Te quiero, Marta (Colección Mediterráneo 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

« Ja no estic bé aquí

me n'haig d'anar

me'n vull anar

no em puc quedar »

[Ya no me siento bien aquí

tengo que irme

quiero irme

no puedo quedarme]

(Sau, Si un dia he de tornar )

TONI

Era lunes por la mañana y me dirigía a una entrevista de trabajo.

Hacía solo tres meses que mi vida había cambiado de manera radical, dando un giro de ciento ochenta grados.

De vivir en un piso reformado en el Ensanche de Barcelona, tener un trabajo con el que disfrutaba y en el que estaba muy bien considerado, y estar a punto de casarme con la mujer de mis sueños, a volver a Mallorca, instalarme de nuevo en casa de mis padres, quedarme sin trabajo y estar tan cabreado y desilusionado como yo me encontraba. Y todo por culpa de una guardia.

Un sábado por la mañana, tres meses atrás, me desperté temprano y comencé a besar y acariciar a mi novia hasta que ella también se despertó. Aquello no le hizo ninguna gracia y, pese a mi evidente excitación, se levantó de la cama y me dejó con un palmo de narices.

«Pues sí que empiezo bien el día», pensé.

―¡Venga, no te enfades! ¡Vuelve a la cama!

―¡No! ¡Sabes que me molesta muchísimo que me despiertes cuando, de todas formas, te vas a ir en menos de media hora! ¡Ahora te quedas sin fiesta! ―dijo mientras entraba en el cuarto de baño.

Me fui al hospital con un humor de mil demonios y allí me encontré con que uno de mis compañeros ya se estaba poniendo el pijama para la guardia.

―¿Qué haces aquí? ―me preguntó―. La guardia de hoy la cambiamos por la de la semana que viene, ¿no te acuerdas?

―Ostras, sí, que la semana que viene tienes lo de la final del campeonato de ajedrez. ¡Lo había olvidado!

―¡Eres la hostia! La cabeza no te la olvidas porque la llevas pegada al cuerpo, que si no…

―Tío, no te rías. Con todo el jaleo de la boda, entre elegir el menú, hacer la lista de invitados, buscar el traje…

Se echó a reír.

―Márchate a casa, que todavía pillarás a Cristina remoloneando ―dijo, elevando las cejas varias veces.

Y sí, me la encontré en la cama, aunque no exactamente como yo esperaba.

Estaba de rodillas, con la polla de su primo, al que yo creía gay, en la boca.

¡A mí nunca había querido hacérmelo! Decía que teníamos que dejar algo para después de casarnos, «para no perder la ilusión».

Entré en estado de shock .

Ninguno de los dos me había visto ni oído llegar. Ella, porque estaba concentrada en la tarea; él, con los ojos cerrados y las manos tras la cabeza, todavía menos.

―Veo que tu primo no necesita el «bono de boda» para que se la chupen ―anuncié con sarcasmo, intentando contener la rabia.

Los dos abrieron los ojos de golpe. Ella se incorporó y se cubrió con la sábana, como en las películas. Y tú siempre piensas: «¿Para qué hace eso, si ya está todo el pescado vendido?».

Resultó que ni eran primos ni él era gay. Cuando empezamos a salir juntos, hacía ya más de un año que se acostaban. Se ve que a ambos les parecía bien que también se acostara conmigo, siempre y cuando pudieran disponer de mi dinero.

Si bien es verdad que yo tenía un buen sueldo, también había tenido la suerte de tener unos padres ricos y generosos que nunca me negaban nada. Quizás la palabra «ricos» suene grandilocuente, pero lo cierto es que tenían mucha pasta.

Por eso habíamos preparado una boda digna de salir en las revistas, con wedding planner incluida.

Íbamos a casarnos en la iglesia de Santa María del Mar y después celebraríamos el banquete por todo lo alto en el Ritz.

A mí no me importaba, era lo que Cristina deseaba y mis padres estaban muy contentos de verme tan feliz.

Había conocido a Cristina con casi treinta años. Ella tenía veintiséis y un cuerpo de escándalo. Era casi tan alta como yo, tenía el pelo negro y largo, la cara en forma de corazón, los ojos verdes y los labios carnosos. Parecía una modelo.

Yo era un tímido patológico. Desde niño me imponían las chicas y, sobre todo, las que eran como ella, que, sin duda, jugaba en una liga muy superior a la mía.

Fue ella la que me entró con toda la artillería y yo, con el contador de relaciones sentimentales a cero, caí rendido a sus pies.

Había estado ciego, aunque muy feliz. El sexo había sido incluso mejor que en mis fantasías más atrevidas, y puedo asegurar que mis fantasías eran espectaculares.

Además, pasear de la mano de Cristina supuso un chute de autoestima.

Todos los hombres se giraban al verla pasar.

Eso sí, desde el primer día nos acompañó a todas partes su «primo».

La primera vez que los pillé haciéndose «cosquillas» sospeché que aquello no era normal. Cuando se lo comenté a Cristina, con cara de mala leche, ella se echó a reír.

―¡Pero si es gay! No seas paranoico. Mi primo y yo somos muy amigos desde pequeños y, además, ahora está pasando por una mala época.

Está muy triste desde que su pareja lo dejó.

Estoy intentando animarlo. ¿Verdad que lo entiendes?

Tonto, si yo al único que quiero es a ti ―me había dicho con voz melosa.

Yo me lo creí. ¿Cómo pude ser tan gilipollas?

En cuanto todo salió a la luz me sentí tremendamente ridículo y humillado. No había parado de presumir de novia y resultó que ella llevaba todo ese tiempo riéndose de mí.

Me reinstalé en casa de mis padres y me refugié en los libros. Era la única forma de no pensar, de no sentir más que lo que sentían sus personajes.

Releí a Tolkien ― El Hobbit y El señor de los anillos ; me sentía incapaz de concentrarme lo suficiente como para releer El Silmarillion ― y también a George R.

R. Martin, Almudena Grandes, Matilde Asensi, Maria Antònia Oliver, Jaume Cabré…

Leí, leí y seguí leyendo hasta que conseguí evadirme del mundo real la mayor parte del tiempo.

La noche anterior a la entrevista, mientras estaba sumergido en las desventuras de Galcerán de Born, mi madre entró en mi habitación.

―Toni, este drama tiene que acabar. Tu padre y yo estamos muy preocupados y ni hace falta que te diga que tu hermana llama todos los días para preguntar cómo te encuentras. Todos entendemos por lo que has pasado, pero no puedes seguir encerrado en esta habitación para siempre.

―Mamá, me da vergüenza hasta mirarme en el espejo. No puedo ni imaginarme tener que mirar a la cara a otras personas.

―No creo que haya nada de lo que tengas que avergonzarte. No eres el primer hombre al que han engañado y, además, no fue culpa tuya.

―Fui yo el que no se dio cuenta de nada. ¿Qué crees que piensa la gente de mí?

―Ya han pasado tres meses. La gente ya ni lo recuerda y, si alguien todavía lo hace, no es problema tuyo. Es ella la que debería estar avergonzada, ¡no tú!

―¡Vamos, mamá! Me había puesto unos cuernos tan grandes que no podía pasar por una puerta sin quedarme enganchado y, aun así, seguía sin enterarme de nada.

―¡Basta! No quiero verte más así. Aquellos dos lo tenían todo planeado.

¿Y qué si consiguió tenerte a sus pies? Cristina también me conquistó a mí.

¡Sabía interpretar muy bien su papel! Tu padre ―continuó― ha hablado con Miguel Salvá.

Tiene un amigo que abrió una clínica hace tres o cuatro años.

Mañana tienes una entrevista de trabajo con él a las nueve de la mañana.

¡Y me lo soltó tan tranquila!

―¿Mañana?

―¡Sí, mañana! Ya puedes ir a afeitarte y a ponerte presentable.

―¡Mamá! No puedes tratarme como a un niño de seis años al que tienes que llevar de la mano.

―Te trataré así mientras no te comportes como un adulto.

Ya sé que esto ha sido un duro golpe para ti.

Llámalo mala suerte, llámalo falta de criterio o llámalo como mejor te convenga.

La única manera de superar una situación como esta es aprendiendo lo que la vida nos enseña con ella.

Ha sido una lección dura, pero, si algo puedo asegurarte, es que no será la última.

―Pues si así pretendes animarme…

Suavizando el tono, continuó:

―Te hará bien. Eso no significa que en el futuro no puedas encontrar algo mejor, pero, de momento, te servirá para volver a ver gente y salir de entre estas cuatro paredes.

No dije nada. Puse el despertador a las seis de la mañana. Total, ¡para lo que iba a dormir! A la mañana siguiente necesitaría un buen rato para prepararme para enfrentarme al mundo; ni qué decir tiene que también a un número indeterminado de desconocidos.