Capítulo 23
Victoria Vances lleva exactamente cuarenta y siete minutos mirando el contrato sobre la mesa, todavía sin firmar.
Delante de ella, las páginas redactadas por el departamento jurídico del grupo parecen recitar un monólogo burlesco sobre cada una de las promesas que se ha hecho últimamente.
A su lado, brilla un billete impreso para el vuelo del domingo a las diez de la noche.
Eleanor ha tenido la delicadeza —o el descaro monumental— de ordenar a su asistente que reservase el pasaje en primera clase incluso antes de que Victoria dijese esta boca es mía.
Como si pudiera empaquetar de nuevo su vida.
—Esto es una puta locura…
Victoria apoya los codos sobre las rodillas y se cubre la cara con las manos. Ha apagado el teléfono. Y no porque no sepa que Harper la está buscando. Es justo por eso.
El timbre de su piso llena el silencio del salón. Tres timbrazos seguidos, histéricos y exigentes. Durante un segundo, cruza los dedos para que sea la comida china que ha pedido. Entonces escucha los golpes contra la madera.
—¡Victoria! ¡Sé que estás ahí!
El corazón le da un vuelco. Se pone en pie a toda prisa, casi tropezando con la esquina de la mesa de centro.
—¡Abre la puerta ahora mismo o juro que la tiro abajo a patadas!
La voz llega amortiguada, pero con un matiz tan angustiado que el pánico de Victoria se transforma al instante en una marea abrasadora de culpa. Cruza el salón a pasos agigantados. Se detiene ante el umbral. Gira el pestillo y tira del pomo.
Harper aparece al otro lado con el pelo revuelto por el viento otoñal, el abrigo mal abrochado y una cara que a Victoria le desgarra las entrañas. Tiene las mejillas encendidas y los ojos brillando como dos llamas vivas, está segura de que ha llorado.
—¿Por qué coño has apagado el teléfono? —es lo primero que le suelta, sin un triste «hola».
Victoria retrocede un paso, como si la distancia pudiera salvarla del choque inminente.
—Harper…
La mujer entra en el piso como un huracán de metro setenta, dando un portazo tras de sí.
—¿Se puede saber por qué coño has hecho eso?
Victoria vuelve a echar el pestillo.
—Necesitaba pensar con la cabeza fría.
—¡Podrías haber pensado con el puto teléfono encendido! —estalla Harper, braceando en el aire—. ¡Podrías haber contestado a una sola de mis veinte llamadas! ¡Una sola!
—¡No quería hablar contigo hasta tener claro qué iba a hacer! —se defiende Victoria.
Harper se gira hacia ella en redondo.
—¿Y qué vas a hacer, Victoria? Dímelo. ¿Qué vas a hacer?
Victoria se queda muda, buscando una explicación sensata. Harper la escruta durante dos segundos agónicos hasta que sus ojos se desplazan hacia el sofá y la mesa de centro
Toda la furia incandescente de Harper se evapora de golpe. En su lugar, la palidez se apodera de su rostro. Aparece ese miedo desgarrador y reconocible que Victoria recuerda de la noche en que le dijo adiós para siempre.
—No… —murmura Harper, negando con la cabeza—. Dime que no.
Harper avanza hacia la mesa, coge el contrato con dedos temblorosos, y lee el encabezado impreso. Luego descubre el billete de avión.
—No, no, no… —repite, y el papel empieza a vibrar entre sus manos.
—Harper, por favor, escúchame un segundo.
—¿Que te escuche? —Harper levanta el pasaje como si fuera una prueba acusatoria—. ¿Ibas a marcharte otra vez sin más?
Victoria intenta acortar la distancia para tocarla, pero Harper se aparta de inmediato.
—Todavía no he firmado nada —argumenta Victoria, señalando las páginas sobre la mesa.
—¡No te he preguntado si has estampado tu puñetera firma! —le reprocha Harper, con la voz quebrándose—. ¡Te he preguntado si te vas!
—Pensaba aceptar —admite Victoria unos segundos después.
Harper cierra los ojos. La reacción es pequeña, pero destructiva. Un simple cierre de párpados que encierra una agonía infinita. Victoria avanza de nuevo, incapaz de soportar la distancia.
—Déjame explicártelo, Harper. Déjame decirte por qué…
—¡Claro que sí! —interrumpe Harper, soltando una carcajada y sin pizca de gracia—.
Por supuesto. Explícame por qué coño tienes otro contrato para irte a la otra punta del mundo encima de la mesa, como la última vez que me dejaste tirada por París.
Explícame por qué demonios estoy interpretando la misma maldita escena, solo que con un vestuario diferente.
—¡Esto no tiene nada que ver con aquello!
—¿Ah, no? ¿Y en qué se diferencia, si se puede saber?
—¡En que esta vez no estoy eligiendo mi carrera por encima de ti!
Victoria aprieta las manos a los lados del cuerpo, esforzándose por no perder los papeles.
—¡Lo he hecho por ti! —suelta, arrojando la verdad.
Harper se queda congelada. La frase le impacta como si acabaran de darle una bofetada.
—¿Qué has dicho?
—Eleanor va a ir a por todas con la reestructuración —desgrana Victoria, con el pulso a mil por hora—.
Ya se ha ganado a la mitad de los carcamales de la junta.
Si nos empeñamos en presentar la codirección juntas, va a desatar una guerra sucia que tú no te mereces.
Una guerra que va a quemar tu nombre y te va a costar el puesto de Editora Jefe por el que llevas dejándote los cuernos durante años.
—¿Y tu brillante solución es marcharte? ¿Pillar un avión y desaparecer como si las últimas semanas no hubieran significado nada?
—¡Mi solución es quitarme de en medio para que consigas tu sueño! —estalla Victoria, sintiendo que los ojos le escuecen—. ¡Para que nadie tenga que elegir entre las dos!
Harper niega con la cabeza, riéndose con auténtica incredulidad.
—No puedes estar hablando en serio, Victoria. Dime que esto es una broma de mal gusto. ¿No te das cuenta que ya están eligiendo por nosotras?
—¡No es así!
—¡Por supuesto que sí! —sostiene Harper, encarándola con fiereza—. Has decidido que mi ambición está por encima de nosotras. Has decidido que la única forma de cuidarme es esfumarte del mapa.
Victoria intenta mantener la compostura, pero sus manos empiezan a temblar.
—Eleanor me dejó muy claro que prefiere quemar el departamento antes que ceder un ápice de control.
—¡Eleanor no es la dueña del grupo! —reprocha Harper—. La junta directiva responde ante los beneficios económicos. ¡Y los números de nuestra propuesta son imbatibles!
—Tiene la influencia suficiente para convertir esto en un infierno, Harper. Para hacer que el precio de ganar sea demasiado destructivo.
—¡Pues vamos a pelear juntas, joder! —grita Harper, estampando el contrato sobre la mesa. Las hojas salen volando—. ¡Vamos a pelear! ¡Como deberíamos haber hecho desde el primer minuto!
—¿Y si perdemos? —pregunta Victoria.
—¡Pues si perdemos, perdemos las dos! —sentencia Harper—. ¿Tan difícil te resulta meterte eso en tu cabeza? Puedo asumir perder un puesto. ¡Puedo mandar a tomar por culo esta revista si llega el caso! Pero lo que no voy a tolerar bajo ningún concepto es volver a perderte a ti.
Victoria se queda sin palabras, y Harper coge el billete de avión doblado entre sus dedos.
—¿Cuándo tenías pensado decirme que ibas a aceptar? —inquiere Harper—. ¿Antes o después de coger ese avión?
—¡Eso es injusto, Harper!
—¿Injusto? —Harper la mira con el dolor reflejado en su mirada—. Llevo toda la puñetera mañana buscando a la mujer de la que estoy enamorada. Y cuando lo hago, me encuentro con que ya tienes el pasaje sobre la mesa. No me hables de justicia. Ni se te ocurra.
Harper baja los brazos, exhausta. Y después niega con la cabeza mientras se ríe, dejando caer el papel.
—Mira. Yo no quiero que me ofrezcas nada, Victoria —murmura Harper, y su voz suena tan frágil que a Victoria se le saltan las lágrimas—. No quiero sacrificios heroicos. No quiero que me protejas desapareciendo de mi vida. Quiero que me dejes decidir a mí también.
El silencio vuelve a adueñarse de la estancia.
—Por favor… —suplica Harper, mirando al suelo—. Te lo pido por lo que más quieras en este mundo. No vuelvas a irte. No otra vez.
—Harper… yo no quería hacerte daño —susurra Victoria, dando un paso cauteloso hacia ella—. Quería evitarte un mal mayor.
—Pues deja de intentar salvarme el pellejo a mi costa —pide Harper, secándose una lágrima con la manga del abrigo—. Deja de tomar decisiones unilaterales. Solo necesito a una compañera que confíe en mí.
Victoria baja la mirada hacia las hojas del contrato esparcidas por el suelo. Ahí está. El mismo error que cometió en el pasado disfrazando sus miedos. Creer que puede controlar el destino de las personas para no tener que afrontar la posibilidad de que todo salga mal.
Y por eso, se acerca a Harper sin dudarlo y la entierra entre sus brazos.
—Lo siento —murmura, besándole la frente—. Lo siento muchísimo. De verdad.
Harper deja escapar suspiro mientras Victoria apoya la barbilla sobre su cabeza, sintiendo cómo el amor por esa mujer sigue creciendo en su interior.
—Pensaba que estaba haciendo lo correcto —se justifica Victoria.
—Ese es tu gran problema —le reprocha Harper, apartándose lo justo para mirarla con los ojos—. Que siempre quieres proteger a todo el mundo.
—Tienes razón —admite su exmujer—. En la categoría de idiotez extrema, me llevo el premio gordo.
—Victoria lleva la mirada hacia el contrato de París—.
Hasta hace una hora, estaba convencida de que era la única salida.
Hasta que te he visto entrar por esa puerta y me he dado cuenta de la barbaridad que iba a cometer.
—Yo quiero ese puesto, es verdad —le responde Harper—. Pero mis sueños profesionales no valen nada si no estás tú para compartirlos. No quiero volver a sacrificar mi vida personal.
La atmósfera en el salón ha cambiado drásticamente. Pero por primera vez en años, Victoria no siente la necesidad de salir huyendo.
—¿Qué podemos hacer? —pregunta Harper, apoyando las manos en la cintura de Victoria—. Porque estoy segura de que esto tiene solución.
—Lo que tendríamos que haber hecho desde el primer día. Pelear juntas —declara Victoria y acaricia la mejilla de Harper con los dedos—. Mañana nos presentaremos ante la junta con nuestra propuesta y dejaremos claros los beneficios que esto les puede traer.
Harper la observa durante unos segundos. Victoria le acuna el rostro entre las manos, obligándola a sostenerle la mirada.
—No vamos a retroceder ni un milímetro, Harper. Esta vez no. Les vamos a dejar bien claro que juntas somos una apisonadora que Eleanor no va a poder frenar.
—Eleanor me ha dicho que la decisión de separar los departamentos ya está tomada —recuerda Harper.
—Pues tendrán que rectificar —sentencia Victoria con orgullo—. Sino van a tener que continuar sin nosotras. Y créeme, sé muy bien que la revista se va a hundir sin nuestra visión.
—Suena a misión suicida. Me encanta.
Victoria sonríe con malicia. Harper suelta un resoplido rendido.
—Eres insoportable, Victoria.
—Pero me quieres —le recuerda ella.
—Desgraciadamente, sí. Con toda mi alma.
Después de besar sus labios Victoria recoge el billete de avión y, mirando a Harper a los ojos, lo rompe por la mitad. Luego vuelve a doblar los trozos y los rasga en pedacitos pequeños, dejándolos caer sobre la alfombra como si fueran confeti.
—Para darle ambiente a la noche —bromea Victoria con un guiño pícaro.
—Mañana a primera hora quiero que llames al departamento jurídico para rechazar la oferta de forma oficial —exige Harper—. ¿Estamos?
—Será lo segundo que haga —promete Victoria sin dudarlo.
—¿Y qué va a ser lo primero?
Victoria sonríe y le da un mordisquito en el labio inferior.
—Hacerte gemir hasta que no puedas más.