Te quiero a ti Capítulo 20
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Capítulo 20

El trayecto de regreso al hotel se convierte, desde el mismísimo instante en que la puerta pesada de la limusina privada se cierra, en una olla a presión.

El vehículo, cortesía de Velvet el cristal divisorio está subido y opacado, creando una burbuja íntima donde el único sonido es la respiración acompasada de ambas.

El champán, el subidón del éxito y, sobre todo, la cercanía sofocante de Victoria con ese vestido que le sienta como una segunda piel, terminan por demoler las últimas defensas profesionales de Harper. Cada rozamiento fortuito de sus vestidos sobre el asiento durante las curvas, la hace sonreír.

Sin embargo, no puede más. La contención que ha mantenido durante toda la noche se quiebra de golpe.

Harper busca la mano de Victoria en la penumbra del asiento.

Sus dedos se entrelazan con los de ella, apretándolos con una desesperación física y bruta que delata la tormenta interna que la atraviesa.

Siente la piel de Victoria tibia, el pulso acelerado en su muñeca, y la necesidad de acortar la distancia se vuelve una cuestión de supervivencia.

—Necesito sentir que esto es real, Victoria… —susurra Harper, girándose bruscamente hacia ella, con la voz rota por una mezcla de deseo y el miedo que, de repente, la atenaza—. Que no vamos a perdernos otra vez por culpa de esta maldita revista.

Victoria no duda ni un solo segundo. En sus ojos solo hay un hambre devoradora.

—Nada de lo que pase en los próximos días va a separarme de ti, Harper. Te lo prometo —responde Victoria, rodeándole la cintura con un brazo y atrayéndola hacia su regazo con una urgencia casi violenta.

El impacto de sus cuerpos provoca un gemido ahogado en la garganta de Harper.

Se entrega a ese encuentro furtivo, frenético e intensamente erótico con la sensación de quien se arroja al vacío sin paracaídas.

La prisa, los manotazos torpes por apartar sus vestidos y la necesidad de tocarse reflejan un miedo inconsciente y visceral a que el sueño vuelva a romperse al amanecer.

Harper se sienta a horcajadas sobre los muslos de Victoria y busca sus labios de nuevo.

—Harper… —jadea Victoria, echando la cabeza hacia atrás contra el respaldo mientras las manos de Harper se hunden bajo la tela para moldear la curva de sus pechos.

—Solo… tócame —ordena Harper, devorándole la boca en un beso hambriento, sucio y profundo.

El choque de sus lenguas es caliente y desesperado.

Victoria le responde con la misma voracidad, sujetándole la nuca con una mano y metiendo la otra entre su ropa.

La textura de la seda se desliza sobre la piel desnuda de los muslos de Harper hasta alcanzar su lencería.

Cuando los dedos de Victoria rozan el tejido ya húmedo y cálido, Harper se arquea, soltando un gemido agudo que queda amortiguado contra los labios de su exmujer.

—Hazme tuya, mi amor… —murmura Victoria.

Harper abre los ojos, encendida por la orden. Con la respiración desbocada, deja sus pechos al descubierto en la penumbra de la limusina. Las luces de los semáforos iluminan intermitentemente sus pezones erguidos, endurecidos por el frío del aire acondicionado y el deseo.

Victoria ahoga un taco en francés y se abalanza sobre ellos. Atrapa uno de los pezones de Harper entre sus labios, succionándolo con fuerza mientras la punta de su lengua juega en círculos alrededor. Harper se agarra con fuerza a los hombros de Victoria, clavándole las uñas.

—Sigue… no te atrevas a parar, ¿está claro? —ordena Harper, echando la cabeza hacia atrás, sintiendo el frío del coche bajo sus dedos mientras se balancea instintivamente sobre el regazo de la otra.

Victoria no le da tregua. Mientras continúa torturando de forma exquisita sus pechos con la boca, su mano diestra aparta de un tirón las bragas de Harper. Dos dedos largos y experimentados se hunden de golpe en la humedad abrasadora de su coño.

El impacto hace que Harper brinque en el asiento.

El placer la golpea como una ola gigante.

Victoria empieza a mover los dedos dentro de ella con un ritmo rápido, implacable, buscando ese punto interno que conoce de memoria desde hace años.

Con el pulgar, ejerce una presión constante y circular sobre el clítoris de Harper.

—Dime de quién eres —le pide Victoria.

—Tuya… joder, tuya —grita Harper, perdiendo por completo el control—. No… puedo…

El orgasmo la rompe en mil pedazos. Las paredes de Harper se contraen con fuerza alrededor de los dedos de Victoria, mientras su cuerpo entero entra en espasmos.

Harper hunde la cara en el hueco del cuello de Victoria, mordiéndole la piel para ahogar los gritos que amenazan con traspasar el cristal del chófer.

Victoria continua con el movimiento de sus dedos, prolongando las réplicas del clímax hasta que Harper se queda sin aliento, temblando como una hoja sobre su pecho.

Pero la tormenta no ha terminado.

Sin darle tiempo a recuperarse, Victoria la gira con una agilidad sorprendente en el espacio reducido del coche.

Harper queda de rodillas sobre el asiento de cuero, de espaldas a Victoria, apoyando las manos contra el cristal tintado que las separa de la noche de Chicago.

La vista de sus propios pechos reflejados en el cristal oscuro y la sombra de Victoria posicionándose detrás de ella le envía una nueva descarga de adrenalina.

Victoria deja su trasero expuesto. Con un tirón, rompe el encaje de sus bragas, dejándolas inservibles en el suelo del vehículo.

—Esta posición siempre ha sido mi favorita —murmura Victoria al oído de Harper, pegando su pecho desnudo contra la espalda de ella. Harper siente la fricción de la piel contra la piel, el calor abrasador que emana del cuerpo de su exmujer.

Victoria desliza una mano por el vientre plano de Harper hasta alcanzar de nuevo su sexo, que aún gotea por el orgasmo anterior. Con la otra mano, le sujeta la cadera con una fuerza posesiva, guiando el movimiento.

—Victoria, pisa el freno… —gime Harper, aunque sus caderas se echan hacia atrás por pura memoria muscular, buscando el contacto.

—Ni hablar. No hemos terminado —replica Victoria con determinación.

Desliza los dedos de golpe en el interior de Harper, mientras su boca se clava en la parte posterior de su cuello, dejando marcas rojas que tardarán días en desaparecer. El ritmo es frenético, sucio.

Harper apoya la frente contra la ventana, disfrutando del contraste entre el hielo del cristal y el fuego líquido que le quema las entrañas. Se mueve al compás que le marca Victoria, echando el culo hacia atrás en cada embestida de sus dedos, buscando una profundidad que la haga perder el sentido.

—Mira afuera, Harper —le exige Victoria al oído, amasándole un pecho con fuerza mientras la penetra cada vez más rápido—. Toda esa gente ahí fuera no tiene ni idea de cómo te deshaces entre mis manos. Eres la editora perfecta… pero aquí eres solo mía.

Las palabras de Victoria actúan como el detonante definitivo. La mezcla de la exhibición, la claustrofobia del espacio y la posesividad de su exmujer llevan a Harper directo al borde de un segundo orgasmo.

—¡Me voy a volver a correr! —advierte Harper, ahogando un sollozo de placer.

—Hazlo. Dame todo lo que tienes.

Victoria aumenta la velocidad de sus dedos, curvándolos hacia arriba, encontrando el ritmo perfecto que hace que Harper pierda la cabeza.

El segundo orgasmo llega con una violencia aún mayor que el primero.

Harper se arquea hacia atrás, buscando la boca de Victoria, mientras su sexo se contrae en espasmos violentos.

Un gemido gutural, largo y desinhibido se le escapa del pecho, resonando en el coche mientras las luces de los semáforos pintan su piel de rojo y verde.

Victoria retira los dedos despacio, disfrutando del temblor que recorre las piernas de Harper. La atrae hacia atrás hasta que Harper cae de espaldas sobre el asiento, exhausta, con los pechos al aire y las piernas abiertas.

Sin decir una palabra, Victoria se desliza hacia el suelo de la limusina, poniéndose de rodillas entre las piernas de Harper.

—Victoria… ¿qué haces? —alcanza a articular Harper.

—No cansarme de ti —responde Victoria con una mirada abrasadora.

Separando los muslos de Harper con las manos, Victoria hunde la cara directamente en su centro. Y la lame sin pensárselo dos veces. Harper suelta un chillido de sorpresa y placer, clavando los dedos en el pelo de Victoria, despeinándola por completo.

La lengua de Victoria trabaja con una destreza devoradora.

Harper se retuerce en el asiento, incapaz de controlar las sacudidas de sus caderas.

La sensación de la cabeza de Victoria entre sus piernas, entregada por completo a darle placer en el suelo de un coche en movimiento, es la experiencia más erótica que ha vivido jamás.

—¡Ahí! ¡Ahí! —grita Harper, impulsando sus caderas hacia la cara de su exmujer.

Victoria no se aparta. Traga sus fluidos, intensifica el ritmo de su lengua y le introduce dos dedos de nuevo mientras la lame sin piedad.

El clímax final deja a Harper flotando en un vacío de inconsciencia placentera.

Sus muslos aprisionan la cabeza de Victoria mientras el orgasmo sacude cada músculo de su cuerpo durante lo que parecen minutos eternos.

Cuando Victoria se separa, tiene los labios brillantes y el rostro encendido. Se incorpora despacio, limpiándose la comisura de la boca con el dorso de la mano con una elegancia que resulta insultante dada la situación.

El coche se detiene suavemente junto a la acera. El motor queda al ralentí. La voz del chófer suena a través del intercomunicador, discreta y profesional:

—Hemos llegado, señoritas.

El silencio cae sobre la limusina. Harper y Victoria se miran durante unos segundos, con el pecho agitado y los ojos desorbitados. En el suelo yacen los restos de su compostura.

Harper deja escapar una risotada histérica y baja la cabeza, cubriéndose la cara con las manos.

—Estamos completamente locas —murmura, intentando colocarse el vestido.

Victoria se pasa una mano por el pelo disipando el desorden, aunque una sonrisa de satisfacción absoluta le ilumina el rostro.

—Puede ser —susurra Victoria, arreglándole el vestido a Harper con delicadeza—. Pero ha valido cada maldito segundo.

Harper la mira, sintiendo cómo el miedo a perderla se ha evaporado por completo, sustituido por una certeza absoluta y abrasadora. Se arreglan como pueden en dos minutos a contrarreloj, borrando las huellas del delito antes de que la puerta de la limusina se abra desde el exterior.

Y cuando salen a la brisa helada de la noche de Chicago para cruzar el hall del hotel, ambas caminan con la cabeza alta, impecables por fuera, pero sabiendo que por dentro llevan el fuego de algo que nada ni nadie en Velvet & Silk podrá volver a apagar.