Te quiero, Marta (Colección Mediterráneo 3) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

―Me siento muy feliz de que estés de nuevo aquí con nosotros ―me habló al oído―. La clínica no funciona tan bien cuando tú no estás.

Levanté la vista. Su expresión era sincera y, en ese momento, no podía sentir más cariño por él.

Las primeras lágrimas rodaron por mis mejillas y volví a esconder la cara.

Al cabo de pocos segundos noté cómo me pasaba a otros brazos. En un santiamén, Toni y yo estábamos en su despacho, lejos de miradas curiosas.

―Por favor, a mí también avísame con tiempo cuando pienses liberar a la bestia.

―¡Vaya espectáculo paupérrimo!

Toni se rio.

―¡Mira que te gusta esa palabrita…!

―¡Creo que nunca había perdido los papeles de esta manera! Y todos esos pacientes… ¡Oh, madre mía! Menos mal que Damiá se lo ha tomado a broma.

―A mí me ha encantado que me defendieras con tanta fiereza.

Iba a hablar, pero me lo impidió con un beso tierno, largo, delicioso.

―Y, por si te sirve de consuelo, ¡yo he quedado como un imbécil! ¡He sido incapaz de decir ni media palabra!

Me reí, pero tenía ganas de llorar; probablemente eran los nervios, así que terminé llorando y riendo al mismo tiempo.

―¡Gracias! ―dijo Toni con dulzura mientras secaba mis lágrimas con un dedo.

―¡No hay de qué! ¡Ha sido un placer! ―Mi cara debía de ser un poema, entre las lágrimas, las horas sin dormir y los nervios a flor de piel.

―Cuando esta mañana has colgado tan de repente, he pensado que volvíamos a tener dificultades, pero, después de esta demostración… Está claro que estás loca por mis huesos ―afirmó riéndose y guiñándome un ojo.

Le di un golpecito en el pecho.

―Veo que a ti también te apetece probar mi puño ―lo amenacé. Después, cambiando de tono y poniéndome seria, añadí―: Todavía tenemos que hablar de un tema muy importante.

Me acalló de nuevo con un beso.

―Lo que sea puede esperar ―dijo a continuación―. Ahora, lo primero que haré será llevarte a Can Suau para que puedas dormir un rato antes de que los chicos te monopolicen en cuanto vuelvan del instituto.

―¿Dormir? ―pregunté con picardía impostada.

―¡Claro, dormir! ¿Qué piensas de mí?

―Estar tan cerca de ti después de tantos días no me hace pensar en dormir, precisamente.

Noté cómo se ponía duro contra mí.

―¡Y por lo que veo, a ti tampoco!

Me besó con ansia, pero paró demasiado pronto para mi gusto.

―¡Vámonos! Eso tan importante ya lo hablaremos mañana.

Durante unos segundos había conseguido olvidarlo.

―¡No, imposible! Tenemos que hablar de ello hoy, ahora mismo, antes de salir de aquí.

Vi cómo se le transformaba la cara. No estaba enfadado, estaba chafado; como si, diciendo esas palabras, yo acabara de interrumpir algo de mucha importancia.

―Será mejor que te sientes.

Pero no lo hizo. En cambio, me abrazó.

―¿Qué pasa? Mira que me estás asustando. De todas formas, en pocos días han pasado tantas cosas que no creo que pueda ocurrir nada que consiga sorprenderme ya.

No sabía cómo decírselo ni por dónde empezar. Mientras me retorcía los dedos, comencé:

―¿Recuerdas el día de la piscina?

―Sí, claro, ¿cómo podría olvidar una cosa así? ―preguntó, sonriendo y acercándose aún más a mí.

―No utilizamos protección.

―Tienes razón ―afirmó después de pensarlo un poco―. A partir de ahora iremos con más cuidado, si eso es lo que te preocupa.

―¡No, si es que ya no va a ser necesario! ―musité.

―¿Cómo dices? No te he oído.

―¡Que ya no será necesario! Estoy embarazada.

Entonces sí que se le descolgó la mandíbula. Durante unos segundos pareció que iba a desmayarse. No decía nada y el tiempo pasaba despacio; los minutos parecían años.

―¡Madre mía! ¡Madre mía! ¡Madre mía! ¡Madre mía! ¡Madre mía! ―dijo finalmente.

―Yo he utilizado otra palabra, por cierto, con mucha frecuencia, pero esa también es adecuada.

TONI

No podía cerrar la boca, aunque hacía todo lo posible por conseguirlo.

¿Embarazada? ¿Cómo?

Está claro que conocía el proceso. Ese no era el «cómo» que me asaltaba.

Era un «¿cómo ha podido pasar?».

Las probabilidades eran bajísimas, un porcentaje ridículo. De todas formas, como suele decir un enfermero amigo mío, aunque las probabilidades sean solo del uno por ciento, cuando te toca, se convierten en el cien por cien.

Además, recibir la misma noticia dos veces en un mismo día, de la boca de dos mujeres distintas, me hacía pensar que podía llamar al libro Guinness de los Récords. Así como no había creído una sola palabra de lo que había dicho Cristina, a Marta la creía con los ojos cerrados.

¿Qué haríamos? ¿Qué quería hacer ella? ¿Y yo?

―¿Lo dices en serio? ―solté al fin.

―¡Y tan en serio! Me di cuenta dentro del avión y un test lo ha confirmado en el aeropuerto de Madrid.

―¿Por eso estabas tan alterada esta mañana?

―Sobre todo porque no sabía cómo decírtelo, cómo te lo tomarías…

«Yo… yo lo quiero tener ―me dije―. Claro que la última palabra será la suya. Pero, de la misma manera que quiero estar con ella a cada instante, también quiero ya a esta criatura».

Aquel pensamiento iba transformándose en una certeza indiscutible desde el mismo momento en que aquellas frases se formulaban en mi cabeza.

Marta me miraba sin decir nada. De repente, se sentó y las lágrimas le brillaron en los ojos.

Me arrodillé delante de ella.

―¡Eh! ¿Qué pasa?

―¡Es que todavía no sé qué piensas y esta incertidumbre me está matando! ―Estaba a punto de ponerse a llorar de nuevo―. Te has quedado con la boca abierta, sin decir nada, y soy incapaz de adivinar qué tienes en esa cabecita. ¡Hace muy poco que estamos juntos como para entenderte sin que me hables!

―¡Si ahora mismo tuviera que tener un hijo, la única persona del mundo con la que querría tenerlo serías tú! ―le confesé mirándola a los ojos―. Pero reconocerás que la noticia ha sido algo… súbita, por decirlo de alguna manera.

―¡Y tan súbita! Esto no entraba para nada en mis planes.

―No todo lo que hacemos va a estar programado al milímetro, ¿no?

―Pero es que esto se pasa unos cuantos palmos, no un milímetro…

―¿Quieres decir que no deseas tenerlo?

―¡Yo no he dicho eso! ―contestó, algo alterada―. ¿Tú no quieres tenerlo?

―Ni se me pasa por la cabeza no tenerlo. Seguramente me he explicado fatal. Nada me gustaría más que tener un hijo contigo. Compartir cada momento de mi vida contigo y con ella.

―¿Cómo «ella»? No sabemos si será una niña ―exclamó Marta, riéndose y llorando al mismo tiempo.

―¡Sí, lo será! Y Lluc la protegerá como un león, y Clara jugará con ella como si fuera una muñeca y la mimará muchísimo.

Yo seguía hablando como si una riada de palabras se hubiera apropiado de mí y todas quisieran salir de mi boca a la vez.

Marta me miraba con ternura infinita y me apretaba las manos con fuerza.

―¡Y el próximo, un niño!

Se alejó un poco y me miró con los ojos muy abiertos.

―No me mires así. En principio, este tampoco entraba en los planes y mira…

―¿Pero tú no te enteras de que yo soy demasiado mayor para volver a empezar? Además, debemos tener en cuenta que este ya va a ser un embarazo de riesgo.

―¡Con lo que no tienes que empezar de nuevo es con eso! ―Abrió la boca para contestar, pero no la dejé hablar―. Mi madre tenía tu edad cuando nací yo, ¡y creo que no he salido tan mal!

―Puede ser, ¡pero tú viniste de rebote!

La miré con cara de interrogante, pero, como no me entendía, añadí:

―¡De rebote también vale! ¡Y para rebote, lo que nos viene a nosotros!

Se rio nerviosa, dándose cuenta del disparate que acababa de decir.

―¡No sé ni lo que digo!

―¡Además, puede que tú seas mayor, pero yo no lo soy!

―¡Eh! ¡Cuidado con lo que sueltas por esa boquita! ―Me señaló con un dedo.

Yo también me reí.

―La última palabra es la tuya. ―Me puse serio―. Yo te apoyaré en lo que tú decidas, ya te he dicho lo que pienso.

―¡Uf! Maria y Blai se llevarán un disgusto por perderte como inquilino, pero creo que lo mejor será que vengas a vivir a casa si tienes que empezar a hacer de padre…

La estreché con fuerza entre mis brazos y empecé a besarle cada milímetro de la cara con besos rápidos mientras ella reía, feliz.

Sí, era verdad que hacía poco que estábamos juntos. Sí, también era verdad que sería un embarazo de riesgo. Pero no era menos cierto que estaba ilusionado y, al mismo tiempo, convencido de que todo saldría bien.

MARTA

Llegamos a Can Suau sobre las doce; teníamos tres horas por delante hasta que los niños salieran de clase.

Toni tenía una sonrisa dibujada en la cara que me producía una sensación tan agradable que no quería que se le borrara jamás.

Lo primero que hizo después de cruzar el umbral fue atraparme entre sus brazos y empezar a besarme como si el mundo se terminase al día siguiente.

Sin despegar sus labios de los míos, me quitó la camiseta ―todavía no me explico cómo realizó tal truco de magia― y mandó mis vaqueros piernas abajo.

Yo aún no había tenido tiempo ni de entrar en situación y él ya me tenía casi desnuda.

Pasó sus manos con suavidad por mis nalgas y, metiendo los pulgares en la cinturilla de mis braguitas, fue bajándomelas mientras se arrodillaba ante mí.

Las piernas me temblaban; tuve el tiempo justo para apoyarme en una butaca que había allí, en la entrada, junto a la puerta. Toni no me dejó sentarme, me lo impidió mientras su lengua dibujaba círculos cada vez más cerrados alrededor de mi clítoris.

Me sujetaba mientras mis piernas cedían y, cuando llegué al punto crítico de mi excitación, cogió el botón caliente entre los dientes, haciéndome sentir a punto de convulsionar de placer.

No le quedó más remedio que dejar que me sentara porque las piernas habían perdido la fuerza. Me acomodó en el borde de la butaca y me abrió las piernas mientras me miraba con avidez.

Puso uno de sus dedos sobre mi abdomen y fue deslizándolo hacia mi sexo sin dejar de mirarme a los ojos.

Empecé a respirar de manera irregular. La excitación casi me hacía perder el sentido y, cuando aquel dedo entró en mi interior, la sensación fue tan intensa que mis caderas se adelantaron en busca de una penetración más profunda.