Capítulo 21
Victoria sabe que Eleanor Sterling piensa ponerle las cosas difíciles en cuanto cruzan las puertas de su despacho.
La reunión arranca a las nueve en punto de un lunes neoyorquino gris y gélido, apenas unas horas después de que el vuelo privado de la empresa las haya traído de vuelta desde Chicago.
Victoria aún siente el fantasma del cansancio agarrado a la nuca y un ardor traicionero en los ojos, pero Harper parece un anuncio de café recién hecho.
Está sentada a su derecha, con el portátil listo, una carpeta repleta de muestras y esa sonrisa que despliega cuando se dispone a pelear por una idea hasta las últimas consecuencias.
«Cómo la envidio. Y qué guapa está», piensa Victoria.
Eleanor, en cambio, las observa desde el otro extremo de la mesa con una taza entre las manos.
—Así que sí habéis encontrado oro —comienza poco después, arrojando la frase sin más.
Victoria cruza una mirada fugaz con Harper.
—Eso dijiste que hiciéramos, Eleanor —responde Victoria.
—Dije que buscarais voces con proyección. No que regresaseis pretendiendo convertir el número de Velvet & Silk en un laboratorio experimental —corrige Eleanor, remarcando cada sílaba.
Harper se inclina hacia delante, apoyando los antebrazos pulcramente vestidos en un jersey de color crema sobre la mesa.
—Todavía no hemos presentado el desglose definitivo, Eleanor. Solo te mandamos un borrador con los perfiles.
—He leído vuestro correo. Dos veces —interrumpe la jefa—. A las tres de la madrugada.
—Entonces sabrás que no hay nada de irresponsable en la propuesta —replica Harper sin perder la sonrisa ni la compostura.
Eleanor alza una ceja. Victoria nota la rigidez sutil en la mandíbula de Harper, el pequeño amago de mordérselo por dentro para contener la réplica.
Tiempo atrás, Victoria habría aprovechado ese vacile de su rival para tomar la palabra, pisarla sutilmente y colgarse la medalla.
Hoy, sin embargo, siente el impulso opuesto.
—Empecemos por Naomi Reeves —interviene Victoria, buscando el mando y activando la pantalla panorámica de la sala.
Los retratos de la gala del museo inundan la estancia. La luz impecable, la piel desnuda de retoques y las miradas desafiantes de esas mujeres de más de cincuenta años llenan el espacio.
—Veintisiete años, Detroit —expone Victoria—. Su proyecto explora la madurez femenina sin recurrir a los retoques digitales.
Eleanor evalúa la fotografía central, inclinando apenas la cabeza.
—Pero no tiene ninguna experiencia con editoriales. Y eso no es exactamente lo que yo busco.
—Y por eso tiene sentido, Eleanor —salta Harper al instante—. Si nos limitamos a contratar a los fotógrafos del mundillo, nadie notará la frescura que queremos darle al número.
—Existe una diferencia abismal entre descubrir talento y regalarle seis páginas a una cría sin tablas —sentencia Eleanor, clavándole la mirada.
Victoria no espera a que la tensión escale.
—Tendrá a Julian dirigiendo la producción en plató y a mi equipo sobre el concepto. Podemos tutelarla y meterla de lleno en este mundo.
Eleanor gira los ojos hacia Victoria.
—¿Y tú estás cómoda dejando la estética de la sección en manos de alguien tan verde, Victoria?
A Victoria no le hace falta ni pestañear para responder.
—Sí. Totalmente. Porque lo habitual es que a estos autores se les conozca por el boca a boca o en galerías tradicionales. Pero si la descubrimos en nuestro número… imagina la de gente que puede llamar a nuestra puerta para colaborar en los próximos números.
Eleanor se echa hacia atrás, entrelazando los dedos sobre el regazo.
—Vaya. No esperaba ver defender una idea con tanto ímpetu.
—Porque no es una idea que hayamos elaborado a la ligera.
Harper baja la cabeza hacia su cuaderno para anotar algo absurdo, pero Victoria detecta el temblor juguetón en la comisura de sus labios. Una curva íntima, compartida, que hace que a Victoria se le acelere el pulso. Eleanor no es ciega: entorna los ojos mientras observa su propia creación.
—Bien —concede—. Veamos lo de Serein Labs .
Victoria pasa de diapositiva. Aparecen los tarros reciclados, las muestras de pigmentos puros y las imágenes del proceso de fermentación.
— Pigmentos creados a partir de subproductos alimentarios y biotecnología limpia —desgrana Harper—. Producción limitada, envases recargables. Y un proceso que a muchos les daría envidia. Cuando Velvet & Silk las saque en revista, nos vamos a ganar unos cuantos aplausos.
Victoria observa a Harper de perfil. Ahí está la mujer de la que se enamoró: brillante, apasionada, segura de sí misma.
—El problema —continúa Eleanor, golpeando la mesa con su índice—, es que veo demasiado riesgo en un solo número. Una fotógrafa de Detroit sin currículum editorial, cosmética sostenible… Os pedí aire fresco, sí, pero no que pongáis nerviosos al resto de nuestros anunciantes.
—El ochenta por ciento del número sigue perteneciendo a las firmas de siempre. Y a lo mejor eso les pone las pilas —responde Victoria sin pestañear—. Esto es solo una ventana para demostrar que Velvet & Silk sabe llegar a las tendencias que se mueven hoy día.
Harper toma el relevo, como si hubieran ensayado el diálogo mil veces en privado.
—O arriesgamos ahora o nos convertiremos en la típica revista que leen nuestras madres mientras esperan en la consulta del dentista. Y ninguna de las tres quiere eso para su currículum.
Eleanor las observa a ambas en silencio durante cuarenta segundos agónicos. Después, cierra el expediente.
—Acepto a Naomi Reeves. Seis páginas para la sección de perfiles, con Julian pegado a ella. Pero no veo la estética de Serein Labs encajando con nuestro perfil visual.
Harper sonríe y gira la pantalla del portátil hacia Eleanor. Muestra uno de los bocetos de maquetación que Victoria garabateó en el iPad durante el vuelo de vuelta.
—Si la redacción aborda el reportaje como una historia fascinante sobre cómo se crea este tipo de cosmética… —anuncia Victoria sin vacilar—. El diseño se va a integrar perfectamente con los anuncios y el reportaje. Sé que vamos a llamar la atención.
—¿Os lo jugáis al todo o nada? —les pregunta Eleanor.
Ambas asienten con la cabeza, y Eleanor las mira con cierto escepticismo.
—Qué curioso —murmura—. Hace un mes habría apostado a que esta reunión acabaría con vosotras dos sacándoos los ojos por ver quién trabaja mejor.
Harper se acomoda en la silla.
—La gente madura, Eleanor. Incluso en esta industria.
—O aprende a disimular mejor sus intenciones —apunta la jefa con ironía—. En fin. Tenéis mi aprobación.
Harper deja escapar un suspiro, pero Eleanor alza la mano, cortando el festejo.
—Pero… tenéis una semana para entregar los diseños finales a la imprenta. Si esto sale mal y perdemos anunciantes, rodarán cabezas. Y me aseguraré de que sean las vuestras.
Victoria inclina la cabeza, recuperando su sarcasmo habitual.
—Qué manera tan poética de motivar al personal.
—No me pagan para motivaros, Vance. Me pagan para que Velvet & Silk siga siendo la número uno.
Eleanor se levanta, recoge su taza vacía y camina hacia la puerta. Antes de salir, se gira un segundo.
—Sorprendedme. Y no me hagáis lamentar mi decisión de haceros trabajar juntas.
En cuanto la puerta se cierra, Harper se desploma contra el respaldo del sillón, llevándose las manos a la cara.
—Dime que no acabo de firmar mi sentencia de muerte.
—Técnicamente, la hemos firmado las dos —corrige Victoria, cerrando el portátil—. Aunque en mi caso, prefiero llamarlo «eficiencia bajo presión».
Harper la mira de reojo, quitándose las manos de la cara y soltando una risita nerviosa.
—Siete días es muy poco, Victoria.
—Hemos a un matrimonio y un divorcio. Esto es un juego de niños comparado con ello.
Harper la observa con intensidad, y la risa se le apaga despacio, sustituida por una intensa mirada.
—Tienes razón —admite Harper—. Esto no es nada.
*
Una hora más tarde, el despacho que comparten se ha convertido en una trinchera. La mesa está sepultada bajo montones de pruebas de imprenta, paletas de colores y dos vasos gigantes de café que ya se han enfriado.
Victoria lleva diez minutos de pie, con un lápiz entre los labios, observando el panel donde ha colgado los primeros bocetos de Serein Labs .
—No encaja —protesta, quitándose el lápiz de la boca—. El flujo visual entre la segunda y la tercera página se rompe.
Harper, que está sentada al otro lado revisando el borrador del texto, ni siquiera levanta la cabeza.
—Sí que funciona, Victoria. Es solo que tu ojo perfeccionista quiere que la gente mire exactamente donde tú quieres.
—¡Para eso soy la directora de arte, Harper! Para guiar el ojo del lector.
—Victoria —dice Harper, dejando el lápiz sobre la mesa y mirándola—. Te estás poniendo nerviosa.
Victoria se cruza de brazos.
—No estoy nerviosa.
—Te conozco —le recuerda Harper—. Cuando algo te importa de verdad, buscas el fallo para tener una excusa y tirar abajo el trabajo antes de que otros te lo critiquen.
—Es una apuesta muy arriesgada, Harper —reconoce Victoria, acercándose a la mesa—. Si fallamos aquí, le estamos dando a Eleanor la excusa perfecta para joder nuestras carreras. Y adiós al plan que teníamos.
Harper se pone de pie, rodea el escritorio y se detiene a escasos centímetros de ella.
—No vamos a fallar —dice Harper con una convicción que no deja espacio a las dudas—. Tu diseño es impecable y mi texto es bueno. Además… confío en ti, Victoria.
A Victoria, esa última frase se le clava en el centro del pecho.
—Eso es trampa —murmura Victoria, sintiendo cómo la respiración se le acelera.
—¿El qué?
—Usar tus juegos de seducción para dejarme sin argumentos.
Harper suelta una risita, dando un paso más hacia ella hasta que la punta de sus tacones casi se toca.
—Acostúmbrate, porque pienso utilizarlo muy a menudo.
Victoria deja escapar un suspiro y, sin pensarlo dos veces, abre el cajón superior de su mesa y saca una carpeta.
—Deberíamos repasar esto antes de que acabe la semana —comenta, cambiando de tema.
Harper lee el título grabado en la solapa y su expresión se vuelve seria de inmediato.
—La propuesta de codirección.
—Quiero tenerla redactada antes de entregar el número —explica Victoria, abriendo el documento en la pantalla de su iPad—. Cuando Eleanor vea los resultados de ventas y el impacto de este número, le presentaremos esto directamente a la junta de accionistas.
Harper se inclina sobre el escritorio, leyendo las líneas del borrador. Después, se gira para mirarla. Sus rostros quedan a escasos centímetros de distancia.
—Llevo pensando en esto desde que estábamos en Chicago —confiesa Harper—. Desde antes, en realidad.
—¿Ah, sí? —interroga Victoria, bajando la mirada hacia los labios jugosos de su exmujer.
—Sí.
El corazón de Victoria da un vuelco.
—Harper…
—Esto no nos va a ayudar a concentrarnos —murmura Harper, aunque no hace el menor ademán de retroceder.
—Pues podrías apartarte tú —provoca Victoria, rodeándole la cintura con un brazo y pegándola suavemente contra su cuerpo.
El beso comienza como una chispa lenta, un roce dulce de labios que busca comprobar que todo lo que han vivido no ha sido producto de un sueño.
Pero en cuanto Harper abre la boca con un leve gemido, Victoria la atrae contra sí con una posesividad feroz, profundizando el beso, sintiendo el calor de su lengua y ese perfume embriagador que la vuelve loca.
Las manos de Harper se hunden en el pelo peinado de Victoria, despeinándola sin piedad, hasta que…
La puerta del despacho se abre de par en par sin previo aviso.
—¡Tenemos un problema! —anuncia Solange a punto de perder el aliento.
Victoria aparta las manos a la velocidad de la luz y Harper se aparta, con la cara ardiendo.
Solange se queda clavada en el umbral. Sus ojos van de Victoria —impecable, pero con el labial levemente corrido en la comisura— a Harper —con el pelo revuelto y el aliento entrecortado— y luego a la mesa desordenada.
—Vaya… —dice Solange, alargando la vocal con una sonrisa que intenta reprimir sin éxito—. Veo que el trabajo está siendo muy… intenso.
—¿Es que no te han enseñado a llamar antes de entrar, Solange? —pregunta Harper.
—Normalmente sí —responde Solange, disfrutando del momento—, pero Julian está de los nervios y he pensado que, evitar un baño de sangre en el plató, tenía cierta prioridad. Aunque viendo la panorámica, igual he interrumpido algo vital para la revista.
Victoria se aclara la garganta, aunque las orejas le arden.
—¿Qué ha pasado?
—Thomas Marlowe ha entrado en crisis. Como siempre —anuncia Solange—. Y estamos teniendo problemas con parte del equipo.
Harper echa la cabeza hacia atrás y suelta un suspiro.
—Pues habrá que ir a solucionarlo —dice y se gira para mirar a Victoria.
—Vamos.
Cuando Solange se adelanta para abrirles paso en el plató, Harper agarra la mano a Victoria justo antes de cruzar la puerta de entrada. Victoria se gira hacia ella y su exmujer señala con la mirada el despacho que acaban de dejar atrás.
—No te eches atrás con la propuesta —le susurra al oído.
Victoria la mira a los ojos, sintiendo cómo una sonrisa sincera y brillante se adueña de su rostro.
—Jamás se me ocurriría —le responde y después, mira al frente—. Ahora vamos a salvar esta sesión de fotos.
Harper le suelta la mano con un guiño pícaro y juntas cruzan el plató, listas para demostrarle al mundo que son capaces de conquistarlo todo juntas.