Te quiero a ti Capítulo 18
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Capítulo 18

Pronto, Harper descubre que fingir que no quiere acostarse de nuevo con su exmujer va a ser muy difícil.

Victoria lleva un traje de chaqueta gris antracita de corte, una blusa de seda marfil que deja al descubierto la clavícula —esa misma zona donde Harper hundió los dientes de madrugada— y el pelo recogido en una coleta baja que despeja la línea de su cuello.

Revisa las últimas páginas del dosier con la concentración de quien jamás ha perdido el control de una situación.

«Qué falsa», piensa Harper, y contiene un resoplido.

—¿Puedes dejar de mirarme? —murmura Victoria sin levantar los ojos del papel, pasando una página.

Harper se sobresalta, recolocando su propia carpeta de un manotazo.

—No te estaba mirando.

—Llevas aproximadamente treinta segundos haciéndolo —replica Victoria, alzando la mirada despacio—. Y sí, los he contado.

Harper aprieta los labios, sintiendo cómo el calor le sube a las mejillas.

—Cállate.

La comisura de la boca de Victoria se eleva. Ese gesto tonto basta para que el estómago de Harper dé una pequeña voltereta sin justificación racional.

—Recuerda… aquí somos dos trabajadoras más.

—Como sigas hablando, te voy a enseñar yo lo que es trabajar —replica Harper.

—Uy, qué carácter —sonríe la directora de arte, ajustándose el reloj de pulsera—. Me gusta cuando te pones así de peleona.

—Buenos días.

La voz cortante de Eleanor irrumpe desde la puerta y ambas se incorporan al instante, guardando las distancias. Harper siente que el movimiento ha sido demasiado brusco, pero no tiene tiempo de lamentarlo. Eleanor entra en la sala escoltada por la plana mayor del consejo.

—Espero que estéis preparadas —dice Eleanor, ocupando la cabecera con esa autoridad natural que la caracteriza.

Victoria cierra la carpeta.

—Siempre.

Harper la mira de reojo, entornando los ojos.

—Habla por ti… —le murmura.

—Llevas despierta desde las cinco y cuarenta —observa Victoria, bajando el tono mientras se coloca un bolígrafo tras la oreja—. No me digas que no te ha dado tiempo a repasar.

Harper gira la cabeza bruscamente hacia ella.

—¿Cómo sabes a qué hora me he levantado?

Victoria alza una ceja.

—¿Porque me enviaste el correo a esa hora?

Harper se obliga a carraspear y fijar la vista en la pantalla principal. Marissa Chen, sentada enfrente, le dedica una sonrisa perspicaz que Harper prefiere no analizar.

La reunión arranca con el informe financiero. Las métricas preliminares del número son incontestables: desde la llegada de Victoria y el rediseño conjunto, el interés de las firmas internacionales se ha disparado y la prueba de portada ha convencido al departamento comercial.

Cuando llega el turno de la presentación creativa, Harper se pone en pie.

Victoria hace lo propio a su lado. La pantalla se ilumina mostrando la imagen definitiva de la portada: la modelo de posa poderosa, envuelta en una composición donde la luz y la sombra juegan con una sofisticación magnética.

Es la síntesis de ambas: el ojo estético impecable de Victoria y la calidez comercial de Harper.

—Este es el concepto definitivo de portada —empieza Harper, proyectando una voz firme y segura—. Buscábamos alejarnos de la elegancia estática. El número gira en torno a la redefinición: mujeres y marcas que se reinventan sin perder su esencia.

Victoria toma el relevo sin pausar el flujo del discurso.

—Tratamos el espacio con contrastes drásticos —añade la directora de arte, indicando los detalles en la pantalla con un puntero láser—.

Alta costura combinada con texturas industriales.

Queremos que la lectora habitual reconozca la excelencia de Velvet & Silk , pero que note que la revista está dando un paso al frente.

Peter Hollis se acomoda los anteojos, buscando el fallo.

—¿No teméis alejar a nuestra audiencia más conservadora?

Harper no duda un segundo.

—No cuando la evolución guarda coherencia. Nuestra lectora de siempre se va a reconocer.

Victoria cruza una mirada rápida con Harper. Es apenas un destello, un lenguaje sin palabras que dice «lo tenemos».

Durante cuarenta minutos más, desglosan el interior, las piezas digitales y la sección de talentos emergentes. Eleanor las escucha sin interrumpir una sola vez, mantenida en un silencio analítico que a Harper le pone los pelos de punta.

Eleanor hojea el documento impreso con lentitud.

—Esperaba un trabajo notable… —dice, alzando la vista hacia ambas—. Pero esto roza la excelencia.

Un alivio inmediato se extiende por el pecho de Harper. A su lado, nota cómo los hombros de Victoria se relajan imperceptiblemente.

—Gracias, Eleanor —responde Harper.

La mujer entrelaza las manos sobre la mesa, examinándolas con una fijación casi clínica.

—Me complace ver, además, que habéis archivado vuestra afición a destruiros mutuamente en público.

Varios consejeros sofocan una sonrisa. Victoria se apoya en el respaldo con una compostura envidiable.

—Somos profesionales, Eleanor. Sabes perfectamente hacer nuestro trabajo sin que las discrepancias personales interfieran.

—Por supuesto —responde Eleanor con una ternura sospechosa—. Solo me alegra comprobar lo bien que os compenetráis cuando dejáis a un lado el pasado.

El silencio que sigue en la sala es tenso. Harper se mantiene erguida, aunque por dentro siente que el suelo se tambalea.

—Y precisamente por eso… —prosigue Eleanor, activando la pantalla secundaria—, quiero que asumáis juntas la representación de la revista en la New Voices Fashion Gala de Chicago.

Marissa Chen arquea las cejas.

—¿La gala del Museum of Contemporary Art?

—Exacto. —Eleanor muestra el programa del evento—.

La fundación reúne a lo mejor del talento joven: fotografía, diseño sostenible, estilismo vanguardista.

Necesitamos detectar nuevas firmas antes de que la competencia las fiche.

Y quiero que seáis vosotras quienes viajéis.

—Harper apoya los codos en la mesa, mirando a la mujer—.

Traedme una firma, un fotógrafo o una narrativa visual que rompa nuestros esquemas habituales. Un riesgo calculado.

Victoria gira la cabeza hacia Harper. Harper la mira a su vez. Una sonrisa compartida, franca y sin corazas, surge entre ambas espontáneamente.

—Suena a un reto divertido —admite Harper.

—Peligrosamente divertido —añade Victoria.

Eleanor suspira con una mezcla de condescendencia y victoria.

—Procurad no incendiar Chicago. Os he reservado el alojamiento en el hotel habitual del grupo.

Harper se congela medio segundo. A Victoria se le borra la sonrisa de golpe. El recuerdo del último viaje de empresa flota instantáneamente en la memoria de las dos.

Al dar por finalizada la sesión, los directivos comienzan a recoger sus carpetas y abandonar la sala. Victoria guarda su pluma en el maletín con parsimonia. Harper aguarda a que los consejeros crucen la puerta antes de inclinarse hacia ella.

—¿Tú también notas que Eleanor está jugando con nosotras? —susurra Harper.

Victoria no levanta la vista del maletín.

—Tengo la certeza de que esa mujer sabe exactamente cuántas horas hemos dormido este fin de semana.

—Imposible. Si hemos sido súper discretas.

—Harper, Eleanor lleva treinta años en este negocio detectando mentiras. Sabe leer a la gente mejor que tú y yo juntas.

—Bueno, mientras no tenga pruebas y los resultados salgan adelante, no puede usarlo en nuestra contra —argumenta Harper, ajustándose la chaqueta.

Victoria cierra el broche del maletín y la mira directamente a los ojos.

—Antes te habría aterrorizado que sospechara algo.

—Y también pensaba que venías a quitarme el puesto y mandar mi carrera al traste —confiesa Harper con una sonrisa franca.

Victoria devuelve la sonrisa, despacio y con esa calidez recuperada que le ablanda la mirada.

—Todavía puedo intentar arrebatártelo, Brooks.

Harper da un paso hacia ella, desafiante.

—Inténtalo, Vance.

La tensión vuelve a chispear entre ambas, pero ya no quema. Victoria baja la voz.

—Solo debemos recordar no perder el rumbo con nuestros planes.

—No te preocupes, lo haremos juntas —sentencia Harper.

La dos salen y se dirigen al plató de fotografía. Allí, el bullicio habitual de la revista está en su punto álgido. Julian revisa unas capturas en la pantalla gigante mientras Solange instruye a una asistente sobre la colocación de un bolso de mano.

—No puede quedar ahí tirado sin más —protesta Solange, moviendo las manos—. Tiene que transmitir estatus, deseo, urgencia.

La asistente resitúa la pieza con timidez.

Harper se ríe al acercarse. Solange se gira al instante.

—Por fin salís del cónclave. ¿Habéis sobrevivido a Eleanor?

Julian se asoma por detrás del monitor.

—Por vuestras caras de satisfacción, diría que vuestro trabajo ha gustado.

Victoria deja su dosier sobre la mesa de trabajo.

—Y sin pegas.

Julian se lleva la mano al pecho con dramatismo. Solange abandona los estilismos y se planta frente a ellas con los ojos entornados.

—¿Qué más os ha dicho Eleanor? Sé que hay algo más.

—Nos vamos a Chicago —anuncia Victoria.

—¿A la New Voices Gala ? —exclama Solange, abriendo mucho los ojos.

—La misma —asiente Harper.

—¡Llevo dos años pidiendo ir a ese evento! —se queja Solange, señalándose el pecho.

Solange se cruza de brazos, estudiando la postura de Victoria y la de Harper.

—Mmm… Chicago —murmura la estilista con tono malicioso—. Un viaje de trabajo. Lejos de la oficina. En un hotel de lujo…

Victoria la mira con frialdad ejecutiva.

—Es una misión de captación de talento, Solange. Nada más.

—Claro, claro —sonríe Solange de oreja a oreja—. Seguro que os pasáis las noches repasando hojas de cálculo.

Julian ahoga una carcajada detrás del monitor.

—Yo opino exactamente lo mismo.

—Nadie ha pedido tu opinión, Julian —saltan Harper y Victoria al unísono.

Los dos asistentes se quedan en silencio un segundo. Solange suelta una risotada triunfal.

—Es fantástico cuando habláis a la vez —se burla Solange—. Tenéis la misma sincronización que un matrimonio de cincuenta años.

Harper pone los ojos en blanco, aunque no puede reprimir una sonrisa.

—A trabajar todo el mundo —ordena Harper, intentando sonar severa sin conseguirlo.

Julian vuelve a las imágenes y Victoria se aproxima a la pantalla para comentar unos encuadres con él.

Harper se queda un instante observándolas.

Hace tan solo unas semanas, el regreso de Victoria era una amenaza que amagaba con destruir todo lo que había construido.

Hoy, el número está encaminado, la alianza entre ambas es más sólida que nunca y el futuro pinta absurdamente brillante.

Solange se coloca a su lado, contemplando la escena en silencio.

—Tengo la corazonada de que lo de Chicago va a ser revelador —susurra la estilista con cariño.

Harper mira a Victoria. En ese preciso instante, la directora de arte aparta la vista del monitor y la busca al otro lado de la sala. Sus miradas se cruzan, sosteniendo una promesa silenciosa.

—Sí —responde Harper en un murmullo—. Yo también lo creo.