Te quiero, Marta (Colección Mediterráneo 3) Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

Cuando Toni se dio cuenta de lo que estaba haciendo, dejó escapar aire entre los dientes, y aquel gesto hizo que mi excitación aumentara todavía más. Se acercó a mí y me besó en la boca con ferocidad. Después de aquel beso intenso, volvió a concentrarse en mi sexo, que lo esperaba ansioso.

Empezó con pequeños roces de la lengua, alargando cada vez más el contacto, hasta que aquellos primeros toques se convirtieron en movimientos más intensos mientras su dedo acompañaba cada movimiento, lo sacaba y volvía a introducirlo una y otra vez.

Al poco tiempo empecé a caer en espiral hacia un orgasmo tan esperado, tan deseado, que la liberación fue como una explosión de gozo.

Después de aquello, Toni me cogió en brazos y me llevó a la cama, donde perdimos la cuenta de las veces que nuestros cuerpos se encontraron y se estremecieron de placer.

TONI

A las tres en punto llegamos a la casa de Marta. Los chicos aparecieron al mismo tiempo que nosotros. Sus padres nos estaban esperando para comer.

La mesa estaba puesta. La madre de Marta había cocinado sopas mallorquinas; a Marta le gustaban mucho y quería darle así la bienvenida.

En cuanto puso un pie en la cocina y olió lo que su madre estaba preparando, Marta salió disparada hacia el baño y yo fui tras ella, pero me dejó fuera con un portazo. La escuché vomitar, impotente.

―¡Venga, no seas tonta, abre! No serás la primera persona a la que vea vomitar. Soy médico, ¿recuerdas? ―indiqué, procurando que no se me oyera desde la cocina.

―¡Vete! No es nada. Además, si tú eres médico, yo soy enfermera y no necesito a nadie para compartir este momento tan agradable.

―Si crees que solo quiero compartir contigo los mejores momentos de todo esto, estás equivocada. Tendrás que compartirlo todo.

―No te preocupes ―dijo mientras abría―, habrá mucho que compartir, y esto no será lo peor. Los cambios de humor y los altibajos hormonales también son guais .

Me acerqué para besarla, pero ella se alejó de mí.

Levantó una ceja.

―¿En serio piensas que es buena idea darme un beso ahora, por mucho que me haya lavado los dientes?

―¡Qué romántica eres! ―le dije mientras la cogía por la cintura.

De nuevo en la cocina, todos nos miraron con cara rara, pero, cuando Marta salió de nuevo en dirección al cuarto de baño, su madre me observó con suspicacia y fue tras ella.

―Debe de ser el jet lag ―dijo Clara, y Lluc la miró como si no se estuviera enterando de nada―. Si no, no lo entiendo, estas sopas huelen tan bien. ¡Mmm!

―Creo que vuestra madre no podrá comer. Dice que alguna cosa que ha tomado en el avión le ha sentado mal y que ahora el olor a comida le da asco ―explicó la madre de Marta cuando regresó―. Aunque, si lo pienso detenidamente, solo recuerdo dos temporadas más en las que las sopas le dieran asco…

Yo me puse rojo como un tomate y la madre de Marta hizo un movimiento afirmativo con la cabeza, como si el hecho de que yo me avergonzara fuera todo lo que necesitaba para confirmar sus sospechas.

―¡Si casi no hemos podido ni saludarla! ―se quejó Lluc.

―Bueno, pues come y después vas a verla, que, si no comemos ya, se nos va a juntar la comida con la cena.

Los chicos estuvieron hablando de sus cosas durante toda la comida: del instituto, de los entrenamientos… Mientras, yo no podía tener el culo quieto en la silla. Los nervios me estaban carcomiendo.

Lo más probable era que, después del fracaso que habíamos tenido con Clara por haber intentado ocultarle nuestra relación, Marta quisiera contarles a sus hijos que estaba embarazada. Solo con pensarlo, sentía un peso en el estómago que no me dejaba ni pensar en comer.

―Con uno de los dos que no coma, es suficiente ―alegó la madre de Marta mientras retiraba mi plato, que estaba casi intacto―. Con lo ricas que me han salido estas sopas… ¡Mira que tener que tirarlas!

―¿Y por qué vas a tener que tirarlas, mujer? ―rebatió su marido―. ¡Si están buenísimas!

―Porque, si no las tiro, tu hija no podrá entrar en la cocina en toda la semana, o quizás hasta dentro de nueve meses ―dijo la mujer, picada.

A mí se me cayó el estómago a los pies cuando la cabeza de Lluc se giró automáticamente hacia mí y me miró con expresión interrogante.

Nos levantamos de la mesa sin comer ni siquiera el postre. Los chicos y yo nos dirigimos a la habitación de Marta.

La encontramos a oscuras, tumbada sobre la cama, intentando no moverse demasiado, agarrándose el abdomen y los ojos cerrados.

Clara se sentó a su lado y le tocó la frente.

―No estás caliente, no creo que tengas fiebre.

―No, no tengo fiebre. Lo que tengo es distinto. Creo que tendríamos que hablar.

Lluc también se acercó a ella y la besó.

―¿Ha sido duro el vuelo? ―preguntó, como si quisiera evitar un tema que todavía no se atrevía a afrontar.

―Más vale que tú también te sientes ―ordené, poniéndole una mano en el hombro.

Obedeció y se sentó, colocando la cabeza entre las manos como si esperase recibir la peor noticia del mundo.

―¿Qué pasa, mamá? ―quiso saber Clara, con una voz que empezaba a sonar preocupada.

Ella le agarró una mano y miró en mi dirección.

Como no cogiéramos el toro por los cuernos, aquello iba a convertirse en un malentendido monumental.

―Tu madre está bien, o al menos no tiene nada grave o que no tenga remedio.

Nos quedamos todos en silencio de nuevo hasta que, al fin, Lluc levantó la cabeza y preguntó:

―¿Pensáis decirlo o qué? La intriga no es sana, ¿lo sabíais?

Marta suspiró con fuerza, como si intentara decidir cuál era la mejor manera de contarlo.

―Esperamos un bebé ―solté, sin querer pensar más en cómo decirlo.

―¿Un bebé? ―preguntó Clara, todavía despistada.

―¿Mamá? ¿Toni está intentando decir que estáis embarazados?

Clara se tapó la boca con las manos.

―¡Sí, eso es lo que intenta decir!

―Bueno, la que está embarazada es ella, ¡aunque yo asumo mi parte de responsabilidad!

―¿Acaso no sabéis que para evitar esta situación es por lo que la gente utiliza los preservativos? ¡Mira que ya lo habíamos hablado! ―exclamó Lluc, burlándose de nosotros y sonriendo ante la idea de convertirse en un hermano tan mayor.

Marta soltó el aire que había estado reteniendo en los pulmones mientras Clara la abrazaba con fuerza.

―¡Mamá, qué bien! Una hermanita para mí…

―¡Todavía no sabemos si va a ser una niña…! ―dijo Marta, como si ya lo hubiera repetido millones de veces.

Nos miramos sonriendo.

Lo más difícil ya estaba hecho. Al menos, de todo lo que podíamos hacer en aquellos momentos.