Te quiero, Marta (Colección Mediterráneo 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

« Quan se't tanquin les portes

jo t'obriré el balcó

quan creguis que estàs sola

podràs cridar el meu nom »

[Cuando se te cierren las puertas

yo te abriré un balcón

cuando creas que estás sola

podrás gritar mi nombre]

(Sopa de Cabra, Si et quedes amb mi )

MARTA

Llegué a la clínica a las nueve y media y me dirigí pitando al vestuario para ponerme el uniforme.

Aquel lunes no teníamos ninguna intervención programada, así que era de esperar que la mañana fuera tranquila.

En la recepción me esperaban Ruth e Isabel, quienes, nada más conocerlas, se habían convertido en dos de mis mejores amigas. Además, tenía la gran suerte de trabajar con ellas.

―¿Qué ha pasado? ¿Ya lo has dejado? Todavía no me puedo creer que lo acompañaras al aeropuerto.

―Ruth ni siquiera hacía una pausa para tomar aire entre frase y frase―.

¡O eres una santa o una gilipollas, todavía no lo he decidido!

De lo que sí estoy segura es de que eres la única persona en el mundo capaz de tratar bien a una mierda de tío como él.

―¿Cómo estás? ―preguntó Isabel.

―He tenido días mejores.

―¡Es que parece mentira! ―continuó Ruth mientras nos dirigíamos hacia la sala de descanso―. ¡Y encima te hace llegar tarde! ¡Aaagh! Si pudiera, le pondría la cara como un mapa. Mira que solo lo he visto dos veces, pero ya te dije que no pegabais nada. Y yo tengo muy buen ojo para esas cosas.

Aquel torrente de palabras me caía encima sin darme la más mínima oportunidad de abrir la boca.

―Para no pegar nada, hemos sido pareja durante casi veinte años ―dije, intentando sonar cínica.

―Que una relación dure mucho tiempo no significa que sea una buena relación.

―Sí, ya conozco tu teoría, pero te juro que ahora mismo no quiero volver a escucharla.

―¡Chicas! ¡No os peleéis! ¿Acaso no os acordáis de que el enemigo es David?

Son como la noche y el día; por eso se complementan tan bien y por eso son pareja. La primera vez que salimos juntos todos los de la clínica, ellas dos desaparecieron justo después de cenar. Nadie imaginó que se habían ido juntas. Lo suyo fue amor a primera vista.

―Perdóname, pero es que no puedo estar más indignada.

―De eso ya me había dado cuenta…

La noche anterior, después de que David hubiera soltado la bomba, las había llamado llorando.

Se habían puesto al teléfono por turnos para consolarme y darme apoyo.

Según me contó después Ruth, apenas había dormido y se había pasado la noche dándole vueltas al asunto, lo que no hizo más que aumentar su indignación.

―Vamos a cambiar de tema ―indicó Isabel. Su tono sonó mucho más alegre mientras ponía la cafetera―. Tenemos novedades.

―¿Novedades? ¿De qué?

―Parece que va a incorporarse un cirujano plástico nuevo. Es amigo de un amigo de Damiá, no tiene trabajo o algo así.

―¡Vaya par de chismosas de pacotilla estáis hechas! ―dije, empezando a sonreír levemente―. ¡O lo sabéis o no lo sabéis!

―Lo cierto es que se ha presentado a las nueve preguntando por Damiá y él le ha dicho que pasara a su despacho. Después ha venido Brígida y me ha explicado lo que te acabo de contar: que era un amigo de un amigo.

Damiá era cirujano plástico y Brígida dermatóloga. Los dos eran socios de la clínica, aunque el gerente, por decirlo de alguna manera, era él.

―Sé que estaban buscando a alguien que pudiera sustituir a Tomeu ―contesté―. Parece que su baja va para largo y tenemos mucho trabajo.

Tomeu era el tercer socio. Hacía poco le habían diagnosticado una leucemia y la cosa no pintaba demasiado bien. Le habían hecho un trasplante de médula ósea que, por desgracia, no había funcionado como todos esperábamos.

―Uf… No quiero ni pensar que alguien tenga que sustituirlo ―dijo Isabel con las lágrimas empezando a inundar sus ojos.

―Tranquila ―Ruth le pasó el brazo por encima de los hombros, muy amorosa―, la partida todavía no ha terminado y más vale que conservemos la esperanza por él. Y, sobre todo, cuando venga, no quiero verte así.

Tomeu era el más amable, cordial, gentil, accesible ―y todos los calificativos positivos que queráis añadir― de cuantos trabajábamos en la clínica.

Lo queríamos con locura porque tenía una risa fácil y contagiosa que nunca se guardaba para sí.

Sabía restar importancia a los problemas que nos agobiaban y era capaz de contagiar su alegría a cualquiera, en cualquier situación, por muy jodido que él mismo estuviera.

Nos contaba chistes sobre enfermos estando en el estado en el que se encontraba y siempre se le ocurría alguna cosa para sacarte de un momento de tristeza o melancolía.

Yo lo echaba de menos todo el tiempo y, sobre todo, un día como aquel, en que tanto necesitaba que alguien me levantara el ánimo.

―Podríamos llamarlo dentro de un rato y tomarle un poco el pelo ―propuse.

―¡No sé quién va a tomarle el pelo a quién!

Nos reímos las tres a la vez.

―¿Cómo es?

―¿Cómo es quién?

―¡Ay, Ruth! El nuevo, ¿cómo es?

―Pues, la verdad, no me he fijado demasiado. Aparte de que no me gustan los hombres, este no ha hecho ni la Primera Comunión ―añadió muy digna.

―¡Pero qué exagerada eres! ―la reprendió Isa―. Como mínimo ha terminado la carrera y ha hecho la especialidad; así que debe de rondar los treinta.

―¡Pues lo que yo he dicho, un niño! ―insistió Ruth―. ¿Cuántos años le sacamos, doce? ―Lo dijo en plural, porque, ¡vaya casualidad!, las tres habíamos nacido el mismo año―. No me extrañaría nada que tuviésemos que comprarle cacao, porque seguro que ni siquiera bebe café.

―Que sea joven no significa que sea un inepto ―dije.

―Yo no he dicho que sea inepto.

―¡Claro! ―ironizamos a la vez Isa y yo.

―Sabéis que no me gusta nada que os aliéis en mi contra.

―No nos aliamos. Lo que pasa es que te conocemos, y ahora mismo estás poniendo la misma cara que pones cuando piensas que alguno de los nuevos no va a estar a la altura.

―¡Es que es imposible que lo esté! Te estoy diciendo que no tiene ni treinta años, ¿qué experiencia puede tener?

―¿Nunca te han dicho que no se debe juzgar a nadie por las apariencias? ―pregunté.

―¡Tú misma, cada dos o tres días! Pero justamente tú no puedes criticarme, porque haces justo lo contrario que yo y todo el mundo te parece bueno. ¿Qué digo bueno? ¡Maravilloso!

―¡Eso ya se ha acabado! Ya no volveré a fiarme de nadie.

―¡Sí, claro! Y yo que me lo creo ―dijeron las otras dos, casi a la vez.

Isa añadió en un susurro:

―Es un bomboncito, ¡guapísimo!

Y Ruth contestó, picada:

―A un tío tan grandote no creo que puedas llamarlo «bomboncito».

―¡Calla, que vienen!

En ese momento se abrió la puerta del despacho de Damiá y salieron los dos. Madre mía… ¡Sí que era un niño! Pero también era un «bomboncito», como decía Isa. Y, sobre todo, tenía cara de buena persona.

Aquella sensación ya la había tenido alguna vez, pero nunca con tanta intensidad como entonces. Se notaba a la legua que era un buen chaval, de esos que siempre están dispuestos a hacerte un favor y que no te dejan nunca en la estacada.

Me cayó bien desde el primer momento. Deseé que se quedara a trabajar con nosotros nada más verlo.

«No vas bien, Martita ―me sermoneé―. Como dice Ruth, es un niño y tú todavía ni siquiera tienes los papeles del divorcio».

Cuando me hablo así a mí misma, me imagino un hada buena y repelente, con mi cara, posada sobre mi hombro.

«Los papeles del divorcio no los tienes, pero el pepe lo tienes lleno de telarañas por falta de uso. Eso sí que está garantizado al cien por cien».

Esta vez hablaba mi voz más descarada ―en forma de hada mala, aunque en realidad mucho más enrollada―, que salía al contraataque. Esta me cae bastante mejor que la otra el noventa y nueve por ciento de las veces, todo hay que decirlo.

Damiá y el recién llegado se acercaron a la recepción y el jefe nos lo presentó:

―Os presento a Toni Martorell. Trabajará con nosotros, al menos durante una temporada, porque, con el currículum que tiene, no creo que podamos retenerlo mucho tiempo.

Él se puso como un tomate.

«¡Qué monada!», pensé.

Y enseguida añadí para mis adentros: «Marta, ¡basta!»; era el hada buena.

«¡Al ataque!», dijo la mala, ¡claro!

«Poneos de acuerdo, que no necesito que me volváis más loca de lo que ya estoy». Enfadadas, las dos desaparecieron haciendo plof.

―Estas son Isa y Ruth, las recepcionistas. Y Marta, nuestra enfermera.

Nos saludó dándonos la mano. Cuando nuestras miradas se encontraron sentí una especie de vértigo en el estómago. A fuerza de voluntad conseguí volver a reprimir mis voces interiores.

―Marta, creo que no tienes nada programado hasta dentro de un rato, ¿verdad?

―¡No! ―contestó Ruth por mí―. Le han anulado un par de visitas esta mañana.

―¿Podrías enseñarle la clínica a Toni?, yo voy con bastante retraso…

―¡Claro! No te preocupes, déjalo en mis manos.

«Pero ¿qué dices? ¡Estás loca!»; el hada buena había reaparecido muy indignada.

«¡Al ataque!»; el hada mala no había dormido muy bien, se notaba por su escasez de recursos lingüísticos.

Enrojecí de los pies a la cabeza.

Ruth arqueó las cejas con asombro evidente.

Isa sonrió con picardía.

Damiá no se dio cuenta de nada.

Salí de la recepción sin mirar a mis amigas a la cara y me dispuse a enseñarle la clínica a Toni.

TONI

Cuando empezamos nuestro tour , los dos estábamos rojos como tomates.

No acababa de acordarme de cómo había dicho Damiá que se llamaba porque, en cuanto la vi, dejé de escuchar lo que decía y me quedé embobado mirándola.

Era guapísima, o al menos a mí me lo parecía. Tenía una cara dulce, casi angelical, pero con un punto de picardía.

Me enseñó varios despachos y, cuando llegamos a uno muy grande, con estanterías repletas de material médico, perfectamente organizado y ordenado con minuciosidad, dijo:

―La sala de curas, ¡mi reino!

―Pensaba que eras la enfermera instrumentista.

¿No había dicho algo así Damiá cuando estábamos en su despacho?

―Empecé así, pero aquí no tenemos intervenciones a diario. Además, hemos ido ampliando la cartera de servicios. Yo hago las consultas preoperatorias y postoperatorias, además de las curas de cirugía y dermatología.

―Nunca había visto que una clínica tan pequeña como esta tuviera una enfermera a tiempo completo.

―La mayoría de las veces es como tú dices, pero cuando abrieron la clínica, Damiá, Brígida y Tomeu apostaron por una atención cuidadosa, y yo tuve suerte.

―¿Suerte?

―Sí, aquí hay un equipo fantástico, tengo un horario que me deja mucho tiempo libre y me eligieron a mí antes que a otras candidatas. Así que sí: suerte.

―Hombre, no creo que fuera solo cuestión de suerte, supongo que vieron que tenías mejores cualidades que las demás.

Marta se puso aún más roja incluso que antes. ¿Había metido la pata diciendo algo que no debía?

―Perdona, no quería molestarte.

En ese momento era yo el que había vuelto a enrojecer.

―¿Molestar? ¿Por qué lo dices?

―No, por… porque… por…

«¿Y ahora qué digo?», pensé.

Nueva escalada de rojez en mi cara. A ese paso habíamos podido subir unos cuantos grados la temperatura de la clínica.

―Es que me parece que te he sacado los colores y no sé por qué ―solté sin pararme a respirar, antes de que se me acabara el valor.

Fue ella quien volvió a ponerse como un tomate. Si se hicieran concursos de parejas con el rojo subido, habríamos sido los campeones indiscutibles en todas las categorías.

―Ah… ah… Sí, me pongo roja con facilidad. Y como me ha parecido que me estabas alabando. Yo… Se ve que ya no estoy acostumbrada.

Seguimos en silencio el resto de la visita.

Había un quirófano pequeñito para intervenciones menores y no invasivas, dos despachos más y ya volvíamos a estar en la recepción.

La mujer que me había recibido por la mañana estaba detrás del mostrador y nos observó. Me pareció intuir que yo no le caía bien, aunque no tenía muy claro por qué…