Te quiero, Marta (Colección Mediterráneo 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

« I si mai en algun dia

he comès algun error,

ara tot el que puc dir-te

és que ho sento molt »

[Y si alguna vez, algún día,

he cometido algún error,

ahora todo lo que puedo decirte

es que lo siento mucho]

(Sau, Poemes i promeses )

Me sentía genial y tan contenta… Después de haberme decidido y haber hablado con Toni, todo parecía en orden, en su sitio, como las piezas de un rompecabezas que encajan a la perfección.

Me permití un buen rato para pensar en él y, poco a poco, me fui quedando dormida.

Me desperté sobresaltada. Parecía como si hubiese entrado alguien en el apartamento. Me di la vuelta en la cama, diciéndome que debían de ser las reminiscencias de una pesadilla. Antes de que pudiera quedarme de nuevo dormida, oí un ruido y alguien se sentó en la cama.

Empecé a chillar como una loca, igual que las heroínas de las películas de terror. Daba manotazos a la pared intentando encender la luz, pero no encontraba el interruptor.

Estaba al borde del infarto, tenía todos los síntomas, pero, sobre todo, notaba el corazón junto a la campanilla medio dentro, medio fuera de la boca.

La luz se encendió de repente y allí, con cara de espanto y chillando a la vez que yo, estaba David.

Entonces sí que me puse a chillar con fuerza; creo que las amígdalas se me desplazaron al menos tres centímetros.

«Me he vuelto loca y estoy viendo fantasmas», me dije a mí misma mientras seguía gritando a pleno pulmón. «No, lo que pasa es que estoy dormida y soñando. Ahora me despertaré y todo esto habrá pasado».

―¡Para ya de gritar, Marta! ―exclamó David.

Y yo, venga a chillar más fuerte.

Alguien llamó a la puerta preguntando si me encontraba bien. David fue a abrir. Quien fuera que hubiese llamado se asustó tanto como yo y también empezó a chillar al mismo tiempo que salía corriendo.

―Pero ¿os habéis vuelto todos locos o qué? ―preguntó David, ya rabioso.

Paré de chillar, pero solo porque me había quedado sin voz.

Tenía a David ante mí y lo estaba mirando igual que si hubiera salido de su tumba.

Bueno, a todos los efectos, era igual que si hubiese vuelto de entre los muertos, pero sin aspecto de zombi ni nada, ¿eh?

Quiero decir que estaba tan guapo como siempre.

Quizás, si lo examinaba con atención, no tenía tan buena pinta; iba muy desarreglado, como si no se hubiese cambiado de ropa ni duchado en una semana, pero no se le caían trozos de carne ni apestaba como yo me imaginaba que debía hacerlo un muerto viviente.

―¡Cierra la boca, mujer! ―dijo―. Pareces tonta.

¿La tenía abierta? ¿A ver quién era el guapo que no se habría quedado congelado en esa postura, en mi situación?

―Tú… tú… tú… ―No me salían las palabras.

Me levanté y me dirigí hacia la cocina; sabía que en algún sitio había visto una botella de ginebra.

Puse más de tres dedos en un vaso, sin hielo ni nada, y me la bebí de un trago.

El cuerpo se me calentó, pero como seguía viendo a David ahí, plantado ante mí, decidí servirme un poco más. Su mano impidió que bebiese.

―Marta, ¿qué haces? ¿Me podrías explicar qué haces aquí y por qué te comportas de esta manera?

―¿Que qué hago yo aquí? ―conseguí articular―. ¿Qué haces tú aquí?

―Yo vivo aquí, al menos la mayoría del tiempo.

―¡No digo eso! Tú estás muerto, moriste hace seis días y la policía está realizando pruebas de ADN a tu cuerpo carbonizado. Así que explícame cómo es posible que estés aquí.

―Antes de que yo llegara ya te habías puesto tibia de ginebra, ¿no? Y de algo más, según parece.

―¡Qué no! Pero ahora sí que la necesito. ―E intenté llevarme de nuevo el vaso a los labios. David me lo volvió a impedir.

Ni muerto me dejaba en paz, ¡menudo cabrón!

―¿Quién te ha dicho que morí hace seis días? Menudo disparate.

―Sergio Camacho ―dije con la poca dignidad que me quedaba.

···

Una hora más tarde, después de que David consiguiera convencerme de que no era una aparición ni tampoco el fruto de mis sueños, estábamos sentados en el sofá, con un gin-tonic cada uno en las manos.

―Cuando Graciela me dijo que los gemelos podían ser de otro tío, me volví loco de rabia y celos.

―¿Insinúas que antes de saber que estaba embarazada ya teníais una relación seria?

―Pues claro, ¿qué pensabas?

―¡Que estabas con ella porque estaba embarazada!

―¡No, yo la quería! No salía con nadie más desde que la conocí a ella. ―Levanté las cejas, interrogándolo―. Pero que me pusiera los cuernos…

―Ella dice que solo fue una noche.

―Y tú, ¿la crees?

―¡Yo qué sé! Parecía sincera y muy triste.

―Cogí el coche y me tiré a la carretera. Cuando estuve harto de conducir, me paré en un pueblecito de mala muerte. Pensé que podía quedarme allí y beber hasta reventar, a ver si así se me quitaban la mala leche y las ganas de matar a alguien.

―¿Dónde te quedaste?

―En una pensión cochambrosa. Creo que incluso había ratas, no estoy seguro, ¡porque me bebí hasta el agua de los jarrones! Estuve borracho casi todo el tiempo y, en cuanto se me pasaba un poco la borrachera, empezaba a beber de nuevo. Beber para no pensar, para no ser.

¡Uf! Incluso David hablaba como si estuviera en una telenovela.

―¡No hace falta que te pongas melodramático!

―No me pongo melodramático. Esa era mi intención.

―Vale, pero ¿y el coche?

―Me lo robaron. Supongo que, cuando estaba borracho, alguien aprovechó para llevarse las llaves del coche, la cartera e incluso el teléfono móvil.

―Pues al pobre que te robó no le duró demasiado la alegría, porque estampó el coche en una curva muy cerrada y no lo han podido identificar.

Me miró, dio un sorbo a su bebida y continuó:

―El dueño de la pensión quiso cobrar. Yo todavía iba muy borracho y, cuando me llevé la mano donde debía encontrar la cartera, no encontré más que aire.

―¡Qué peliculero te has vuelto! ―Puse los ojos en blanco, riéndome.

―Si vas a reírte, no te cuento nada más.

―Es que hablas de una manera, hijo mío… «No encontré más que aire» ―lo imité.

―¡Vete a la mierda! ¡Ya no te lo cuento!

―¡Venga! No te enfades. ―Yo intentaba disimular la risa, pero es que parecía que estaba viendo una película… de las malas.

―El tío, viendo que yo no podía pagar, llamó a la policía, que me llevó al cuartelillo. He estado allí hasta que han venido a recogerme hoy.

Lo dijo deprisa, como un niño pequeño que ya está cansado de contar algo y termina rápido para acabar cuanto antes.

―¿Quién te ha ido a recoger? ¿Y por qué te han retenido tres días? Mientras, nosotros pensábamos que estabas muerto.

―¡Yo de eso no sabía nada!

―¡Ya, pero podrías haber llamado a alguien, joder! ―Ya no me reía, empezaba a estar muy cabreada.

―Ha venido a recogerme un compañero del trabajo. ¡No me ha dicho nada de que pensarais que estaba muerto!

―No sé a quién se lo ha contado Sergio y a quién no ―contesté―. ¡Lo que no me parece ni medio normal es que desaparecieras durante una semana sin decir nada a nadie! ¡Todavía no lo entiendo!

―¡Te digo que estaba fuera de mí! No sabía lo que hacía, bebí y bebí. Los policías, en cuanto vieron que iba indocumentado, me pusieron a dormir la mona en una celda. Cuando desperté, no sabía dónde estaba; ni siquiera era capaz de recordar el teléfono de nadie.

―¡Podrías haber llamado al hotel!

―¡Me moría de la vergüenza, joder!

―¿Vergüenza? ¡Vergüenza! ―exclamé incrédula.

―Bueno, ahora ya he regresado y podré aclararlo todo.

―Creo que lo mejor será que yo llamé a Sergio, si no, solo Dios sabe cómo se tomará que entres en su despacho por tu propio pie.

―¡Peor que tú no será! ―dijo y, por primera vez desde que había llegado, lo vi sonreír.

―Por cierto, ¿y aquí cómo has entrado?

―Tengo una llave escondida bajo una maceta.

―Muy previsor.

―He aprendido de ti ―dijo mientras me miraba, y después añadió―: Nos han pasado algunas gordas, ¿eh?

―¡Sí, pero como esta, ninguna!

Nos miramos con complicidad, con la certeza que da el conocimiento mutuo después de tantos años juntos.

―No sé cómo pude ser tan imbécil de dejaros a ti y a los niños.

―Eso ya es agua pasada, no lo pienses más.

Esperaba que no se le ocurriera intentar arreglar lo que había estropeado durante los dos últimos años con dos frases y un par de palabras bonitas.

Durante un buen rato, ninguno de los dos dijo nada.

―¿Has visto a Graciela? ―preguntó él al fin.

―A ella y a los niños.

―¿Y?

―Pues nada, que no hará falta que te hagas las pruebas de paternidad.

―¿Se parecen a mí?

―No precisamente. Son más bien negritos.

Puso la cabeza entre las manos y se lamentó.

―¿Qué haré yo ahora?

―No lo sé. Si dices que la quieres… ―No me dejó acabar.

―¿Y si vuelvo a casa con vosotros?

¡Ahí estaba! Por lo visto, podía esperar en vano que David pensara con la cabeza y no con el culo, aunque fuera por una vez.

Se acercó a mí y me cogió por la cintura.

―¡Estás de coña, supongo! ¡Ya me estás soltando!

―¡Todavía eres mi mujer!

―¡Y tú todavía estás borracho! ―dije, elevando el tono de voz.

Intentó besarme y yo le arañé la cara.

―¡Tú estás mal de la cabeza! ―chilló.

―¡No! ¡Yo estoy estupendamente! El que no sabe lo que dice eres tú.

Intentó acercarse otra vez y yo cogí lo primero que encontré, la botella de ginebra ―¡qué suerte!―, dispuesta a rompérsela en la cabeza.

Seguro que se dio cuenta de que era capaz de hacerlo, porque retrocedió levantando las manos en son de paz.

―Bueno, lo más probable es que tengas razón y no sea muy buena idea.

―Lo sabes a ciencia cierta: ¡tengo razón!

Volvimos a sentarnos; yo lo hice lo más lejos posible de David, sin soltar la botella.

Todavía no eran ni las cuatro de la mañana, en Mallorca ya debían de ser casi las nueve. Nada me retenía ya en México y era necesario que avisase a los niños del regreso de su padre de entre los muertos.

¡Mierda! Sería muy difícil de explicar todo aquel embrollo.