Te quiero a ti Capítulo 25
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Capítulo 25

Victoria Vance atraviesa las puertas de la sala de juntas de Velvet son las cifras que ustedes mismos tienen en la página tres.

Pasa la diapositiva. Los gráficos rojos y negros exponen las pérdidas con una claridad casi sangrienta. Harper toma el testigo de inmediato, sin vacilar.

—Nuestra reestructuración pretende eliminar las capas intermedias y centralizar las decisiones creativas sin perder ni un poco de nuestro valor actual —explica Harper, señalando los puntos clave con el lápiz digital—.

Queremos que las ediciones dejen de competir entre sí por la misma exclusiva y empiecen a compartir recursos, fotógrafos y talento.

Uno de los inversores principales se inclina hacia delante, ajustándose las gafas.

—¿De qué volumen de ahorro hablamos?

Victoria responde sin bajar la vista a sus notas. Se sabe los números de memoria porque los ha soñado durante días.

—Un doce por ciento de reducción de costes en los primeros nueve meses. Y entre un dieciséis y un diecinueve al cierre del segundo ejercicio. Todo ello sin reducir la plantilla y sin tocar la calidad. Solo habría que reajustar los diferentes departamentos.

—Eso suena demasiado idílico —interviene Eleanor, cruzando las manos sobre la mesa—. Sin recortes de personal, ese margen es una fantasía.

Victoria la mira de frente, con el rostro impasible.

—Es matemática, Eleanor. Y está respaldada por los datos de producción que tu propio equipo no ha sabido optimizar en estos años.

Harper disimula una pequeña sonrisa. Victoria la nota por el rabillo del ojo y siente que la tensión de los hombros se va perdiendo poco a poco. La presentación fluye. Proyecciones publicitarias, suscripciones, alianzas con firmas sostenibles y un calendario de lanzamientos unificado.

Y, finalmente, el plato fuerte: el caso Beaumont.

Harper activa la pantalla final.

—El número de otoño/invierno demuestra que esta estrategia no es una teoría. Es un éxito comercial que podemos medir de verdad.

En el panel destacan las métricas de la edición especial. Varios consejeros empiezan a hojear el dossier impreso con un interés renovado.

—Y aseguramos un veintisiete por ciento de incremento en ventas físicas —detalla Harper, paseando la mirada por la mesa—. Además del crecimiento en las suscripciones digitales. Y lo más importante: hemos recuperar al público menor de sin perder a nuestras lectoras tradicionales.

Victoria remata el argumento:

—No es un milagro fortuito. Es la prueba de que el mercado responde cuando dejas de venderle cosas que no quiere y le ofreces vanguardia.

Eleanor se remueve en su sillón. Victoria sabe lo que viene. Cuando los números aplastan la demagogia, a la vieja guardia solo le queda recurrir al ataque personal.

—Señores del consejo —empieza Eleanor, adoptando un tono maternal y grave—, lo que presenciamos hoy es una insubordinación descarada que ha sido totalmente maquillada.

Velvet buscan rentabilidad y visión de futuro.

Nosotras la tenemos. Los datos lo avalan.

La única que se empeña en cerrar los ojos es usted.

La tensión en la sala se puede cortar con un cuchillo. Eleanor aprieta los labios hasta dejarlos blancos.

—Qué arrogancia… —masculla la mujer—, es muy fácil exhibir algo así cuando se consigue un éxito aislado. Un número afortunado no va a justificar tirar por tierra toda la estructura que nos ha mantenido en la cumbre, señoritas.

Harper se inclina hacia delante antes de que Victoria vuelva a intervenir.

—Y la resistencia al cambio suele llamarse «experiencia» cuando alguien es demasiado orgulloso para admitir que se ha quedado fuera de juego.

Hay que evolucionar. De hecho, para eso unió nuestros trabajos ¿no?

Y si la dirección general no está dispuesta a dar el paso, el mercado lo dará por nosotras.

Victoria gira la cabeza para mirarla. Dios. Harper está deslumbrante. Le dan ganas de levantarse, cogerla por la chaqueta y besarla ahí mismo, sobre la mesa de juntas.

Eleanor aprieta los puños.

— Velvet solo le interesan los activos.

—Las dos posturas tienen puntos sólidos —comienza el hombre.

Victoria resiste el impulso de poner los ojos en blanco. Bajo la mesa, la mano de Harper busca su rodilla y la aprieta con firmeza. «Cálmate», parece decirle el contacto. Victoria respira despacio, dejando que el calor de Harper calme su enfado.

— Velvet creativos brillantes que no tengan miedo a arriesgarse.

Harper se apoya en la mesa, mirando fijamente a sus dos compañeros.

—Queremos que vengáis con nosotras.

Solange deja la copa sobre la mesa, perdiendo la fachada cómica por un segundo.

—¿Habláis en serio?

—Tú serías la jefa de redacción —anuncia Victoria—. Y Julian el director creativo. Con presupuesto propio y trabajando con vuestros estándares.

Julian se lleva la mano al pecho, cerrando los ojos.

—Repítelo, Victoria. Dilo otra vez, por favor.

—Ay Julian, deja de ser tan crío. No pienso regalarte los oídos, Julian —se burla Victoria.

Solange se echa a reír, sacudiendo la cabeza.

—Eres un imbécil. Un imbécil con un talento increíble, pero un imbécil al fin y al cabo.

—Y por eso lo queremos —sonríe Harper, chocando su copa con la de Solange—. Tendremos oficinas en Tribeca, libertad para contratar y la oportunidad de hacer la revista que siempre hemos querido leer.

—¿Cuándo empezamos? —pregunta Solange, sacando ya su agenda.

—Mañana a primera hora —responde Victoria—. Eleanor tardará tres días en darse cuenta de que se ha quedado sin su equipo clave, y para cuando quiera reaccionar, LUMEN ya estará en boca de todos.

Julian alza su copa de ginebra.

—Un brindis. Por dejar a la vieja guardia hundiéndose en su propio barro y por la portada más escandalosa que vaya a ver esta ciudad.

—Por LUMEN —añade Harper, mirando a Victoria a los ojos—. Y por no volver a tener miedo de empezar desde abajo.

Las cuatro copas chocan en el centro de la mesa. Mientras Solange y Julian se enzarzan en una discusión apasionada sobre la paleta de colores para la primera edición digital, Victoria siente una mano cálida deslizándose por debajo de la mesa hasta entrelazar sus dedos.

Harper la observa con esa sonrisa descarada que la enamoró desde el principio.

—¿En qué piensas? —murmura Harper, acercándose lo suficiente para que el aliento le roce la oreja.

Victoria aprieta sus dedos, disfrutando del cosquilleo que le recorre la piel.

—En que esta mañana pensaba que venía a salvar mi carrera… y me he dado cuenta de que lo único que necesitaba era volver a tu lado para comerme el mundo.

—Pues prepárate —susurra Harper, besándole la mejilla justo al borde de la comisura de los labios—. Porque este imperio solo acaba de empezar.