Te quiero, Marta (Colección Mediterráneo 3)
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Capítulo 1
« Que se n'ha fet de les nits a la fresca
Petons i bromes a cau d'orella
Tot semblava tan senzill, tan real»
[Qué ha pasado con las noches al fresco
Besos y bromas susurradas al oído
Todo parecía tan sencillo, tan real]
(Els Pets, Ulls de color mel)
MARTA
Acababa de dejar a mi marido en el aeropuerto después de pasar uno de los peores fines de semana de mi vida. Estaba tan enfadada… Tanto… Sujetaba el volante con tanta fuerza que parecía que fuera a romperlo entre los dedos.
«¿Tú crees? ―oía la voz de Paula, mi psicóloga, en la cabeza―. ¿Que dentro de una hora seguirás igual de enfadada? ¿Y esta noche? ¿Y mañana por la mañana?».
―¡Paula! ―grité―. ¡Sí! Seguiré igual de enfadada mañana, pasado mañana y, sí, dentro de un millón de años también. Es tan egoísta, tan egocéntrico, tan detestable, tan cobarde, tan, tan, tan… ¿campana?
Me eché a reír. Vaya chiste de mierda para acordarme de él justo en ese maldito instante.
Detuve el coche en el arcén de la autopista y continué riéndome hasta que rompí a llorar. Menudo momento para sufrir un ataque de histeria. Solo podía ocurrirme a mí.
En realidad, si lo pensaba fríamente, nada de lo que había sucedido me sorprendía. Al fin y al cabo, no era más que el curso natural de las cosas. No estaba enfadada por mí. Lo estaba por los niños.
Cuando conseguí serenarme un poco, me di cuenta de que aún era demasiado pronto para ir a trabajar.
―¿Y ahora qué hago hasta las nueve?
De repente, me vino a la cabeza Ca'n Joan de S'aigo. Sí, me daría un capricho y tendría un rato para reflexionar delante de una buena taza de chocolate caliente y una ensaimada.
Ya instalada en una mesa de la chocolatería, removí el contenido de la taza y dejé que el fin de semana entero se me viniera encima otra vez.
Hacía dos años que a mi marido le habían ofrecido un trabajo ―como habría dicho mi abuela― «al otro lado del mar» ―hay que aclarar que, para la gente de su edad, solo había dos lugares en el mundo: Mallorca y «fuera de Mallorca», que venía a ser lo mismo que hablar de otro planeta―; o sea, al otro lado del mundo.
Él era cocinero, trabajaba para una cadena hotelera y le habían propuesto ir como chef, con un sueldo fenomenal, a un hotel de Cancún.
No se lo pensó ni dos minutos. Dijo que sí enseguida. «¡Hala, venga! ¡Sí, me voy! Si a mi mujer y a mis dos hijos preadolescentes no les hace ni pizca de gracia… ¡ya veremos!».
Se fue solo.
Eso ya tendría que habernos dado una pista de por dónde iban los tiros.
A los niños y a mí no nos apetecía nada tener que marcharnos. A mí me parecía que vivíamos bastante bien, que no necesitábamos más dinero. Ni que para conseguirlo tuviéramos que dar un cambio de vida tan radical.
A los niños, por supuesto, los asustaba la idea de abandonar a sus amigos, sus equipos ―el de fútbol él, el de gimnasia ella― y tantas otras cosas.
―No es necesario que vengáis conmigo, si no queréis ―había dicho David, mi marido―. Yo puedo irme solo. ¡No será por mucho tiempo!
¡Y lo decía tan convencido! ¡Sin la más mínima sombra de duda!
No salió de su boca ni un triste: «¿Qué haré allí solito?», ni un: «¡Venga! ¡Es una gran oportunidad para mí!». Ni siquiera un autoritario: «¡Nos vamos todos porque allí estaremos tan bien como aquí!», o un: «¡La familia debe permanecer unida!».
No suplicó ni dio una orden. Nada. Solo pensó: «¡Ah, bien! ¡De acuerdo! ¡Ya nos veremos si nos miramos!».
No creo que sea algo insólito que tu mujer y tus hijos no quieran acompañarte a la otra punta del mundo.
Pero que tú te marches tan feliz, que no se te ocurra llamar más que una vez cada quince o veinte días ―¡que estamos en la era de los móviles e internet, por favor!
― y que no vuelvas a casa hasta dos años después…
¡Dos! Eso habla de tus intenciones de forma bastante clara.
David llegó el viernes; de eso hacía tres días. Y el lunes se marchaba de nuevo; y, tonta de mí, lo había acompañado al aeropuerto, ¡no te lo pierdas!
Solo tuvo tiempo de recoger cuatro cosas que había dejado en casa cuando se fue la primera vez y llevárselas a casa de su madre.
Los niños ―todavía los llamo niños, a pesar de que Lluc tiene dieciséis años y Clara catorce― le habían montado una bienvenida espectacular.
Yo, mucho más reticente, los observaba desde lejos, sin querer tomar parte.
Habían preparado la cena ellos solos. Pusieron la mesa como si fuera un restaurante de lujo para impresionar a su padre. Él, en cambio, muy lejos de entusiasmarse con la idea, cenó en un silencio incómodo, como si fuéramos unos desconocidos.
Al principio, los niños le hicieron un montón de preguntas y le explicaron cómo lo habían cocinado todo paso a paso. En cuanto se dieron cuenta de que David no prestaba atención a lo que decían, se quedaron callados de golpe.
Fue una cena muy triste.
Los dos días siguientes fueron casi idénticos al primero. Pero el domingo, poco antes de irnos a dormir, nos pidió que nos sentáramos porque quería anunciarnos algo.
«¡No puede ser nada bueno! Está incómodo, no es el que solía ser. Aunque, pensándolo bien, cuando se marchó hace dos años ya no era el mismo que cuando nos conocimos, veinte años atrás. A ver por dónde sale ahora», pensé.
―Bueno ―dijo, sin alterar para nada su semblante―, creo que será mejor para todos que sepáis qué está pasando.
No es fácil para mí contaros esto, pero ha llegado el momento.
En Cancún he conocido a otra mujer y estamos a punto de ser padres de gemelos.
He decidido instalarme en México, pero, claro, vosotros sois mis hijos y podéis venir a vernos siempre que queráis.
Se hizo un silencio absoluto. No se oyó ni una mosca. Todos nos habíamos quedado tan helados que no supimos, o no pudimos, reaccionar.
―El dinero no va a ser ningún problema. Con todo lo que os he ido mandando estos dos años, y que vuestra madre, de forma incomprensible, no ha utilizado, tenéis de sobra para manteneros una buena temporada. Si necesitarais más, me lo decís y podemos hablar de ello.
¡Hala! Ya había soltado la bomba. ¿Que para él no era fácil? ¿Que, si sus hijos necesitaban dinero, podíamos hablar de ello? ¿De qué iba aquel imbécil?
En cuanto intenté articular palabra, no fui capaz de emitir ningún sonido. Y los niños, mucho menos.
···
Cuando David y yo nos conocimos, era un tío muy atractivo y, además, lo sabía.
Alto y rubio, con el pelo ondulado hasta los hombros, tenía las facciones suaves y se parecía mucho a Brad Pitt en la peli Troya ―sí, ¿qué pasa? ¡Estaba muy bueno!―.
Y yo, ni demasiado alta ni demasiado baja, morena, con el pelo liso y una cara que no destacaba especialmente, lo único que tenía a mi favor eran mis curvas.
Tenía unos pechos grandes que desafiaban la gravedad, la cintura estrecha y las caderas en consonancia con los pechos.
Y, cuando salía de marcha, le sacaba partido.
Nos conocimos en la típica fiesta en un piso de estudiantes. Los dos estudiábamos la carrera en Palma y compartíamos vivienda con otros compañeros.
Habíamos ido a la fiesta de una amiga común y coincidimos en la mesa de las bebidas cuando los dos intentamos coger una botella de ginebra al mismo tiempo.
Conectamos al instante. Nos pusimos a hablar y no paramos ni cuando la policía nos desalojó de la fiesta ni cuando nos echaron de Sa Font.
Está claro que pasar del bar más frecuentado por los estudiantes de la época a la cama fue visto y no visto.
Mejor dicho, no visto, porque con la borrachera que llevábamos era difícil ver nada.
Después seguimos quedando varias veces, pero los dos sabíamos que, de vez en cuando, otras personas calentaban nuestras respectivas camas. No pasaba nada. Éramos amigos, tal vez con unos derechos algo especiales, pero solo amigos. O eso creíamos.
Poco a poco empezamos a tener una relación más estrecha y, de forma tácita, dejamos de vernos con otras personas.
Al año siguiente compartíamos piso con otra pareja y, dos años después, vivíamos juntos y solos.
Visto con perspectiva, éramos unos niños, pero en aquel momento no nos lo parecía.
Yo ya trabajaba porque, por aquel entonces, Enfermería era una carrera de solo tres años y la oferta de empleo en la Mallorca de principios de los noventa era prácticamente inagotable.
David había estudiado un FP2 [1] de cocina y también trabajaba en un restaurante pequeño y elegante de Palma, donde se encontraba muy a gusto.
Los primeros años fueron una pasada. Salíamos de marcha, íbamos a trabajar ―muchas veces directamente de un sitio al otro, sin pasar por la «casilla de salida»― y nos divertíamos muchísimo.
Cuando los dos cumplimos veinticinco años nos casamos. Fuimos los primeros de nuestro grupo de amigos. Con veintisiete nació Lluc y veinte meses después Clara.
Al poco tiempo le ofrecieron a David un puesto en una prestigiosa cadena hotelera en la zona de la costa.
Yo casi siempre había trabajado en quirófano como enfermera instrumentista, tanto en clínicas privadas como en hospitales públicos.
Después de tener a los niños había dejado de doblar turnos, pero seguía siendo interina.
Hacía poco que habían inaugurado el hospital de Manacor y decían que pronto abrirían otro muy grande cerca de Palma, en Son Ferriol.
No estaba preocupada; parecía que seguiría habiendo mucha demanda de enfermeras en la isla y no me asustaba cambiar de destino.
Así que, cuando David me propuso mudarnos para vivir más cerca de su trabajo, ni me lo pensé.
Compramos una finca cerca de Ses Salines, que en otro tiempo había sido una granja de gallinas, y la reformamos a nuestro gusto.
Al principio todo fue muy bien. Yo me desplazaba hasta Palma para trabajar y David durante el invierno, cuando el hotel cerraba, era el que se encargaba de los niños.
Un equipo de cirujanos plásticos abrió una clínica, me invitaron a unirme a ellos y acepté, no solo porque el horario era bueno, sino también porque me gustaba su filosofía de trabajo. Para sueldo importante ya teníamos el de David.
Poco a poco, casi sin darme cuenta, las cosas fueron cambiando.
A medida que David escalaba puestos en la jerarquía del hotel, se volvía cada vez más ambicioso.
Nuestra casa le parecía poca cosa; la ropa que llevábamos no era lo bastante buena, insistía en que no teníamos estilo y en que nos relacionábamos con la gente equivocada.
Yo no me lo tomaba demasiado en serio. Pensaba que era una fase que estaba atravesando y que se le pasaría con el tiempo.
Cuando dejó de ir a las competiciones de gimnasia de la niña, debería habérseme encendido una lucecita roja en el cerebro.
Pero que dejara de acompañar a Lluc a los entrenamientos de fútbol, e incluso a los partidos, tendría que haberme hecho saltar todas las alarmas, porque era una de las cosas que más le gustaban.
Aun así, pensé que debía de tratarse de la crisis de los cuarenta y no le di importancia.
Empezó a salir mucho. Reuniones de trabajo, decía. No solía llegar nunca antes de las seis o las siete de la mañana.
―Está bien que salgas con la gente del trabajo, pero ¿es necesario que cerréis todos los bares?
―Es lo que hay que hacer para progresar.
―¿Progresar? Si ya vivimos muy bien, ¿qué más quieres?
―¡Que me entiendas!
―¿Que desee más, como tú?
―¡Por ejemplo!
Ahí acabó la discusión. Fue la única que tuvimos.
Unos días después, de repente y sin consultármelo, decidió marcharse. A él le pareció buena idea. A nosotros, no.
Mi error fue seguir pensando que no pasaba nada.
···
Al día siguiente, ya de camino hacia Palma, dentro del coche, empecé a hablar, aunque todavía sin gritar:
―¿Cómo has podido?
―¿No veías que ya no había nada entre nosotros? Hace tiempo que no tenemos nada en común.
―No hablo de mí. Hace tiempo que me di cuenta de que lo nuestro estaba acabado. Hablo de los niños…
―¿Qué pasa con los niños? Ya casi son mayores de edad y, como he dicho, tenéis mucho dinero ahorrado que, por supuesto, es suyo. Pueden seguir estudiando, o, si no les apetece hacer una carrera en la universidad, pueden venir a Cancún y hacerla conmigo.
―¿Pero tú te has escuchado? ―Empezaba a hervir de rabia; en realidad llevaba hirviendo desde la noche anterior―.
¿De verdad crees que ellos quieren tu dinero?
Ellos lo que desean es tener un padre, no un tipo que se marcha a América, que no vuelve hasta pasados dos años y que, además, cuando lo hace, anuncia con toda tranquilidad que tiene otra familia.
Eso sí, justo antes de volver a irse, no vaya a ser que alguien se le eche a la yugular. ¡Cobarde!
―Saben dónde encontrarme si me necesitan. Además, ya pasé mucho tiempo con ellos cuando eran pequeños; ahora los gemelos me necesitarán más.
―¡No tienes vergüenza! ¡No sé cómo tienes la cara de presentarte aquí con estas historias!
Si por mí fuera, no volverías a verlos nunca más.
No pienses que esto se va a acabar así. Te sacaré hasta el último céntimo.
¡Tendrás que trabajar tanto para mantener a tus hijos de aquí que no podrás ni ver a los de allá!
Definitivamente, en ese momento era yo la que había perdido los papeles. Pero a él no se le movió ni un pelo de la cabeza.
No nos habíamos peleado, no habíamos discutido; solo nos habíamos ido alejando el uno del otro mucho antes incluso de que se marchara a hacer las Américas.
No me di cuenta al principio, pero, unas semanas después de su marcha, nuestras conversaciones ya eran del todo intrascendentes y estaban llenas de monosílabos.
Habíamos ido perdiendo el interés. Pero de ahí a no ser capaz de decirme que tenía otra mujer y que, además, estaba embarazada, mediaba un abismo.
¡Sí, ya lo sé! Podía haberme imaginado que un hombre como él no habría pasado dos años de celibato. De hecho, ya suponía que tenía a otras, aunque pensaba en «otras» en abstracto, no en una mujer en concreto.
¿Y yo? ¿Qué había hecho mientras tanto? ¿Cómo había podido pasar dos años sin nada de sexo? ¡Ups!
Pero claro, la casa, los niños, el trabajo…
¿Cuándo había dejado de preocuparme por el sexo? ¿En qué momento había pasado a ser algo prescindible, un simple actor secundario?
···
Me acabé el chocolate a toda prisa, antes de ir a trabajar quería pasar por el banco.
Me veía incapaz de cumplir las amenazas que había hecho; yo no era así, pero eso no quería decir que tuviera que comportarme como una boba.
Antes de que David se echara atrás con lo del dinero, lo sacaría de nuestra cuenta común y, de paso, de nuestras vidas.