Te quiero, Marta (Colección Mediterráneo 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

« I com més et coneixo,

molt més m'agrada el teu gos.

Ell el que sent no ho canvia cada dia.

I quan estima és de debó »

[Y cuanto más te conozco,

más me gusta tu perro.

Él no cambia lo que siente cada día.

Y cuando me quiere es de verdad]

(Els Pets, Com més et coneixo més m'agrada el teu gos )

TONI

Las semanas siguientes fueron como un sueño. Marta y yo estábamos mejor que bien. Como al principio de cualquier relación, disfrutábamos de pasar la mayor cantidad de tiempo juntos.

Lluc nos había demostrado que estaba al tanto de todo.

Nos encontró a los dos en su casa; Marta estaba sentada en mi regazo cuando llegó mucho antes de lo que ambos esperábamos, un día entre semana.

En cuanto oímos abrirse la puerta, Marta quiso levantarse, pero yo se lo impedí, pensando que sería peor si quien entraba se daba cuenta de la prominencia que se marcaba en mis pantalones.

Tal como estábamos, nos examinó de hito en hito y se rio diciendo:

―Ya me parecía a mí que tanto ir y venir de Can Suau solo podía significar una cosa.

―¿Clara también lo sabe? ―preguntó Marta, bastante cohibida.

―No, yo no le he dicho nada. Será mejor que esperéis un poco, porque creo que todavía piensa que ese imbe… ―Mirando a su madre se paró en medio de la frase―. Que papá cambiará de opinión y volverá.

―Sí, yo también pienso que será mejor esperar ―contestó Marta.

Dirigiéndose hacia su habitación, ya de espaldas a nosotros, añadió:

―Supongo que lo haréis con protección, ¿no?

―¡Lluc! ―gritó Marta, horrorizada.

―¿Qué? ―contraatacó Lluc―. ¡Tú siempre me lo dices a mí! Yo también me puedo preocupar por ti, ¿o no?

Marta escondió la cara en mi cuello y yo me eché a reír. Me sentía liberado. ¡Uno más que aprobaba nuestra relación! El tanteo me favorecía.

En el trabajo, más o menos, todos lo sabían. No es que lo hubiéramos anunciado a bombo y platillo, pero tampoco éramos diestros disimulando ―como nos había hecho notar mi hermana―. Por otra parte, no ayudaba nada que Isa y Ruth supieran disimular aún menos que nosotros.

En mi casa, todos estaban contentos de verme tan feliz. Mi madre ponía cara de suficiencia cuando me miraba, diciendo sin palabras: «¿Ves como mi idea de que empezases a trabajar era brillante?».

Sin embargo, todo esto jugaba en nuestra contra. Que lo supiese tanta gente no hacía sino aumentar las posibilidades de que Clara acabara enterándose también.

Al final, un día que llegamos tarde de Palma, Marta me besó en los labios antes de bajarse del coche al mismo tiempo que su hija salía de casa hecha una fiera.

―Pero… pero… ¿Aquí qué pasa? ―Hacía viento, el cabello le golpeaba la cara y le otorgaba un aspecto de vengadora nórdica―.

Me he cansado de decirle a todo el mundo que no estabais juntos, que solo erais buenos amigos.

Me he hartado de decir que tú esperabas que papá volviera, ¡y no era verdad!

Estás liada con este… este tío al que conociste hace menos de dos días.

Lo que decía no era muy coherente, temblaba de rabia.

Marta le habló con mucha calma:

―Clara, tranquilízate. Tenemos que hablar, pero no de esta manera. ¡Así, no!

MARTA

Clara era muy buena niña, aunque a veces se le cruzaban los cables y se convertía en alguien detestable.

Situaciones como esa eran poco frecuentes, pero, cuando se daban, si no eras capaz de contemplar la escena desde fuera, tomando distancia, te arrastraba en su cabreo y te veías diciendo cosas que ni pensabas, ni sentías, ni habrías dicho en una situación diferente.

Intenté hablarle con calma, tomármelo como si estuviera viendo una película de Almodóvar, como me aconsejaba mi psicóloga, aunque era muy difícil pasar por alto la cara de rabia de Clara. Antes de que pudiera hacerla entrar en casa para conversar, empezó de nuevo:

―No tengo nada de qué hablar mientras este… ―dijo «este» escupiendo la palabra, como si le diera asco― este siga aquí.

Toni había bajado del coche y estaba detrás de mí, como si quisiera demostrarme su apoyo.

A mí, que desde hacía días me horrorizaba pensar en cómo se tomaría Clara nuestra relación, no me sorprendió que estuviese tan enfadada.

No obstante, me indignaba el desprecio con que le hablaba a Toni, que la había tratado igual que si fuera su sobrina y se había dedicado a pasearlas a ella y a Caterina cuanto habían querido y más.

―¡Clara! Basta de hablar así.

―¿Así cómo? ―dijo con una chulería que yo no estaba dispuesta a tolerar.

―¡Para empezar, no me grites!

―¡No te estoy gritando! ―contestó a todo pulmón.

―Ah, ¿no? Entonces, ¿qué estás haciendo?

Se dio la vuelta y entró en casa. Yo la seguí sin prestar atención a lo que hacía Toni.

Cuando entré, ella me esperaba delante de la puerta de su habitación. Me acerqué a ella.

―¿Tú no te das cuenta del ridículo que estás haciendo? Eres una vieja comparada con él; todo el mundo se ríe de ti, y tú ni te enteras. ―Seguía gritando a todo volumen y tenía la cara congestionada; vamos, que parecía la niña de El exorcista …

―¡Clara, basta! ―grité yo, que ya estaba a su nivel.

―Lo que basta es el espectáculo que estás dando; lo que basta es que yo sea la última en enterarme de todo. ¡Oh, seguro que Lluc ya lo sabe! A él sí que le cuentas las cosas, porque a él lo quieres, ¡no como a papá y a mí!

Después de decir eso último, entró en la habitación, dio un portazo tremendo y cerró con llave.

Empecé a golpear la puerta con fuerza, con las dos manos.

―Clara, ¡abre la puerta o te juro que la echo abajo! ¡Sal! ¡Sal ahora mismo! ¡He dicho que salgas!

Toni me cogió las manos, impidiendo que siguiera golpeando la puerta. En cuanto le vi la cara, me di cuenta del espectáculo que habíamos montado Clara y yo. Me llevó al salón y me obligó a sentarme.

―Coge aire y distancia ―me pidió.

―Me ha sacado de mis casillas.

―Era lo que pretendía.

―¿Tú la has escuchado? ¿Tiene razón? La gente habla sobre nosotros. Estoy haciendo el ridículo y, además, estoy en boca de todos… ―Me temblaban la voz y todo el cuerpo.

―Marta, coge aire ―repitió Toni.

De verdad había perdido los papeles, aunque, con lo enfadada que estaba, era incapaz de verlo.

De todas las palabras horribles que acababa de decir Clara para hacerme enfadar, las únicas que se repetían en mi cabeza de forma obsesiva eran las que me había creído: «Eres una vieja, todo el mundo habla de ti, haces el ridículo…

». Al resto no le daba ninguna importancia porque sabía que no la tenía; en mi estado no me daba cuenta de que esas tampoco.

Toni no me soltaba las manos y me miraba fijamente a los ojos, como si quisiera rescatarme de aquel lugar en el que yo me había refugiado.

El teléfono empezó a sonar, pero yo lo ignoré.

―Toni, tienes que marcharte. Ella tiene razón, nadie aprobará lo nuestro. ―Me estaba poniendo histérica.

―No tiene que aprobarlo nadie más que tú y yo. ―Toni también parecía nervioso―. ¿Tenemos que hablar de esto otra vez?

El teléfono volvió a sonar y yo de nuevo pasé de cogerlo.

―Ya te dije que tengo hijos, ¡no puedo pensar solo en mí! ―Estaba gritando de nuevo y la cara de Toni se crispó levemente.

―No tienes que escuchar todo lo que dice la niña, sobre todo ahora que está tan ofendida. No debes tomar ninguna decisión estando todos enfadados. Y coge el maldito teléfono, que va a volverme loco. ―Todavía no gritaba, pero le faltaba poco.

TONI

Yo también había estado a punto de perder los papeles. Marta cogió el teléfono sin mirar siquiera el número y contestó seca, casi gritando:

―¡Diga!

Yo la observaba mientras le iba cambiando la cara. También cambió el idioma; pasó a hablar en castellano, en lugar de hacerlo en catalán, como hacía siempre.

―Sí, soy yo ―afirmó.

―Sí, pero… No…, pero… ―Hizo una pausa larga―. ¿Cómo? ―Eso último lo dijo gritando.

Me acerqué a ella y la sujeté porque parecía que estaba a punto de desmayarse.

―Sí, sí, lo entiendo ―continuó, mientras lágrimas silenciosas rodaban por sus mejillas―. Cogeré el primer avión que… Sí, lo llamaré en cuanto lo haya organizado todo. Adiós… Sí… sí, adiós.

Aquella llamada estaba destinada a cambiar nuestras vidas, aunque todavía no sabíamos cuánto.

―¿Qué ha pasado? ―pregunté, ansioso, en cuanto ella colgó el teléfono.

―Es David ―contestó. Continuaba llorando y hasta pasados unos segundos no prosiguió―.

Ha tenido un accidente, su coche se ha incendiado.

Han podido rescatar el cadáver, pero no pueden identificarlo.

Tienen que hacerle pruebas de ADN y yo soy la única que puede autorizarlas porque sigo siendo su esposa.

Me quedé tan asombrado que fui incapaz de pronunciar palabra. Todo lo que pude hacer fue sostener a Marta entre mis brazos e intentar que no diésemos con nuestros huesos en el suelo.

Al cabo de un largo rato, Lluc entró y nos encontró todavía abrazados. En cuanto se dio cuenta de que su madre lloraba se acercó, preocupado.

―¿Qué pasa, mamá? ¿Por qué lloras?

Ella lo miró con los ojos vidriosos. Lluc se aproximó con los brazos abiertos y su madre se refugió en ellos.

―Voy a buscar a Clara ―anuncié.

―No querrá salir. ―No se movió de entre los brazos de Lluc, que la miraba con creciente ansiedad.

Me detuve delante de la habitación de Clara y llamé suavemente.

―¡Clara! ¡Clara! ―Le hablaba con la frente pegada a la puerta, intentando no elevar demasiado el tono de voz.

―¡Vete!

―Clara, sé que estás enfadada. Tienes toda la razón del mundo para estarlo. Creo que, si fuese yo el que se encontrara en tu lugar, todavía lo estaría más.

No dijo nada y me animé a continuar:

―Lo hemos hecho todo mal en ese sentido. Tú y Lluc deberíais haber sido los primeros en saberlo, pero tu madre y yo queríamos ver qué tal nos iba antes de decíroslo. No queríamos que os enfadarais.

―¡Pues os habéis lucido! ―Escupió las palabras con rabia.

―Ya lo sé, pero ahora es necesario que aparques este sentimiento porque ha pasado algo mucho peor. Lluc, tu madre y tú necesitáis estar más unidos que nunca.

―Solo lo dices para que salga.

―No creo que mentirte sea lo más inteligente, sobre todo después de disculparme por haberte ocultado la relación entre tu madre y yo. Tampoco creo haber hecho nada, hasta ahora, que pueda hacerte pensar que actuaría de forma deliberada para hacerte daño. Sal, por favor, es importante.

Mis súplicas surtieron efecto y Clara abrió la puerta.

―Ya sé que me he pasado un poco, pero es que vosotros… ―Su tono empezaba a subir de nuevo.

―Lo mejor será que ese tema lo dejemos aparcado de momento. Ven.

Mientras hablaba, íbamos andando hacia la sala y, en cuanto la niña vio a su hermano y a su madre, se asustó.

Marta abrió los brazos y envolvió en ellos a sus dos hijos, sin parar de llorar.

Yo me encontraba fuera del duelo, apartado. No había conocido a David y ya no lo conocería. Aun así, sentía una pena tan profunda por ellos tres y por aquella vida que se había acabado que también empezaron a rodarme las lágrimas por las mejillas.

En ese preciso instante, Marta levantó la cabeza y, cuando me vio, volvió a abrir los brazos para que me uniera a ellos.