Te quiero, Marta (Colección Mediterráneo 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

« Perquè els teus somnis són els meus

de mica en mica mourem els peus

perquè els teus dies siguin meus

a contravent jo aniré fent

a contra mala gent jo aniré ferm

a l'encontre del temps »

[Porque tus sueños son los míos

despacito moveremos los pies

para que tus días sean míos

incluso iré a contraviento

contra la mala gente seré firme

al encuentro del tiempo]

(Ocults, A contravent )

MARTA

Preparé la maleta sin reparar demasiado en qué metía en ella.

Al final, iría a México. Nunca había pensado que la causa podría ser tan triste.

Aunque David y yo habíamos terminado, tenía sobre mis espaldas veinte años de convivencia con él y, además, era el padre de mis hijos.

Se me había caído el mundo encima desde el momento en que me dieron la noticia; tener que contárselo a los niños había sido el peor trago de mi vida.

Clara estaba en estado casi catatónico, no hablaba, solo lloraba, y yo ya no sabía qué más decirle. Antes de que David se marchara a México, ella y su padre habían estado muy unidos. Siempre había pensado que él volvería y que todo sería, de nuevo, tal y como ella lo recordaba.

Lluc había decidido cortar todo contacto con David la última vez que este se fue, y eso hacía que lo llevara algo mejor que Clara, aunque no demasiado, porque precisamente por haber pasado de él en aquellos momentos se sentía muy culpable.

Tenía que volar desde Palma a Madrid y, de ahí, a Cancún.

Irme sola no me apetecía nada, pero ¿qué podía hacer si no?

Los niños no podían venir conmigo. Aparte de que no quería hacerles pasar ese mal trago, tenían que ir a clase.

Sabía que, aunque no podrían concentrarse, mantener la rutina les resultaría mentalmente saludable.

Me parecía que no tenían ninguna necesidad de venir conmigo a México.

Si, cuando fueran mayores, querían visitar el lugar donde había muerto su padre, podrían hacerlo; en ese momento me parecían demasiado jóvenes.

Y ya no había más familia con la que contar. Mis suegros habían muerto cuando los niños eran todavía muy pequeños. Tuvieron a David cuando ya creían que no podrían ser padres, por casualidad, y en una época en que serlo a los cuarenta y cinco años no era lo normal.

Después de que el teléfono interrumpiera la pelea incipiente entre Toni y yo, todo había pasado muy deprisa.

Decidí, de manera unilateral, ya que Toni no estaba para nada de acuerdo, que mientras yo estuviera en Cancún no mantendríamos contacto y tomar, así, algo de perspectiva.

Pensaba que eso nos ayudaría a dilucidar si queríamos meternos en una relación tan complicada.

―La relación no es complicada ―había argumentado él―. Los que la hacemos complicada somos nosotros.

Aunque había querido decir «tú».

―Vale, pero ¡para mí sí que lo es! Quiero ver si puedo aclararme, porque ahora mismo estoy muy liada y no me parece justo que tú tengas que aguantar mis cambios de humor a causa de la indecisión.

―Te daré el tiempo que necesites, pero a mí no me hace falta pensarlo. Lo tengo muy claro. Te quiero, Marta.

Yo siempre decía que los americanos, en las películas, o bien decían «te quiero» con demasiada facilidad o bien les costaba demasiado.

Justo en ese momento, me di cuenta de que Toni y yo estábamos en distintos bandos; eso me confirmaba que yo debía ser la madura de los dos y no podía dejarme llevar por la pasión que, sin duda, acabaría al mismo tiempo que la novedad.

Aun así, Toni no se rendía con facilidad. El domingo, cuando yo ya lo tenía todo preparado para partir al día siguiente, se presentó en mi casa.

―Te he escrito una carta. No puedes leerla hasta que no te hayas aclarado, como tú dices, pero antes de decidir qué quieres hacer.

―Toni…

―No te estoy presionando. No creo que pudiera hacerlo con tu manera de ser. Lo que quiero decir es que harás lo que decidas, tanto si es lo más apropiado como si no, siempre que a ti te lo parezca.

―Creo que estás siendo algo duro.

―Tú también lo eres conmigo, con nosotros.

Nos miramos, pero él no se acercó a mí ni yo a él. Nos separamos sin tocarnos, sin besarnos, aunque nos moríamos de ganas de hacerlo.

TONI

Marta se había ido.

Nos habíamos despedido como si fuéramos unos perfectos desconocidos. No fui capaz de acercarme a ella, de abrazarla, de acariciarla, de sacarle de la cabeza la absurda idea de que teníamos que mantenernos alejados para poder decidir qué queríamos hacer con nuestra relación.

La verdad era que yo estaba loco por ella. Cuanto más dudaba ella, más claro lo tenía yo.

Si, por una parte, su comportamiento, que me sacaba de quicio, no la hacía sumar puntos, yo tampoco podía negar que, a veces, me preocupaba lo que pudiera decir la gente.

Supongo que este sentimiento del «qué dirán» lo tenemos enraizado en nuestra cultura. Está claro que cada vez menos, pero todavía quedan reductos ―como en la Galia―, sobre todo en los pueblos, donde todo el mundo conoce a todo el mundo.

Que yo pensara así podía ser porque mis padres eran mayores o por mi timidez, no lo sé. Lo cierto es que lo que los demás pudieran decir sobre que Marta y yo estuviéramos juntos me importaba más bien poco. ¡Que dijesen lo que quisieran mientras ella estuviera conmigo!

Le había escrito una carta en la que le detallaba todas las razones por las que deberíamos, a mi entender, seguir juntos.

Le había pedido que no la abriese hasta poco antes de tomar una decisión definitiva, porque pensaba que un poco de humor podía hacernos bien en aquellos momentos, y en la carta había puesto todo el humor y todo el amor que había sido capaz de reunir.

MARTA

Le expliqué a Damiá las razones de mi viaje precipitado a México; le dije que quería comprar solo el viaje de ida, con la vuelta abierta, y él no puso ninguna objeción.

Mis padres se trasladaron a nuestra casa para que los niños no se quedaran solos.

Por mucho que Lluc y Toni hubiesen insistido en que no hacía falta, que bastaba con que los visitaran una o dos veces por semana, porque entre los tres se las apañarían, a mí Clara me tenía muy preocupada.

No se encontraba nada bien y yo no quería que se sintiera tan desamparada.

El vuelo se hizo largo y pesado. Estando sola tuve mucho tiempo para pensar y lo hice, sobre todo, en David.

Es curiosa la manera en que se comporta la cabeza en situaciones como esa; además, lo hace de una forma muy inteligente: tiende a olvidar los malos momentos y, sin embargo, recuerda con más intensidad los momentos felices.

Como aquella vez que fuimos de excursión con David y mis compañeras de piso. Podía recordar con claridad el Ford Fiesta, de un feo color marrón, de Maria Antònia, quien lo había heredado de su primo; a saber de quién lo habría heredado él…

No encontrábamos de ninguna manera el lugar del que salía la ruta que queríamos hacer a pie y nos habíamos parado a preguntar a un señor cerca de Deià.

―Perdón ―había dicho mi amiga―, ¿nos podría indicar desde dónde sale el camino del Archiduque?

Aquel hombre había mirado primero a la derecha, después a la izquierda y, con acento argentino ―cuando todavía era tan poco frecuente oírlo―, había contestado:

―Lo veo feo.

Nos reímos de aquellas palabras durante mucho tiempo. A lo largo de los siguientes veinte años, cuando nos encontrábamos ante algo de difícil resolución, sacábamos a relucir aquel «lo veo feo».

Habíamos pasado más de media vida juntos. Nuestra relación ya no existía, pero las situaciones que habíamos vivido siempre lo harían, al menos mientras yo fuese capaz de recordarlas.

El director de la compañía en la zona, que se identificó como Sergio Camacho, me había informado de que alguien iría a recibirme al aeropuerto.

En cuanto hube recogido mi maleta y pasado la zona de aduanas, empecé a intentar identificar a quien fuera que hubiese podido venir a recogerme.

Lo vi enseguida. Era lo que, según las películas antiguas, se consideraba el estándar de mexicano. Un hombre bajito, de complexión fuerte y con un gran mostacho exhibía un cartel que rezaba:

«SRA. MATEU».

¡Qué manía tienen los americanos de encasquetarnos a las mujeres el apellido del esposo!

―Perdone, supongo que a quien espera es a mí.

Mi nombre es Marta Manresa. Mateu es el apellido de mi marido, David.

Él es chef, trabaja en el hotel Cancún. ―Entonces me di cuenta de que hablaba en presente y me entraron de nuevo las ganas de llorar.

David ya no trabajaba, no lo haría nunca más, me dije―.

Perdone, él era chef del hotel Cancún. Ha tenido un accidente y el señor Camacho, que es con quien yo he hablado, me dijo que mandaría a alguien al aeropuerto para que me recogiera.

El chófer me miró confuso tras la retahíla de palabras que había salido de mi boca, pronunciadas casi sin respirar.

―¿Me está diciendo que su apellido es Manresa? ―preguntó mirándome con fijeza.

―¡Sí!

―¿Y su marido es David Mateu y trabaja en el hotel Cancún?

―¡Exmarido! ―puntualicé yo―, pero sí.

―Y usted ¿no utiliza el apellido de su marido?

―¡No!

―Ajá. ―Movió la cabeza entre comprensivo y pesaroso―. Estos europeos y sus ideas liberales…

Enarqué una ceja al oírlo, pero me abstuve de entrar en una discusión que, por otra parte, en esos momentos no me apetecía mantener.

―Venga por aquí, señora, el coche no está lejos ―dijo, acto seguido, indicándome el camino con la mano extendida. No paraba de menear la cabeza como si la situación no le pareciera ni medio normal.

Pues sí que empezaba bien la aventura.

Y a mí, ¿quién me mandaba hablar tanto? Con lo fácil que hubiera sido decir: «Soy la señora Mateu». Punto. Pero no, yo tenía que reivindicar el propio apellido a más de ocho mil quinientos kilómetros de casa… ¿Qué le vamos a hacer? Cada uno es como es.

Una vez que entramos en el coche, me dispuse a colocarme para ver si podría dormir un poco. Me había resultado del todo imposible en el avión, pero ir en coche solía provocarme sueño cuando no era yo la que conducía.

―¿Y cómo se encuentra su marido?, ¿muy mal?