Capítulo 19
Las puertas de cristal del Museo de Arte Contemporáneo de Chicago se abren de par en par frente a Victoria y Harper poco después de las siete de la tarde.
La New Voices Fashion Gala ocupa casi todo el edificio.
El ambiente huele a dinero, champán y ambición desmedida.
En el vestíbulo, el movimiento de invitados entre las instalaciones vanguardistas, las pantallas digitales y las estructuras es un hervidero.
En lugar de limitarse a colgar vestidos sobre maniquíes aburridos, la organización ha convertido cada disciplina en un espectáculo: fotografías de gran formato suspendidas del techo, tejidos experimentales que reaccionan a la luz y proyecciones donde jóvenes creadores explican sus procesos.
Harper reconoce ese brillo en sus ojos al instante.
Es el mismo que ella tenía diez años atrás cuando empezó en el mundo de la moda.
Se para un segundo, con las manos apoyadas en las caderas, absorbida por la energía del lugar.
—Vale —murmura, casi para sí misma—. Eleanor tenía razón. Traernos aquí ha sido un acierto.
Victoria, a su lado, gira la cabeza. Lleva un vestido de líneas impecables, con mangas largas y una abertura lateral que ha dejado a su exmujer boquiabierta.
Harper ha intentado durante todo el trayecto desde el hotel no fijarse en cómo la tela se abraza a su cintura, en cómo ese color verde le resalta la piel o en el destello juguetón de sus pendientes. Un fracaso estrepitoso, por supuesto.
—Voy a grabarte diciendo eso, Brooks —responde burlona Victoria, dejando que una sonrisa aparezca en sus labios—. Puede que jamás vuelvas a darle la razón a Eleanor.
Harper la mira de reojo, acariciando su ropa sugerentemente.
—No te aproveches de un momento de debilidad.
—Demasiado tarde. Ya está grabado en mi memoria. —Victoria se acerca a ella y le susurra pegada a sus labios—: Igual que lo bien que te queda la lencería que llevas.
Harper se sonroja hasta las orejas.
Un asistente impecablemente uniformado comprueba sus acreditaciones y les entrega un par de pases negros con el logotipo dorado de la fundación. Harper se lo cuelga al cuello mientras evalúa el mapa del evento, contando cabezas y localizando los corros de gente influyente.
—Tenemos tres horas antes de la cena —dice Harper, consultando el reloj de pulsera—. Mejor patearnos esto antes de que las copas y los formalismos nos entorpezcan.
Victoria despliega el programa frente a ellas y adopta esa pose tan profesional que a Harper le vuelve loca.
—Fotografía documental a las seis y media, moda sostenible una hora después y una mesa redonda sobre consumo digital a las nueve —recita, acariciándose el labio inferior con el dedo—. Hay espacio para improvisar.
—Quiero pasar por el área de belleza —añade Harper, señalando con el mentón hacia el ala oeste—. Nuestras páginas llevan cinco años sacando las mismas marcas de siempre. Necesitamos frescura. Sangre nueva.
Victoria la mira y asiente.
—Luego dices que la del ojo clínico soy solo yo —apunta Victoria, y le da una palmadita en el culo—. Vamos a ver esas fotografías.
Las dos comienzan por la galería. Harper enseguida entiende por qué Eleanor las ha mandado a las dos. No vienen a buscar fotos bonitas para rellenar páginas; buscan identidades visuales tan potentes que casi puede maquetar la revista en su cabeza según las mira.
Se detienen al mismo tiempo ante una serie impactante: retratos de mujeres de más de cincuenta años, sin un solo retoque digital, vistiendo alta costura de diseñadores noveles en escenarios cotidianos —una lavandería, una parada de autobús, una cocina de azulejos desgastados—.
Las miradas de esas mujeres traspasan el papel.
—Brutal —comenta Victoria, dando un paso al frente con brazos cruzados sobre el pecho—. Me encanta el encuadre.
Da un paso al frente y echa un vistazo a la ficha de la pared.
—Naomi Reeves. Veintisiete años. Detroit.
—Podríamos tenerla en cuenta muy seriamente —suelta Harper de golpe, calculando ya los espacios publicitarios a doble página.
Victoria se gira hacia ella, arqueando una ceja.
—Estoy de acuerdo.
Naomi Reeves está a unos metros, hablando con un invitado. Harper se acerca a ella con la seguridad que da llevar años manejando espacios creativos.
—¿Naomi?
La chica se gira, confusa, hasta que sus ojos bajan a sus acreditaciones. La sorpresa le cambia el rostro al instante.
—Dios mío. Sí.
—Harper Brooks, Editora de Moda de Velvet es la forma instintiva en que la busca con la mirada, cómo se inclina hacia ella sin darse cuenta o la satisfacción que siente cuando se ríe de sus bromas.
Al salir de las ponencias, se apoyan en la balaustrada del piso superior a observar el bullicio de la gala.
—Nunca pensé que acabaríamos así —comenta Victoria como si nada—. Tú y yo. En Chicago. Buscando talentos en lugar de lanzarnos puñales por un puesto.
Harper se gira a mirarla. El vestidazo verde le sienta a Victoria como un guion hecho a su medida.
—Yo tampoco —admite Harper—. Si alguien me hubiera dicho esto hace seis meses, me habría reído en su cara.
Se ríen a la vez. El sonido de sus risas se mezcla con el murmullo de la música.
—Algunas cosas no cambian —murmura Victoria, mirándola a los ojos.
—Espero que otras sí —responde Harper antes de pensar.
Victoria se queda congelada un instante, sosteniéndole la mirada, pero la llamada por megafonía para el inicio de la cena rompe el hechizo.
El comedor principal está iluminado con velas y decorado con estructuras botánicas imposibles. Harper busca su mesa y, para su absoluta falta de sorpresa, los tarjetones con sus nombres están juntos. No distribuidos por la mesa para ganarse a más posibles socios.
—Eleanor —masculla Harper entre dientes.
Victoria suelta una risita mientras se sienta a su lado.
—Le atribuyes poderes divinos. Puede ser casualidad.
—Eleanor no cree en la casualidad, Victoria. Modificaría la órbita terrestre si eso le garantizara cerrar la edición a tiempo.
—Harper Brooks.
Una voz masculina hace que la mujer levante la cabeza. Es Sebastian Ward, antiguo director creativo de una firma europea con la que Harper trabajó años atrás. Se acerca con los brazos abiertos y le da dos besos efusivos.
—Sebastian, qué alegría verte.
Al separarse, los ojos del hombre caen sobre Victoria y su sonrisa se vuelve maliciosa en un segundo.
—Y Victoria Vance. Madre mía. ¿Es que habéis vuelto?
Victoria coge su copa de agua con una calma exasperante, mientras Harper se esfuerza por poner su mejor cara de póker.
—Estamos en Velvet & Silk juntas. Cubriendo el evento.
—Eso no contesta a mi pregunta —insiste el muy idiota.
—Porque no es de tu incumbencia, querido —responde Harper con dulzura.
Sebastian se echa a reír.
—Sigues teniendo las mismas garras de siempre, Harper. Me alegro.
La editora que tienen enfrente, Marianne Cole, se suma a la conversación apoyando la barbilla en las manos.
—Yo siempre he creído que vuestra química era brutal. Y tengo muy claro que no la habéis perdido.
Victoria se atraganta con el agua y empieza a toser. Harper le da un par de palmaditas en la espalda mientras le murmura al oído:
—Ni se te ocurra darles la razón.
La cena transcurre entre risas, discursos y un menú de autor que Harper apenas prueba de lo concentrada que está en anotar las diferentes ideas que se le pasan por la cabeza. Se descubre disfrutando como hacía años que no lo hacía. Sin defender su territorio. Sin miedo a que le pisen el trabajo.
Tras el postre, bajan al área de belleza, y localizan la firma que Harper quería ver: Serein Labs . Su concepto de biotecnología y envases reciclables la atrapa de inmediato. Prueba un labial rojo borgoña sobre el dorso de su mano.
Victoria se acerca tanto por detrás que Harper siente el calor de su cuerpo. Se inclina sobre su mano para ver el tono.
—Es precioso —dice Victoria, evaluando la textura.
—Y se nota diferente —comenta Harper, intentando ignorar la cercanía de los labios de la mujer en su oreja—. Nada que ver con el rojo comercial que llevamos sacando tres temporadas.
Hablan con la fundadora, recogen muestras y se alejan hacia un rincón más tranquilo. Harper examina los folletos bajo los focos de una escultura.
—Esto puede darle una vuelta tremenda a la sección de belleza —dice entusiasmada—. Un perfil de innovación.
Se miran y Victoria le dedica una sonrisa pícara.
—Qué horror. Estamos de acuerdo en todo.
—Empieza a dar pavor —admite Harper, guardando las tarjetas en el bolso—. Parecemos un equipo de verdad.
—En mi cabeza, tú eres la que traduce mis locuras visuales en palabras que la gente entiende —comenta Victoria, bajando el tono.
Harper se queda sin respuesta. Ese cumplido, viniendo de alguien tan exigente como Victoria Vance, vale más que cualquier ascenso.
Camino a la salida, un camarero les ofrece dos últimas copas de champán. Victoria coge ambas y le da una a Harper.
—Brindemos antes de volver a la jungla.
—¿Por qué brindamos?
Victoria mira el montón de tarjetas que Harper lleva en la mano y luego la mira a ella a los ojos.
—Por nosotras. Por haber descubierto talento del bueno. Y por no habernos matado en el intento.
Harper mueve su copa hacia la suya.
—Brindo por eso. Con reservas respecto a la parte de no matarte.
«A besos», se dice.
Al salir a la calle, el aire helado de Chicago las golpea de lleno. Harper se abrocha el abrigo mientras bajan la escalinata del museo. La ciudad se despliega ante ellas llena de luces, rascacielos y el viento resonando en las avenidas.
Victoria mete las manos en los bolsillos de su abrigo y se gira hacia ella con una sonrisa franca, hermosa y sin escudos.
—¿Vamos ya al hotel? —propone de inmediato.
Se acerca a Harper y le da un mordisco en el labio inferior.
—Claro.