Te quiero a ti Capítulo 24
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Capítulo 24

Harper Brooks siempre ha creído que la moda es una disciplina basada en el control: la simetría de una costura, el gramaje exacto del papel couché, la caída impecable de un vestido de seda.

Pero el cuerpo de Victoria Vance, despojado de sus trajes de chaqueta y de ese aura de ejecutiva inalcanzable, es la antítesis perfecta de la disciplina.

Es puro caos. Un fuego lento que amenaza con consumir hasta el último rincón de la cocina de ese apartamento.

Son las seis de la mañana. El sol de otoño apenas empieza a teñir los rascacielos de Manhattan con un tono dorado y frío, pero la pequeña mesa de madera de nogal de la cocina es un campo de batalla recién abandonado.

Sobre la superficie aún descansan el ordenador portátil, dos tazas de café ya frías y el frasco de cristal de mermelada que Harper había sacado de la nevera hace apenas veinte minutos con la intención teórica de preparar un tostada antes de la reunión.

Teórica. Porque la teoría saltó por los aires en el preciso instante en que Victoria cerró de golpe la pantalla del portátil, la miró a los ojos con la respiración entrecortada y le dijo que las cifras ya estaban perfectas, pero que ellas dos aún tenían una deuda pendiente antes de vestirse para ir a la guerra.

Ahora, Harper está sentada directamente sobre el borde de la isla de mármol.

Sus piernas están envueltas alrededor de la cintura de Victoria, y la camisa de seda que llevaba cuelga desabrochada, mostrando el sujetador que aprisiona dos pechos firmes que suben y bajan al ritmo de una respiración agitada.

—No nos podemos entretener —murmura Harper con una voz que intenta sonar burlona.

—Que le den a todo —responde Victoria contra sus labios.

La lengua de Victoria busca la suya con una urgencia casi desesperada, saboreándola, devorándola, mientras sus manos bajan por los costados de Harper.

Harper ahoga un gemido en la garganta de Victoria cuando siente la presión de los dedos de su exmujer hundiéndose en sus caderas. El contacto de la piel caliente de Victoria contra la suya, desnuda por la fricción de la ropa interior, genera un chispazo que le recorre toda la espalda.

Harper no necesita invitación. Desliza las manos por los hombros de Victoria, empujando la seda hasta que la prenda cae al suelo.

Sus ojos recorren el torso desnudo de Victoria: la piel pálida iluminada por la luz matutina, los hombros marcados, el abdomen y la curva perfecta de sus senos asomando sobre el encaje.

Es una visión abrumadora. Un recordatorio tangible de que no hay cabecera en el mundo, ni portada en Velvet & Silk , ni imperio editorial que pueda competir con la certeza de tener a esta mujer rindiéndose ante sus manos.

Con un gesto decidido, Harper mete la mano en la mermelada de mora sobre la mesa.

La textura espesa, dulce y fría del frasco se adhiere a sus dedos índice y corazón.

Victoria arquea una ceja con intriga, pero antes de que pueda articular palabra, Harper dibuja una línea morada y brillante que desciende desde la clavícula de Victoria, pasa por el centro de su escote y termina justo en el borde de su ombligo.

—Harper… —el tono de Victoria cambia al instante. El matiz dominante se quiebra en una respiración entrecortada.

— Chist . Aquí mando yo —ordena Harper con una mirada ardiente.

Harper se inclina hacia delante y pega la boca al principio de la línea de mermelada, justo en la base del cuello de Victoria.

Su lengua aprisiona la dulzura del fruto rojo mezclado con el sabor único de la piel de Victoria.

El contraste entre el frío de la fruta y el calor abrasador del cuerpo de su exmujer hace que Victoria se estremezca de arriba abajo, soltando un jadeo sonoro que retumba en la cocina vacía.

Harper avanza lentamente, degustando cada milímetro con lentitud tortuosa.

Su lengua traza círculos concéntricos sobre la piel, subiendo la intensidad de la succión a medida que desciende por la línea de su abdomen.

Cuando su boca llega al broche central del sujetador de encaje, Harper usa los dientes para desengancharlo con una soltura que saca a Victoria de quicio.

El encaje se abre. Los senos de Victoria quedan expuestos, hermosos y erguidos. Harper abandona la mermelada para envolver con su boca caliente uno de los pezones de Victoria, succionándolo con fuerza mientras sus dedos moldean el otro pecho con rudeza posesiva.

—¡Ah…! —Victoria arquea la espalda, clavando las uñas en los hombros desnudos de Harper—. Harper… joder…

Harper aprieta la succión, usando la lengua para castigar y mimar el pezón de Victoria alternativamente, sintiendo cómo las piernas de la ejecutiva tiemblan ligeramente contra las suyas.

El mundo exterior —Eleanor, el comité, el escándalo que les espera a las nueve de la mañana— sencillamente deja de existir.

No hay más imperio que este trozo de mármol, no hay más contrato que la piel ardiente que se pliega bajo sus labios.

Victoria no aguanta más la posición pasiva. Con un movimiento brusco y lleno de necesidad, rodea el cuello de Harper, tirando de ella hacia arriba para volver a sellar sus bocas en un beso abrasador, mientras baja una mano con decisión descarada hacia la entrepierna de Harper.

Desliza los dedos, buscando el tejido húmedo y tibio de su ropa interior. Cuando encuentra el encaje completamente empapado, Victoria emite un gruñido de satisfacción contra los labios de Harper.

—Tanta chulería… y estás deshaciéndote por mí —susurra Victoria contra sus labios, introduciendo dos dedos de golpe por el borde de la braguita, buscando directamente el clítoris inflamado de Harper.

—¡Victoria! —Harper suelta un grito ahogado, echando la cabeza hacia atrás mientras el contacto directo de sus llemas la hace ver estrellas.

El ritmo de Victoria es despiadado. Conoce cada rincón del cuerpo de Harper porque lo ha estudiado durante años, porque lo ha echado de menos en París y porque no piensa volver a privarse de este privilegio.

Harper se agarra a los hombros de Victoria como si fuera su único ancla en mitad de un huracán.

Los gemidos de ambas se entrecruzan, llenando la estancia de una sinfonía de deseo crudo.

Harper siente que las paredes de su coño se contraen involuntariamente, buscando más, pidiendo a gritos la invasión completa.

Sin romper la fricción de sus dedos, Victoria tira de la ropa interior de Harper hacia abajo con la mano libre, rasgando el encaje lateral sin el menor miramiento.

—Vas a dejarme sin ropa… —jadea Harper con una risa entrecortada que se convierte en un gemido cuando siente los dedos de Victoria introduciéndose de golpe en su interior.

—Te compraré diez más —responde Victoria con la voz ronca, pegando su frente a la de ella mientras sus dedos se hunden y salen de Harper en un compás acelerado—. Te compraré la tienda entera si me dejas hacerte esto todas las mañanas.

Harper aprieta sus paredes internas alrededor de la mano de Victoria, sintiendo cómo el orgasmo empieza a formarse en la base de su vientre: una bola de calor expansivo que amenaza con destruirla.

La mirada de Victoria está oscurecida por la lujuria, resplandeciente, fija en ella con una intensidad que le atraviesa el alma. No hay distancia. No hay escudos. Solo una entrega absoluta. Y en el preciso instante en que sus miradas se cruzan, la ola rompe.

El orgasmo golpea a Harper con la violencia de una sacudida eléctrica.

Sus muslos se tensan bruscamente alrededor de la cintura de Victoria, su vientre se contrae en espasmos violentos y un grito largo, agudo y desinhibido se le escapa de la garganta, ahogándose finalmente en el hombro de Victoria.

Harper se sacude sobre el mármol, recibiendo cada envite de los dedos de Victoria mientras la cumbre de placer la arrastra a un abismo de calor absoluto.

Victoria sostiene el peso de Harper con firmeza, besándole la sien, la mejilla, el cuello, saboreando el sudor y el aroma de su piel mientras la marea baja lentamente.

—Eso es… vacíate en mí —murmura Victoria con dulzura, aflojando el ritmo de sus dedos hasta dejarlos inmóviles en su interior, disfrutando de los últimos pulsos involuntarios del cuerpo de Harper.

Harper se queda apoyada contra el pecho desnudo de Victoria, escuchando el latido frenético de su corazón. Tarda varios segundos en recuperar el aire, sintiendo las extremidades pesadas y una sensación de plenitud que jamás ha experimentado.

Sin embargo, cuando vuelve a mirar el rostro de Victoria, ve la chispa encendida en sus ojos.

Sus pies descalzos pisan el suelo helado, pero no le importa. Agarra a Victoria por los muslos y la hace girar sobre el mármol, obligándola a tumbarse sobre la superficie lisa. El pelo de Victoria se esparce como un abanico. Sus piernas quedan colgando fuera del borde, completamente expuestas.

Harper no pierde el tiempo. Se arrodilla entre las piernas de Victoria. Sus dedos suben por las piernas de la ejecutiva, apartando la última barrera de tela fina que cubre su centro.

Victoria está completamente empapada, brillante bajo la luz del amanecer, lista y latiendo por ella.

—Harper… —el tono de Victoria pierde todo atisbo de control.

—Dijiste que la mermelada era una buena idea —recuerda Harper con voz maliciosa.

Mete los dedos de nuevo en el frasco de moras, coge una cantidad generosa del fruto dulce y la extiende directamente sobre el clítoris inflamado y sensible de Victoria, bajando hacia sus labios.

Victoria suelta un taco en francés que hace que Harper sonría con orgullo.

Harper no hace esperar a la fiera. Se inclina hacia delante y hunde su lengua directamente en el centro de Victoria.

El sabor es una combinación embriagadora: la acidez de la mora combinada con la esencia caliente y almizclada de la mujer a la que ama desde hace una década.

Harper trabaja la zona con devoción absoluta.

Su lengua lame la mermelada, rodeando el clítoris de Victoria antes de tomarlo entre sus labios para succionarlo con suavidad primero y con un hambre voraz después.

La entrega de Victoria es completa. Su cuerpo se sacude sobre la isla de la cocina mientras la lengua de Harper se desliza hacia el interior de su abertura, probando su humedad para luego volver a subir al foco de placer.

Harper introduce dos dedos en la cavidad apretada de Victoria, emulando el ritmo que ella le ha dado antes, mientras su boca no da tregua.

Harper intensifica la succión de su boca, acelerando el movimiento de sus dedos en el interior de Victoria hasta un ritmo frenético.

Siente cómo las paredes internas se contraen salvajemente alrededor de sus dedos, cómo la piel de sus muslos se vuelve rígida y cómo un estremecimiento épico recorre a Victoria de la cabeza a los pies.

Victoria se rompe. Su orgasmo estalla en una sacudida brutal que la hace gritar su nombre a pleno pulmón, un grito liberador. Sus caderas se convulsionan mientras libera una ola de calor que empapa la boca de Harper, quien no deja de lamerla y tragar hasta que el último temblor remite por completo.

Harper se mantiene arrodillada entre sus piernas durante un largo minuto, apoyando la mejilla sobre el muslo interno de Victoria, sintiendo el pulso acelerado que aún vibra bajo la piel de su exmujer.

Victoria tiene los ojos cerrados, los brazos extendidos y el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido la maratón de Nueva York. Una sonrisa de pura satisfacción y agotamiento se dibuja en sus labios carnosos.

Lentamente, Harper se pone en pie. Se limpia la esquina de la boca con el reverso de la mano, sonriendo al ver el leve rastro de mora y humedad que queda en su piel. Victoria abre los ojos, nublados por el remanso de placer, y le tiende la mano.

Harper se inclina sobre ella, tumbándose parcialmente a su lado en el espacio libre de la isla. Victoria la envuelve de inmediato con los brazos, pegándola a su cuerpo desnudo sin importarles la mermelada, el desorden ni el frío de la mañana.

—Eres despiadada, Brooks —murmura Victoria, besándole la punta de la nariz.

—Aprendí de la mejor —responde Harper, acariciando la línea del cuello de Victoria, donde aún queda una pequeña mancha morada que promete convertirse en un chupetón impecable.

Victoria suelta una risita baja, una de esas risas relajadas que Harper no escuchaba desde sus primeros años de matrimonio. Apoya la barbilla sobre la cabeza de Harper.

—Mira esto —dice Victoria, señalando con la mirada el caos de la cocina.

—Un desastre impecable —califica Harper.

—No —corrige Victoria, sosteniéndole la barbilla para obligarla a mirarla—. Es la única certeza que necesito. No hay amenaza de Eleanor, ni puesto que valga la pena si no puedo tener esto al volver a casa.

Harper siente que los ojos se le vuelven a llenar de lágrimas, pero esta vez son de una felicidad tranquila y absoluta. Se inclina y le da un beso suave en los labios, un beso que sabe a dulce de mora y a promesa eterna.

El reloj de pared de la cocina marca las siete de la mañana.

En poco tiempo, ambas vestirán sus mejores trajes, taconearán con fuerza sobre el suelo de mármol de las oficinas de Velvet & Silk y destrozarán el complot de Eleanor Sterling delante de toda la junta directiva.

Pero mientras el sol de otoño termina de iluminar la cocina de su piso, Victoria y Harper permanecen abrazadas sobre la mesa, sabiendo que la victoria más grande de sus vidas ya la han ganado antes de salir de casa.