Capítulo 12 #2
―Cristina ha estado llamándome durante todo el día y, cuando ha sonado el teléfono a estas horas, he pensado que volvía a ser ella.
―¿Qué hora es? ―Pude oír cómo se removía―. ¡Oh, ya son las ocho! En Mallorca debe de ser más de medianoche… Ya estarías durmiendo… Lo siento, si acaso te llamo mañana por la mañana…
―¡Ni se te ocurra colgar! ―dije en tono de súplica.
―¡Es tardísimo! ¡Deberías estar descansando!
―¿Es que acaso crees que podría seguir durmiendo si ahora dejo que cuelgues, después de tantos días sin escuchar tu voz?
Ella se rio con suavidad. No me cabía el corazón en el pecho.
―¿Qué quería Cristina? ―me preguntó con una nota de preocupación en la voz.
―¡No lo sé! ¡No he querido hablar con ella!
―¿Por qué?
―Porque no tengo nada que hablar con ella. En cambio, contigo… ¡Te he echado tanto de menos, Marta! Parece que te marchaste hace un año y no hace ni cuatro días.
Volví a escuchar cómo se reía y a mi corazón le salieron alas.
MARTA
En cuanto oí la voz de Toni quise correr hacia el aeropuerto y coger el primer vuelo que saliese hacia casa. No podía esperar para estar a su lado, con él.
―Yo también te he echado de menos. Siento haber sido tan tonta y no haberme dado cuenta antes de que quiero estar a tu lado todo el tiempo que sea posible.
Había cogido carrerilla y lo había dicho todo de golpe para que no pudiera interrumpirme y, al final, como no podía ser de otro modo, se me habían empezado a caer las lágrimas. ¿Qué me pasaba últimamente, que lloraba por todo?
―¡Eh! ¡No llores! ―me pidió Toni con suavidad―. ¡Son las palabras más maravillosas que he oído en mi vida! ¡Me moría por oírlas! ―Y, cambiando de tono, agregó―: Veo que has leído mi carta.
―¿Tu carta? ―dije, medio riendo, medio llorando―. ¡No!
―¿Cómo que no? ―preguntó, intentando sonar ofendido―. ¿Sabes qué? No la leas, no vaya a ser que vuelvas a cambiar de opinión.
―¡Tonto! ¿Cómo puedes decir eso?
Oí su risa estrepitosa y me sentí feliz, muy feliz.
―No te rías, ¡no tiene nada de gracia! ―Intenté hacerme la ofendida, sin éxito.
―Bueno, tú no la leas, que ahora me da un poco de corte.
―¿Cortado? ¿Tú?
―Sí, porque creo que te pareceré muy desesperado, pero es que en aquel momento habría hecho cualquier cosa para que me dijeras exactamente lo mismo que ahora.
―Me ha costado un poco, ¿eh?
―Ni que lo digas ―suspiró.
Me reí de nuevo al notar su alivio.
―Me parece que todo será más fácil cuando vuelva a casa.
―Sí, creo que sí.
Continuamos hablando durante más de una hora, hasta que me acordé de que en Mallorca era de madrugada.
―Ya es hora de que nos despidamos, mañana tienes que madrugar y deben de ser más de las dos y media.
―¿Crees que tardarás mucho en volver?
―Ni idea. Lo que tarden los papeles, no creo que falte mucho.
―¡Te llamo mañana! Isa y Ruth estarán muy contentas de saber que has dado señales de vida, aunque Isa dirá que ella ya sabía que me llamarías.
―¡Vaya cotillas! ―exclamé riendo―. ¿Te han molestado mucho?
―¡Qué va! Todo lo contrario, Isa, sin querer, me dio esperanzas; Ruth, en su línea, pensaba que debía llamarte cada cinco minutos para que no dejaras de pensar en mí.
De nuevo me eché a reír, no podía parar de hacerlo.
―Diles que las llamaré un día de estos. Es que hasta ahora no he tenido mucho tiempo para mí. ¿Me disculparás?
―No me parece que estén muy enfadadas.
―¿Hablamos mañana?
―¡A no ser que quieras que coja el primer avión y vaya para estar contigo!
El corazón empezó a latirme con fuerza ante esa perspectiva, pero, si lo pensaba con la cabeza, como ya le había dicho a él, no podía faltar demasiado para que volviera a casa; de momento, me parecía mejor idea que se quedara cerca de los niños.
En contra de lo que me pedía el corazón, contesté:
―Ya no tardaré en volver y sé que cuando vas a casa los niños se alegran mucho de verte. No sé cómo se tomarían que tú vinieses y a ellos no los dejara.
―Sí, quizás tengas razón.
―¡De acuerdo entonces, hasta mañana!
―Bueno, hasta dentro de un rato. ¡Te despertaré a las cinco de la mañana y sabrás lo que es bueno!
―¡Ni lo intentes! ―grité riendo.
―¿Qué no? ¡Ya lo verás! ―se mofó.
―¡Hasta mañana! ―dijimos al mismo tiempo y colgué.
Ya estaba. Lo había admitido, como mínimo ante Toni y ante mí misma.
TONI
Por la mañana, cuando llegué al trabajo con cara de sueño y una sonrisa de oreja a oreja, Isa y Ruth adivinaron enseguida lo que había pasado y se alegraron muchísimo.
―¿No te lo había dicho yo? ―me preguntó Isa al mismo tiempo que me abrazaba.
―¡Menuda bruja estás hecha! ―dijo Ruth por detrás mientras se reía.
Era muy temprano, casi ni habíamos abierto la clínica, y parecía que estuviéramos celebrando algo importante. Yo estaba radiante y ellas, contagiadas de mi alegría, sonreían con toda la cara.
Sin embargo, el alborozo duró poco tiempo.
La puerta se abrió y, al darme la vuelta para ver quién era, me encontré de frente con un desmejoradísimo Damiá. Parecía deshecho, iba sin afeitar y con cara de no haber dormido más que yo. Sin duda, su motivo no era para alegrarse como lo era el mío.
Las risas se cortaron de golpe.
Nos miró con los ojos anegados en lágrimas.
Ruth e Isa se abrazaron, previendo lo que estaba a punto de anunciar Damiá.
―Esta madrugada han ingresado a Tomeu.
―¿Cómo está? ―preguntó Isa, con las lágrimas rodándole ya por la cara.
―¡Muy mal! Está en la fase final. Está mucho peor de lo que nos había hecho creer.
También parecía a punto de echarse a llorar.
Los cuatro entramos en la sala de descanso, abatidos.
―Y aún ha sido él quien ha terminado animándonos a su esposa y a mí ―dijo mientras se sentaba en una de las sillas.
―¡Hombre, «quien asno nace, asno muere»! ―dijo Ruth, seca. Sin duda, ese era su mecanismo de protección.
―¿Y eso qué significa? ―preguntó, riéndose a medias, Damiá―. Los de ciudad no entendemos tus refranes la mitad de las veces.
―¡Pues significa precisamente lo que significa! ―respondió ella con acritud.
―También podría decirse «genio y figura, hasta la sepultura» ―contestó Isa mirando a Ruth con dulzura.
―¡Pues lo que yo he dicho!
Yo casi no conocía a Tomeu. Lo había visto en dos ocasiones, las dos en la clínica, pero me había caído muy bien. Tenía aquella personalidad explosiva que enamoraba a todo el mundo y yo no había sido la excepción.
De repente, Isa levantó la cabeza, riéndose.
―¡Ya sé qué vamos a hacer! ¡Le haremos una fiesta de despedida! No dejaremos que nos vea tristes.
―¿Has perdido la cabeza? ―exclamó Ruth con asombro.
―¡No, tiene razón! ―dijo Damiá―. Lo despediremos con una celebración inolvidable.
―¡Sí! ―intervino de nuevo Isa―. Estoy segura de que él querría irse como ha vivido, sin regalar otra cosa que alegría a todo el mundo.
No me podía creer que estuviesen hablando en serio. ¿Una fiesta? ¿Y dónde pensaban organizarla? Si Tomeu se encontraba tan mal, no podría salir del hospital, ¿no?
¡Me parecía todo tan surrealista! En cambio, a ellos se los veía emocionados de verdad, haciendo planes de todo lo que iban a organizar.