Capítulo 9
« Si és cert que son quatre dies,
diga'm que penses fer »
[Si es cierto que son cuatro días,
dime qué piensas hacer]
(Sau, El teu estiu )
MARTA
El domingo por la mañana me desperté con una sonrisa en la boca, pensando en la noche anterior.
Dejando aparte el sexo, que había estado bastante bien dadas las circunstancias, la noche había sido una de aquellas para recordar durante el resto de la vida.
Todavía temblorosos, nos habíamos quedado allí, yo entre sus piernas, muy pegados y diciéndonos palabras dulces al oído.
Estuvimos así un buen rato y cuando, al fin, sobre las dos, la luz de la habitación de Clara se apagó, entramos en la casa sin hacer ruido.
Aunque hubiésemos estado tan cerca el uno del otro, estábamos ateridos de frío.
Nos tumbamos en la cama y continuamos hablando muy bajito, más juntos, si cabía, que cuando estábamos fuera.
Se marchó sobre las cinco, y entonces me dio por pensar qué excusa les pondría a los niños por llegar tan tarde. No valía la pena comerse la cabeza con eso; lo más seguro era que no tardaran demasiado en darse cuenta de lo que pasaba.
Me levanté tarde. Las niñas se habían ido a Can Suau, según la nota que encontré sobre la mesa de la cocina, para ayudar a la madre de Teresa a hacer la paella, aunque yo sospechaba que su prisa tenía más que ver con los chicos que con la paella.
Pobrecitas, a esas edades ellas no eran más que unas niñas para ellos y, sin embargo, a ellas ¡los chicos les parecían taaan interesantes!
Me maquillé un poquito. Quería causarle buena impresión a la hermana de Toni, pero también quería gustarle a él y, como no solía maquillarme nunca…
aunque tampoco quería parecer una puerta.
¡Uf!, no sabía dónde meterme. ¡Estaba tan nerviosa!
No podía parar quieta y me movía arriba y abajo de la casa colocando cosas que ya estaban en su sitio.
Cuando llegué a Can Suau, un buen rato más tarde, todavía no estaban sentados a la mesa, pero casi.
Teresa me presentó a sus padres, mientras los gemelos la miraban con cara de suficiencia.
Margalida era igual que su hermano, pero en mujer. Los ojos, la forma de reírse y la cara de buena persona que me habían gustado tanto en Toni cuando lo conocí eran exactamente iguales. Su marido también era muy agradable y se lo veía muy pendiente de ella y de los chicos.
Toni me empujó con disimulo hacia su habitación.
―¡No seas burro, se va a dar cuenta todo el mundo!
―Mi hermana ya lo sabe y, en consecuencia, también mi cuñado… ―dijo mientras empezaba a besarme.
―¿Cómo dices?
―No tengo secretos para ellos. Además, Margalida me lo ha notado en la cara. Me ha echado una mirada de las suyas y ha dicho: «A ti alguien te ha quitado la tristeza de encima de un plumazo».
―¡Uf! ¿Cómo voy a mirarlos a la cara? ¡Dios…, Dios! ¿Al menos les has comentado que me gustaría que los niños no supieran nada de momento?
―¡Sí!, no te preocupes, no dirán nada ―contestó mientras me abrazaba con fuerza.
―¿Qué ha opinado de que sea tan mayor?
―¿Otra vez con eso? No ha opinado nada. Tenéis casi la misma edad, la palabra «vieja» nunca saldrá de sus labios ―soltó burlón, al tiempo que me daba besitos en la nariz.
―¡Eres insoportable! ―le contesté mientras le golpeaba el pecho.
Me apretó aún más entre sus brazos y no paró de besarme hasta que alguien dio unos golpecitos en la puerta y, abriendo apenas, masculló en voz baja:
―¡Sois malísimos en el arte de disimular!
Nos separamos deprisa mientras nos entraba la risa floja.
Cuando salimos, Lluc me observó, enarcando las cejas, y pude descifrar su pregunta silenciosa: «¿Qué hacíais ahí metidos?
», al mismo tiempo que una chispa de entendimiento le iluminaba la mirada.
En su rostro se dibujó una sonrisa torcida y yo me puse roja como un tomate.
Mi hijo de dieciséis años acababa de aprobar la relación de su madre. El mundo al revés…
Me dirigí a la cocina para ayudar a Margalida, pero ni siquiera me dejó entrar, diciendo que estaba todo listo.
―¡Si yo casi no he tenido que hacer nada! Lo han hecho todo las niñas, que son una maravilla.
―Se llevan muy bien esas tres. Bueno, y los chicos también ―añadí yo, algo cortada.
Después de comer, todavía no sé muy bien cómo, Margalida y yo nos quedamos solas dentro de la casa, tomando el segundo café.
―Hacéis buena pareja, Toni y tú. Le gustas mucho a mi hermano.
¡El café casi se me salió por la nariz! Y yo que pensaba que Ruth entraba a matar…
Estaba muy pero que muy roja cuando contesté:
―Él me gusta mucho a mí también.
―Me ha dicho que llevas fatal lo de ser mayor que él.
―No lo llevo nada bien, pero él tampoco lo llevaría bien si se parase un rato a pensar en todo lo que implica.
―Yo creo que estas cosas no hay que pensarlas demasiado. Ya se lo dije a él cuando me habló por primera vez de ti.
Tenía el corazón acelerado; no estaba preparada para esa conversación.
Había intentado pensar lo menos posible en la situación.
Era la única manera que había encontrado para mantener a raya la sensación de que estaba haciendo algo malo.
Algo así como darme permiso para disfrutar de lo que me estaba pasando.
―No merece la pena que tú te lo plantees como un problema tampoco ―continuó―.
Mira, yo lo veo así: tú le gustas a mi hermano, y él te gusta a ti…
A los dos la vida os ha dado algo de vinagre y os lo habéis tenido que tragar.
Si ahora os da miel, ¿por qué no deberíais tomarla?
Si después se pone mala, ¡ya veremos! De momento, empapaos bien de miel…
Me dio por reír, supongo que debido a la ansiedad.
Ver que la hermana de Toni, con la que él se llevaba tan bien, aceptaba a las claras nuestra relación me daba esperanza, me hacía un poquito más fuerte, pero solo un poquito, porque yo seguía con aquel gusanito que Coloma había bautizado como «prejuicio de sexo».
La semana siguiente pasó muy deprisa, no teníamos tiempo para vernos tanto como nos hubiera gustado, aunque nos robábamos momentos deliciosos en el trabajo y en casa, siempre que podíamos ponernos lejos de la vista de la gente.
TONI
El domingo anterior casi había sufrido un ataque al corazón cuando me di cuenta de que mi hermana se las había arreglado para quedarse a solas con Marta, pero, cuando salieron juntas, riéndose, me tranquilicé por completo.
Por eso, el jueves decidí ir a ver a Margalida para que pagase por el mal rato que me había hecho pasar.
―Deberías invitar a Clara y a Lluc a pasar el fin de semana con vosotros. Así Marta y yo podríamos tener una cita…
―Llegas tarde ―me contestó.
―¿Por qué?
―Porque hace un rato Teresa ha llamado a Marta para preguntarle si podían venir los chicos el sábado y el domingo a casa. Se ve que Clara le había dado el teléfono.
Me reí con ganas.
―A mí me apetecía que se llevaran bien, pero no pensé que se harían tan amigos.
―Los chicos de Marta son un encanto y Caterina también. Lo que no sé es cómo voy a apañármelas con tanto adolescente en casa. Además, creo que las niñas ya se han repartido a los chicos y que ellos hacen como si pasaran de ellas, así que tendré que instalarlos lejos unos de otros.
―Pero si en esta casa hay un montón de sitio. Además, no tenéis por qué pasar todo el fin de semana metidos en casa. Llévalos al cine, a pasear o a lo que sea… Y ¿qué quieres decir con eso de que las niñas se han repartido a los chicos?
―Pero qué inocente eres, hijo mío. O eso, o es que el domingo solo tenías ojos para Marta, porque se notaba a la legua que las niñas suspiraban por ellos.
Me reí de nuevo.
―Era de esperar, y creo que aún tuvimos suerte, porque, si Caterina se hubiese puesto en plan posesivo con Lluc, ellas tres no hubiesen congeniado.
―¡Vaya imaginación tienes! Son solo unas niñas.
―Y tú estás atontado. Las niñas crecen mucho más rápido que los niños. Además, Teresa me ha contado todos los detalles.
―Eres una bruja…
―¡Ya!, pero me la debes. Cuando yo quiera tener una noche romántica, te va a tocar a ti encargarte de ellos.
―Sí, sí, lo que tú digas. Te debo diez si quieres. ―Y la besé efusivamente.
MARTA
Era sábado por la noche y Toni había organizado una cita romántica.
Me puse un vestido negro que me sentaba muy bien, era muy sensual y me encantaba llevarlo.
Vino a recogerme sobre las ocho. Estaba impresionante. Llevaba unos pantalones de vestir claros y una camisa marrón, arremangada a la altura de los codos. El primer botón del cuello estaba desabrochado y se le veían los pelitos del pecho que yo había sentido bajo las manos.
En el restaurante al que fuimos nos colocaron en una mesa algo apartada, donde disfrutamos de una relativa intimidad.
Hablamos de mil cosas y nos reímos mucho.
Teníamos una complicidad fresca, estimulante, y era maravilloso sentirme así con un hombre al que acababa de conocer, después de tantos años sin practicar el flirteo…
Cuando ya estábamos a punto de irnos, fui al baño. Pude oír cómo se abría la puerta y entraba gente. Por las voces, parecían dos chicas jóvenes que hablaban animadamente.
―¿Has visto el pedazo de hombre que estaba sentado en la mesa del rincón?
―¿Uno con el pelo corto y un cuerpo de escándalo?
―Sí. Cuando cenábamos me ha mirado y me ha sonreído. ¿Crees que debe de querer tema?
―Pero si estaba con una mujer. ¿Piensas que te estaba tirando los tejos mientras estaba con otra? ―preguntó la amiga, algo escandalizada.
―No creo que esa mujer sea su pareja. Si acaso, su hermana mayor o incluso su madre, ¿no has visto lo vieja que era?
―No me ha parecido vieja.
―¡Tú que no la has mirado bien! ¡Lo era! Si lo deja solo un momento, pienso acercarme y darle mi teléfono.
―¡Qué bestia eres! A lo mejor nos lo encontramos más tarde…
―No se pueden dejar escapar este tipo de oportunidades tan a la ligera. Pienso ir a hablar con él antes de salir de aquí.