Te quiero, Marta (Colección Mediterráneo 3) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

La pregunta de aquel hombre me cogió por sorpresa. No esperaba que quisiera darme conversación, pero mucho menos que me preguntara por el estado de David.

―Él… él… él murió en el accidente ―indiqué apenas en un susurro.

―¡Ay, señora! Perdóneme usted ―dijo girándose para mirarme y, por consiguiente, perdiendo de vista la carretera―. No quería atormentarla. Discúlpeme ―repetía sin cesar.

―No se preocupe ―le contesté yo, con las lágrimas aflorando a mis ojos y deseando no pensar en que iba a perecer de la misma manera que David.

Pero se preocupó y siguió disculpándose durante al menos diez minutos más. Cuando al fin conseguí cerrar los ojos y descansar un poco, ya estábamos en nuestro destino.

Al llegar, como no podía ser de otra manera, resultó que el señor Camacho no tenía la oficina lo que se dice cerca.

Después de hablar con él por teléfono, la recepcionista me informó de que tardaría alrededor de una hora en llegar y me invitó a esperarlo en uno de los sofás de la entrada o en el bar, donde yo prefiriese.

Yo, con mi jet lag y después de más de treinta y seis horas sin dormir, me dirigí hacia uno de los sofás, más zombi que otra cosa, y en menos de treinta segundos me quedé frita. Estoy segura de que incluso ronqué.

El señor Camacho estaba muy disgustado cuando me despertó; me había encontrado espatarrada sobre uno de los carísimos sofás de la entrada.

Su cara de espanto fue mayúscula cuando detectó en el susodicho sofá una mancha no muy difícil de identificar: había dormido tan bien durante aquella hora que se me había caído la baba.

―Señora Mateu ―me dijo, alargándome la mano derecha―. Soy Sergio Camacho.

―No, señora Manresa ―le respondí al tiempo que alargaba también la mía. Como todavía estaba medio dormida, acababa de meter la pata de nuevo.

―Ah, pues perdone, ha habido una confusión.

¿Era posible que, de todos los españoles que viajaban cada año a Cancún, ninguno hubiese podido informar al estirado Sergio Camacho de que las mujeres de nuestro país no adoptamos el apellido de nuestros esposos al casarnos? ¿O sería simple cabezonería?

―David Mateu era mi esposo.

―Pero usted acaba de decir…

―¡Déjelo así, por favor! ―lo interrumpí―. Si me llama Marta, ya va bien.

Me miró con extrañeza. En ese momento pude imaginarme su mecanismo cerebral funcionando y calculando la cantidad de problemas que le iba a dar aquella extranjera malhumorada.

Me condujo al apartamento de la compañía que había sido la casa de David hasta hacía tan poco. Todo estaba ordenado y limpio, pero tenía un aspecto deshabitado.

―¿La compañera de David también vive aquí?

―No, David tenía este apartamento para él solo, no lo compartía con nadie; por su cargo tenía derecho a él.

―Sí, lo entiendo, pero él tenía una compañera sentimental aquí. Pensaba que vivían juntos.

El pobre Camacho me miró con los ojos abiertos como platos, estaban a punto de salírsele de las órbitas.

―Pero ¿no me acaba de decir que es usted su mujer? ―Al pobre parecía que le iba a dar un ataque de nervios.

―Sí, lo soy. Pero estábamos separados; él tenía otra pareja aquí, en México. ―Se lo dije despacito. ¡A mí no me parecía tan difícil de entender, cojones!

―¡Ah, por eso usted vuelve a utilizar su apellido de soltera! ¡Ahora lo entiendo!

―¡Sí, sí, precisamente por eso! ―le dije con retintín, a ver si así podíamos dejar el dichoso temita del apellido aparcado.

―No estaba informado de que David tuviera otra pareja. De todas formas, no parece que haya nadie aquí, ni hoy ni desde hace días.

Y tenía toda la razón: a ese apartamento no había ido nadie desde hacía días.

―A lo mejor alguien del hotel, con quien él tuviera más confianza, la conoce y puede decirle dónde encontrarla.

No le contesté. ¿Qué debía hacer? Por una parte, lo más normal parecía ponerme en contacto con ella; por otra parte, ¿quién era ella para mí? No sabía qué hacer…

―De momento no se preocupe. Si en unos cuantos días no sé nada de ella, ya volveremos a planteárnoslo ―contesté al fin.

En cuanto me quedé sola, pensé en curiosear un poco por la casa, pero estaba tan cansada que me fui a la cama. Ya me ocuparía a la mañana siguiente de buscar algún objeto personal de David del que la policía pudiera extraer el ADN para compararlo con el de su cuerpo.

Había quedado con Camacho en que me recogería a la mañana siguiente para ir a firmar los papeles que permitirían realizarle a David las pruebas.

Más adelante tendría que plantearme qué haría con los restos de David. Aunque el plan inicial era llevarme sus cenizas a Mallorca, tampoco tenía ni idea del tipo de permisos que necesitaba para ello.

A las ocho en punto, Camacho tocó a la puerta del apartamento.

Yo había tenido que correr para estar lista y ni siquiera había tenido tiempo de desayunar. Entonces me di cuenta de que la noche anterior tampoco había cenado. A mí, por lo general, los nervios me daban hambre y me había saltado dos comidas… Increíble.

La única época de mi vida que no había tenido un hambre atroz había sido durante los embarazos… A lo mejor era que estaba empezando con la menopausia y me iba a pasar lo mismo. «¡Vaya suerte!», me ilusioné.

Los trámites con la policía fueron rápidos; solo tenía que firmar unos papeles. Todo indicaba que no había error. El coche era suyo y también habían encontrado sus documentos. En definitiva, me puse a llorar de nuevo y el pobre Camacho no supo dónde meterse.

Más tarde, me acompañó al consulado y a la funeraria, pero en ninguno de los dos sitios pudimos arreglar nada, ya que en ambos lugares necesitaban el certificado de defunción, que no obtendría hasta que la identificación fuese confirmada.