Te quiero, Marta (Colección Mediterráneo 3) Capítulo 6
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Capítulo 6

« I és que la veritat,

que mai no existirà,

no importa ja tant

com tenir-te al costat »

[Y es que la verdad,

que jamás existirá,

no importa ya tanto

como tenerte a mi lado]

(Lax'n'Busto, Més que la meva sang )

TONI

Vaya noche había pasado.

No había podido dormir ni una hora seguida.

No dejaba de darle vueltas a todo lo que habíamos hablado Marta y yo en su casa. A ratos estaba convencido de que nos habíamos hecho una especie de declaración mutua; al minuto siguiente me repetía que aquello no significaba nada.

En resumen, le había insinuado que, de ser su marido, no la habría dejado nunca y ella me había besado en la comisura de los labios. ¿Qué significaba aquello? ¡Nada en realidad!

Pero, si me había besado, ¿no era porque yo también le gustaba? Y mucho, además.

¡Uf! No podía seguir dándole vueltas. «¡Basta, basta!», le grité en silencio a mi cabeza.

Lo primero que hice al llegar al trabajo fue mirar hacia la sala de personal, detrás de Isa y Ruth, estaba vacía. Era raro, Marta no solía llegar nunca tarde.

¿Tendría gente citada tan pronto?

Ellas dos atendían a varios pacientes y me saludaron con un gesto de cabeza.

Entré en la consulta buscando alguna excusa plausible para volver a salir.

No, lo que tenía que hacer era centrarme en el trabajo.

Aquella noche en blanco había conseguido que me obsesionara con Marta.

Hasta entonces me había parecido una mujer atractiva, alguien con quien daba gusto trabajar.

Pero algo había cambiado entre el día anterior y aquel.

Ahora me gustaba de verdad. No dejaba de preguntarme qué podía hacer para que ella pensara en mí del mismo modo en que yo pensaba en ella.

Decidí que, si iba a tomar algo a la sala de descanso, no estaría haciendo nada fuera de lo normal. Y salí.

Cuando entré, Damiá ya estaba allí.

―¡Buenos días! ―me saludó en cuanto me vio.

―¡Buenos días! Vengo a buscar un café porque con el que ya he tomado no me va a bastar.

―¡Eso parece! Tienes mala cara.

―No he dormido demasiado bien.

―Ya veo. Tienes a alguna chica que no te deja pegar ojo. ―Rio―. ¿Un día podré ir de marcha contigo y recoger tus migajas?

«Si tú supieras…», pensé.

―¿Quién se va de marcha? Yo me apunto ―soltó Isa al entrar en la sala.

―Nada, que estaba intentando picar un poco al chico, pero no se deja.

―¿Tú no deberías estar ya en el hospital? ―preguntó Ruth, que entró después de Isa. Tan seca como de costumbre, no se cortaba ni con Damiá. Quizás yo no le caía tan mal después de todo.

―¡Ya me voy, ya me voy! ―dijo él, levantando las manos―. ¿Marta ya ha salido para allá?

―Sí, ha dicho que quería empezar pronto. Piensa que las intervenciones se alargarán bastante hoy y quería ir adelantando trabajo.

Así que se había marchado temprano, sin ni siquiera tomar café. ¿Estaría evitándome? Al día siguiente volveríamos a coincidir. Y, si no era capaz de esperar tanto, siempre podía inventarme alguna excusa para pasarme por el hospital durante una de las intervenciones.

Sin duda, me estaba comportando como un adolescente.

MARTA

El viernes por la mañana no me entretuve demasiado en la clínica, salí tan pronto como pude hacia el hospital.

Aunque tenía la excusa perfecta ―nos esperaban dos intervenciones que prometían ser bastante largas―, lo cierto era que no quería encontrarme con Toni.

Cada vez que lo veía, el corazón se me disparaba; por no hablar de que no dejaba de pensar que se daría cuenta, solo con mirarme, de la noche que había pasado imaginándolo.

«Da igual, acabarás viéndolo ―me dije―. Al fin y al cabo, ahora seréis vecinos».

Si hasta comentó que podríamos ir y volver juntos del trabajo… Aunque hoy me moriría de vergüenza solo de recordar la noche de ayer.

Las intervenciones terminaron antes de lo previsto y, cuando ya estábamos recogiendo, apareció Toni.

―¡Buenos días! Vengo a ver si necesitáis ayuda, pero veo que sois muy eficientes y que habéis podido con todo vosotros dos solitos.

―Sí, ha ido mucho mejor de lo que esperábamos. Hemos acabado antes de lo planeado ―contestó Damiá―. ¿Y tú?, ¿también has terminado?

―Sí, hoy he tenido una mañana tranquila.

―¿Os apetece que vayamos a comer? ―preguntó Damiá.

―Por mí, genial ―afirmó Toni―. ¿Tú vienes, Marta?

―A mí me encantaría, pero hace más de una semana que quedé con una amiga y, si no voy, la dejo plantada ―contesté.

―Muy bien, pues más para nosotros ―intervino Damiá, mirándonos a ambos.

Me despedí y me encaminé hacia la puerta. Había conseguido hablar con Toni sin que se me notara nada. ¡Yupi! Cuando ya estaba a punto de cruzar la puerta, Toni me llamó:

―Si me das tu número de teléfono, mañana os avisaré en cuanto lleguemos.

―¡Claro! Aunque en casa no tenemos fijo. Te daré el número de Lluc, que fue quien dijo que se levantaría temprano.

Le di el número de Lluc y retomé la huida.

―¡Espera! Tampoco tengo el tuyo. Dímelo y lo apunto también.

¿Era mi imaginación o parecía incómodo?

···

Con Coloma, mi amiga, analizamos una por una todas las frases que habíamos pronunciado Toni y yo durante los dos días anteriores, como hacíamos cuando íbamos al instituto y nos gustaba algún chico.

No recordaba que aquello fuera tan estimulante y me lo pasé fenomenal sintiéndome como una jovencita de nuevo.

―Todavía no entiendo qué problema le ves a que seas mayor que él ―me sermoneó Coloma―. Eso no es más que un prejuicio. Si fuera él quien tuviera doce años más que tú, ¿lo verías tan mal?

―No creo que sea solo un tema de prejuicio; hay otros factores a tener en cuenta. ¡Quiere tener hijos!

―¿Y?

―Hombre, dejando de lado que mi edad ya no es la idónea, ¿cómo crees que me las apañaría con un bebé después de tantos años?

―Joder, ¡creo que te ha ido más que bien con los otros dos!

―No quieras hacer de abogada del diablo; sabes muy bien que, biológicamente, nuestro cuerpo, aunque sea capaz, no es el mismo de hace veinte años. Y ya ni hablemos de la mente…

―La que no tiene que buscar pegas donde no las hay eres tú. Además, aunque todo lo que me has contado me hace pensar que le gustas, eso no significa que esté buscando una relación. Quizás solo quiere divertirse y, después de librarte de David, tampoco te vendría mal.

―Uf… No. Qué pereza.

―¿Pereza qué? ¿Acostarte con alguien o empezar otra relación?

―Ni una cosa ni la otra. Déjame disfrutar de este flirteo…

―¿Qué flirteo ni qué flirteo? Ese cuerpo, que según tú ya no es el mismo que cuando teníamos veinte años, sigue teniendo necesidades. Y la mente, todavía más.

Llegué a casa sobre las ocho. No había mirado el móvil en toda la tarde y, cuando por fin lo saqué del bolso, descubrí que tenía ocho mensajes nuevos.

TONI

Después de comer, llegué a casa bastante achispado. Entre Damiá y yo nos habíamos bebido una botella de vino y, después, con el café, habíamos tomado una copa de licor de hierbas… o dos.

Tenía muchísimas ganas de escribirle un mensaje a Marta y a mi cerebro embotado le pareció una idea magnífica.

Escribí:

«Mañana llevaré el postre.

También quería decirte que me pareces una mujer superinteresante.

Me siento muy bien contigo.

Además, eres muy guarra.

Guana.

XD

Maldito corrector.

¡GUAPAAA!».

Después de enviarlo, me dejé caer en el sofá, muy satisfecho conmigo mismo y, pensando en Marta, me quedé dormido.

Me despertó el sonido de un mensaje entrante.

«Ya veo que alguien ha bebido

un poquito con la comida».

Era Marta. De golpe recordé lo que le había escrito unas horas antes.

Mierda. Mierda.

«No me hagas ni caso.

Vaya espectáculo paupérrimo».

«¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!».

«Bueno, que llevaré

el postre sí que es verdad.

Y que me pareces muy interesante.

Y guapa».

«Creo que tendrías

que tomarte un café.

No parece que se te haya

pasado la borrachera».

«Sí, creo que me vendría bien.

¿Qué tal tu comida?

¿También te han emborrachado?».

«¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja! No, yo

tenía que conducir.

Tampoco es que beba

mucho normalmente».

«Ni yooo.

Ha sido todo culpa de Damiá».

«Sííí, claro.

Te ha hecho beber a la fuerza».

«A la fuerza, no, pero no quería

quedar mal con el boss ».

«¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!».

«Y tampoco quería quedarme atrás».

«¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!».

«Menos mal que al menos

a uno de los dos le hace gracia».

«Hombre, porque aún eres nuevo.

Has aprendido la lección de la peor manera posible.

Al boss nadie le gana bebiendo».

«¡Uf! ¡Para la próxima ya lo sé!

Me está empezando a doler la cabeza».

«¿Empezando?».

«Sí, es que me había quedado

dormido en el sofá».

«¡Tendrás que poner

una aspirina en el café!

¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!».

«Sí, tú encima ríete de mí».

«Ohhh, pobreeecito,

qué peeena».

«Eso me gusta más».

«¿Ya lo tienes todo listo para

el traslado de mañana?».

«Solo tengo que llevar algo de ropa.

No me traje casi nada de Barcelona.

Bueno… y los libros».

«¿Te gusta leer?».

«Muchísimo.

¡Dime que a ti también!».

«¡A mí también! Pero…».

«¿Pero?».

«Pero no soy ninguna intelectual».

«¿Qué quieres decir con eso?».

«Que no leo a Kafka,

por ejemplo…».

«Será porque no lo has intentado».

«Es posible, pero con solo

pensarlo me estreso…

A mí me gusta leer cosas que

me entretengan, que no me obliguen

a pensar demasiado…».

«Yo lo intenté,

leer a Kafka quiero decir,

pero no lo conseguí».

«¿Qué estás leyendo ahora ?».

« El último Catón ».

«Matilde Asensi.

Me encantó, lo he releído unas

cuantas veces».

«Yo también lo estoy releyendo » .

«¿En catalán o en castellano?».

«En castellano.

Me gusta leer los libros

en el idioma en que fueron escritos.

Si pudiera, leería Los hombres que no aman a las mujeres en sueco…».

«¿No prefieres leer en nuestra lengua,

el catalán?».

«Cuando tengo que leer

un libro traducido, sí.

Pero, si puedo leerlo en el idioma original, lo prefiero».

«¿En cuántos idiomas lees?».

«¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!

En catalán, castellano y, sin querer sonar pretencioso, alguna cosa en inglés, Kafka por supuesto que no».

«¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!».

«¿Qué pasa?».

«La lengua materna de Kafka

era el alemán».

«¡Oh, oh!

¿Ves? Una razón más

para no leerlo en inglés».

«¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!».

«Y tú ¿qué estás leyendo?».

«No, si te lo digo, te vas a reír».

«¡Venga ya! Yo te lo he dicho».

« Lo que el viento se llevó ».

«¿De verdad?».

«Sí, y tengo que decir

que el libro es aún mejor

que la película».

«¿Qué libro no lo es?».

«Sí, en eso tienes razón».

Estaba muy bien hablando con ella. Demasiado bien. Tanto, que estuve a punto de subirme al coche y conducir hacia Ses Salines. Podía dormir en Can Suau aquella misma noche si quería. ¿Por qué no se me había ocurrido antes?

Un nuevo mensaje apareció en la pantalla. Durante un instante dudé si debía contarle la verdad.

MARTA

Tenía ganas de preguntarle por su vida sentimental, pero no sabía cómo hacerlo. Decidí intentarlo con algo que había mencionado en los mensajes y, cuando encontré lo que buscaba, escribí:

«¿Por qué no trajiste nada de Barcelona?».

Pasaron unos minutos sin respuesta y, cuando ya estaba a punto de flagelarme por ser tan bruta, contestó:

«Cuando salí de Barcelona, huía».

«¿Huías?».

«Sí».

Volvieron a pasar unos minutos. Ya pensaba que no me contaría nada más cuando sonó el teléfono. Contesté. Era Toni.

Me contó lo que le había pasado con Cristina y lo humillado que se había sentido. Que ella había sido su primera novia…

―Pensaba que no podría volver a confiar en una mujer nunca más, pero hablar contigo es tan fácil…

―¿Nunca más? ¿Tú no has escuchado nunca a los Lax'n'Busto o qué?

―¿Por qué lo dices?

― Mai diguis mai, oh mai [2] … ―intenté entonar.

―La letra me suena, pero esa melodía estoy seguro de no haberla oído nunca.

―Por casualidad, ¿quieres reírte de mí?

―Creo que no has entonado bien ni una nota ―dijo riéndose tanto que casi no lo entendía―. Por lo que escucho, no tienes mucho oído para la música. ―Por el auricular me llegaban más risas.

―Voy a colgar el teléfono y se acabó.

―No, no cuelgues… Lo estoy pasando muy bien.

―A expensas de mí.

―No me estoy riendo de ti. ¡Me río contigo!

―Pues a mí no me hace ninguna gracia. Cuando tenía ocho años, una monja me invitó a abandonar el coro de la escuela, dijo, delante de todos los niños, que mi presencia no era bienvenida. Tengo compañeras que todavía se ríen de mí.

El teléfono pitó para avisarme de que se estaba quedando sin batería.

―Tendré que colgar, tengo que poner el teléfono a cargar.

―Yo ya lo hice hace un rato.

―¿Hablas con el teléfono enchufado? ¿No es incómodo?

―No. Estoy tumbado en la cama; ni siquiera me doy cuenta.

―Hace mucho que hablamos, ¿qué hora es?

―Las once y media.

―¿Ya? ¡Uf! Ahora sí que habré perdido toda la credibilidad. Siempre les digo a los niños que no pueden pasarse tantas horas al teléfono. ¡Virgen Santa…! Ahora entiendo la cara que ponía Clara.

Él se rio.

―Menos mal que estaba con Caterina y no me ha prestado mucha atención.

―No le había contado lo que me hizo Cristina a nadie más que a mis padres y a mi hermana. Vuelvo a decir que es muy fácil hablar contigo, me encanta ―dijo en tono suave.

―Gracias por haber confiado en mí.

―Gracias a ti por escuchar.

Se hizo un silencio. El teléfono volvió a avisar de que se estaba quedando sin batería.

―¿Nos vemos mañana? ―pregunté.

―Ponlo a cargar ―pidió él.

Lo enchufé y continuamos hablando hasta las dos de la madrugada, cuando los dos nos quedamos dormidos con el teléfono pegado a la oreja.