Te quiero, Marta (Colección Mediterráneo 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

« I és que tu saps,

que tu i jo ens hem cercat,

i ara que ens hem trobat,

un davant l'altra no sabem esperar »

[Y es que tú sabes,

que tú y yo nos hemos buscado,

y ahora que nos hemos encontrado,

uno frente al otro no sabemos esperar]

(Suso Rexach, No sabem esperar )

TONI

El sábado por la mañana estaba como en una nube.

Estaba muy pillado, como dirían mis sobrinos, que en ese momento iban sentados en el coche y ocupaban más sitio que las cosas que «trasladábamos».

Tenía un nudo en el estómago. Me emocionaba cada vez que pensaba en todo lo que Marta y yo habíamos hablado la noche anterior, en todo lo que había sido capaz de contarle.

Nunca había llegado a aquel nivel de intimidad con ninguna chica, ni siquiera con Cristina, con quien siempre había mantenido conversaciones mucho más superficiales.

El cambio que estaba dando mi vida me gustaba mucho y, al mismo tiempo, me tenía acojonado.

En la casa, que me había encantado, no tenía que hacer nada; solo colocar la ropa en el armario y los libros en las estanterías.

La clínica, de la que no esperaba gran cosa cuando mi madre me anunció aquel domingo que empezaba a trabajar al día siguiente, me había sorprendido tan gratamente que no pensaba cambiar de trabajo en mucho tiempo.

Y Marta… No podía pensar en ella sin que el corazón empezara a latirme con fuerza.

Creía que entre nosotros podía surgir algo. No sabía qué tipo de relación buscaba ella después de poner fin a una que había durado tantos años, o incluso si quería comenzar otra.

En realidad, tampoco hacía tanto que yo había terminado la mía, pero encontrarla había sido como recibir un regalo del cielo. Empezaba a creer aquello de que, cuando una puerta se cierra, se abre una ventana.

Teresa y los gemelos, Pau y Joan, estaban muy animados. Tenían ganas de conocer la casa nueva y, además, después de haberme visto tan hecho polvo durante los meses anteriores, mi alegría de aquellos días también era contagiosa.

Estábamos muy unidos y, si bien ellos sabían que la razón de mi abatimiento anterior era la ruptura con Cristina, la única que se atrevió a sacar el tema fue Teresa:

―Padrino ―me había dicho aquel día con ademán serio―, a mí no me gustaba nada Cristina porque estaba muy celosa de mí.

―¿No será al revés? ―le había preguntado yo.

―¡No! ¡Era ella la que lo estaba, no yo!

No pude evitar sonreír, a pesar de que me encontraba en uno de los peores momentos de mi pesadilla.

Yo era el padrino de Joan, pero los tres me llamaban así porque mi hermana los había acostumbrado. No le gustaba que me llamaran Toni, y «tío Toni» le parecía demasiado formal para su hermanito pequeño.

Mi hermana, Margalida, era catorce años mayor que yo.

Siempre me había tratado como a su niño mimado y no parecía dispuesta a cambiar de actitud hacia mí en toda la vida.

De hecho, ya se había autoinvitado a ir al día siguiente a la casa nueva con la excusa de recoger a los niños, que se iban a quedar a dormir.

―Y así nos haces una paellita.

Yo, que casi no sabía ni freír un huevo. Me había hecho una lista con todo lo que tenía que comprar y contaba con que la preparara ella.

A mi cuñado, que yo conocía desde siempre ―él y mi hermana habían empezado a salir cuando todavía eran muy jóvenes―, lo quería muchísimo, como a un hermano mayor.

Desde el principio él me había tratado como a un igual y eso hizo que lo admirara desde el minuto uno de nuestra relación.

Muchas veces, cuando necesitaba un consejo sobre algo, lo llamaba a él antes que a mi hermana, que enseguida se ponía histérica por todo.

Los niños no paraban de hablar. Yo ya les había dicho que lo más probable era que hubiera otros tres chicos de su edad ayudando con la «mudanza», y estaban entusiasmados porque les encantaba conocer gente nueva.

Por el poco tiempo que había pasado con Lluc, estaba convencido de que, al menos, los tres chicos se llevarían bien.

Suponía que las niñas también congeniarían; mejor dicho, cruzaba los dedos para que así fuera.

MARTA

El sábado por la mañana se respiraba nerviosismo en casa; yo estaba ansiosa por ver a Toni y los niños también estaban emocionados.

Había oído a Clara y a Caterina hablar sobre cómo serían los gemelos.

Madre mía, ¡la adolescencia! Yo no volvería a pasar por ella ni aun sabiendo todo lo que iba a suceder después.

Me había cansado de repetirles a Isabel, a Ruth y a Coloma que no quería tener nada con Toni y, ahí estaba yo, muriéndome de ganas de que llegara, como una colegiala.

La conversación de la noche anterior tenía parte de culpa, pero no toda.

Me había gustado desde el primer momento en que lo vi, pero la diferencia de edad era un hándicap para mí, como también lo era la baja autoestima que me había dejado la marcha de David.

Yo me repetía que Toni podía tener a la mujer que quisiera y que, precisamente por eso, no me elegiría a mí.

Pero, cuando la noche anterior me había contado cómo había sido su relación con Cristina, lo sentí más cercano, como si ya fuera un poco mío.

Estaba pensando en todo eso cuando sonó un claxon en la calle. Salí de la casa con toda la calma que pude reunir, aunque una tempestad de emociones bullía en mi interior.

Del coche bajaron dos muchachos altísimos y una chica muy guapa. Vi cómo a Clara y a Caterina se les desencajaba la mandíbula y cómo Lluc bajaba los escalones del porche para ir a estrecharle la mano a Toni.

Cuando me acerqué, oí que Toni decía, mirando a Lluc:

―Esta es Teresa y estos son Pau y Joan, mis sobrinos. ―Después, dirigiéndose a ellos, añadió―: Él es Lluc, y estas dos señoritas son Caterina y Clara, que, aunque no sean gemelas, por lo que he oído, no se separan casi nunca.

Ellas dos se pusieron muy rojas y todos los demás nos reímos.

―Yo soy Caterina ―aclaró ella, que se había recuperado un poco antes que mi hija.

Por último, volviéndose hacia mí y mirándome a los ojos, dijo:

―Hola, Marta. ¿No has dormido bien? Tienes cara de sueño.

―Tuve una mosca o un moscardón molestándome hasta muy tarde anoche.

Toni echó la cabeza hacia atrás mientras se reía con ganas. Después me cogió una mano y me dio dos besos, demorándose un instante en cada uno, mientras yo me deleitaba con cada fibra de mi cuerpo.

Girándose hacia los chicos, que nos miraban con cara de asombro, dijo:

―¿Nos vamos a Can Suau?

―No cabéis todos en el coche. Ahora sacaré el mío y llevaré a estos tres.

―¡Venga, mamá! ―dijo Lluc―. Nos apretaremos un poco. ¡Si vamos aquí al lado!

Miré a Toni, enarcando las cejas.

―¡Claro! ―añadió él―. No pasará nada. Somos vecinos, ¿sabes?

Fue mi turno de reírme con ganas porque sabía que él no estaba de acuerdo en absoluto con eso de que fuéramos vecinos; decía que las fincas estaban demasiado lejos.

Se fueron y yo decidí ponerme a hacer las pizzas , porque me parecía que, con tantos adolescentes en esa ecuación, pronto tendrían hambre.

Media hora más tarde, el coche volvió a detenerse frente a la barrera de casa.

Eran Toni y los tres chicos.

―¿Adónde vais? ―pregunté cuando los vi desfilar por delante de la cocina.

―Han decidido que era un error imperdonable que no trajera un televisor y han venido a buscar uno que Lluc tiene en su habitación ―contestó Toni por ellos.

―¿Y dónde piensa jugar con la Play? Sabe que en la sala no puede ―aclaré alzando la voz para que mi hijo me oyera.

―Creo que también piensan trasladarla. Se ve que los tres han decidido que estaría mejor en mi salón que en la habitación de Lluc.

Me entró la risa al oírlo y no pude evitar carcajearme de nuevo.

―¡Estás apañado! Vaya panda de delincuentes te has buscado. ¿Y las niñas?

―Ah, ¡ellas! Han dicho que yo no tenía ni idea de colocar la ropa en el armario y han decidido hacerlo a su manera. Igual que con los libros.

Yo no podía parar de reír. Lo estaba pasando de muerte a su costa.

―Tú ya te has puesto a hacer las pizzas , ¿tan pronto? ―preguntó.

―¡Ni te imaginas lo que llegan a comer estos energúmenos! ¡Más me vale empezar con tiempo!

―Vale, pues como en mi casa no me dejan hacer nada, los dejaré allí para que terminen de adueñarse de ella y vendré a ayudarte. ―Después de unos segundos, añadió―: ¿Qué ha sido ese ruido?

Yo pensé: «Debe de haber oído los latidos de mi corazón, que se ha puesto a toda pastilla. No, es imposible a esta distancia».

―Los chicos, que han tirado algo ―contesté. Después, gritando, añadí―: ¡Lluc, más te vale recoger todo lo que se ha caído! ¡No saldrás de casa hasta que esté todo en su sitio!

―Pobre, ¡vaya sargento estás hecha!

―¡Como para no serlo! Mantener el orden en una casa llena de hormonas adolescentes no es nada fácil.

―¡Te llevarás muy bien con mi hermana! ―contestó él riéndose.

―¿Tu hermana?

―Sí. Mañana se ha autoinvitado a hacer una paella en Can Suau y, por supuesto, tú y los niños tenéis que venir.

―¿No vamos a ser demasiados?

―Solo dos más que hoy, así que no vale decir que no; a no ser que tengáis otros planes, claro.

―No, planes no tenemos, pero tampoco quiero molestar si vosotros queréis tener una comida en familia…

―O venís a comer o, si no, seguro que mi hermana se presentará aquí a buscaros. Tú eliges.

―¡Qué exagerado eres! ―solté riéndome―. Claro que iremos, no vaya a ser que luego tengamos algo que lamentar.

Al cabo de un rato, los chicos salieron de la habitación cargados hasta arriba y los cuatro se marcharon.

TONI

Ni siquiera paré el coche. Les pedí que se portaran bien, que no molestaran a las niñas y que, si necesitaban algo, me llamaran al móvil; ellos, que iban a su rollo, no me prestaron la más mínima atención.

En cuanto bajé del coche, no me entretuve ni un segundo y entré corriendo en casa de Marta.

―¿Vuestra casa no tiene nombre? ―le pregunté al tiempo que entraba en la cocina. Estaba muy nervioso y no sabía cómo disimular la ansiedad que me atenazaba el estómago.