Te quiero a ti Capítulo 16
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Capítulo 16

La velada termina cerca de la medianoche.

Solange acaba de marcharse y Julian se ha despedido con un abrazo y una mirada de complicidad que no augura nada bueno.

Y ahora, Harper se ajusta la solapa del abrigo mientras contempla el espectáculo diario del clan Vance: Victoria discutiendo con su hermano menor porque este insiste, con cabezonería, en buscarles él un taxi.

Harper se echa a reír.

—No te preocupes, vamos a ir dando un paseo —le anuncia.

Victoria no se lo piensa. Termina de arreglarse y le pega un beso a su hermano en la mejilla.

—Ya hablaremos otro día de lo que has hecho hoy.

—Gracias por todo, Liam —añade Harper y le guiña un ojo.

Harper inhala en cuanto la brisa otoñal les alcanza, dejando que el frío de Brooklyn le limpie los pulmones. Las calles de Williamsburg tienen una vida increíble y es algo que siempre le pone una sonrisa en los labios.

Junto a Victoria, avanza sin dejar de pensar en cómo ha ido la noche.

—Todavía no me creo que Liam haya tenido las agallas de invitar a Rachel —comenta Victoria, rompiendo el hielo mientras se frota las manos antes de guardarlas en los bolsillos—. Sobre todo, después de cómo gestionó lo nuestro.

—Supongo que también quería dejar atrás el pasado.

—Puede ser.

Las dos mujeres sonríen y lejos queda ya ese rencor con el que se miraron en Velvet & Silk cuando se vieron después de muchos años.

—Por cierto —dice Victoria—, Solange ha estado insoportable durante toda la cena.

Harper casi da un paso en falso, y se recoloca el bolso sobre el hombro para disimular la repentina rigidez que la azota.

—Qué va. Ha estado tan adorable como siempre.

—Espera a que te haga el interrogatorio cuando vayamos a las oficinas mañana —bromea Victoria imaginándose la situación.

—Si las cosas se notan… tampoco podemos culparla ¿no?

—Y seguro que ya le has contado todo lo que ha pasado, ¿verdad? —adivina Victoria. Al ver la cara de Harper, sonríe y niega con la cabeza—. No es un reproche, tranquila.

Harper no puede evitar que se le escape una pequeña sonrisa.

—Quizá le solté una versión resumida. La estrictamente necesaria para evitar que me diera un infarto después de volver a besar tus labios.

—¿Y qué piensa?

—Que no deberíamos ponernos una etiqueta ahora mismo. Que disfrutemos del ahora… —responde Harper, buscando la mirada de Victoria—, y que el resto ya se pondrá en su sitio.

—Qué filosófica.

—Ya te digo.

Las dos se echan a reír.

Después, Victoria suelta un suspiro que se transforma en una pequeña nube de vapor en el aire frío.

—Por primera vez en mucho tiempo, coincido con el criterio de Solange.

Harper parpadea y echa un vistazo a su alrededor.

—¿A ti también te asusta esto que está pasando?

—Mucho —admite Victoria sin un solo parpadeo—. Ya sabes que odio no tener el control de la situación.

Con deseo de llegar antes, paran un taxi en la avenida y cruzan el puente de Williamsburg mientras Harper echa un vistazo a través de la ventanilla.

El East River parece un manto de tinta negra que refleja el skyline iluminado de Manhattan.

Nueva York brilla al fondo como ese gigante que nunca duerme, pero dentro del vehículo, se vive una historia totalmente diferente.

Cuando el taxi las deja en el Lower East Side, Harper sugiere continuar a pie. Victoria acepta sin dudarlo.

Caminan por Nolita, entre los edificios y los escaparates de tiendas de diseño ya a oscuras.

—¿Qué vamos a hacer cuando el resto e la redacción se entere de… esto? —pregunta Harper, hundiéndose en el cuello de su abrigo.

Victoria la mira de perfil, arqueando una ceja.

—¿No habíamos dicho que sin etiquetas? —bromea Victoria, ralentizando el paso.

—Y no quiero hacerlo. Las cosas son como son —admite Harper, mirando sus propias botas—. Pero volviendo a la realidad: tenemos un problema llamado Eleanor, y ella no va a darnos ningún respiro. Porque si usa nuestra relación personal para desestabilizarnos, puede costarnos caro.

—No voy a permitir que juegue con mi trabajo. Ni con el tuyo —asegura Victoria y se agarra del brazo de Harper—. Puede que este ruido le interese, pero no va a conseguir jugar con nosotras. Y por eso… —Victoria se detiene justo debajo de una farola—. Tengo una propuesta.

Harper la observa, buscando sus manos.

—Soy todo oídos.

—Presentarle a la junta un plan para unir fuerzas y reunificar los departamentos en un solo que podamos dirigir nosotras. Tanto en Estados Unidos como en las publicaciones internacionales.

Harper abre la boca, sin poder creérselo.

—¿Eso no es demasiado ambicioso?

—No. Porque es exactamente el plan que ella tuvo desde el principio.

Con el añadido de que podríamos unificar a todos los equipos —le explica Victoria—.

Tú podrías asumir la estrategia editorial y la narrativa comercial de Velvet & Silk .

Y yo me quedaría con la dirección artística, el diseño de producción y la expansión internacional.

Harper se la queda mirando, buscando la letra pequeña. Pero solo encuentra la mirada decidida de la mujer de la que se enamoró hace años.

—A Eleanor le va a dar algo. No creo que tenga pensado unir todos los departamentos. Más bien creo que quiere dejar claro a todos los accionistas que ella sí sabe cómo mover la revista. El clásico «divide, destaca y vencerás».

—Eleanor es una empleada más para la junta —rebate Victoria con frialdad analítica—. A los accionistas les importan los números. Si les presentamos un proyecto sólido donde dos talentos se potencian en lugar de dividir y querer destacar por encima del resto, la junta lo comprará.

Harper echa a andar de nuevo para canalizar la descarga de adrenalina que ahora mismo le recorre el cuerpo. Victoria se empareja a su lado sin perder el paso.

—No tengo ni idea de cómo podemos hacerlo —admite Harper, sintiendo un poco de vergüenza.

—Podemos pulirlo en tu piso —responde Victoria con una sonrisa descarada que le saca a Harper una carcajada involuntaria—. Si Eleanor quiere ruido… pues tendrá ruido.

—Eres insoportable. Una manipuladora nata.

—Pero sabes que tengo las de ganar.

La propuesta es brillante desde el punto de vista corporativo, pero también implica jugarse años de dedicación. Y, sobre todo, aceptar de una vez que este trabajo junto a Victoria, le hace muy feliz.

—¿De verdad estarías dispuesta a jugártelo todo a una carta? —pregunta Harper, deteniéndose en la esquina de Washington Square Park.

Victoria se frena a pocos centímetros de ella.

—Sí, sin dudarlo —pronuncia Victoria, remarcando cada palabra—. No pienso volver a cometer que cometí en el pasado, Harper. En París pensé que el éxito llenaría todo lo demás. Pero me equivoqué. Y no voy a tropezar dos veces con la misma piedra.

A Harper se le forma un nudo amargo en la garganta.

—No digas cosas de las que te puedas arrepentir…

—No me voy a arrepentir —asegura Victoria sin pestañear—. Estoy segura.

Harper baja la vista hacia los labios de Victoria, sintiendo ganas de comérsela ahí mismo.

—Lo único que me da miedo… es que esto salga muy mal y acabemos como la otra vez.

—Yo también tengo miedo —admite Victoria, y alza una mano para rozar el cuello de Harper—. Pero no quiero seguir fingiendo que estoy completa. Ya no quiero construir una versión de mí misma que no necesite a nadie. Te necesito a ti, Harper.

La frase la desmantela. Harper necesita moverse, necesita aire, así que se adentra en el parque. Las hojas secas crujen bajo sus pies. El arco de Washington Square se alza al fondo, bañado por varios focos amarillos.

—¿Sabes qué es lo que más gracia me hace? —dice Harper mientras caminan bajo los árboles.

—Sorpréndeme.

—Que el éxito por el que nos separamos hace años, ya no tiene mucho sentido para mí.

—Harper sonríe y niega con la cabeza—. Me he pasado cuatro años con la idea de que, cuando llegara a la cima de la revista, sería más feliz que nunca.

Que, si lograba ser la mejor, si Eleanor me nombraba Editora Jefe, el vacío que dejaste cuando te fuiste a París desaparecería.

—¿Y no ha sido así?

—Es una farsa —confiesa Harper, encogiéndose de hombros—. Cierras una portada increíble, el equipo te aplaude, abres una botella de champán en la oficina… y a las dos horas estás sola en tu apartamento con comida china y nadie con quien compartirlo de verdad. Sin nadie con quien celebrarlo.

—A mí me pasó lo mismo —admite su exmujer sin miedo alguno—.

Tenía el despacho que siempre soñé, la vista a las Tullerías, las invitaciones a los desfiles más exclusivos…

Pero después volvía a mi piso en Le Marais deseando con todas mis fuerzas que fueras tú la que estuviera al otro lado de la mesa para contarle la última tontería del diseñador de turno.

—Podrías haberme llamado —dice Harper.

—No tenía derecho —responde Victoria con rotundidad—. Fui yo la que priorizó irse de aquí. Fui yo la que puso tierra de por medio.

Harper y Victoria se detienen junto a los bancos de madera donde de día se reúnen los jugadores de ajedrez. Harper recuerda, la primera vez que vinieron a este mismo parque, cuando apenas llevaban tres meses saliendo.

—¿Te acuerdas de la partida de ajedrez? —pregunta Harper, esbozando una sonrisa.

Victoria suelta una risita que le ilumina el rostro por completo.

—Sí, y que quisiste jugar dos partidas más porque no aceptabas perder.

—Sigo sin soportar perder.

—Yo tampoco.

Victoria la mira profundamente. El viento vuelve a soplar, levantando los mechones sueltos del cabello de ambas. La atmósfera entre ellas ha dejado de ser una batalla para convertirse en un refugio.

Siguen caminando hasta dejar atrás el parque y adentrarse en la calle de Harper. El tráfico ha desaparecido casi por completo. La acera frente al portal de su edificio está desierta, bañada por la luz tibia del farol de la entrada.

Harper se detiene ante la puerta de hierro y cristal.

—Hemos llegado —anuncia Harper, girándose para mirarla.

—Lo sé. Reconozco el portal.

—Claro que lo reconoces. Viviste aquí un año cuando era mi piso de soltera.

Victoria sonríe sin poder evitarlo.

—Ha sido… una gran noche, Harper.

—Ha sido una noche extrañamente perfecta.

Victoria da un paso hacia ella, alza la mano y, con lentitud le aparta un mechón de pelo de la cara a Harper.

El contacto envía una descarga eléctrica directa al corazón de Harper.

—Buenas noches… —murmura Victoria, con la voz volviéndose áspera.

Harper mira sus labios. Esos labios que conoce de memoria y que han vuelto a ser su perdición.

—Esto es ridículo.

Victoria alza una ceja, divertida.

—¿El qué?

—Que estemos jugando a las damiselas educadas después de todo lo que hemos hecho.

Victoria se inclina hacia delante y le atrapa los labios en un beso pausado, profundo y brutalmente tierno.

Harper ahoga un suspiro contra su boca, rodeando el cuello de Victoria con los brazos y pegando su cuerpo al suyo mientras el frío de Nueva York desaparece por completo. Cuando finalmente se separan, sus frentes se quedan unidas y ambas respiran el mismo aire.

—¿Qué te parece si subes a casa?

—Pues que no pienso decirte que no.

Victoria sonríe victoriosa y cruza el umbral tras ella.