneixem prou »

[Será una gran fiesta,

no me digas que no,

no inventes excusas,

que nos conocemos muy bien]

(Els Pets, Vine a la festa )

MARTA

Nos despedimos de los chicos para salir hacia la fiesta.

Se habían pasado toda la tarde buscando nombres para su hermana. Si la criatura al final resultaba ser un niño, yo me iba a partir de risa. ¿Por qué estaban todos tan convencidos de que sería una niña?

Estaba muy nerviosa. No sabía muy bien por qué, pero Isa y Damiá no habían conseguido que me entusiasmara con la idea de aquella fiesta.

Toni también parecía absorto en sus pensamientos y permanecía callado, como yo.

―¿En qué piensas? ―le pregunté, intentando romper el silencio.

Él se rio bajito y me puso una mano sobre la pierna desnuda, bajo el fino vestido de verano.

―Pensaba en el giro que ha dado mi vida en menos de medio año. En la suerte que he tenido y en que estás preciosa.

―¿Pensabas todo eso al mismo tiempo?

―Todo eso y que todavía no sé cómo comportarme en la maldita fiesta.

―¡Uf! A mí también me tiene muy nerviosa ese tema. Creo que, hasta que no lleguemos, no podremos hacernos una idea de cómo actuar.

Veinte minutos más tarde aparcamos muy cerca de casa de Tomeu. Nada más bajar del coche, oímos una música suave que salía de la casa.

La puerta estaba abierta y, dentro, diferentes grupos de personas hablaban y reían. Todo era muy civilizado. La música no estaba alta y la gente hablaba en voz baja.

La mujer de Tomeu salió a recibirnos. Tenía los ojos vidriosos, como si las lágrimas lucharan por salir, pero ella se empeñara en mantenerlas a raya.

Me abrazó con fuerza y después nos hizo pasar.

Habían decorado la casa, aunque sin excesos. Todo lo habían escogido en tonos blancos y el conjunto transmitía una agradable sensación de paz. También habían colocado dos mesas: una con comida y otra con bebida, donde predominaba, por encima de todas las demás, el cava.

Entramos en la habitación donde Tomeu estaba tumbado en la cama. Su mujer nos había dicho que no había podido levantarse ni siquiera para sentarse en la silla.

Damiá estaba de pie, a su izquierda. A su lado, Brígida, sentada en una butaca con brazos de madera, nos saludó con una sonrisa. En la otra parte, Isa estaba sobre la cama y Ruth, en el suelo, apoyada en la pared.

Cuando Tomeu me vio, alargó los brazos en un gesto cargado de alegría, aunque no de vitalidad. Me miró con una sonrisa de oreja a oreja.

―¡Los únicos que me faltaban para hacer de esta una de las mejores noches de mi vida!

―¡No podrás quejarte! ―exclamó Damiá―. ¡Ha regresado de México a tiempo para la fiesta!

Isa se levantó y me dejó su sitio al lado del homenajeado.

Le cogí las manos y lo besé, controlando las lágrimas a duras penas.

―Os habéis perdido el «¡sorpresa!» ―reprochó Brígida.

―¡Sí! Os habéis perdido cómo casi me mandan al otro barrio dos o tres días antes de hora con el susto que me han dado ―añadió Tomeu, riéndose a medias.

―¡Vaya! ¡Ahora le ha dado por el humor negro! ―dijo Ruth, que había obligado a Isa a sentarse en el suelo, entre sus piernas.

―Yo, si es humor, no me importa si es negro, amarillo o rojo. Además, con el «colocón» que llevo, no sé ni lo que digo. ―Después, mirándome, añadió―: Como dice Groucho Marx: «¡Perdone que no me levante!».

Le di un golpecito en el brazo al tiempo que me reía.

Damiá y Brígida se fueron hacia la sala, arrastrando con ellos a Toni y dejándonos a Tomeu y a mí solos. Era la temida hora del adiós.

Él parecía muy cansado, pero contento. Tenía una sonrisa beatífica, serena, llena de paz.

Yo no podía ni quería soltarle las manos.

La cama estaba girada hacia la puerta, de manera que, desde allí, Tomeu podía ver a la gente que llegaba sin moverse demasiado.

―No te puedes hacer una idea de la alegría que me habéis dado ―me dijo al oído―. Poder despedirme de todos es genial.

―¡Ay, Tomeu! ¡Cuánto te voy a echar de menos! ―contesté, ya sin poder contener las lágrimas mientras enterraba la cara en su pecho.

Él me acarició el pelo.

―¡No tanto como yo a ti! ―me dijo con suavidad―. ¡Qué le vamos a hacer! Me esperan en otra fiesta a la que no puedo faltar.

Me había puesto a llorar y no creí poder parar nunca más.

―¡No llores más, mujer, que en tu estado no es bueno!

―¿Qué estado? ―Levanté la cabeza, espantada.

―¡Si tienes una cara de embarazada que no te aguantas!

―¡Madre mía, vaya ojo más fino tienes! ¡Si todavía no lo saben más que Toni y los niños!

―No te preocupes, ¡me llevaré tu secreto a la tumba! ―afirmó mientras levantaba la mano derecha.

―¡No seas animal! Estas bromas no hacen ninguna gracia.

―¿Podrías concederme un último deseo?

―¡Claro que sí! ¿Qué quieres que haga?

―¿La llamarás Julia? Me habría gustado mucho tener una hija que se llamara Julia.

―De acuerdo, pero si es niño se llamará Tomeu.

―¡Es que será una niña!

―¿Se puede saber qué puñetas os ha dado a todos con que será una niña?

Estuvimos un buen rato sentados, mirando cómo la gente hablaba y reía. Al final, todo el mundo empezó a marcharse. Nosotros fuimos los últimos. Toni me cogía con fuerza de la mano mientras yo pensaba en la vida que teníamos por delante.

Todo lo que se nos venía encima parecía muy pesado, pero tenía unas ganas inmensas de disfrutar de cada instante.

De intentar no dejar nada para mañana porque, al final, el equipaje que nos llevamos no es más que esos pequeños momentos que, la mayoría de las veces, dejamos pasar sin prestarles la atención que merecen.