Te quiero a ti Capítulo 15
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Capítulo 15

Harper descubre que Liam Vance sigue siendo un mentiroso y un manipulador irresistible exactamente a las siete y diecisiete de la tarde del viernes, cuando la puerta de su loft en Williamsburg se abre y quien aparece al otro lado no es él, sino Victoria.

Durante tres segundos, ninguna de las dos es capaz de hablar.

Harper se queda plantada en el descansillo con una botella de Barolo de reserva en la mano derecha, el bolso colgando del hombro y la incómoda certeza de haber caminado de cabeza hacia una trampa deliciosamente ejecutada.

Victoria, por su parte, sostiene el pomo de la puerta con una expresión que roza lo cómico.

Lleva unos pantalones negros de talle alto y caída impecable junto a un jersey de punto fino color crema, con las mangas subidas hasta los codos.

El pelo, habitualmente recogido en la redacción de Velvet & Silk , le cae suelto sobre la espalda.

Nada que ver con la mujer que arranca sudores fríos al departamento de diseño.

Harper siente un tirón instantáneo en el vientre.

Fantástico. Ni siquiera han pasado cuarenta y ocho horas desde su encuentro en la alfombra del despacho y su cuerpo ya reacciona ante Victoria en ropa informal como si estuviera contemplando a una divinidad.

—Hola —saluda Harper.

Victoria pestañea dos veces, como si intentara descifrar si la mujer que tiene enfrente es real o un espejismo.

—¿Qué haces aquí? Mi hermano me prometió una cena tranquila entre para hablar de su curro.

Harper levanta la botella de vino rojo con un gesto de falsa inocencia.

—Pues a mí me vendió la moto de que organizaba un picoteo improvisado con los amigos.

—Voy a matarlo —murmura Victoria entre dientes.

Desde el fondo del loft, llega una voz masculina demasiado alegre y con cero remordimientos:

—¡Si es Harper, dile que pase para preparar el Barolo! ¡Y que he preparado su salsa favorita!

Victoria cierra los ojos y toma aire por la nariz en un intento desesperado por encontrar la paciencia. Harper no puede evitar soltar una carcajada, disfrutando del cuadro.

—Creo que tu hermano ya se ha cobrado la primera víctima —apunta Harper.

—No sabes cuánto le odio en este instante.

—Mentira. Le adoras. Igual que te alegras de verme a mí —añade Harper y le guiña el ojo.

Harper cruza el umbral ignorando las ganas extremas que le han entrado de besarla.

El loft de Liam es una maravilla de enormes ventanales industriales con vistas a las luces de Brooklyn. Hay estanterías abarrotadas de cómics, plantas que sobreviven al abandono y una mesa de madera de pino lo suficientemente larga como para dar de comer a un regimiento.

Harper se gira hacia Victoria, aun sintiendo el corazón desbocado.

Antes de que pueda hablar, Liam sale de la cocina con un trapo sobre el hombro y una cuchara de madera mientras sonríe de oreja a oreja.

—¡Harper! —Abre los brazos de par en par—. Estás espectacular —la alaba al separarse, guiñándole un ojo.

—Y tú sigues siendo un manipulador de primera—le espeta Harper.

—Gracias. Es un don familiar, aunque mi hermana insista en reprimirlo.

Victoria da un paso al frente, dispuesta a dar guerra.

—Me has engañado, Liam.

—Técnicamente solo he omitido algunos datos.

—Eso es mentir en cualquier idioma.

—Puede ser, pero no me arrepiento. Dentro de nada vendrán el resto de los chicos.

Harper rompe a reír, incapaz de contenerse. Victoria fulmina a su hermano con la mirada.

—Voy a ver cómo va el ragú de ternera —anuncia encantado.

Poco después, el timbre del loft suena de nuevo. Solange es la primera en irrumpir en el salón, con una caja enorme de una pastelería y una sonrisa de absoluta perversión.

—¡Llegó la diversión y el azúcar! —anuncia a viva voz.

Detrás de ella entran Julian cargando con más vino, Rachel Kim —abogada y vieja amiga de la familia— y Ben Foster, el estilista que compartió con ellas docenas de cenas de domingo en sus mejores tiempos.

Harper los recibe a todos junto a Victoria y después va a echar un vistazo a Liam en la cocina.

—Menuda reunión secreta te has montado —le dice, cruzándose de brazos mientras se apoya en el marco de la puerta.

—Solo he organizado una cena entre amigos —se defiende élç—. Si vosotros le buscáis lecturas dramáticas, no es cosa mía.

Rachel se quita el abrigo y lo tira sobre un sillón.

—Una cena donde casualmente estamos todos los que sobrevivimos al convite de vuestra boda.

Victoria apunta a su hermano con un dedo acusador.

—¿Lo ves? Hasta Rachel se ha dado cuenta de tu jugada.

Solange camina hasta el lado de Harper mientras los demás se saludan con efusividad y sirven las primeras copas.

—¿Sabías que nos iba a reunir a todos? —le susurra Solange, dándole un codazo.

—No tenía la menor idea.

—Increíble —sonríe Solange con los ojos brillantes—. Esto promete drama del bueno.

—Ni se te ocurra echar más leña al fuego, Solange.

—Tranquila, mi boca está cerrada. Pero que voy a disfrutar del espectáculo como una enana, ya te lo digo yo.

El ambiente se vuelve ruidoso y extrañamente reconfortante en cuestión de minutos. Cuando la cena está lista, todos se sientan a la mesa. Harper queda justo enfrente de Victoria, con Solange a su derecha y Rachel a su izquierda.

—Tenéis que reconocer que soy un genio —proclama Liam mientras sirve la pasta—. Ya era de juntar a las eternas enamoradas.

Harper casi se atraganta con el primer sorbo de Barolo. Solange se tapa la cara para sofocar un ataque de risa y Julian disimula una tos sospechosa. Victoria apunta a su hermano con el tenedor.

—Mejor agradece que la salsa esté comestible.

Harper se ríe y es la primera en probar la cena.

—No le hagas caso, Liam. Hacía meses que no me lo pasaba tan bien fuera del trabajo. El ragú es espectacular.

Al alzar la vista, Harper se tropieza con la mirada de Victoria y está tentada a sonreírle de verdad.

—Brindo por eso —interrumpe Ben, levantando su copa—. Por los divorcios maduros, las exmujeres que no se tiran los trastos a la cabeza y las nuevas oportunidades.

—Ben, por el amor de Dios… —lo frena Rachel dándole un taconazo por debajo de la mesa.

—¿Qué? —se defiende el estilista—. Estoy celebrando la madurez emocional. Es muy neoyorquino.

—Podrías celebrar el vino y ahorrarnos lo demás —sugiere Harper antes de carraspear.

«Madre mía. Si estos supieran».

—Por el vino, entonces —salva Julian con elegancia, alzando su copa—. Y por los planes trampa que salen bien.

Todos chocan los cristales entre risas. Harper observa a Victoria por encima del borde de su copa. Victoria está sonriendo. Y con eso, le es más que suficiente.

La velada avanza entre recuerdos inevitablemente compartidos.

—¿Os acordáis de aquel fin de semana en Montauk? —pregunta Rachel, sirviéndose más pan.

Victoria deja escapar un gemido dramático.

—Por favor, he pagado años de terapia para borrar ese viaje de mi memoria.

Harper rompe a reír antes de que la abogada termine la frase.

—Victoria dejó las llaves dentro del apartamento de la playa —recuerda Harper—. Y todos nos quedamos fuera a diez bajo cero, mientras Ben intentaba escalar por la ventana del patio.

Todos rompen a reír, y Harper se da cuenta de lo mucho que echaba de menos el sonido de la risa de Victoria.

Al terminar la tarta de chocolate con hojas de oro comestible que Solange ha traído, la música sube de volumen y el grupo se dispersa por el espacio del loft. Julian y Ben se enfrascan en un debate del equipo de música, mientras Rachel ayuda a Liam a recoger la mesa pese a sus protestas.

Harper sale al pequeño balcón para respirar el aire fresco de la noche. Brooklyn se despliega abajo con su enjambre de luces y el perfil de Manhattan al otro lado del río parece una maqueta brillante.

—Se os ve bien —dice una voz a sus espaldas.

Solange se apoya en la barandilla a su lado sosteniendo una copa de vino.

—¿A quiénes?

—A Victoria y a ti. Como si hubieras retomado… lo vuestro.

Harper contempla el fondo de su copa.

—Qué te voy a decir que no sepas —responde Harper y se gira para ver el interior de la estancia.

En la cocina, Victoria se está riendo con su hermano mientras intenta quitarle un trapo de las manos. La luz cálida le ilumina el perfil, acentuando la línea perfecta de su mandíbula.

—Me pasa algo raro —confiesa Harper—. Estar aquí. Mirarla y no sentir ganas de echarme a llorar. Parece… normal. Y no sé si tenerle miedo o no.

Solange le pone una mano cariñosa en el hombro.

—Tal vez debas sentirlo. Como también las cosas buenas que está trayendo esto.

En ese instante, Victoria se gira desde la cocina. Sus ojos se cruzan con los de Harper a través del cristal. Un segundo después, le dedica una sonrisa pequeña, íntima y absolutamente exclusiva que no comparte con nadie más.

A Harper se le corta la respiración. Solange la ve y le da un par de palmaditas en el hombro.

—No tienes que resolver tu vida sentimental esta noche. Solo déjate llevar.

Victoria se acerca a ellas y abre la puerta corredera del balcón, dejando entrar el sonido del jazz y el aroma a café recién hecho.

—Liam amenaza con abrir una botella de coñac de su colección privada si no entramos ya —anuncia, apoyándose en el marco.

Solange se cuela hacia el interior guiñando un ojo.

—¡Me pido la primera copa!

Victoria y Harper se quedan a solas en el balcón durante un segundo. El viento de la noche les agita el pelo. Victoria la mira de arriba abajo.

—¿Estás bien?

—Increíblemente bien —admite Harper, dando un paso hacia ella—. Hacía años que no sentía esta paz.

Victoria sonríe, dando un paso más cerca hasta que casi puede saborear su respiración.

—Yo también.

Harper se da cuenta de que creía que volver a acercarse a Victoria sería un viaje doloroso hacia el pasado, pero mientras la ve caminar a su lado, entiende que lo que están haciendo no es mirar atrás.

Es abrir la puerta hacia una nueva oportunidad.