Capítulo 7 #2
―Estuvimos buscándole uno apropiado durante un tiempo, pero, como no lográbamos ponernos de acuerdo, no le pusimos ninguno. Algunos vecinos llaman a la zona Na Frare y nosotros, a veces, también.
Me coloqué junto a Marta. Nuestras piernas se rozaban.
―¿Cómo te puedo ayudar?
―C… creo… creo que la masa no me va a bastar. ¿Podrías amasar un poco más?
Llevaba la cara llena de harina, así que le toqué la mejilla con un dedo.
―¿Voy a ensuciarme tanto como tú?
―Supongo que más ―anunció mientras me embadurnaba la cara con la mano llena de harina antes de salir corriendo hacia la terraza trasera, riéndose.
Salí tras ella y la sujeté por la cintura. La hice dar la vuelta y restregué mi mejilla contra la suya mientras ella trataba de zafarse, esperando que la mayor parte de la harina de mi cara acabara en la suya.
Los dos nos reímos hasta que, poco a poco, fuimos poniéndonos serios mientras nos mirábamos a los ojos, luego a los labios y, de nuevo, a los ojos.
Nuestros labios se encontraron con suavidad al principio, tanteándose, explorándose. Después, las lenguas, atrevidas, entraron en juego. Avanzaban y retrocedían, devorándose, como si ninguno de los dos fuera a tener nunca suficiente del otro.
Al cabo de un largo y maravilloso rato, apoyé mi frente en la suya.
Sentía su corazón palpitando veloz en el pecho, igual que ella debía de estar sintiendo el mío.
―Me gustas mucho, Marta ―afirmé con la respiración entrecortada.
―Tú también me gustas a mí. Demasiado, quizás.
―¿Demasiado? ¿Por qué?
―Porque no tengo claro que esto sea lo más apropiado.
En ese momento sonó su móvil.
«¡Qué oportuno! Mierda, mierda, mierda».
―No lo cojas ―supliqué.
―¿Y si son los chicos? Vete tú a saber la que pueden haber armado.
―De acuerdo, pero solo puedes descolgar si son ellos.
Y por descontado que eran ellos.
Las chicas ya habían terminado de colocar todas mis cosas y preguntaban si podíamos ir a recogerlas; querían llegar hasta el pueblo para comprar algo que yo ni siquiera llegué a escuchar.
―¡Ve! ―soltó, dándome un azote en el culo.
―Esto no acaba aquí ―le contesté mirándola a los ojos con intensidad.
―Ya veremos ―añadió ella, riéndose a medias.
Se puso de puntillas y me besó con suavidad en los labios. Aquel beso, ligero como el aleteo de una mariposa, me robó la respiración con tanta fuerza como lo habían hecho los anteriores, mucho más apasionados.
Cuando estuve junto a la puerta, me volví. Ella miraba al vacío, sonriendo, y no se dio cuenta de que la observaba. Aquella imagen, soñadora y feliz, se quedó grabada en mi memoria.
MARTA
En cuanto Toni se marchó para hacer de chófer de las chicas, me quedé sonriendo y soñando como solo una tonta enamorada puede hacerlo.
No sé cuánto tiempo pasé así; solo sé que, cuando desperté de mi ensueño, el tiempo se me había echado encima y, como sabía que pronto llegaría todo el mundo, empecé a darme prisa para terminar las pizzas , sin poder sacarme a Toni y sus besos de la cabeza.
No cabía en mi propia piel, aunque era consciente de que Toni y yo teníamos muy poco futuro.
Al rato llegaron los chicos, que regresaron a pie desde Can Suau, y los convencí para que pusieran la mesa. Unos minutos más tarde aparecieron Toni y las chicas. Habían aprovechado para comprar lo que su hermana necesitaría al día siguiente para hacer la paella.
Nos sentamos a la mesa. Todo el mundo hablaba al mismo tiempo y había bastante ruido. Toni no dejaba de mirarme a los ojos y yo, por dentro, me sentía como de horchata o de flan: temblaba sin poder controlarme.
A los chicos les apetecía hacer algo por la tarde. Como hacía sol y los días eran cada vez más largos, les propuse que fuéramos a la playa; podíamos ir caminando desde la Colònia de Sant Jordi hasta la playa de es Carbó.
La playa de es Carbó es una playa virgen situada en el litoral de Ses Salines, en la costa sur de Mallorca. Solo se puede acceder a ella caminando por la orilla del mar y limita con la finca de s’Avall, propiedad de la familia March, que no puede atravesarse en coche sin permiso.
Todos se entusiasmaron y, en cuanto terminamos de comer, se prepararon para marcharse.
Salimos de casa sobre las tres, repartidos en dos coches: los niños con los niños y las niñas con las niñas, como reza la canción.
Después de aparcar, los chicos salieron disparados hacia la playa del puerto y el camino empedrado que conduce a es Carbó.
Querían ver quién llegaba antes. Las chicas también salieron corriendo, pero enseguida desistieron al darse cuenta de que era imposible ganarles.
De una forma u otra, acabaron dejándonos solos a Toni y a mí.
Íbamos en silencio, disfrutando de la cercanía del mar y de la proximidad entre los dos. Nuestras manos se rozaban con frecuencia, provocándonos pequeñas descargas eléctricas que hacían que los pelillos del brazo se me pusieran de punta. Al cabo de un rato, Toni habló:
―¿Qué música te gusta?
―Casi toda ―contesté―, aunque la que más me gusta es la de los años ochenta y el rock catalán.
―¿Y Manel?
―Claro. Y Antònia Font, pero también Ana Belén y Víctor Manuel, Joan Manel Serrat… Como te digo, ¡me gusta todo!
Empezó a cantar en voz baja, pero con voz melodiosa, una canción del grupo Manel, Fes-me petons .
―Esa no la conocía, ¡me ha gustado mucho! ―dije emocionada en cuanto terminó.
―Sí, la letra es preciosa. Manel me encanta.
―Cantas muy bien.
―¡Sí, seguro! ―bufó―. Canto porque me gusta, pero no lo hago bien.
―Pues a mí me parece que sí. Deberías reconocer el mérito que tienes. Yo, como te dije, no canto ni en la ducha.
―Sí, ya me di cuenta de que cantar no es lo tuyo ―se burló.
―A la que le gusta mucho cantar es a Clara, y no lo hace mal, la puñetera.
―Toni empezó a carcajearse de nuevo y me di cuenta de que lo hacía a mi costa.
―¿De qué te ríes? ―pregunté, riéndome también.
―Has sonado como una viejecita: «No lo hace mal, la puñetera» ―me imitó, intentando poner voz de anciana.
―¡Eh! ¡Los niños educados no se ríen de la gente mayor! ―apostillé, sonriendo a medias.
―Tú no eres tan mayor. ¿Cuántos años tienes?
―¿No sabes que eso nunca debe preguntársele a una dama? ―Después, más seria, añadí―: Seguro que más de los que piensas.
Se detuvo de golpe y me miró.
―¿Por qué dices eso?
―Es lo que intentaba decirte esta mañana. No creo que «esto» ―expliqué, señalándome primero a mí y luego a él― sea lo más apropiado.
―¡Venga ya! ¡Eso no es más que una tontería! ―me interrumpió―. A mí me gustaría descubrir qué es «esto» antes de decidir si es apropiado o no. Y, de todas formas, ¿por qué no habría de serlo?
―¡Tengo más de diez años más que tú! Cuando tú empezabas a caminar, yo ya tenía las hormonas tan alteradas como esas tres chiquillas que están ahí delante. Y cuando empezaste a ir al colegio, yo ya había tenido relaciones sexuales.
―Mejor. Una mujer que puede enseñarme muchas cosas ―añadió mientras me rodeaba la cintura y enarcaba repetidamente las cejas.
Intenté soltarme de su abrazo para que los chicos no nos vieran, pero él no me dejó. Me miró con el semblante serio.
―La única razón para no ver adónde puede conducirnos todo esto es que yo no te guste. Porque, si te gusto la mitad de lo que tú me gustas a mí, no hay nada que pensar.
―¡Joder, Toni! ¿No es obvio que tú también me gustas mucho a mí? ―admití algo avergonzada.
―Entonces, ¿dónde está el problema? Eres un poco mayor que yo, ¿y qué?
―No es solo ser mayor que tú, sino todo lo que eso implica. Yo tengo hijos que ya son adolescentes y no se me pasa por la cabeza tener más. Solo por poner un ejemplo.
―¿Lo dices porque te comenté que quería tener muchos hijos? ―contestó después de pensarlo durante un rato.
―¡Claro! Y porque tú todavía estás en edad de tenerlos… ¡pero yo no!
Me examinó durante un buen rato. Después se acercó y me besó. Fue un beso suave y muy largo.
―Como dijo Julio César: «Cuando lleguemos a ese río, ya cruzaremos ese puente».
Lo miré extrañada.
―Creo que era al revés.
Se echó a reír.
―Puede ser. Lo importante es que no quiero preocuparme por eso antes de tiempo. Quiero disfrutar del tiempo que pasemos juntos y ver cómo nos va.