Te quiero, Marta (Colección Mediterráneo 3) Capítulo 5
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Capítulo 5

« Si tu em volguessis escoltar,

et faria adonar

que t'estàs equivocant »

[Si quisieras escucharme,

haría que te dieras cuenta

de que te estás equivocando]

(Lax'n'Busto, No se pas com )

MARTA

Cuando llegué a casa, Clara se estaba preparando para ir a gimnasia.

―Mami, hoy me quedaré a dormir en casa de Caterina. Tenemos que hacer un trabajo para el instituto y nos pondremos a ello en cuanto lleguemos del entrenamiento.

―Clara, es entre semana.

―¡Ya estamos a jueves! Venga, mami, la madre de Caterina nos deja. ¡Nos iremos a la cama pronto! Deja que me quede, además, tiene que contarme no sé qué… ―dijo melosa.

―¡Ahí quería yo llegar!

―¡Vaaa! ―contestó mi hija, alargando mucho la «a», en tono de súplica.

―Está bien, pero intentad descansar un poco. Si no, ¡mañana en clase os quedareis fritas!

Caterina era su mejor amiga, nunca se separaban. A mí, en realidad, no me importaba demasiado que pasara la noche en su casa porque las dos sacaban muy buenas notas, se llevaban bien y, además, recordaba que a mí también me gustaba mucho quedarme a dormir en casa de mis amigas cuando tenía su edad.

―¿Y Lluc? ¿Dónde está?

―¡Uf, Lluc! Está tumbado encima de la cama escuchando esas canciones tristes. Creo que ha cortado con su novia.

―¿Con cuál de ellas?

―¡Y yo qué sé! Lo que no entiendo es por qué se pone tan triste, ¡si casi siempre las deja él!

―Ahora iré a verlo. ¿Con quién vas a Ses Salines? ¿Te acompaño yo?

―¡No! Iré en la bici, no te preocupes.

Me dio un beso y salió disparada.

―¡Adiós! ¡Hasta mañana!

Uno de los inconvenientes de no vivir en el pueblo era tener que estar todo el día de un lado para otro llevando y recogiendo a los niños, pero también tenía muchas ventajas.

La casa era muy tranquila y teníamos un poco de terreno, así que habíamos construido una piscina no muy grande y un jardín.

Incluso había probado a sembrar un huerto, pero el experimento no salió bien.

Fui a ver al niño y lo encontré tal y como había dicho su hermana: tumbado en la cama y con expresión triste.

―Y ahora, ¿qué ha pasado? ―le pregunté mientras me sentaba a su lado.

―Que Gabriela y yo hemos cortado.

―A esta no la conocía. No debíais de llevar mucho tiempo juntos ―le dije en tono burlón.

―¡Mami! No te pases, que me gustaba de verdad.

―¡Vamos! La semana que viene ya tendrás otra y, en menos de un mes, volveremos a encontrarnos en la misma situación.

Mi hijo era muy sensible y tan enamoradizo…

―¡Pero ahora estoy triste! ¡Déjame solo!

Me dirigí hacia la puerta mientras decía:

―¿Estás tan triste como para no cenar?

―A la hora de cenar quizá ya no esté tan triste.

―Ya me parecía a mí que nada podía hacerte perder el apetito ―me reí.

Cerré la puerta justo a tiempo para que la almohada que me lanzó no me diese en la cabeza.

Los días empezaban a ser más soleados y largos, así que decidí trastear un poco por el jardín, al que había descuidado por completo. Como siempre que me ponía a ello, el tiempo pasó sin que me diera cuenta.

Las plantas despertaban de su reposo invernal, pero, debido a mi falta de cuidados, el jardín estaba lleno de malas hierbas: ortigas, jaramagos y vinagretas campaban a sus anchas. En cambio, las rosas, los lirios, los geranios y las gerberas permanecían casi por completo ocultos.

Al cabo de un rato, en la entrada de la finca, justo enfrente de donde me encontraba, se oyó un estruendo. Levanté la cabeza y, al otro lado de la barrera, vi a Toni encima de una moto que me pareció inmensa.

Se pasó una mano por su corto cabello, aplastado por el casco.

Tenía los ojos muy azules; a pesar de que desde donde estaba no podía distinguirlos, ya me había fijado antes. La nariz recta, la boca fina y el mentón firme hacían que pareciera una estatua griega.

Era alto, no tanto como David, pero debía de medir más de un metro ochenta y cinco. La cazadora de motorista ensanchaba sus hombros y llevaba unos vaqueros que dejaban entrever unos músculos poderosos.

Me sonrió y mi corazón se detuvo durante unos segundos. Aquello no podía continuar así. ¿Cómo podía siquiera planteármelo? Si le gustaba la casa de Can Suau, viviríamos demasiado cerca; al menos para mi cerebro recalentado.

Me quité los guantes y me limpié las manos en los tejanos. Seguramente iba llena de tierra y, además, llevaba puesta la ropa más vieja que tenía. ¡Oh, sí! Menuda idea más buena había tenido: ponerme a arreglar el jardín.

―¡Hola! ¿Ya has visto la casa?

―No, me he perdido. No la encuentro. Ya estaba pensando en llamarte cuando he visto tu coche ―dijo señalándolo.

―Ah, pues desde aquí ya te falta poco.

―¿No me dijiste que erais vecinos?

Me eché a reír.

―Bueno, aquí, en el campo, los «vecinos» no son lo mismo que en Palma.

―¿Por qué no me acompañas?

―¿Ahora? ¡Pero si voy hecha un adefesio!

―Y yo llego tarde. Además, estás muy bien. Al menos a mí me gusta mucho tu aspecto.

Enrojecí de nuevo. Virgen santa, ¿acababa de echarme un piropo? ¿Por qué? ¿Le gustaba? «¡Basta, Marta! ¡Basta!, no alucines», me reprendí.

―Venga, pues ¡vamos! Espera, que voy a avisar a mi hijo. ―Abrí la puerta de casa y, sin moverme de la entrada, grité―: ¡Voy hasta Can Suau! ¡Volveré enseguida!

―¡Vale! ―contestó.

TONI

La vi salir de la casa. Llevaba una mancha de tierra en la mejilla. No se lo había dicho cuando comentó que iba hecha un adefesio porque me parecía que estaba encantadora con ese aspecto.

―¿Llegas muy tarde?

―¡Casi diez minutos!

―¡Uf! Pues no podemos ir a pie. Deja aquí la moto, iremos con mi coche.

―¡Vaya jaleo! Vamos en la moto.

―¿Tienes otro casco?

―No, pero no vamos lejos, ¿no? Tú has dicho que erais vecinos.

―Para caerse no hacen falta ni cincuenta metros. Además, si Lluc me viera encima de una moto sin casco, aparte de perderme todo el respeto, me reñiría de lo lindo.

―¿Le tienes miedo a tu hijo? ―pregunté con asombro.

―No, miedo no; pero le he repetido tantas veces que no puede ir en moto sin casco que lo más probable es que le diera un infarto si me viera a mí sin uno.

―Uf… ¡Estas madres!

Me lanzó una mirada de reproche y yo me eché a reír.

―Entonces, ¿qué? ¿Tu hijo tiene un casco?

―Sí, claro.

―Pues, ¿por qué no vas a buscarlo? Creo que eso será más rápido que todo el lío que propones del coche.

Resopló mientras se dirigía hacia la casa.

Me moría de ganas de tenerla detrás de mí en la moto, agarrada a mi cintura, con sus pechos apoyados en mi espalda.

Cuando la vi regresar con el casco en la mano, me pareció todavía más impresionante.

―Vamos, a este paso no llegaremos nunca ―dijo.

Con agilidad subió a la moto detrás de mí, tal y como lo acababa de imaginar.

Hicimos el trayecto despacio y yo disfruté sintiendo su presencia y el calor de su cuerpo pegado al mío.

Can Suau estaba a apenas un kilómetro y medio de su casa. ¡Vecinos!

No era una casa muy grande, pero estaba bien cuidada, con una gran terraza delante, como había dicho Marta. Allí nos esperaban los vecinos viajeros.

Yo iba dispuesto a aceptar lo que me pidieran por la casa y a que me gustara fuera como fuera. Cada vez me sentía más reticente a perder la oportunidad de pasar más tiempo con Marta.

―¡Hola, Marta y compañía! ―saludó el hombre.

―Hola, Blai. Hola, Maria. Os presento a Toni. Creo que ya habéis hablado por teléfono.

Me dirigí hacia ellos ofreciéndoles la mano.

―¿Has estado trabajando en el jardín? ―preguntó Maria―. Menos mal, porque le hacía mucha falta. El otro día estuve a punto de entrar y arrancar las malas hierbas.

―¿Y por qué no lo hiciste? Habría sido muy considerado por tu parte.

Las dos se echaron a reír. Era evidente que había una buena relación entre ellas. Blai movió la cabeza arriba y abajo, medio riendo, medio indignado.

La casa era espaciosa por dentro. Tenía un salón amplio con la cocina abierta al fondo. Un poco antes de llegar a la cocina, a la derecha, había un pequeño distribuidor que daba al baño y a dos habitaciones no muy grandes. Los muebles eran oscuros y pesados, pero no antiguos ni viejos.

Me gustó de inmediato, y no solo porque estuviera condicionado, sino porque era perfecta.

―¿Cuándo podría mudarme? ―pregunté―. Ya sé que mañana ustedes salen de viaje, creo que podríamos llegar a un acuerdo hoy y así dejar las cosas arregladas antes de que se vayan.

―¡Vaya prisa tienes, hijo mío! ―dijo Maria―. Si todavía no hemos hablado ni del precio.

―Da igual, me gusta mucho. Es la primera casa que veo que no tiene ningún problema; además, no me ha parecido tan lejos como decían los otros compañeros del trabajo, y supongo que no querrá atracarme con el precio, sabiendo que vengo recomendado por Marta.

―Puede ser que seas médico, pero está claro que vienes de una familia de comerciantes, por la forma que tienes de negociar ―soltó riendo Blai.

MARTA

En cuanto Toni llegó a un acuerdo con los dueños de Can Suau sobre el alquiler, volvimos a casa. Lo invité a pasar y, al final, decidimos que se quedaría a cenar con nosotros. Él y Lluc se habían caído muy bien y hablaban de motos mientras ponían la mesa y me ayudaban con la cena.

―Si quieres, el sábado te puedo echar una mano con la mudanza ―dijo Lluc después de cenar.

―¡Ostras! Me iría muy bien. Pensaba pedírselo a los hijos de mi hermana mayor, que tienen más o menos tu edad, pero nunca sobran manos ―contestó Toni con una gran sonrisa―. Vendremos sobre las diez, ¿será demasiado temprano?

―Creo que también podrás contar con Clara, y con otro par de manos, porque no creo que Caterina se lo quiera perder ―añadí―. Y, si quieres, yo puedo alimentar a tu tropa, porque cinco adolescentes son difíciles de contentar.

―Sí, a Clara y a Caterina se las tiene que considerar como un pack indivisible, como los yogures ―dijo Lluc haciéndose el graciosillo.

―Seis. Mi hermana tiene tres hijos. Pero no te molestes, pediré unas pizzas o algo así.

―Eso es lo que pensaba hacer yo. No habrás creído que iba a cocinar alguna exquisitez para esta pandilla, ¡si lo engullen todo sin siquiera masticar!

―Yo me voy al catre, que he tenido un día muy largo y paso de escuchar a mi madre hablando mal de mí ―intervino mi hijo, un poco picado.

Nos dejó solos y empecé a ponerme nerviosa. Toni poseía una mirada penetrante, preciosa, y tenía la vista clavada en mí.

―¿Tú crees que tantos adolescentes te ayudarán de verdad en una mudanza? ¿No te parece que será un lío de gente y que solo te molestarán? ―pregunté para ver si podía aligerar un poco la situación.

―No tengo casi nada que traer. Pensaba invitar a mis sobrinos para que vieran la casa y pasaran el día conmigo, pero me ha resultado gracioso que Lluc fuera tan responsable y que se haya ofrecido a ayudar. No me ha parecido bien decirle que no lo necesitaba.

―¡Ups! Pues yo he metido la pata sumando a Clara y a Caterina, paquete indivisible, como bien dice Lluc.

―¡Qué va! Además, a mí me va bien que conozcan a gente de su edad por aquí, así querrán venir a menudo a verme.

―¿Estás muy unido a tus sobrinos?

―¡Muchísimo! Cuando nacieron los gemelos yo tenía quince años y me enamoré de ellos al instante. Fue entonces cuando decidí que quería tener muchos hijos.

Enseguida se encendió una alarma en mi cabeza.

«Una razón más para no hacerte ilusiones con él», dijo mi hada buena particular.

«¿Por qué no? ―contraatacó la otra―. Aportaremos dos hechos de antemano».

«¡Fuera de aquí las dos! ¡Ahora!», les ordené mentalmente.

―¿Gemelos? ―conseguí articular.

―Sí, dos niños. ¿Por qué pones esa cara?

―Qué ironía… Mi exmarido también espera gemelos.

―¡Oh…! ―murmuró Toni.

Al cabo de un rato, viendo que yo no decía nada más, añadió:

―Creo que tendré que empezar a pensar en irme. Mañana hay que trabajar. ―Pero no se movió―. No es que yo sea muy dado a los cotilleos, pero oí sin querer que estabas en proceso de divorcio. Debisteis separaros hace tiempo, si está esperando gemelos ―dijo de repente.

Enarqué las cejas.

―No es lo que se dice un secreto. Isa y Ruth últimamente no saben hablar de nada más que de mi divorcio. Quieren encontrar, cueste lo que cueste, un sustituto a mi exmarido.

¡Hala! ¡Ya había vuelto a ponerme roja! Normal, parecía que me estaba ofreciendo en bandeja de plata.

―Entonces, ¿la separación es reciente?

―Desde el día que empezaste a trabajar en la clínica. Pero todavía no estamos divorciados. No hemos ni empezado a mover los papeles.

―¡Pues hace muy poco tiempo! ¿Y él está esperando gemelos? ¿Y por qué te buscan pareja aquellas dos tan pronto? ―preguntó indignado, como si todo el mundo estuviera tratándome fatal.

Yo me reí.

―En realidad, llevábamos separados mucho más tiempo; no me he explicado bien. Se fue a trabajar a Cancún hace dos años y cortó el contacto conmigo desde aquel momento. Si no hubiera sido por las llamadas quincenales y los ingresos en la cuenta corriente, habría sido como si hubiera desaparecido.

―¿Y decidiste dejarlo?

―No, la ironía es que tuvo que venir y anunciarnos que estaba a punto de tener gemelos para que nos diéramos cuenta de que nos había abandonado.

―Toni soltó un silbido por lo bajo―. Los primeros días fueron un poco duros, pero, en cuanto asumimos que nuestra vida seguía exactamente igual que antes de la noticia, seguimos adelante bastante bien.

―Todo el tiempo hablas en plural.

―Porque, en realidad, fue mucho peor para los niños. Nosotros dos ya habíamos dejado de ser «nosotros dos» mucho antes. No sé si me explico.

―Sí, te entiendo.

―Pero para ellos sigue siendo su padre, y si para mí fue una liberación, para ellos fue un golpe muy duro.

―Pobres… Lluc parece un chico fantástico. Entiendo que lo hayan pasado mal. No puedo imaginar que una cosa así pudiera pasarme a mí. Y tampoco entiendo que alguien pudiera marcharse con otra teniéndote a ti. ―Al decirlo volvió a mirarme de esa manera que hacía que me fallaran las piernas.

Me levanté de golpe y me aclaré la garganta. Toni hizo lo mismo. Ya no me miraba; parecía avergonzado.

―Bueno, será mejor que me vaya. Nos vemos mañana en la clínica.

―Claro ―dije yo.

Lo acompañé hasta la moto.

No sabía si tenía que darle dos besos, estrecharle la mano o simplemente despedirme… Al final me puse de puntillas y lo besé, justo en la comisura de los labios. Después me di la vuelta y entré corriendo en casa.

No me podía creer lo que acababa de hacer, pero no había podido evitarlo.

Fui hacia la habitación mientras se oía el estruendo del potente motor por el camino. No podía parar de pensar en él encima de aquella moto.

Me tumbé en la cama y empecé a imaginar que sus piernas musculosas no rodeaban el asiento, sino mis piernas, y que su cuerpo no reposaba encima del depósito de la moto, sino encima del mío, y la sangre empezó a arderme bajo la piel.

Me desnudé despacio, como si fueran sus manos las que deslizaban la ropa por mi cuerpo.

Sin dejar de imaginar aquellos ojos azules clavados en los míos, llevé una mano entre mis piernas.

Ya estaba húmeda. De mis labios escapó un gemido ahogado.

Hacía mucho tiempo que no me daba placer a mí misma y, de pronto, recordé el vibrador que había comprado en un tupper sex .

Fui a buscarlo. Mi excitación aumentó imaginando lo que vendría a continuación.