Te quiero a ti Capítulo 17
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Capítulo 17

Victoria guía a Harper hacia el dormitorio casi quitándole el aliento, desnudándola despacio bajo la tenue luz de las lámparas de noche.

El silencio del apartamento en Brooklyn solo se ve interrumpido por el murmullo lejano del tráfico de la ciudad y por el crujido de la madera bajo sus pasos.

Harper se deja llevar, con los ojos brillando en la penumbra dorada y los labios entreabiertos por una respiración que se vuelve cada vez más acelerada.

Victoria no tiene prisa. Cada movimiento es deliberado, calculado con la precisión de quien conoce de memoria la anatomía de un deseo que ha estado contenido durante largos años.

—Quiero asegurarme de que no olvides ni un solo segundo de esta noche, Harper —susurra Victoria sobre sus labios, recorriendo su piel con besos lentos que descienden por la línea de la mandíbula hasta el cuello.

—No hay forma de que lo olvide cuando me miras así… como si fuera lo único importante —responde Harper abrazándose a su cuello, hundiendo los dedos en el pelo de su exmujer y pegando sus caderas con una urgencia que rompe el ritmo pausado de Victoria.

El abrigo de Victoria cae al suelo, seguido de la chaqueta de Harper.

Y poco a poco, el resto de sus ropas se rinden ante la impaciencia de las dos.

Victoria deja escapar una risa baja, profunda y caliente contra la piel de la garganta de su exesposa, disfrutando del contraste entre la ejecutiva impecable que domina las reuniones de Velvet & Silk y esta mujer vulnerada por el instinto.

—Tranquila, Brooks… —murmura Victoria, deslizando las manos hasta acariciar su cintura—. No nos vamos a ir a ninguna parte.

—Cállate y déjame terminar de desnudarte —exige Harper contra sus labios, aprisionando el labio inferior de Victoria entre sus dientes y tirando de él con un bocado suave que desata un gemido ahogado en la directora de arte.

Victoria complace la orden. Se despoja de lo que queda de su ropa de un tirón, dejándola caer sobre la alfombra de la habitación, y a continuación hace lo mismo con Harper.

La luz de las lámparas de mesilla dibuja sobre la piel de Harper un mapa de sombras sinuosas.

Llama la atención la curva perfecta de su pecho contenido por un sujetador negro, y el temblor imperceptible de su vientre.

Victoria se queda congelada un segundo, admirándola. La elegancia de Harper siempre la ha hipnotizado, pero desnuda de sus corazas profesionales es una visión casi sagrada.

—Eres la mujer más sexy del mundo —confiesa Victoria, pasando las yemas de los dedos por el borde superior del encaje.

—Demuéstralo —desafía Harper, clavándole la mirada.

Las manos de Victoria se deslizan hacia la espalda de Harper, encontrando el broche del sujetador con la destreza de quien lo ha desabrochado mil veces en otra vida.

Los pechos firmes de Harper quedan expuestos, con los pezones erguidos por el contraste del aire fresco de la estancia y el calor ardiente que emana de Victoria.

Victoria se inclina, atrapando una de las aureolas con la boca.

Harper arquea la espalda instintivamente, soltando un jadeo agudo que se clava en el aire de la habitación.

La lengua de Victoria trabaja en círculos lentos, húmedos y firmes, mientras su mano rodea el otro pecho, amasándolo con la fuerza justa para provocar una mezcla de placer y necesidad devoradora.

—Victoria… ah, Dios… —suplica Harper, echando la cabeza hacia atrás sobre el colchón al que Victoria la ha ido reclinando poco a poco.

—Dime qué quieres —exige Victoria sin detener el tormento de su boca, descendiendo con pequeños besos por el esternón, mordisqueando la piel de su abdomen hasta llegar a la cintura de Harper.

—A ti. Te quiero a ti. —respira Harper, clavando las uñas en los hombros desnudos de Victoria.

Victoria se despoja de la última prenda de lencería con una parsimonia estudiada, exponiendo la desnudez completa de su exesposa bajo la luz.

Entre las piernas de Harper se adivina ya una humedad brillante que huele a deseo, a esa fragancia íntima que Victoria reconocería con los ojos cerrados en cualquier lugar del mundo.

El contacto de piel contra piel produce una descarga eléctrica inmediata. El calor de sus vientres chocando saca un chispazo de electricidad de ambas.

—Mírame, Harper —ordena Victoria, colocándose entre sus muslos separados.

Harper abre los ojos, pesados por la excitación, y encuentra la mirada fija y dominante de la directora de arte.

Victoria baja la mano lentamente, recorriendo la cara interna del muslo de Harper hasta rozar el centro de su sexo.

Harper deja escapar un gemido ahogado y separa aún más las piernas, entregándose sin reservas al contacto.

Las yemas de Victoria, húmedas y tibias, empiezan a acariciar los labios carnosos de Harper, repartiendo la lubricación natural por toda la zona antes de centrarse en el clítoris, que sobresale hinchado y latiendo de deseo.

—Me encanta lo mojada que siempre estás para mí —murmura Victoria con una sonrisa de satisfacción que le enciende el cuello a Harper—. Que sigas reaccionando exactamente como la primera vez.

—Sigue… por favor, Victoria —suplica Harper, elevando las caderas para buscar más presión contra sus dedos.

Victoria complace la petición. Aumenta el ritmo sobre el clítoris, alternándolo con caricias que van desde el perineo hasta la entrada de su sexo.

Con la otra mano, sostiene la cintura de Harper, manteniéndola pegada a la cama mientras su boca vuelve a devorar la de su exmujer en un beso profundo, hambriento, impregnado de lenguas que se enredan con violencia.

De pronto, Victoria desliza un dedo hacia el interior. La estrechez y el calor de Harper la envuelven de inmediato. Harper ahoga un grito contra la boca de Victoria, cerrando los ojos con fuerza ante la intensidad de la penetración.

—Abre los ojos —insiste Victoria, besándole la mejilla y la comisura de los labios—. Quiero que me veas dentro de ti.

Harper abre los ojos, anegados en lágrimas por el placer, y sostiene la mirada de Victoria mientras esta introduce un segundo dedo con lentitud, estirando sus paredes internas con un dominio absoluto.

El ritmo se vuelve constante, un movimiento profundo, que busca hacer que Harper se retuerza sobre la sábana.

—Ahí… ¡sí! ¡Victoria, ahí! —chilla Harper, perdiendo por completo la compostura, rodeando con sus piernas la cintura de Victoria para encajarla aún más hondo.

El movimiento de la mano de Victoria se vuelve más rápido, coordinando el trabajo de los dedos en el interior con la presión constante del pulgar sobre el clítoris.

Victoria acelera el ritmo, sintiendo cómo las paredes internas de Harper empiezan a contraerse rítmicamente alrededor de sus dedos, aprisionándola en un abrazo carnoso y ardiente.

—Vamos… Harper —afirma Victoria, rozándole la frente con los labios, intensificando los embistes de su mano—. Córrete para mí. Empápame.

—¡Victoria! —grita Harper, abriendo la boca en una plegaria mientras el primer gran espasmo del orgasmo la sacude de arriba abajo.

Las paredes vaginales de Harper se contraen con violencia salvaje alrededor de los dedos de Victoria, expulsando una oleada de calor y humedad que baña la mano de su exmujer.

Harper se arquea sobre el colchón, con los músculos en tensión, temblando convulsivamente mientras el clímax se extiende en oleadas sucesivas por todo su cuerpo.

Victoria no detiene el movimiento de sus dedos, manteniendo una presión suave sobre el clítoris para alargar el placer de Harper hasta el límite de la agonía.

—Dios mío… Dios mío… —solloza Harper entre jadeos, cayendo exhausta sobre la almohada cuando la intensidad empieza a amainar poco a poco.

Victoria extrae los dedos despacio, saboreando el calor retenido en su piel, y se desliza hacia arriba por el cuerpo de Harper hasta quedar cara a cara. Harper, todavía temblando por los restos del orgasmo, busca sus labios con desesperación.

—Voy a hacer que te olvides hasta de cómo te llamas —dice Harper después, devolviéndole la jugada.

Harper desciende por el cuerpo de Victoria con una cadena de besos voraces.

Atrapa los pezones de Victoria con la boca, succionando con fuerza hasta sacarle a la directora de arte un gemido que retumba en su pecho.

Las manos de Harper bajan por las caderas de Victoria, abriéndole las piernas y acomodándose entre sus muslos.

El sexo de Victoria está tan mojado y dispuesto como el de ella. Harper no pierde el tiempo: se inclina y pasa la lengua directamente sobre el clítoris de Victoria, de abajo arriba, en un trazo largo y húmedo.

—Me encanta… —exclama Victoria, clavando los dedos en las sábanas y alzando la pelvis de forma involuntaria.

Harper sonríe contra la piel húmeda de su exmujer.

Aplica su lengua con maestría, alternando pasadas rápidas y planas sobre su centro antes de encontrarse con el clítoris.

Al mismo tiempo, introduce dos dedos en el interior de Victoria, sacando un gemido ronco y desgarrado de la garganta de la imperturbable ejecutiva.

—A ver si sigues dando órdenes ahora —susurra Harper contra su sexo.

Victoria pierde por completo el control.

Ella, que siempre necesita dirigir cada aspecto de su vida y de su carrera, se entrega a la vorágine que Harper está creando entre sus piernas.

Sus muslos tiemblan contra las mejillas de Harper, y sus manos abandonan las sábanas para agarrar el pelo de su exmujer, guiando el ritmo con una desesperación maravillosa.

—Más rápido… Harper, por favor… —suplica Victoria, perdiendo la voz entre jadeos entrecortados.

Harper no cede un milímetro. Hunde sus dedos hasta el nudillo en la cavidad ardiente de Victoria, mientras su lengua no deja de orbitar alrededor del clítoris hinchado. El sonido íntimo de la pasión compartida se vuelve estruendoso en la quietud de la habitación.

El cuerpo de Victoria se tensa como un arco a punto de dispararse y el clímax la destruye.

Las contracciones de Victoria son poderosas, rítmicas y prolongadas.

Harper sostiene el ritmo con dedicación casi obsesiva, sintiendo cómo el sexo de Victoria la aprieta con fuerza, corriéndose en la boca de Harper.

Las piernas de Victoria tiemblan sin control sobre los hombros de Harper mientras el orgasmo termina de recorrer hasta la última fibra de su ser.

Harper se desliza hacia arriba despacio, besando el vientre sudoroso de Victoria, sus pechos agitados por la respiración dificultosa y, finalmente, sus labios.

Victoria la acoge con una fuerza casi desesperada, envolviéndola en sus brazos y piernas, pegándola a su cuerpo deshecho como si temiera que, si la soltara, pudiera disolverse más allá de esa habitación.

Los cuerpos desnudos permanecen entrelazados sobre la cama revuelta. El pulso de ambas se va desacelerando poco a poco, dejando paso a una paz profunda, espesa y llena de significados no dichos.

—Eso ha sido… —empieza a decir Victoria con la voz áspera y exhausta.

—Incomparable —completa Harper, apoyando la barbilla sobre el pecho de Victoria y mirándola con una sonrisa radiante.

Se quedan en silencio durante unos minutos largos, escuchando el latido acompasado de sus corazones.

La luz grisácea del amanecer de un sábado en Nueva York empieza a colarse suavemente por los resquicios de las persianas, iluminando el caos de ropa tirada en el suelo y la belleza serena de dos mujeres que, tras años de guerra fría y distancia física, finalmente han vuelto a encontrar el camino de casa.

—No quiero que esto sea un paréntesis de unas cuantas noches… —dice Victoria de pronto, romper el silencio con una gravedad que nada tiene que ver con la broma anterior. Sus dedos se detienen en la nuca de Harper.

Harper alza la vista, encontrándose con la mirada franca y sincera de su exmujer.

—Y no lo será, Victoria —responde Harper, posando una mano sobre la mejilla de la directora de arte—. Pero todavía hay que verse las caras con Eleanor.

Victoria sonríe, y por primera vez en años, es una sonrisa carente de toda arrogancia, llena de una fe ciega en el futuro.

—Y lo haremos… —dice Victoria, besándola profundamente en los labios—. Esta vez jugamos en el mismo equipo.