Capítulo 4
« Al menys si un fos fet de màrbre
potser no tremolaria de por »
[Al menos si uno fuese de mármol
quizás no temblaría de miedo]
(Umpah-pah, Venedor de mentides )
MARTA
Ruth, Isabel y yo estábamos tomando un café cuando entró Toni. Traía muy mala cara.
―¡Estoy harto! ―exclamó―. Estoy buscando algo para alquilar y no encuentro nada que me convenza.
―¿A estas horas ya has estado viendo pisos? ―preguntó Ruth con cierto tono burlón.
―¡Y tanto! A las siete y media había quedado con un tío y no se ha presentado. Y cuando lo he llamado para ver qué pasaba, encima ha tenido el morro de decirme que ayer ya le habían dado la fianza otros. ¿No podía haberme avisado y así me habría ahorrado el madrugón?
Ruth y yo nos echamos a reír al ver lo indignado que estaba. Aunque a él no le hacía ninguna gracia. Isabel, tan amable como siempre, le tendió una taza de cacao.
―Ya encontrarás algo, no te preocupes. Lo que tienes que hacer es no desanimarte. Marta, ¿por tu zona crees que podría encontrar algo?
La miré un segundo, pensando: «¿Y a Isa qué mosca le ha picado?».
En cambio, contesté rápidamente:
―¡Claro! Y mucho más barato que en Palma, pero tienes el hándicap de tener que desplazarte todos los días.
―¡Ostras! Quizás sería una buena idea, incluso podríamos hacer el trayecto juntos, ¿no? Lo digo para que el viaje no se nos haga tan largo ―añadió enrojeciendo.
―¡Eso, sí! ―intervino Ruth―. ¡Juntitos!
Le di una patada por debajo de la mesa y ella se rio todavía más.
―Si ves alguna cosa que te parezca interesante, ¿me lo dirás? ―preguntó Toni, sin entender por qué Ruth se reía tanto.
―¿En el campo o en el pueblo?
―Donde sea, a estas alturas cualquier cosa me sirve.
―Creo que mis vecinos querían alquilar la casita, pero no sé cuánto piden por ella.
―¿Y los puedes llamar?
―¿Ahora?
―Sí, cuanto antes, mejor.
―Pues sí que estás mal en el sitio donde vives ahora, ¿no? ―Ruth siempre dando caña.
―¡Qué va! Si no podría estar mejor. Vivo con mis padres. Pero todos necesitamos independencia, ellos y yo.
―Bien, después los llamo y te digo algo.
―¡Fantástico!
Dicho eso, se dirigió hacia su consulta. Y Ruth, cómo no, no pudo evitar mortificarme.
―¡Eso es lo que a ti te hace falta! Venir en el coche con él cada día. Así acabas de enamorarte del todo.
―Yo no estoy enamorada de nadie. Me cae muy bien y punto.
―Sí, claro… Y yo soy monja. ―Se echó a reír―. Mira, a ti te gusta el muchacho y hace más de dos años que no le das una alegría al cuerpo, y ya te pide marcha. ¿Qué problema ves en eso?
―Haz el favor de hablar más bajito. Creo que te ha oído media clínica. ¡Y mi cuerpo no me pide marcha!
―Anda que no. Yo te aseguro que no podría haber pasado tanto tiempo como tú en dique seco.
―De todas formas, tengo doce años más que él y, aunque me gustara, que no es el caso, es demasiado joven.
―Pues mejor. Te rendirá mucho más en la cama. ―Y volvió a reírse a carcajadas.
―¡Ruth! Déjala tranquila, pobrecita ―intervino Isabel, aunque sin mucho entusiasmo.
―¡Chist! ―Yo estaba roja como un tomate. Solo podía pensar en que la habían oído en todas las consultas.
―No seas tonta, no me ha oído nadie. Y te aconsejo que no te hagas la remolona porque, si no, se lo llevará otra que lo necesite menos que tú.
―No me hace tanta falta como piensas. Yo sola me apaño bastante bien. Y, si lo necesitara, liándome con Toni solo estaría buscándome problemas.
―¡Qué problemas ni qué niño muerto!
―Para empezar, trabajamos juntos; es demasiado joven y ¿cómo quieres que se fije en una vieja como yo? Además, te he dicho mil veces que los rollos de una noche ya no me van.
―¿Y quién te dice que tenga que ser un rollo de una noche? ―replicó Isa con vehemencia. Ella todavía creía en los cuentos de hadas.
―Pero ¿habéis escuchado algo de lo que acabo de decir? O, mejor aún, ¿habéis escuchado las barbaridades que salen por vuestras boquitas?
―¿Ves como sí te gusta? Y no eres ninguna vieja. Estás estupenda y tienes experiencia, aunque últimamente estés un poco oxidada. ―Ruth no se callaba ni debajo del agua.
Pero ¿qué demonios habían desayunado esas dos aquella mañana?
―Ja, ja y ja. Me voy a trabajar un rato, que como sigamos así nos van a despedir a las tres.
―Ahora, en serio, Marta ―dijo Ruth―, necesitas divertirte un poco. ¿Por qué no quedas con aquel chico que Tomeu quería presentarte el otro día?
Tomeu había ido de visita a la clínica y, cuando se enteró de que David había decidido «dar por finalizada» nuestra relación, me dijo que tenía un conocido con el que, palabras textuales: «Haríais una pareja maravillosa».
―No pienso quedar con alguien a quien no conozco de nada, si es eso lo que insinúas.
―Joder, ¡que no tienes que casarte con él! Solo tienes que darle una alegría al cuerpo. Y, si no, salimos una noche de marcha a ver qué pescas.
―Eso ya lo hemos hablado. ¿Dónde quieres que vayamos? ¿A un bar de picadores? ¡No, gracias! No necesito a ningún hombre desesperado que me eche las babas encima. Además, está claro que no me escucháis. No quiero un rollo de una noche ―recalqué―. Metéoslo en la cabeza.
―¡Uf! Contigo es imposible. ¿En qué clase de amargada te has convertido? Haz el favor de reaccionar de una vez y empieza a vivir de nuevo.
Pero yo ya me dirigía hacia la consulta e hice como si no la hubiera oído. Entré y, sin esperar ni un solo minuto, descolgué el teléfono para llamar a Ruth:
―¿Cómo quieres que me líe con alguien que ni siquiera había salido de marcha cuando empezó a sonar Macarena; que nunca ha bailado las canciones de Locomía; que no sabe que Tom Hanks empezó su carrera haciendo comedias o que jamás ha tenido que levantarse del sofá para cambiar el canal del televisor? ―Ruth volvió a reír con ganas.
Pero lo cierto era que yo no conseguía sacarme a Toni de la cabeza.
TONI
Dos horas después, Marta se presentó en mi consulta.
―Vale, he hablado con la gente que te comenté y me dicen que solo pueden enseñarte la casa hoy, porque mañana salen de viaje y ya no vuelven hasta dentro de quince días.
―Pues hoy mismo.
―¿No preferirías tener dos o tres casas para visitar en el pueblo y así no tener que ir tantas veces?
―Pero si no vuelven hasta dentro de quince días… Bueno, ¿a ti qué te parece? ¿Merece la pena o crees que no me gustará?
―¡A mí me encanta! Es pequeña, pero tiene una terraza grande delante… Bueno, ahora que lo pienso, también detrás. ¡Y piscina!
―¿Piscina? ¿Y cuánto piden?
―¡Ah!, pues eso no lo sé. Será mejor que lo hables con ellos. Yo te doy su teléfono y tú los llamas.
―De acuerdo, los llamaré.
―Si al final quedáis, pásate por mi casa y tomamos un café o… bueno… no sé… ―Se puso rojísima.
―Claro, ¡me encantaría! ―respondí casi sin dejarla terminar la frase, poniéndome rojo también yo.
Parecíamos dos adolescentes. No tenía claro que irme a vivir tan cerca de ella fuera una buena idea, porque cada día me gustaba más.
Solo hacía un mes que había estado tan deprimido que no podía ni salir de mi habitación y ahora…
Pero Marta era la antítesis de Cristina.
Todo lo que ella tenía de artificial se veía ridículo comparado con la sencillez de Marta.
Nunca la había visto maquillada, ni con ropa sofisticada, ni siquiera con tacones.
Aunque era cierto que todavía no la había visto fuera del trabajo, me daba la impresión de que aquella tarde, cuando nos encontráramos, no estaría muy diferente de lo habitual.
Hablar con ella me resultaba sorprendentemente fácil, sobre todo si lo comparaba con lo mucho que siempre me había costado hablar con otras chicas. Aunque, si lo pensaba bien, Marta no era una chica; era una mujer.
Llevaba el pelo negro y liso, cortado a la altura de la barbilla.
Desde la primera vez que la vi me habían llamado la atención sus rasgos: una cara fina, con cejas pobladas y labios carnosos; ojos color miel y una naricilla pequeña que invitaba a morderla.
Sabía que tenía hijos, había oído a las recepcionistas hablar de ello.
También que estaba divorciándose, o algo así, pero no sabía nada más de su vida privada.
En el trabajo era muy dinámica; como un pajarito que no paraba de moverse, siempre estaba haciendo algo. Solo se la veía tranquila cuando se sentaba en la sala de descanso con un café entre las manos. Se lo tomaba con calma y casi siempre charlando con alguien.
Dos días antes había ido a la sala de personal y ella me había puesto un cacao en las manos mientras me obligaba a sentarme para bebérmelo; habían tenido que comprarlo porque yo no bebía café.
―Es que las chicas no pueden parar y el café, si lo tomas a solas, no está ni la mitad de bueno.
―Yo tampoco tengo demasiado tiempo ―le dije.
―No, ni yo, pero ellas están hasta arriba. Además, no has parado en toda la mañana y ahora no tienes a nadie citado. ¡Siéntate y bébetelo! Por cierto, ¿qué te parece nuestra clínica?
Sonreí e hice lo que ella me ordenaba.
―Me gusta la forma de trabajar. Hay gente muy válida en el equipo. Te puedo asegurar que no esperaba encontrarme con este nivel.
―No sé si debería sentirme halagada u ofendida.
―¡Si precisamente he alabado la clínica!
―¡Ya lo veo! Pero has dicho que no esperabas este nivel, ¿quiere decir eso que pensabas que éramos unos provincianos?
Me puse como un tomate. ¿Cómo conseguía sacarme los colores una y otra vez? Al menos me consolaba ver que, de vez en cuando, a ella le pasaba lo mismo.
―No quise decir que pensara…
Se echó a reír.
―Ya lo sé, te estaba tomando el pelo. Pareces demasiado buena persona como para poder pensar algo así.
―¿Parezco demasiado buena persona? ¿Eso piensas?
―¿No lo eres? ―me preguntó mirando por encima del borde de la taza que sostenía entre las manos.
―Bueno, creo que lo soy, pero no sé si soy yo el que debería ofenderse ahora.
―¿Por qué?
―Ya sabes lo que dicen: «De tan bueno, pareces tonto».
Nos reímos los dos a la vez.
―No me pareces nada tonto. Y también te diré que me gusta la forma en que trabajas y la implicación que tienes con la clínica.
―Se levantó y recogió las tazas sucias. Mientras las dejaba en el fregadero, añadió―: Si por mí fuera, no dejaría que te marcharas.
Quiero decir, te haría un contrato blindado para que no pudieras irte a otro hospital…
―Agachó la cabeza para que yo no viera cómo se enrojecía de nuevo.
No creía que yo le gustara. Casi todo el mundo me trataba como a un hermano pequeño, pero ella siempre me miraba con fijeza y, no sabía por qué, tenía la sensación de que no me veía como a un hermano. Aunque, visto el ojo clínico que yo tenía para las mujeres, también podía estar equivocado.