Capítulo 8
« Sé que tinc la nit guanyada,
sé que en qualsevol racó
d´ara fins la matinada
lleparé la melmelada
del teu cos »
[Sé que he ganado la noche,
sé que en cualquier rincón
desde ahora y hasta la madrugada
lameré la mermelada
de tu cuerpo]
(Sau, Foc al cos )
TONI
Me besó y sentí que mi corazón echaba a volar. Con aquel beso me estaba diciendo que estaba de acuerdo, que probaríamos y veríamos adónde nos llevaba todo aquello.
Seguimos caminando cogidos de la mano hasta que llegamos a la playa. Los chicos ya estaban en el agua y nos hacían señas para que nos reuniéramos con ellos.
―¡Sois muy valientes! ―les gritó ella desde la orilla.
Mientras me quitaba la camiseta, noté cómo Marta me miraba. Bajó la vista de repente, como si la hubiera pillado en falta. Yo me reí y le lancé la camiseta a la cabeza; ella me sacó la lengua.
―¿Tú no nadas?
―¿Yo? En agosto y justito. Pienso alejarme del agua todo lo que pueda, no vaya a ser que tengáis la brillante idea de salpicarme.
―¡Cobarde!
―Ya hablaremos cuando salgáis del agua como unos témpanos de hielo.
Yo me reí y me tiré al agua. No podía sentirme más feliz.
Por la noche, los chicos montaron una competición con la Play en Can Suau y su idea era no acostarse antes de las dos o las tres de la mañana. En consecuencia, las chicas contraatacaron organizando una fiesta de pijamas en la habitación de Clara.
Después de cenar, y con la excusa de que los chicos tenían mi salón ocupado, me fui a ver a las cuatro «niñas». Las tres pequeñas estaban en la habitación de Clara mientras Marta estaba en la terraza, leyendo. Me senté a su lado. Demasiado lejos, para mi gusto.
―Cómo me gustaría que pudiéramos estar solos.
―¿Ves cómo tú solito me das la razón? No solo es la edad la que se interpone entre nosotros.
―¡Venga! No empieces de nuevo. Hemos dicho que lo intentaríamos, no que nos rendiríamos a la primera. Vamos a dar un paseo ―propuse mientras me ponía en pie.
Se rio con esa risa fresca que ya empezaba a adorar y dijo:
―¿A dar un paseo?, ¿como cuando teníamos quince años?
―No lo sé. Ya te dije que hasta los treinta no tuve novia ―contesté con una leve sonrisa.
―Vamos, que te voy a enseñar lo que yo hacía cuando tú empezabas a caminar.
No fuimos demasiado lejos. Un poco más allá, el patio estaba a oscuras, había un muro bajo y me senté en él mientras Marta se colocaba entre mis piernas, muy cerca de mí.
Empezamos a besarnos y tocarnos por encima de la ropa, pero al cabo de muy poco nuestras manos ya recorrían la piel del otro, caliente y ávida de caricias.
Dejó un reguero de besos por mi cuello, y continuó bajando por el pecho y el vientre. Cuando noté su aliento sobre mi piel, le sujeté el rostro entre las manos.
―Espera… ―dije con la respiración entrecortada―. Si continúas por ahí, esto va a durar muy poco.
―Pensé que te gustaría ―dijo con voz de pilla.
―Precisamente por eso te lo digo. Casi he tenido un orgasmo solo de pensar hacia dónde ibas.
Ella se echó a reír suavemente, me hubiese gustado poder ver su cara.
Empezó de nuevo. Entre beso y beso me susurró:
―Si quieres que pare, solo tienes que decirlo y yo pararé.
―¿Esto era lo que hacías con quince años? ―pregunté, algo alucinado.
Se rio de nuevo y el corazón me brincó alegre en el pecho.
―No, claro que no. Todo esto empezó algo más tarde. ―Otra vez esa voz tan excitante.
Me dejé llevar.
Cuando me desabrochó el pantalón, mi pene se sintió liberado. Cogiéndolo con una mano, sopló con suavidad sobre el glande. Cerré los ojos, inspirando con fuerza, y cuando su lengua lo rozó, de nuevo estuve a punto de correrme. Se alejó justo en ese momento, dejándome desamparado.
Quería más de aquello, pero solo de pensar en ese sueño, ansiado durante tanto tiempo, haciéndose realidad… Mi excitación se elevaba más y más.
―Marta… Espera…, por favor… ―repetí.
No me hizo caso. Levanté la cabeza hacia el cielo y apreté los puños mientras el placer me recorría por completo.
Empezó a subir y bajar, a subir y bajar, con lentitud al principio, más rápido después. Yo apreté con fuerza los dientes, quería pedirle que parara y al mismo tiempo no quería que parase nunca.
De repente, se detuvo y yo me estremecí. Cambió el ritmo y yo ya no podía más.
―¡Para! ―Pero no lo hizo―. Para, Marta, ¡no aguanto más! ―Y continuó.
Exploté en su boca. Fue un orgasmo bestial, tuve que morderme el labio para no gritar.
No podía recobrar el aliento mientras Marta volvía a dejar aquel caminito húmedo de besos, esta vez en dirección ascendente.
La abracé con tanta fuerza que pensé que la iba a romper. Me volvió a besar, de forma apasionada, y pude notar mi sabor acre en su boca.
―¿Ha sido como esperabas? ―me preguntó, y se notaba la sonrisa en su voz.
―Ha superado cualquier expectativa, pero la próxima vez me gustaría verte.
Ella sonrió y volvió a besarme.
Sonreí antes de darle un pequeño aviso:
―Creo que me toca a mí.