Capítulo 12
« Fora mandra, surt de l'ou
ja n'hi ha prou de fer bondat.
Fes tot el que tu has somiat »
[Fuera la pereza, sal del huevo
ya basta de portarse bien.
Haz todo lo que siempre has soñado]
(Lax'n'Busto, Cançó de l'estiu )
TONI
Ya hacía cuatro días que Marta se había marchado. Aunque no sabía nada de ella, estaba dispuesto a darle el tiempo que me había pedido, al menos de momento.
No le había contado a nadie de qué manera nos habíamos separado, por lo que aquel día, cuando entré en la sala de personal para tomarme un cacao caliente, Isa me interceptó cuando estaba a punto de abrir la nevera.
―¿Qué tal Marta? No hemos sabido nada de ella, ¿qué cuenta?
Me cambió la cara. No sabía qué decir para que no se notase lo mal que me sentaba no haber tenido noticias suyas tampoco.
―¡No has hablado con ella! ―No lo preguntó, lo afirmó.
―Hombre…, supongo que va de culo entre el cambio de hora y todo lo que tiene que hacer allí… ―Pero lo que no mencioné fue que había llamado a los niños cada día y que, si yo lo sabía, era porque Lluc me lo había contado.
Isa elevó una ceja, con cara interrogante.
―Aquí pasa algo raro. Está loquita por ti y ¿no te llama desde hace cuatro días? ―añadió, poniéndose en plan detective.
En ese mismo momento entró Ruth y, mientras se dirigía a la máquina de café, preguntó:
―¿Quién no ha llamado en cuatro días?
Todavía no había terminado de decirlo cuando, parándose en seco, se giró hacia mí.
―¿Marta no ha llamado desde hace cuatro días? ―soltó gritando―. ¿A los niños tampoco? Seguro que le ha pasado algo. ¿Todavía no habéis llamado a la policía, al hotel, al móvil?
Se había puesto tan nerviosa y hablaba tan deprisa que apenas podía seguirla.
―Frena, frena ―le dije―, a los niños sí que los ha llamado.
Ruth suspiró sonoramente aliviada.
―¡Ah! Pues si se ha puesto en contacto con los niños, es porque debe de estar bien, y si está bien, todo resuelto ―contestó después.
―¿Cómo que todo resuelto? ―intervino Isa―. Es muy raro que no haya llamado a Toni, ¡si están coladitos el uno por el otro! Si no se dejan ni para ir a mear, que dan asco de tanto toquetearse. Pasó algo antes de irse. ¿Qué fue, Toni?
¡Joder! ¡Vaya pareja! ¡Si parecían de la Guardia Civil!
No contesté de inmediato, pensando en la manera de poder escurrir el bulto, pero Isa me cogió por un brazo.
―¡Venga, si total, tendrás que hablarlo con alguien!
¡Uf! No me iban a dejar en paz hasta que se lo contase, así que les expliqué la escenita de Clara. No se sorprendieron demasiado de lo que había hecho la niña.
―Pobre Marta, ¡vaya dolores de cabeza le causa esa niña cuando se le cruzan los cables! ¡Con lo maja que es, tener estos ataques! También Clara… ―dijo Ruth, que todavía no estaba del todo calmada.
―Así que Marta decidió que, mientras estuviera en México, nos diésemos un tiempo para pensar.
―¿Qué quiere pensar? ―exclamó Isa.
―¡Y yo qué sé! Yo también se lo pregunté. Es que está obsesionada con el tema de la edad.
―¡Uf! ¿Y por qué no la llamas tú?
―Porque me pidió tiempo y se lo voy a dar. ¡Le daría hasta la luna si me la pidiese! ―Vale, eso había sonado cursi y muy desesperado.
―¡Pues yo no la dejaría que lo pensara ni un minuto! ―apostilló Ruth.
―¡Que sí! ―La que hablaba en ese momento era Isa―. ¡Que la deje en paz! Tiene que llegar por sí misma a la conclusión a la que acaba de llegar Toni.
―¿Que es…? ―preguntó Ruth imitando el tono de voz de la señorita Rottenmeier.
―Que, si Toni se lo pidiera, le daría hasta la luna, que es lo que los demás vemos, pero de lo que ella todavía no se ha dado cuenta.
El corazón se me hinchó en el pecho.
«Ojalá fuese verdad ―me dije a mí mismo, y gran parte de mi pesar se disolvió como por arte de magia―. ¿Será verdad? Estas dos son sus amigas, la conocen mejor que yo».
Mi cara debía de revelar todo lo que estaba pensando, porque enseguida oí que alguien decía:
―¡Tierra llamando a Toni! No te embales y baja de las nubes, que todavía te quedan unos cuantos pacientes por ver. ―Y es que Ruth, cuando se lo proponía, podía ser muy desagradable.
―Yo no lo tengo tan claro como vosotras ―empecé a decir mientras fuera sonaba el teléfono.
Ruth se acercó a la recepción para cogerlo.
―Bueno, pues confía en mí. Seguro que será como te digo. Haces muy bien dándole un poco de espacio y de tiempo; déjala que te eche de menos, que eso la mayoría de las veces funciona.
Ruth volvió a entrar.
―Toni, es para ti. No es una paciente nuestra, me ha dicho que se llama Cristina y que está segura de que querrás hablar con ella.
MARTA
Durante el camino de regreso al apartamento pensé en todo lo que me había contado Graciela entre lágrimas ―era el nombre de la pareja de David―. En cuanto se puso a desgranar su historia, terminé de convencerme de que estaba inmersa en una telenovela.
Ella y David habían tenido una pelea bestial porque, viendo cómo se acercaba la fecha del parto, ella le había confesado que «puede ser ―y solo decía “puede ser”―» que los gemelos no fueran suyos.
Joder, no conozco a nadie que no hubiese cogido un cabreo del quince si, a falta de pocos días del nacimiento de sus hijos, le informasen de que «puede ser, y solo digo que puede ser» que los niños no fueran suyos. David había salido de su casa gritando y dando portazos.
Graciela no había sabido nada más de él hasta que yo me presenté en su habitación del hospital. Le tuve que explicar que él había tenido un accidente y había muerto, que esa era la razón por la que yo estaba allí; aquello y la tarjeta que alguien había dejado en la puerta del apartamento de David.
Ella aseguraba, juraba y perjuraba que solo le había sido infiel una vez y que, por las fechas, los niños podían ser de un padre o de otro. Había tenido una aventura con un cubano, negro como el carbón, una noche que había salido de marcha con sus amigas.
¡Pero bueno! ¿Y la protección? ¿Nadie había informado a la chica de que existían unas cositas llamadas preservativos?
Cuando se acercaba la fecha del parto, Graciela empezó a preocuparse. Pensaba que los niños quizás no se pareciesen tanto a David como deberían y, después de darle muchas vueltas, decidió que más valía prevenirlo, porque no sabía qué podía pasar si los niños resultaban ser del cubano.
¡Pobre David! Lo que hubiese sucedido era que, en vez de morir en un accidente de coche porque iba tan cegado por la rabia que no vio aquella curva cerrada, habría muerto de un infarto en el mismo momento en que hubiese visto a sus supuestos hijos.
Graciela lloraba y repetía una y otra vez que nunca debió dejar que David cogiera el coche con lo enfadado que estaba, que si lo hubiese sabido, no lo habría dejado marchar… Pero claro, a toro pasado…
No se debe conducir estando ebrio, ya sea de alcohol o de rabia.
Y, de cualquier manera, es imposible volver atrás en el tiempo para hacer las cosas de forma diferente.
El taxi me dejó en la puerta del apartamento, pero yo no tenía ganas de encerrarme en él.
Hacía cinco días que estaba en Cancún y había reprimido con todas mis fuerzas las ganas que tenía de pensar en Toni.
Empecé a deambular sin rumbo por una playa cercana y dejé volar mis pensamientos hacia él y nuestra relación.
Lo echaba de menos, muchísimo. Podía verlo con su eterna sonrisa, en estado de suma concentración en el quirófano, o simplemente tirado de cualquier manera sobre el sofá de Can Suau, con un libro en las manos, y cada imagen de él no hacía sino aumentar mis ganas de verlo.
¿Cómo había podido ser tan gilipollas y decirle que tenía que repensar lo nuestro?
Una vez había oído a alguien decir que cualquier decisión que tomamos en la vida tiene un precio y que lo primero que hay que saber, antes de tomarla, es si estamos dispuestos a pagarlo.
¿Qué precio debería pagar en caso de dejar la relación? Solo de pensarlo me dolía el corazón. No volver a verlo, no volver a sentir sus manos sobre mi piel, no poder hablar con él de cualquier cosa…
No podía imaginar un futuro lejano en el que Toni formase parte de mi vida, conmigo, vieja, y él a mi lado, todavía joven. Pero imaginarlo sin él no era solo difícil; resultaba incluso doloroso.
Ese era un precio imposible de pagar.
¿Y si seguíamos juntos?
¡Todo el mundo hablaría de nosotros! ¿Acaso no lo hacían ya? ¡No me moriría por eso! La gente tenía que pasar el tiempo de alguna manera y hablar era barato y entretenido.
En cuanto a los niños, Lluc lo había aceptado y Clara… bueno, ella tenía mucho genio, pero también perdonaba con facilidad. En poco tiempo no recordaría haber estado tan enfadada.
De repente, ya no quería hacer nada que no fuese hablar con él y decirle que lo único que importaba era estar juntos.
Corrí hacia el apartamento y, subiendo los escalones de dos en dos, entré sin siquiera mirar la hora que era. Cogí el teléfono y marqué su número.
TONI
Era la una de la madrugada. Algo me había despertado. Me senté sobre la cama, asustado. Era el teléfono, que estaba sonando.
Si era Cristina otra vez, iba a estampar el móvil contra la pared.
No me había querido poner al teléfono por la mañana y ella había seguido llamando durante todo el día. No sabía nada de ella desde hacía cinco meses y, de repente, se ponía a llamar como una posesa; seguro que no planeaba nada bueno.
El teléfono dejó de sonar y yo me volví a la cama. Todavía no había puesto la cabeza sobre la almohada cuando empezó a sonar de nuevo.
Me levanté de la cama decidido a ponerle las cosas claras.
Al descolgar ni siquiera la saludé.
―¡Cristina! ―dije a pleno pulmón―. ¡No vuelvas a llamarme, no quiero saber nada de ti! ¿Qué parte de «no quiero hablar contigo» es la que no has entendido esta mañana?
―¿Cristina? ―Oí como me preguntaba Marta, muy extrañada.
Me alejé el teléfono de la oreja y lo miré, asustado. En la pantalla lo ponía muy claro: era Marta. ¿Era Marta? ¡Era Marta! Mierda. Mierda.
―¿Marta? ―le pregunté al auricular, casi con timidez.
―¡Sí, soy yo! ―contestó ella, bastante asustada.