Te quiero, Marta (Colección Mediterráneo 3) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Estallaron en carcajadas y salieron de nuevo del baño. No me habían visto. Yo no me había movido y, como los baños estaban separados del tocador, ellas ni siquiera se habían dado cuenta de que yo estaba allí.

Bueno, suponía que, en esos momentos, aquella zorra estaría disfrutando de la oportunidad que esperaba. Y Toni, ¿qué haría?

¡Ya sabía yo que la gente hablaría! Era la primera vez que salíamos juntos, solos y en público. La primera vez. ¡Mierda! Eso no podía ser. Estaba segura de que aquello no podía salir bien.

El corazón me latía a mil por hora. No podía dejar de pensar que aquellas chicas tenían razón.

¿Cómo podía hacerle entender a Toni que yo era demasiado mayor para él? ¿Cómo iba a ser capaz de soportar las críticas de mis conocidos cuando no había podido mantener la calma ante el comentario de una tonta a la que ni siquiera le había visto la cara?

Cuando salí, me encontré a Toni rompiendo un papel en trocitos.

―¿Tan cara ha sido la cena que tienes que romper la cuenta? ―dije, intentando hacer de ello un chiste.

―No es la cuenta. Es… es otra cosa.

―¿El teléfono de una tía que piensa que puedo ser tu madre, por casualidad?

―¿Cómo lo sabes?

No me había equivocado.

―Porque he oído cómo hablaba con su amiga en el lavabo.

―No sé qué has podido oír, pero, viendo a la tipa, no puede ser nada bueno.

―No ha sido nada agradable. Sin embargo, sabes que tiene razón.

―No, no la tiene. Me gustaría que nos olvidáramos de ella y habláramos de otra cosa. Estoy contigo y, además, es lo que quiero. Si hace falta, te lo repetiré cada cinco minutos. Pero, de haber estado solo, tampoco habría contemplado la posibilidad de irme con una persona como esa.

Parecía que Toni lo tenía muy claro, pero yo cada vez lo veía más difícil. Me obligué a no pensar en ella. Estaba decidida a disfrutar de la noche, aunque después resultase ser la última a su lado.

La conversación se había echado a perder y el ambiente también, por eso, en cuanto salimos del restaurante, pensé que nos vendría bien pasear junto al mar y hablar de cosas sin trascendencia.

―Ya he terminado de leer Lo que el viento se llevó .

―¿Sí? ¿Y qué tal?

―El libro me ha parecido mucho más profundo de lo que nos han hecho creer por lo que se ve en la película. Nadie se libra de la crítica: unos por demasiado buenos, otros por aferrarse demasiado al pasado y otros por ser unos aprovechados. La sociedad, la forma de vida, todo…

―Hombre, fue premio Pulitzer; por algo sería.

La conversación no era fluida, era más bien incómoda, nada que ver con la que habíamos mantenido durante la cena.

Toni se paró de golpe, me cogió por la cintura y me hizo mirarlo a la cara.

―Marta, por favor, no sé cómo decírtelo. Me gustas muchísimo; para mí la diferencia de edad entre nosotros no tiene importancia y me encantaría que para ti tampoco la tuviera. Adoro estar contigo y me mata que no veas que lo que de verdad importa es que tú y yo estemos bien.

―¡Ya lo sé, pero me molesta lo que pueda decir la gente, lo que pueda pensar!

―Ya sabemos que seremos la comidilla de la gente. A mí tampoco me hace gracia, pero prefiero disfrutar de estar contigo que perder el tiempo escuchando lo que puedan hablar de nosotros.

Puso su frente contra la mía. ¡Cómo me cautivaba que lo hiciera!

Su aroma era maravilloso y su proximidad me hacía pensar que todo era posible.

TONI

A Marta le costó mucho relajarse después de lo que había pasado en el restaurante.

Yo no podía creer que aquella tía pensara que la había mirado siquiera.

¡Solo tenía ojos para Marta! Y lo peor de todo era que, por su culpa, Marta se había vuelto a preocupar por la diferencia de edad entre nosotros.

Después de tanto tiempo sin mencionarlo, el asunto volvía a tenerla ensimismada.

Tras pasear un rato más, nos fuimos hacia Can Suau.

Para que la noche resultara más romántica, había llenado de velas la terraza trasera, la que estaba junto a la piscina. Hice que Marta esperara en la casa mientras las encendía.

Cuando las vio, una sonrisa pícara apareció en su cara.

―¡Mmm! Me parece que me quieres seducir.

―No lo dudes ni por un momento. Estoy loco por ti desde la primera vez que te vi y quisiera que tú lo estuvieras por mí.

―Todavía no me parece que pueda ser verdad.

―¿Por qué no?

―Porque no entiendo qué te puede gustar de mí.

―Todo.

―¿Todo?

―Absolutamente todo ―contesté deprisa, intentando no perder la valentía―.

Me gusta todo de ti: cuando, con cara de suma concentración, la puntita de la lengua te asoma por entre los labios; cuando te ríes y toda tu cara se ilumina; cómo te preocupas por los demás; cómo escuchas, como si lo que dice tu interlocutor fuese lo más interesante que hayas oído en tu vida; me gusta cómo caminas, cómo piensas, cómo me miras, cómo me besas…

―¿No será demasiado?

―Todavía no he terminado, queda mucho más.

―Lo de la lengua te lo estás inventando, con la mascarilla no se ve.

―También lo haces cuando no llevas mascarilla ―contesté, riéndome aliviado al ver que se estaba relajando de nuevo.

―¿Cómo camino?

―Si sigues analizándolo todo, no continuaré hablando.

―Vale, vale, no analizaré nada más, pero sigue, que me gusta mucho lo que estás diciendo ―pidió de nuevo con voz pícara.

―Me gustan tus ojos, tus manitas pequeñas… Hay otras cosas que todavía no hemos hecho y seguro que también me gustan…

―¿Como qué?

―No hemos nadado, por ejemplo. ―Empecé a besarla. Hasta ese momento no lo había hecho porque estaba prisionero de sus ojos que, a la luz de las velas, me parecían más brujos que nunca.

―¿Nadar? ―dijo algo asustada.

―Sí, nadar. Tengo unos planes muy concretos que deben llevarse a cabo en la piscina ―contesté con la voz ronca de excitación.

―Hará frío… ―No se la veía muy convencida de tener que meterse en el agua a aquellas horas.

―No te preocupes, no te dejaré pasar frío.

―¿Y esos planes incluyen bañadores? ―preguntó con la respiración acelerada. Parecía que se le había quitado el frío de golpe.

―En ningún caso.

MARTA

Estábamos dentro de la piscina. Tenía la piel de gallina debido al frío y a la proximidad de su cuerpo. Me imaginaba el momento en que me pondría las manos encima.

Parecía que lo estaba llamando con la mente.

«¡Tócame! ¡Venga, tócame!».

Él me miraba a los ojos con aquella mirada que se me metía dentro, como si quisiera descubrir mis pensamientos, como si quisiera enloquecerme. No sabía que yo ya había perdido la razón por él.

Me puso las manos en la cintura. Puede ser que, al fin y al cabo, sí pudiera leerme la mente. Fue bajándolas despacito. Me mordí el labio inferior, pero no pude cerrar los ojos porque mi mirada estaba presa de la suya.

De repente, solo sus dedos rozaban mi piel con ligereza y, casi de inmediato, uno de ellos se desplazó con decisión hacia el triángulo de mi sexo. En cuanto llegó a su destino, empezó a dibujar pequeños círculos que iban haciéndose cada vez mayores a medida que descendía.

Un escalofrío me recorrió el espinazo y ya no pude mantener los ojos abiertos por más tiempo.

El contraste entre el agua fría y la tibieza del dedo era enloquecedor, y pensé que las piernas no me sostendrían. Me apoyé en la pared con el cuerpo lánguido, decidida a dejarle hacer conmigo todo lo que quisiera.

Se acercó a mí y empezó a darme pequeños y suaves besos en la comisura de los labios. Abrí la boca con avidez, buscando su lengua y, cuando al fin nos encontramos, supe de inmediato que, si mi cuerpo no entraba en combustión espontánea, era solo porque estábamos en el agua.

Me cogió las piernas y las colocó alrededor de su cintura. Sin apartar sus ojos de los míos, que había vuelto a abrir, situó la punta del pene justo en la entrada de mi vagina y empezó a adentrarse en mí con lentitud.

Sentía cada milímetro de su miembro entrando, notaba cómo se me empezaban a contraer los músculos. «¿Ya?», me dije, mientras aquellos ojos me penetraban al mismo tiempo que el miembro caliente y duro, y eran tan excitantes, o más, que el calor entre mis piernas.

Empezó a entrar y salir sin prisa, y cada movimiento era como una lengua de fuego en mis entrañas.

Sus manos en mis nalgas me sostenían con firmeza al mismo tiempo que dejaban una huella indeleble en mi piel.

Continuaba moviéndose, lenta y profundamente, hasta que el orgasmo me llegó, violento, salvaje, con un espasmo del cuerpo y del alma.

Sonrió satisfecho, con la boca, con los ojos, y volvió a besarme mientras me daba la vuelta.

―Pon las manos sobre la pared.

Estaba detrás de mí y esta vez sus movimientos fueron más firmes, más intensos. Mi vagina sensibilizada y la postura entre él y la pared hacían que mi excitación se desbordara.

Volvió a colocar mis piernas alrededor de su cintura y la penetración fue todavía más profunda.

Cada vez se movía más rápido, hasta que un gemido profundo se escapó de sus labios. Como en una reacción en cadena, mi cuerpo respondió y volví a alcanzar el orgasmo.

Se apoyó sobre mi espalda, dejando caer mis piernas desde aquella postura que habría resultado imposible si no hubiésemos estado en el agua.

Eché la cabeza hacia atrás, colocándola sobre su hombro.

Estuvimos así durante un tiempo precioso que duró minutos u horas…

o puede que días, pero que, en cualquier caso, me pareció insuficiente.