Te quiero, Marta (Colección Mediterráneo 3) Capítulo 16
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Capítulo 16

« Qualcú t'espera

en el camí,

no et desesperis,

sóc aquí »

[Alguien te espera

en el camino,

no te desesperes,

estoy aquí]

(Suso Rexach, Una dona, mil virtuts )

TONI

Sobre las siete de la mañana, Marta me llamó por teléfono.

―¡Buenos días! El avión va con retraso, todavía no sabemos a qué hora saldremos.

«Mecagondiez».

―¡Buenos días! Por cierto, yo también te quiero y te echo mucho de menos, pero creo que podremos esperar unas cuantas horas más para vernos. Tú avísame cuando salgas de Madrid y yo iré a recogerte. ¿Qué te pasa? Pareces algo estresada. Bueno, tantas horas de aeropuerto, supongo, ¿no?

―Sí, debe de ser eso. ―La oí decir mientras resoplaba.

―¡Venga, ya no queda nada para que estemos juntos otra vez! Estaré en el aeropuerto esperándote.

―Toni… ―empezó a decir. Después de unos segundos, continuó―: Yo…

―¿Qué pasa? ¿Ha sucedido algo?

―¡No, no! ¡Da igual! Dentro de un par de horas nos veremos y hablaremos de ello.

¿Debía de estar arrepintiéndose de haberme dicho que me quería? ¿Volvía a tener dudas sobre nuestra relación? ¿Había sido un pesado repitiendo tantas veces que la quería y la echaba de menos?

Mierda.

―¡Dímelo! ¡No me dejes así!

―Creo que están dando información sobre el vuelo, te llamo en un rato.

Y colgó el teléfono. Y me dejó histérico.

Decidí que, si me iba al trabajo, el tiempo me pasaría más deprisa y podría distraerme de los nervios.

Llegué a la clínica. Enseguida, nada más entrar, sin darme casi tiempo a saludar a Isa y a Ruth, la puerta volvió a abrirse y una voz que conocía demasiado bien dijo:

―¡Buenos días! Ya que te cuesta tanto ponerte al teléfono para hablar conmigo, he decidido venir a verte.

Di la vuelta sobre mí mismo y allí, plantada ante mí, con los brazos en jarras, estaba Cristina.

―¿Qué haces tú aquí? ―No pude articular ninguna otra bienvenida.

―¿Hola? ¿Cómo te va? ¿No te parece que podrías haber encontrado un recibimiento más adecuado, acaso? ―dijo enfadada.

―No tengo ganas de tonterías, Cristina, ni te mereces recibimiento alguno.

―¿No podríamos hablar en algún sitio con algo más de privacidad? ―preguntó mientras miraba a Isa y a Ruth con cara de asco.

Isa intentó retirarse con dignidad hacia la sala de personal, pero Ruth la sujetó por un brazo para impedírselo, al mismo tiempo que miraba a Cristina como si quisiera atravesarla.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano, le indiqué el camino hacia mi despacho, mientras le decía a Ruth en un susurro:

―En cinco minutos, como máximo, vienes y me la quitas de encima.

―¿Disimuladamente?

―¡O aunque sea sin disimular! La quiero fuera de mi despacho.

―¡De acuerdo!

Entré en el despacho y la encontré sentada en uno de los pequeños sofás que había comprado no hacía mucho. Supongo que quería parecer sofisticada. Si la miraba con detenimiento, podía apreciar cierto cambio en su cara, como si le hubieran caído diez años encima durante aquellos cinco meses.

―¡Dime lo que hayas venido a decir y vete! Todo el tiempo que estoy cerca de ti es tiempo perdido.

―¡Antes no pensabas lo mismo!

―¡Antes no sabía que te reías de mí a mis espaldas!

Puso cara de pena, como si de repente la hubiera invadido una profunda tristeza.

―¡Nunca fue mi intención hacerte daño!

―¡Pues nadie lo diría! ―ataqué―. No hace falta que me vengas con historias. Te lo he dicho antes: ¡di a qué has venido y acabemos de una vez!

Desapareció la cara de pena y apareció la de rabia.

―¡Estoy embarazada!

―¿Y eso qué tiene que ver conmigo? ―dije con calma, elevando las cejas.

―¡Que es tuyo!

Me eché a reír. ¿De verdad? ¿Dónde estaba la cámara oculta?

―¿Mío?

―¡Sí, tuyo! Me gustaría saber de qué te ríes, si puede saberse.

―Y a mí me gustaría saber cómo puede ser mío si hace más de cinco meses que lo dejamos.

―No, ¡no lo dejamos! ¡Tú me dejaste a mí!

―Sí, ¡como para continuar con la relación estaba yo después de encontrarte en la cama con tu primo!

―¡No era mi primo! ―Cristina se había puesto a gritar.

―¡Ya sé que no lo era! ―contesté, también a gritos.

―¡Fue idea suya! ¡Yo no quería!

Guardé silencio durante unos segundos, intentando respirar con tranquilidad.

―No parecías obligada a nada. Yo más bien diría que lo disfrutabas bastante ―le espeté con toda la frialdad de la que fui capaz.

―¡Yo lo único que quiero es estar contigo! ―contestó mientras se levantaba insinuante―. Cometí una equivocación y por eso he vuelto a buscarte.

Se acercó más y me rodeó el cuello con los brazos. Con dulzura, me acarició el pelo con los dedos y, antes de que pudiera evitarlo, intentó besarme.

Al mismo tiempo que yo le hacía la cobra, esquivándola, la puerta se abrió de golpe.

MARTA

En el aeropuerto de Madrid nos hicieron esperar lo que parecieron horas interminables por culpa de un problema mecánico, pero, en cuanto lo solucionaron, todo fueron prisas y carreras.

No tuve tiempo de llamar para avisar de que salía el vuelo y, una vez en Palma, me pareció innecesario esperar en el aeropuerto a que Toni me recogiera, así que cogí un taxi hacia la clínica.

En cuanto entré, Isa y Ruth me hicieron pasar a la sala de personal.

―Chica, vaya mala cara traes, ¡estás hecha un adefesio!

―¡Ay, Ruth! ¡Cuánto te he echado de menos! ¡Eso sí, no me preguntes por qué! ―Me reí mientras la abrazaba.

―¡Déjala, a la pobre! A ver qué facha tendrías tú después de tantas horas de aeropuerto ―intervino Isa.

―¿Ya sabes el disparate que han preparado para esta noche tus compañeros? ―preguntó Ruth.

―Sí, ya me lo ha dicho Toni.

―¿No te parece que están mal de la cabeza? ―insistió.

―Hombre, en parte sí, pero, por otra, creo que a Tomeu lo haremos muy feliz. No se lo espera, ¿verdad?

―No, su esposa nos ha ayudado muchísimo y él, como no sale de la habitación…

―¡Pobrecito! ¿No será demasiado jaleo?

―¡Para lo que le queda en el convento! ―exclamó Ruth, pasándose de la raya como de costumbre.

―¡Serás burra! ―le reprendió Isa.

―Mira, Isa, de todo esto lo único que sacaremos en claro será que adelantaremos la hora de su muerte. Si lo piensas, creo que, durante una fiesta, es precisamente donde él elegiría morir.

―¿Tú no estabas en contra? ―pregunté.

―Sí, y todavía lo estoy, pero intenta tú enfrentarte a esta panda de delincuentes que tenemos por compañeros de trabajo. El único que me apoyaba era Toni y, al final, también me ha abandonado.

―¡Toni! ―gritó Isa mientras se tapaba la boca con las manos.

―¡Mierda! ―exclamó Ruth, dirigiéndose hacia la puerta.

―¿Qué pasa? ―quise saber, intranquila.

―Hace dos o tres días que una tía llama sin parar a Toni y él no quiere ponerse al teléfono.

―Sí. Cristina, me lo comentó.

―Pues hoy se ha presentado aquí. Debía de estar esperándolo en la calle, porque ha entrado justo detrás de él…

―No te enrolles, Isa, que nos vamos a quedar aquí hasta mañana ―la atajó Ruth.

―Bueno, que Toni le ha dicho a Ruth que entrara en el despacho en cinco minutos para ayudarlo a echarla, y de eso hace al menos un cuarto de hora.

―Espera, que ya voy yo ―dije, levantándome de la silla.

Ya tenía más que suficiente con todo lo que se me había venido encima como para que esa sinvergüenza se presentara de repente para dar por culo. Si hacía falta, la sacaría del despacho agarrándola del pelo.

Ruth se apartó para dejarme pasar mientras decía:

―¡Vaya! ¡La leona ha sacado las zarpas!

Salí disparada hacia el despacho y abrí la puerta sin llamar.

Cuando la vi abalanzándose sobre Toni mientras él retrocedía, me puse a mil por hora.

Ella, en cuanto me vio, sonrió maliciosa y, volviéndose de nuevo hacia él, soltó:

―¿Quién es esta? Parece a punto de sufrir una apoplejía.

―Me extraña mucho que sepas siquiera qué significa esa palabra ―contesté mientras la miraba con cara de asco.

―¡Huy! ¡Si parece que esté celosa!

Mientras tanto, Toni intentaba quitársela de encima, pero ella lo tenía agarrado con fuerza y no le estaba resultando nada fácil.

―¿Celosa? ¡Te equivocas! Sobre todo, siendo tan evidente que lo que Toni quiere es librarse de ti.

―¡Fíjate! La señora ―dijo, remarcando la palabra «señora» para volverla ofensiva― a lo mejor piensa que podría gustarte. ¡Se nota que no se ha mirado en un espejo desde hace varios años! ―Y se rio con una de esas risas falsas que hacen que te entren ganas de pegarle a quien las suelta.

No sé si estaba a punto de tener una apoplejía o de arañarle la cara, pero lo que tenía claro era que quería hacerle daño, ya fuese físico o psicológico.

―Esta «señora», como tú dices ―respondí con chulería―, hace a Toni mucho más feliz de lo que tú lo has hecho nunca y le hace cosas que tú todavía no has tenido ni tiempo de aprender.

Vi cómo a Toni se le descolgaba la mandíbula y bajaba los brazos, alucinado al oírme.

―Y ya puedes soltarlo ―continué― si no quieres encontrarte con mi puño en la cara.

Lo soltó y se encaró conmigo.

―¡Pienso denunciarte por amenazas!

―Denúnciame, pero procura ganar, ¡porque, si no, te pondré una contradenuncia por daños y perjuicios de la que no saldrás en la vida!

―¡No sé quién te has creído que eres! ―contratacó ella.

No la dejé continuar.

―Soy la que, hoy por hoy, le calienta la cama a Toni, soy la que va a llamar a la policía si sigues acosándolo como lo has hecho los últimos días y soy la que te va a dar una patada en tu precioso culito operado si no sales de aquí antes de que tenga tiempo de contar hasta tres.

―Señalé la puerta con el brazo extendido y una ceja levantada, hablando con una calma casi desconcertante, como si amenazar con darle un tortazo a idiotas como ella fuera algo que hacía a diario.

―¡Esto no acabará así! ―chilló mientras salía―. ¡Tendréis noticias de mi abogado!

La gente, no mucha, ya que era temprano, salió de las consultas para ver de dónde venían aquellos gritos y yo enrojecí de ira y vergüenza.

Damiá, que también había salido de su consulta, se dirigió hacia mí y me abrazó.

―¡Nunca te había visto tan enfadada! ―me dijo entre risas―. Recuérdame que no haga nada que pueda ofenderte.

Escondí la cara en su pecho y no añadí nada; ya tenía suficiente con intentar no hiperventilar.