Te quiero a ti Capítulo 22
83%

Capítulo 22

Harper llega a la sede de Velvet & Silk con dos vasos gigantes de café en la mano izquierda, el bolso en equilibrio precario sobre el hombro derecho y la cabeza a punto de explotar. Lleva toda la noche en vela, repasando las previsiones del posible crecimiento internacional.

Apenas ha dormido tres horas miserables en su sofá.

Pero tampoco le importa mucho, porque la energía recorre sus venas con fuerza.

Durante las últimas horas, lo que empezó como una locura se ha convertido en una propuesta bastante sólida.

Victoria y ella han destripado la estructura de la revista y han redactado un plan de codirección que no solo es factible, sino que va a hacer que la junta de accionistas llore de la emoción.

O eso es lo que espera.

Harper pulsa el botón del ascensor mientras una sonrisa boba se le dibuja en los labios.

Las puertas de la planta cuarenta y dos se abren. Harper avanza a paso ligero por el pasillo hacia el despacho, saboreando el calor del café entre los dedos.

Pero unos segundos después, se frena en seco.

La puerta del despacho de Eleanor se abre y Victoria sale de allí. Lleva una carpeta bajo el brazo y una expresión que a Harper le hiela la sangre. Victoria también se congela al verla.

Hay algo que no cuadra. Y Harper, que se conoce cada gesto de su exmujer, lo detecta al vuelo. Sobre todo, porque no la vi ni sonreír.

—¿Qué ha pasado? —le pregunta Harper en cuanto la tiene delante.

Victoria aprieta la carpeta y niega con la cabeza.

—Ahora no, por favor.

—¿Cómo que «ahora no»? —Harper deja los dos cafés sobre la mesa de la secretaria de Eleonor, que todavía no ha llegado—. ¿Qué coño significa eso?

—Tengo que ir a una reunión —evade Victoria, mirando de reojo hacia los ascensores—. Ya hablaremos.

—Sabes de sobra que odio esa frase —estalla Harper, presintiendo que va a pasar algo gravísimo—. La última vez que me dijiste «hablamos luego» terminaste haciendo las maletas y cruzando el Atlántico.

Victoria parpadea, y por un segundo, Harper cree ver el mismo dolor en sus ojos. Inmediatamente después, Victoria vuelve a ponerse la máscara de frialdad.

—Dime qué está pasando.

—¡Buenos días! —la voz fresca de Solange interrumpe el duelo verbal. Aparece por el pasillo cargando una bolsa con algún dulce y, unos pasos por detrás, Julian camina pegado a la pantalla de su teléfono. Ambos se quedan mirándolas—. Uy, ¿ha pasado algo?

Victoria niega con la cabeza.

—No pasa nada. Tengo que irme —anuncia Victoria y poner rumbo hacia los ascensores.

Harper se queda boquiabierta y va detrás de ella hasta que su exmujer se mete en el ascensor y pulsa un botón. Después la mira a los ojos y suelta un simple:

—Lo siento.

Las puertas se cierran y el indicador luminoso marca el descenso: 41, 40, 39, 38… Harper se pasa las manos por la cara, respirando con dificultad.

—Tengo que… —balbucea mientras pulsa el botón una y otra vez.

—¿Tienes un momento, Brooks?

Eleanor Sterling la llama y cuando se gira, ve que la mujer está de pie junto al marco de la puerta de su despacho. El detalle no se le escapa: ha dicho «Brooks». Y eso no puede traer nada bueno.

—Ahora mismo —ordena su jefa con gesto imperioso.

Harper mira de reojo el indicador del ascensor. Solange y Julian la observan con los ojos bien abiertos, temiéndose lo peor.

—Voy enseguida… —anuncia sin más.

Harper Brooks endereza la espalda, se ajusta la chaqueta del traje y entra en la guarida del lobo. Ni siquiera se ha acordado de coger los cafés.

La puerta del despacho de Eleanor se cierra a sus espaldas.

—Si vienes con la intención de renegociar el espacio de Naomi o de Serein Labs , tenemos todo cerrado —ataca Harper de entrada, sin perder ese matiz peleón por el que todos la conocen.

Eleanor, con una calma exasperante, se sienta tras su imponente mesa y coge una pluma estilográfica.

—Qué energía tan encantadora a primera hora.

—Tengo un cierre que coordinar. Si me has hecho entrar aquí para algo importante, que sea rápido. A ti tampoco te gusta perder el tiempo.

Eleanor deja la pluma sobre la mesa y entrelaza los dedos de sus manos, fijando sus ojos en ella.

—Bien. Iré al grano. Quiero dejarte claro que ese plan absurdo que estabais tramando Victoria y tú para unificar las direcciones internacionales no va a ver la luz del día. Jamás.

El aire se escapa de los pulmones de Harper. Un segundo después, el sudor frío empieza a recorrerle la nuca.

—¿Cómo…?

Eleanor sonríe. Es una sonrisa malévola, la de alguien que tiene todas las cartas ganadoras en la partida.

—¿De verdad pensabas que no me iba a enterar? Por favor. En Velvet & Silk hasta las paredes tienen oídos. Y más cuando dos de mis ejecutivas estrella pretenden intentar comprar a la junta.

El corazón de Harper empieza a latir a toda prisa.

—Ni siquiera hemos presentado el…

—Sé perfectamente lo que contenía —presume su superior y golpea la mesa con su dedo índice—. Proyecciones a tres años, unificación de criterios entre Nueva York y Europa… Un trabajo impecable, debo reconocerlo. Muy meticuloso.

—¿Cómo demonios te has hecho con ese documento? —exige Harper, apretando los puños hasta que las uñas se le clavan en las palmas.

—El «cómo» es lo de menos, Harper. Lo grave es que pretendíais reestructurar el organigrama de esta revista a mis espaldas. Y conmigo nadie juega. ¿Me oyes? Cualquier movimiento que altere el mapa de poder siempre va a pasar por mi mesa.

Harper siente una mezcla corrosiva de asco y lucidez.

—El próximo número será un éxito gracias a Victoria y a mí. Y hasta tú sabes que, si las ventas suben, esto será buena idea.

—Puede ser. Pero no te olvides que esta estructura la levanté yo con mis propias manos.

—Pues lo números han empezado a hablar por sí solos.

Eleanor se pone de pie, apoyando las palmas de las manos sobre la mesa.

—Cuida ese tono, Brooks.

—¿Eso es una amenaza?

—Es una advertencia. De alguien que sabe perfectamente cómo arruinar una carrera con una sola llamada.

Harper siente que la sangre le hierve en las venas.

—¿Qué le has hecho a Victoria? —exige saber Harper.

Eleanor recupera la compostura y se vuelve a sentar, alisándose la ropa con las manos.

—Afortunadamente, he sabido reconducir la situación antes de que cometierais un desatino —le informa con una sonrisa en los labios—.

La junta coincide conmigo en que esta forma de trabajar no se volverá a repetir.

Tener a tantos frentes unidos es muy costoso para nosotros.

A partir del mes que viene, los departamentos tendrán mandos y presupuestos independientes a nivel internacional.

—¿Independientes? —repite Harper, incrédula—. ¡Eso va a duplicar los costes de producción y provocará despidos masivos en el equipo!

—Efectos colaterales de cualquier reestructuración, mi querida Harper. Deberías saberlo a estas alturas.

—No me lo puedo creer…

—Intento proteger el futuro de esta revista.

—No. Te estás protegiendo tú —le espeta Harper—.

Y nos has usado desde el primer día para demostrar que tenías razón.

Que puedes trabajar de forma independiente.

Trajiste a Victoria sabiendo que yo llevaba años dejándome la piel por el puesto de Editora Jefe.

Nos pusiste en la misma mesa para hacer un número que supere las ventas en Estados Unidos con proyección internacional. Y ahora… ¿haces esto?

Eleanor sonríe con una malicia que a Harper le hiela la sangre.

—Qué pasional, Harper. Siempre has tenido esa vena.

—¿Qué va a pasar con Victoria? —interrumpe Harper, al borde de un ataque de nervios—. ¡Dímelo!

Eleanor hace una pausa calculada y después se echa hacia atrás.

—Victoria va a liderar un proyecto de expansión.

Harper siente que el suelo se hunde bajo sus pies.

—¿Qué proyecto?

—La editorial va a lanzar una cabecera de alta costura independiente para el mercado europeo. Un proyecto con presupuesto ilimitado, dirigido íntegramente desde París.

La palabra «París» retumba en las paredes del despacho. Harper se queda helada, incapaz de articular palabra, catapultada a la puerta de su piso, viendo cómo el taxi se llevaba a la mujer que amaba.

—No… —susurra Harper, negando con la cabeza—. No puede ser verdad.

—Victoria Vance es la única ejecutiva con el perfil, los contactos y la agresividad necesaria para lanzar la revista en Francia —continúa Eleanor con cinismo—. Y no le vendrá nada mal ese contrato y control creativo absoluto. Es una oferta que nadie en su sano juicio rechazaría.

—Tú se lo has puesto en bandeja —acusa Harper con el hilo de voz que le queda—. Tú has coordinado esto para librarte de ella y destruirme a mí de paso. Porque sabes que somos un peligro para tus planes. Para la imagen que la junta tiene de ti.

—Yo solo he facilitado la llamada. Todos sabemos que Victoria es demasiado ambiciosa para quedarse a tu sombra, y tú eres demasiado orgullosa para estar a la suya. Os he hecho un favor a las dos.

A Harper le entran ganas de vomitar.

—¿Y ella ha aceptado? —pregunta Harper.

Eleanor señala con la mirada la puerta.

—Me imagino que ya estará empezando su próxima reunión.

Ahora, todo encaja en la cabeza de Harper.

—Eres un monstruo.

—Soy una ejecutiva de éxito, Harper. Y tú deberías darme las gracias. Ahora tienes el camino despejado para ser la próxima Editora Jefe de Velvet & Silk en Nueva York. Justo lo que querías.

Harper siente un asco tan profundo que le quema la garganta.

—Métete el puesto por donde te quepa, Eleanor.

—¡Cuidado con cómo me hablas! —le grita la mujer y estampa ambas manos en la mesa.

—Me da exactamente igual tu puesto, la revista y tu puta ambición —suelta Harper—. Has jugado con la vida de la gente, pero se te ha olvidado un detalle: las personas no somos piezas de un tablero de ajedrez. Y pienso dejártelo muy claro.

—¡Sal de mi despacho ahora mismo! —grita Eleanor, perdiendo los papeles por primera vez en años.

Harper agarra su bolso y se lo cuelga otra vez del hombro.

—Encantada, créeme. Pero te juro por lo más sagrado que no voy a dejar que te salgas con la tuya.

Harper sale del despacho dando un portazo atronador. Sin perder un segundo, saca el teléfono móvil del bolsillo para llamar a Victoria mientras camina a pasos agigantados por la redacción.

Un pitido… y otro… y otro.

«Su llamada está siendo desviada al buzón de voz…»

—¡Maldita sea, Victoria, coge el teléfono! —masculla Harper fuera de sí.

Cuelga y marca de nuevo. El corazón le va a mil por hora.

«Su llamada está siendo…»

—¡Mierda! —grita, casi tirando el móvil al suelo.

Harper se apoya contra una columna del pasillo, intentando tomar aire, pero el pecho se le ha cerrado.

Las lágrimas rompen finalmente su barrera y comienzan a rodarle por las mejillas.

No puede estar pasando otra vez. No puede ser que la historia se repita punto por punto.

No después de todo lo que han vivido en las últimas semanas.

—¡Harper! —Solange y Julian aparecen al final del pasillo corriendo hacia ella. Solange se frena al verla llorar y le agarra los hombros—. ¡Madre mía, Harper! ¿Qué te ha hecho esa víbora?

Harper intenta hablar, pero el nudo en la garganta se lo impide.

—París… —consigue articular Harper.

Julian abre los ojos de par en par, perdiendo el color de sus mejillas.

—¿Cómo que París?

—Eleanor… le ha conseguido a Victoria la dirección de una nueva revista en París —dice Harper entre sollozos, limpiándose las lágrimas—. Y Victoria se ha ido. Otra vez…

Solange suelta una palabrota en francés.

—¡Será bruja!

—¿Estás segura de que Victoria va a firmar? —pregunta Julian, agarrándole la mano a Harper con cariño—. Conociendo a Vance, a lo mejor le ha escupido a Eleanor en la cara.

—Se ha metido en el ascensor sin mirarme, Julian —responde Harper con el corazón destrozado—. Tenía… la misma mirada de culpa que cuando nos divorciamos.

Harper vuelve a llorar. Después, aprieta el móvil contra su pecho, esperando desesperadamente un mensaje, una señal de que la mujer de la que sigue locamente enamorada no va a volver a romperle el corazón.

Pero la pantalla sigue negra. Y lo que vivieron en Chicago, de pronto, se siente como un sueño lejano del que acaba de despertar.