Capítulo 14
« M'ensiborno amb l'esperit de llibertat
sembla, sembla un antic somni dolç d'amor
d'un vell morrut hippiós, grenyut, sarnós,
escarràs, geniüt »
[Me arrullo con el espíritu de libertad
parece, parece un antiguo sueño dulce de amor
de un viejo morrudo hiposo, greñudo, sarnoso,
pringoso, con mala leche]
(Umpah-pa, La catximba i els rostoll d'Angelina )
TONI
Mucho antes de lo que esperaba, Marta me llamó.
―¡Me echabas mucho de menos! ―exclamé nada más descolgar.
―¡Ni te lo imaginas! Y tampoco sabes todo lo que ha pasado desde que hablamos ayer.
―¿Han pasado muchas cosas? No hace más que ocho o nueve horas ―indiqué mientras comprobaba la hora en mi reloj: eran las once―. Y casi todas las deberías de haber pasado durmiendo.
―Sí, ¡durmiendo! Nada me gustaría más. Esta noche ha dado mucho juego. Lo primero de todo: pasado mañana a estas horas, si todo va bien, estaré en casa.
―¿Pasado mañana? ¿Y los papeles? ¿Y David? ¿Ya estará todo arreglado? ―No lo podía creer: todos mis deseos se iban haciendo realidad uno tras otro.
―Eso ha sido precisamente lo que ha sucedido ―dijo, exultante de felicidad.
―¿Qué? ―Estaba contentísimo, pero no entendía nada de nada.
―¡David había hecho lo mismo que Blanco Herrera!
Aunque lo decía casi chillando, el tono era alegre.
―Estoy hecho un lío, no entiendo nada —contesté, riéndome yo también, sin saber muy bien de qué.
―Resulta que «no estaba muerto, estaba de parranda»…
Oí cómo Marta intentaba canturrear el leré-lerele . En ese momento mi cabeza hizo clic.
―¡No jorobes! ¿Quieres decir que se ha pasado una semana entera de juerga?
―¡Sí! ¡Eso es lo que te estoy diciendo!
―¿Y cómo no avisó a nadie?
―¡Ufff! Es una historia muy larga. En resumen, cuando se enteró de que su novia le había sido infiel y que «puede ser, y solo digo que puede ser» que los gemelos no fueran suyos, cogió una borrachera de tres días y, mientras estaba medio inconsciente, le robaron todo lo que llevaba encima, incluidas las llaves del coche y el coche, que no llevaba encima, claro.
―Hablaba muy deprisa, como si no fuera la primera vez que lo contaba.
―Entonces, ¿quién se mató en el accidente?
―¡Ah! ¡Incógnita! No se sabe. Pero como él ha reaparecido, yo aquí ya no tengo nada que hacer. El primer vuelo hacia Madrid sale mañana; pasado mañana, a primera hora, llegaré a Mallorca.
No podía estar más contenta, los dos nos reíamos con ganas.
―¿Ya has hablado con los niños?
―Sí, les he llamado en cuanto me ha parecido que era una hora razonable. No acaban de creérselo, aunque están muy contentos.
―¡Como para no estarlo! Y tú, ¿cómo estás?
―Ahora, mejor. A las dos de la mañana, cuando he visto a David, pensé que iba a tener un ataque al corazón. ¡Me he asustado un montón!
Me eché a reír imaginándome la situación.
―Sí, ¡tú ríete! ¡Ha sido muy pero que muy fuerte! ―Aunque no parecía enfadada al decirlo.
―Bueno, entonces llegarás justo a tiempo para la fiesta de Tomeu.
―¿La fiesta de Tomeu?
―Sí. No estaba seguro de si debía decírtelo, porque no sabía si podrías llegar a tiempo, pero como ya estarás aquí…
―Entonces, ¿le han dado buenas noticias? ―me interrumpió.
―¡No precisamente!
―¿Cómo?
―Está muy mal, Marta, pero Damiá y, sobre todo, Isa, se han obstinado en prepararle una fiesta de despedida. De todas formas, todos los demás se han unido al proyecto.
―¿Eso no será muy triste? ―preguntó. Por el tono de su voz me di cuenta de que había empezado a llorar.
―Eso es lo que pretenden impedir. Quieren despedirlo con alegría, con la mayor alegría posible, dicen.
―¡No lo veo del todo claro!
―Nadie lo hizo al principio, pero después de hablar con Isa o con Damiá, todo el mundo acabó sumándose a la idea.
―Es que cualquiera haría lo que fuera por Tomeu.
―Yo pensaba que la fiesta tendría que celebrarse en el hospital, pero él no ha querido quedarse ingresado, o sea que, al final, se celebrará en su casa. No vamos a ser muchos, solo los de la clínica y algunos amigos íntimos.
―¿Y él qué dice?
―No dice nada porque no lo sabe. Pero por aquí todos están convencidos de que le va a encantar.
―Sí, lo más seguro es que sea así.
Nos despedimos al cabo de un rato.
Pensaba visitar a los chicos por la tarde; me apetecía ver cómo se habían tomado el follón que había armado su padre.
Aunque lo primero era ir a hablar con Damiá para pedirle un día libre. Marta llegaba dentro de dos días, a primera hora de la mañana. Si iba a recogerla, podría llevarla directamente a casa.
¡Sí! Le daría el recibimiento que se merecía.
MARTA
Después de hablar con Toni, todo se convirtió en una locura.
Llamé a Sergio Camacho para contarle que David había aparecido, lo primero que dijo fue:
―Con estas cosas no se debe bromear, Marta.
―No bromeo, Sergio. David está aquí, justo a mi lado, te lo paso y podrás comprobarlo por ti mismo.
Al principio, Camacho se alegró mucho de saber que David seguía vivo, aunque, después de la euforia inicial, la conversación entre ellos no fue de lo más agradable.
Sergio le recriminó, como había hecho yo antes, que no se hubiera puesto en contacto con él durante una semana entera, mientras que David se limitó a balbucear excusas incomprensibles.
A media mañana, David me pidió que le acompañara a ver a Graciela, pero yo no estaba dispuesta a hacerlo. ¡Era lo que me faltaba! Solo con imaginarme el drama, me veía por completo superada.
Mientras él no estaba, aproveché para hacer la maleta sin prisa.
En ella encontré la carta de Toni, que no había sacado al deshacerla.
Quería abrirla, pero, al mismo tiempo, me apetecía hacerlo con él.
Vaya dilema. Al final, la puse en la bolsa de mano.
Seguro que sería una tentación demasiado grande tenerla tan cerca durante un viaje tan largo; ya vería.
Como había dormido poco la noche anterior, me metí pronto en la cama. David no había regresado del hospital.
Un ruido me despertó y estuve a punto de empezar a chillar de nuevo. David me miró, elevando las cejas, como diciendo «no empecemos otra vez» y, de repente, todo lo que había sucedido durante el día y la noche anterior regresó a mi cerebro embotado de golpe.
―Me ha pedido que vuelva con ella ―me explicó en cuanto estuvimos sentados de nuevo en el sofá, con una copa en la mano.
―¿Y qué harás?
―¡No lo sé! Ya no sé estar solo, y ella no se cansa de repetir que solo fue aquella vez y que me quiere.
―Es una decisión difícil. Lo tendrás que pensar detenidamente.
―¿Tú crees que podré llegar a querer a esos niños como si fueran míos? ―preguntó con tristeza en la voz.
―Eso solo puedes saberlo tú. De todas formas, ya se sabe, el roce hace el cariño. Solo falta saber si tú serás capaz de olvidar y perdonar.
―¿Cómo crees que se lo tomarán Clara y Lluc?
―¿Quién sabe? Pero Lluc es muy maduro para su edad y ya sabemos que Clara perdona con la misma rapidez con que se enfada. Aunque a ti te corresponde preocuparte de que no se sientan abandonados, como ocurrió hace dos meses.
―¡No sé qué hacer!
―No es algo que debas decidir en cinco minutos. ¡A lo mejor os va bien!
―Y tú, ¿qué opinas?
―¿Yo? ―Me reí―. ¿Qué quieres que diga? También he conocido a alguien.
―¿Hace mucho?
―No, no mucho. Lo que tenemos es especial. Me siento muy bien con él, y no pienso dejar pasar esta oportunidad.
―Siento mucho todo lo que te he hecho, Marta. ¿Podrás perdonarme?
―No creo que pudiésemos estar aquí hablando tan tranquilos si no lo hubiese hecho ya, ¿no te parece?
―No, probablemente no.
―De todas formas, hay que tener en cuenta que dar la absolución a una persona que ha muerto es mucho más fácil. ―Me reí.
―No empieces con los chistes, por favor ―suplicó―, me parece que en el trabajo ya será más que suficiente.
―Es lo mínimo que te puede pasar y también lo que te mereces después del mal rato que nos has hecho vivir.
―¡Gracias, Marta! ¡Muchas gracias por todo! Si te abrazo, ¿volverás a clavarme las uñas?
―¡Es que ayer te pasaste tres pueblos!
―¡Ya lo sé! Fue un espectáculo lamentable, fruto de un acto de desesperación.
Puse los ojos en blanco de nuevo. Vaya vocabulario… Nos abrazamos y así firmamos la paz definitiva.