Te quiero, Marta (Colección Mediterráneo 3) Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

Cuando Camacho me dejó de nuevo en el apartamento, eran casi las tres de la tarde y yo estaba, de nuevo, muy cansada. Antes de despedirse de mí, dijo:

―Creo que tendrás que quedarte por aquí unos cuantos días y yo, en nombre de la compañía, quería decirte que puedes disponer del apartamento todo el tiempo que lo necesites.

―Muchísimas gracias, Sergio. Hoy me has ayudado mucho; todavía no sabría ni por dónde empezar si no hubiese sido por ti. En cuanto al apartamento, te lo agradezco también. Así tendré tiempo de recoger las cosas de David e ir cerrando heridas.

―David era una gran persona. Lamento no poder informarte de quién era su pareja, pero si averiguo alguna cosa, te lo diré. Si necesitas mi ayuda para cualquier otra cosa, solo tienes que decírmelo.

―Gracias de nuevo, Sergio. Supongo que nos veremos antes de que me vaya.

―¡Eso espero!

Cuando me quedé sola, tuve que tumbarme en la cama. Estaba reventada, tampoco habíamos andado tanto, pero tenía las piernas igual que si hubiese caminado kilómetros y kilómetros.

Durante los días siguientes me dediqué a poner las pertenencias de David en cajas.

La verdad es que no había gran cosa, parecía que no pasaba demasiado tiempo en el apartamento.

Solo me quería llevar a casa lo más personal para dárselo a los niños, pero no encontré ni la alianza ni una cadena que llevaba siempre puesta. Lo más seguro era que me las diera la policía si las llevaba encima en el momento de su muerte.

Llamé a Camacho por si sabía de algún centro donde pudiera donar aquellas cosas que David ya no necesitaría.

Después de hacer eso, solo cabía esperar. Me quedaba tiempo para pensar, leer, pasear o hacer lo que fuera.

Me sentía muy cansada y pensé que debía ser por el jet lag , que todavía no lo había superado.

Dos días más tarde, después de comer, estaba tumbada en el sofá cuando llamaron a la puerta. Fui a abrir, pero no había nadie. Habían dejado un sobre a la atención de David. Lo abrí. Dentro solo había una tarjeta que ponía:

«Hospiten Cancún

Av. Bonampak, lote 7

Hab. 312».

Me quedé asombrada. ¿Qué significaba eso? Quien lo hubiese dejado no debía saber qué le había pasado a David, ¿o sí?

Me quedé mirando la tarjeta durante un buen rato, sin saber qué hacer.

Al fin me decidí y salí a buscar un taxi, había muchos alrededor del hotel.

Una vez en el taxi, me volvieron a asaltar las dudas. No entendía qué se proponía quien hubiera dejado aquella tarjeta en el apartamento. No estaba asustada: iba a un lugar público, un hospital. El nombre ya lo dejaba entrever e internet me lo había confirmado.

Al final de la carrera, el taxista me dejó ante un hospital que tenía toda la pinta de ser privado, más para turistas que para residentes, pero de esos hospitales también teníamos algunos en Mallorca, así que tampoco me extrañó demasiado.

Toqué a la puerta de la habitación trescientos doce.

―¡Pase! ―dijo una voz desde dentro.

Cuando entré, me encontré con una chica joven, rubia, con el pelo a la altura de los hombros ―con las mechas recién hechas―, los ojos azules y los labios pintados de rojo, cuya forma apuntaba más a una obra no muy afortunada de reconstrucción que a una de la naturaleza.

―¡Buenos días! ―me dijo mientras me miraba con extrañeza―. ¿La conozco?

―No lo creo. Alguien ha dejado una tarjeta con el nombre del hospital y el número de la habitación en el apartamento de mi marido.

―¿Y su marido es…? ―volvió a preguntar con una sonrisa, todavía, en los labios.

―Mi marido era ―remarqué― David Mateu.

La cara de aquella joven, de la que todavía no sabía ni el nombre, pasó de un color muy sano a un blanco cercano al desmayo.

―¿Qué hace usted aquí? ¿Y qué significa «era»? ―dijo casi chillando.

¿A que resultaría que esa joven era la madre de los gemelos? ¿A que David había decidido dejarlo todo por una rubia siliconada?

Todo era un sinsentido.

En ese preciso instante, entró en la habitación una enfermera con una bata inmaculada que, más que una bata parecía un vestido, ¡y cofia! ¡Qué preciosos me parecieron en esos momentos nuestros antiestéticos pijamas!

Empujaba una cuna con un recién nacido dentro y, detrás de ella, otra enfermera igual que la primera empujaba otra.

¡Bingo! ¡Lo había adivinado! Aquella joven era la pareja de David y, aquellos, sus hijos recién nacidos.

Me asomé a la primera cuna, no sé muy bien por qué; quizás para ver si encontraba algún parecido entre esos recién nacidos y sus hermanos, es decir, mis hijos. ¡Vaya culebrón!

Me arrepentí al instante de haberlo hecho. La que se puso blanca como la pared, en ese momento, fui yo. Tuve que sentarme y, dándome aire con la mano, llegué a la conclusión de que las enfermeras se habían equivocado de habitación.

Aquellos no podían ser los hijos de David.

Pero la rubia los miró con cara amorosa y, volviéndole, en cierta manera, el color a la cara, sonrió en cuanto los vio.

«¿A que me he equivocado y al final la rubia no tendrá nada que ver con David?».

En pocos segundos tuvo entre los brazos a un bebé precioso, pequeñito, gordito y… negrito.