Te quiero, Marta (Colección Mediterráneo 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

« Torna'm a somriure

nena, sota el meu cos

guanya'm amb mirades

tendres com el son »

[Vuelve a sonreírme,

nena, bajo mi cuerpo

gáname con miradas

tiernas como el sueño]

(Sangtraït, Somnis entre boires )

TONI

Cuando salí del trabajo, me fui directo a casa de Marta. Los chicos ya habrían llegado del instituto y quería verlos.

Me recibió la madre de Marta. No sabía si ella le había contado algo de lo nuestro, pero siempre que había aparecido por la casa durante los últimos días había sido muy amable conmigo.

―¡Hola, Toni! Los chicos tienen buenas noticias. ¡Qué bien que hayas venido!

―Sí, he hablado con Marta esta mañana y me lo ha contado. Por eso me he acercado, para ver cómo se lo han tomado estos dos.

―¡Lo llevan muy bien, me parece a mí, después de todo! No creo que nada de esto sea saludable para unas mentes tan tiernas como las suyas, pero, al fin y al cabo, es su padre y tendrán que aprender a conocerlo a él y las cosas que hace.

―¡No todo el mundo puede tener unos padres como los que tiene Marta! ―dije, riendo, muy pelota.

Me miró, evaluando si le tomaba el pelo.

―Lo digo en serio ―añadí.

―¡Pasa! Que ahora no sé qué debería contestarte…

Lluc estaba en su habitación, así que me dirigí hacia allí. Clara apareció en cuanto me oyó llegar.

―¿Qué te parece? ―estaba diciendo Lluc cuando ella entró.

―Que es una gran noticia, ¿no? Debéis de estar muy contentos ―contesté.

―¡Pues a mí me parece más bien una broma pesada! ―dijo con enfado―. Parece que sea él quien tiene quince o dieciséis años. Dentro de poco tendré que ser yo quien haga de padre y no él.

―¡No tienes por qué! Déjalo que haga lo que quiera, tú no te metas y listo. ―Clara salió en defensa de su padre como una leona.

―Clara, no solo me preocupo por él. ¿Tú no te has visto estos últimos días? Eras un alma en pena. No me ha gustado nada verte así solo por su forma de comportarse ―le contestó él a la defensiva.

―¡Si no le hubiesen robado el teléfono, habría llamado!

―¡Sí, seguro! ¿Quizás entre whisky y whisky ? No llama cuando no está borracho y ahora seguro que hubiese llamado. No lo defiendas, porque no tiene defensa posible.

Clara estaba a punto de contestar, furiosa. Yo levanté las manos para poner paz.

―Chicos, ¡no os peleéis! Lluc tiene razón, en parte.

―¿En parte? ―preguntó.

―¡Déjame hablar! ―contesté―. Todos lo hemos pasado fatal viéndote tan hundida. Has pasado una semana horrible por la mala cabeza de tu padre.

Clara abrió de nuevo la boca para protestar y yo volví a levantar la mano para que me dejara continuar.

―Pero Clara también tiene razón. Aunque tu padre esté lejos y no le guste demasiado hablar por teléfono…

―Mira, Clara, ¡eso es un eufemismo! ¿No me pedías el otro día que te lo explicara? ―dijo Lluc sarcástico.

Lo miré con cara de mala leche y él se calló, sin necesidad de que yo dijera nada.

―Es vuestro padre ―continué― y todo el mundo puede tener altibajos.

Lo más probable es que no esté pasando por una etapa muy agradable de su vida ahora mismo y, por mucho que creamos conocer a una persona, no todos respondemos de la misma forma, ni como los demás desearían, ante las distintas situaciones que nos plantea la vida.

―¿Quieres decir con eso que tengo que actuar como si no hubiera pasado nada?

―Tampoco estoy diciendo eso. Lo que digo es que tienes que aprender la lección que te está dando esta situación y dejar lo demás en el pasado, porque no es más que eso: un pasado que, por más que luches, no podrás cambiar.

¡Hala! Parecía mi madre dando sermones. ¡Si por casualidad hubiera podido escucharme!

―¡Todo eso es muy fácil de decir! Yo, ahora mismo, estoy muy, pero que muy, cabreado con él.

Estaba claro que sería difícil convencer a Lluc, pero confiaba en que, con el tiempo, el enfado se le iría pasando.

Tampoco era tan raro, pues, aunque él dijera que lo que le preocupaba era el estado de su hermana, y no hubiera estado llorando por los rincones como ella, también había pasado una semana muy dura pensando que su padre había muerto.

MARTA

Justo antes de embarcar llamé a los chicos para avisarles.

Lluc me informó de que Toni había estado en casa la tarde anterior y que habían hablado acerca del comportamiento de su padre.

De todas formas, cuando Clara llamó a David, Lluc no quiso ponerse al teléfono para hablar con él.

Se le notaba enfadado, pero no le pregunté nada; ya me lo contaría si le apetecía.

Con él siempre era mejor esperar y no forzarlo a hablar.

Si lo hacía, la respuesta siempre era la misma:

―¡No pasa nada, mamá! ¡Eres muy pesada!

Y no había manera de sacarle algo más.

Después llamé a Toni.

―Dentro de diez minutos embarcaré. Ya no me falta nada para estar en casa.

―No sé qué hacer para que me pase el tiempo más deprisa…

―Pasará, no te preocupes, ¡el tiempo nunca se detiene! ―bromeé.

―Creo que las horas van a parecerme el doble de largas.

―¡Si te las pasarás durmiendo!

―No creo que pueda.

―¡Qué exagerado eres! ―Y después añadí―: He hablado con Lluc. Está enfadado, ¿eh?

―Creo que la palabra correcta es resentido.

―También se le pasará.

―Probablemente sí. Él piensa que llegará el momento en que tendrá que hacerse cargo de su padre porque no podrá cuidarse solo.

―¡Este chiquillo! ―Chasqueé la lengua―. ¡Es demasiado responsable!

―Sí, ¡y el padre, un completo irresponsable!

―Eso queda fuera de cualquier discusión.

En aquel momento oí como llamaban por megafonía a los pasajeros de mi vuelo y me puse en movimiento.

―Tengo el coche en la clínica, nos vemos allí si no es demasiado temprano cuando yo llegue.

―Yo iré a recogerte.

―¡No hace falta!

―No es porque haga falta, es porque me apetece hacerlo. Avísame cuando embarques en Madrid.

―¡Está bien! ―dije melosa―. ¡Te avisaré! ¡Hasta mañana! ¡Te quiero! ―Ya lo había dicho.

Oí que a Toni se le escapaba el aire de golpe y lo primero que pensé fue que lo había asustado, pero, antes de que pudiera arrepentirme, él contestó:

―¡Y yo te quiero a ti! Date prisa, no te entretengas, que no puedo esperar para tenerte en mis brazos.

A quien le faltó el aire entonces fue a mí.

Subí al avión como en una nube. Quería dormir todo lo que pudiera durante el vuelo para llegar lo más descansada posible a Mallorca, pero, como no tenía sueño, decidí ayudarme con un somnífero.

Me tapé con una mantita que me había dado la azafata y me quedé mirando la pantalla del reproductor justo delante de mí mientras me iba sumergiendo en el primer sueño.

Con el cerebro ya más dormido que despierto, vi la fecha: 24 de junio de 2009.

«San Juan», me dije. Pero, al mismo tiempo, en el fondo de mi mente había algo que no encajaba.

Estaba tan adormilada que no conseguía averiguar qué era.

Me acomodé mejor y, justo en aquel momento, cuando estaba a punto de dormirme pero todavía no había caído en un sueño profundo, me di cuenta de qué era lo que no encajaba.

Me desperté de golpe, con los ojos abiertos como platos y el corazón en un puño.

Mierda, mierda, mierda, mierda, mierda y mierda.

¿Cómo podía ser?

Conté y calculé una y otra vez.

Mi última menstruación había sido hacía cuarenta días atrás y yo era como un reloj suizo. Tenía un retraso de doce días.

Mierda, mierda, mierda, mierda, mierda y mierda.

No, no era posible. Podía ser cualquier cosa. Sí, debía de ser eso: el estrés por la noticia de la muerte de David, el viaje precipitado…

¡Pero no! Antes de todo aquello ya llevaba cinco días de retraso y ¡no me había dado ni cuenta!

Pero ¿cómo? Siempre habíamos utilizado protección, ¿cómo podía ser?

La cabeza me daba vueltas; no me cabía nada más en la mollera.

Empecé a hiperventilar y la azafata se acercó a mí, intranquila, para preguntarme si necesitaba alguna cosa.

―No, no pasa nada, gracias. Intentaré serenarme.

―¿Quiere que le traiga una infusión, una tila?

―Sí, ¡me iría de maravilla! ―contesté, más que nada para quitármela de encima.

No, no. Ya lo veía claro: debía de ser el inicio de la menopausia.

«No pasa nada ―me dije a mí misma―. A tu edad ya no es raro perder la regularidad. ¡Será eso, seguro!».

A los cinco minutos cambiaba de opinión y me decía:

«¿Qué va a ser la menopausia? Uf, y ahora quedan al menos diez horas para llegar a Madrid, encontrar una farmacia en el aeropuerto y poderme hacer la prueba de embarazo».

Mierda, mierda, mierda, mierda, mierda, mierda y mierda.

Llegó la azafata con la tila.

Intenté respirar hondo y relajarme.

No lo habíamos hecho en tantas ocasiones. Bueno, sí, la verdad era que llevábamos una buena media. Sonreí mientras enrojecía con solo recordarlo.

Pero siempre con preservativo. ¡Si hasta Lluc se había encargado de recordármelo!

¡No! ¡Mierda, mierda, mierda, mierda, mierda y mierda!

¡El día de la piscina! Dentro de la piscina no lo habíamos utilizado.

«¡Estoy embarazada!».

La certeza me cayó encima como una losa.

Todo el cansancio y la falta de apetito de la semana anterior adquirieron un nuevo significado. Estaba convencida. El test de embarazo que pudiera comprar en Madrid no haría sino confirmar lo que yo ya sabía con certeza.

Mierda, mierda, mierda, mierda, mierda y mierda.

Creo que esas fueron las diez horas más largas de mi vida.

Cuando llegué a Madrid era muy temprano. Encontré una farmacia en la terminal, pero estaba cerrada, así que me pasé las dos horas siguientes, hasta que abrieron, sentada en un bar que había justo enfrente.

Como era de esperar, el test salió positivo.

«¿Qué haré ahora? ¿Qué haremos ahora?».

Toni y yo casi no llevábamos ni un mes juntos; además, un embarazo a mi edad estaba considerado de riesgo.

¡Qué desastre, qué desastre!

Con este nuevo giro de los acontecimientos, sí que podía prepararme para que la gente hablara de mí.

Yo, que me había reído a costa de Graciela porque se había quedado embarazada una noche de juerga. Ya se sabe: solo vemos la paja en el ojo ajeno…

Alguien podría preguntarse si yo no sabía que existían unas cositas llamadas preservativos…

Mierda, mierda, mierda, mierda, mierda y mierda.