Capítulo 14
La noche ha terminado por tragarse Manhattan cuando Victoria consigue volver a respirar con una normalidad relativa. Está inclinada sobre la alfombra del despacho compartido, todavía demasiado consciente del calor abrasador de Harper a su lado y del desastre que han dejado en apenas media hora.
Hay documentos esparcidos cerca de la pata de la mesa y su chaqueta de diseñador —esa que hace apenas unas horas lucía impecable sobre sus hombros— cubre ahora parcialmente el torso de ambas a modo de manta improvisada.
Debería preocuparle. Estructurada y perfeccionista como es, la perspectiva de que un miembro del equipo de limpieza abra la puerta, que un guardia de seguridad haga su ronda o que la mismísima Eleanor Sterling decida ejercitar sus hábitos de depredadora y regresar a medianoche para comprobar si la redacción sigue temblando bajo su yugo, debería matarla de angustia.
Sin embargo, Victoria Vance no consigue mover un solo músculo.
Y Harper tampoco parece tener la menor prisa por hacerlo.
Harper está acurrucada contra su costado, con la cabeza apoyada cerca de su hombro y una mano descansando sobre el vientre de Victoria.
El ritmo de su respiración se va apaciguando poco a poco.
Victoria percibe el perezoso roce de los dedos de Harper sobre la seda de su blusa desabrochada y siente algo infinitamente más peligroso que la lujuria desenfrenada que las ha estampado contra el escritorio minutos atrás.
Siente paz. Una paz inesperada y absolutamente fuera de lugar.
Durante los últimos años, Victoria ha asociado el nombre de Harper Brooks con la mayor marea oscura que ha atravesado.
Con llamadas que no se atrevía a hacer y recuerdos que se colaban en su cabeza cuando les daba la gana.
Incluso tras su regreso a Nueva York, cada interacción en las salas de reuniones ha sido una especie de guerra consigo misma.
Intentando moverse entre lo que siente y el trabajo que debe hacer.
Y ahora, Harper está entre sus brazos, despeinada, con los labios hinchados por sus besos y la ropa hecha un desastre. Y lo peor de todo es que Victoria siente que, por primera vez en mucho tiempo, desea quedarse ahí un rato más.
Alza una mano y desliza las yemas de los dedos por el cuello de Harper, sintiendo el latido de su pulso.
Harper entrecierra los párpados con un suspiro de satisfacción, pero no se mueve ni un milímetro.
El techo alto del despacho, donde las sombras trazadas por los rascacielos de la Quinta Avenida dibujan patrones dorados en la penumbra, es una imagen preciosa que se suma a lo que tiene a su lado.
—Objetivamente, esto ha sido muy poco profesional —murmura Victoria con la voz aún ronca por el esfuerzo y el deseo—. Si Eleanor apareciera ahora mismo por esa puerta, no sabría qué me sería más difícil de justificar: si el atentado al mobiliario o… esto.
Harper se echa a reír sobre su piel. La vibración recorre el pecho de Victoria con una calidez asombrosa que le encoge el corazón.
—Si te hace sentir mejor, no me arrepiento para nada.
Victoria gira la cabeza, encontrándose con esa mirada que se conoce de memoria.
—También debemos reconocer que Eleanor tiene que estar orgullosa del trabajo que hemos hecho, ya tenemos el número a más de la mitad —asiente Victoria y le da un beso en la punta de la nariz—. Si esto no es trabajo bien hecho, no sé qué será.
—Puede que al final sí consigamos ese ascenso.
Victoria la observa en silencio. Harper tiene el pelo deliciosamente revuelto, las mejillas teñidas de un rubor rosado y una expresión maravillosa, desprovista de la mordacidad con la que se ha protegido desde que pisó de nuevo la redacción.
—Mmmm, me sorprende que no parezcas nada arrepentida —señala Victoria, enredando perezosamente sus dedos en un mechón de pelo de Harper—. Y viniendo de la mujer que juró que esto sería un error, me desconcierta un poquito.
Harper arquea una ceja y se queda todavía más relajada que antes.
—¿Y tú? —contraataca Harper, acariciando con el pulgar la cadera de Victoria por encima de la ropa—. ¿Estás arrepentida? Necesito que me lo digas antes de que empiece a hacerme ideas que no correspondan a la realidad.
La respuesta debería ser fácil, sobre todo con el historial que hay entre ambas.
Sin embargo, a Victoria se le atascan las palabras en la garganta.
Mira hacia los ventanales que dan al corazón iluminado de Manhattan.
El contraste entre el caos vibrante de la ciudad y la burbuja sofocante de ese suelo es casi irreal.
—No —confiesa y mira a los ojos de su exmujer—. No estoy arrepentida. Y quizás eso es lo que me dé un poco de miedo. Porque en lugar de estar planteándome las posibilidades que pueden llegar… solo quiero quedarme aquí tirada contigo diez minutos más.
Harper guarda silencio durante unos segundos. El peso de la declaración se asienta sobre la alfombra.
—Yo tampoco estoy arrepentida. Y si ninguna de las dos piensa utilizar el cansancio o el estrés como excusa… significa que ya no hay marcha atrás.
Victoria clava la mirada en el techo, sintiendo que algo atascado en su interior pugna por salir.
Quizás sea el agotamiento, la atmósfera íntima que han creado ahí dentro, o el simple hecho de que está harta de fingir que nada ha cambiado en su corazón.
Sus dedos continúan acariciando el hombro de Harper.
—Es curioso… —murmura Victoria. Sus ojos vuelven a buscar los de Harper—. Porque me fui a París porque me moría de miedo. No me fui porque no te quisiera. Me fui porque sentí que estaba fracasando. Sentía que la mujer con la que te habías casado no era suficiente para hacerte feliz.
Harper siente un escalofrío y deja de acariciar la cadera de Victoria.
—Pensaba que, si me quedaba, terminaríamos destruyéndonos —continúa Victoria, apretando los dientes para mantener el control—.
Cada discusión me hacía sentir que descubrías un nuevo defecto en mí.
Que mi ambición, mi necesidad de volcarme en el trabajo, te estaba alejando a pasos agigantados.
Y no supe cómo manejarlo. Mi respuesta fue ponerme la coraza y salir huyendo antes de que fueras tú la que me echara.
Harper levanta la cabeza despacio. Sus ojos están brillantes, desbordados por una mezcla de sorpresa y ese dolor que, inevitablemente, sigue en su corazón.
—Victoria…
—No, déjame terminar… —la interrumpe Victoria, buscando una de sus manos con desesperación—.
Me pediste un millón de veces que bajara el ritmo, que cenáramos juntas, que eligiera nuestro hogar por encima del trabajo.
Y mi estupidez y mi orgullo lo interpretaron como si quisieras cortarme las alas.
Tenía miedo de no saber darte lo que me pedías y que te dieras cuenta de que te habías equivocado conmigo.
—¡Yo nunca quise cortarte las alas! —exclama Harper, incorporándose hasta poder apoyarse sobre su pecho—.
Jamás. Admiraba tu talento más que a nada en este mundo.
Solo te pedía que no te desvanecieras. Quería un espacio donde nosotras también existiéramos.
Pero cada vez que intentaba decírtelo, te cerrabas en banda.
—Lo sé —admite Victoria, sintiendo un nudo amargo en la garganta—. Ahora lo veo con claridad. Solo era tu forma de decirme que me echabas de menos. Acabé siendo una cobarde.
Harper deja escapar un suspiro y se aparta un mechón de la cara.
—Y yo dejé que te subieras a ese avión porque mi orgullo de mierda me impidió suplicarte que te quedaras —revela Harper, clavando la mirada en sus ojos—.
Preferí parecer una borde insensible antes que admitir que me moriría por mí.
Y mi estupidez provocó exactamente lo que más me aterraba: que te fueras.
Victoria alza los brazos y le rodea el cuello, tirando de Harper hasta pegarla a su cuerpo.
—Éramos una combinación bastante nefasta —se burla Victoria contra la frente de Harper—. Dos mujeres brillantes y muy capaces en su trabajo, siendo tan tontas como para no decir «tengo miedo de perderte».
Harper suelta una carcajada que poco después se convierte en un suspiro.
—Totalmente. Deberíamos haber publicado un editorial sobre cómo arruinar el matrimonio perfecto en tres sencillos pasos.
—No me hagas reír, que estoy intentando mantener la poca dignidad que me queda —sonríe Victoria, rozando su nariz con la de Harper—.
Te juro que en París estuve convencida de que habías pasado página a los dos meses.
Te imaginaba feliz, rehaciendo tu vida, mientras yo me ahogaba en copas de vino y eventos sociales.
—¿Pasar página? —Harper la mira con incredulidad—. Para nada. Te odiaba y te echaba de menos a partes iguales. Firmé el divorcio queriéndote con locura.
—Creo que en ese momento éramos demasiado jóvenes emocionalmente —observa Victoria, acariciando la espalda de Harper—. Y orgullosas.
—Creíamos que el amor era adivinar el pensamiento de la otra en lugar de sentarnos a hablar como dos adultas —coincide Harper, dejando un beso diminuto y cálido en la comisura de los labios de Victoria—. Nos equivocamos las dos.
—Nos equivocamos muchísimo —asiente Victoria, estrechándola un poco más—. Aunque debo admitir que este despacho se ha convertido en una bonita terapia de trabajo.
Harper suelta una risita picante y se acomoda mejor sobre Victoria, apoyando la barbilla en su pecho.
—Oye, pues a mí no me parece nada mal.
Victoria sonríe, pero al cabo de unos segundos la expresión de su rostro vuelve a cambiar.
—Harper… hay algo más. Algo que me tiene con la mosca detrás de la oreja desde hace días.
Harper suspira, escondiendo el rostro en el cuello de Victoria.
—Si vas a decirme que nos pongamos a revisar balances, te juro que te tiro la carpeta a la cabeza.
—No. No es eso —dice Victoria, poniéndose seria—. Es por Eleanor.
—¿Qué pasa con ella?
—Creo que nos está manipulando —afirma Victoria, entornando los ojos—. Forzarnos a trabajar codo a codo en el proyecto más crítico del año, hacernos compartir despacho… Nada de esto es casualidad. Eleanor no da un paso sin haber calculado previamente el beneficio.
Harper se queda pensativa durante unos segundos.
—Bueno, quiere resultados. Sabía que juntas sacaríamos chispa a la revista, aunque fuera por nuestra competencia. ¿Qué crees que pretende? ¿Usar el morbo personal para vender más ejemplares?
—O ponernos a prueba para ver cuál de las dos se rompe primero —añade Victoria con lucidez—. Si descubre lo que acaba de pasar aquí… si se entera de que nos hemos acostado en el despacho, tendrá un arma gigantesca para manejarnos a su antojo. O para despedirnos a las dos.
Harper la mira a los ojos, y por primera vez en toda la noche, una chispa salvaje y divertida cruza su rostro.
—Pues se va a quedar con las ganas.
Victoria sonría fascinada ante la actitud de Harper y le roba un mordisco de su labio inferior.
—¿Y cuál es el plan, Brooks?
—El plan es ser impecables. En el trabajo seremos las profesionales más brillantes y coordinadas que Velvet & Silk haya visto jamás.
Le daremos la mejor edición de la década.
Y lo que pase cuando se apaguen las luces…
se queda entre este despacho, tú y yo. Sin etiquetas, sin presiones y sin que la arpía de Eleanor sospeche nada.
Victoria siente un escalofrío recorrerle la espalda. La perspectiva de mantener un secreto tan delicioso y peligroso con Harper despierta en ella un deseo irrefrenable de volver a perder la cabeza.
—Me parece un plan brillante —susurra Victoria, rodeándole la cintura y tirando de ella hacia abajo para recuperar su boca en un beso hambriento—. Pero ahora mismo, le sugiero que se calle y vuelva a usar mi cuerpo como manta.
—A sus órdenes —sonríe Harper contra sus labios, entregándose de nuevo a su fuego.