Capítulo 13
El cierre de la edición exige una jornada agotadora de trabajo nocturno.
Pasada la medianoche, con el edificio en silencio y las luces reducidas, Victoria entra en el despacho de Harper para revisar el desglose final de los costes.
La cansada luz de la lámpara de escritorio crea un ambiente sofocante e íntimo.
Harper se pasa la mano por el cuello cansada y Victoria se coloca instintivamente detrás de su silla para darle un suave masaje en los hombros.
—Deberíamos irnos ya, no quiero levantar más sospechas —dice Harper echando la cabeza hacia atrás.
—Que hablen lo que quieran… Ahora mismo solo me importa esto —susurra Victoria inclinándose para besar la línea de su mandíbula.
El roce de los labios desencadena una pasión irreprimible. Victoria la levanta de la silla y la sienta sobre el escritorio, despejando los documentos de un manotazo.
Las pruebas de imprenta, las hojas de costes y un par de carpetas salen despedidas, cayendo al suelo con un estrépito seco que ahoga la primera exhalación de Harper.
La mesa está fría, pero la piel de Victoria quema.
Victoria se acomoda entre sus piernas abiertas con una posesividad feroz, aplastando su cuerpo contra el de Harper como si quisiera recuperar en cuestión de segundos cada centímetro que la distancia física y los años les han arrebatado.
De repente, siente que los encuentros de los últimos días, no han llenado ni su alma ni su corazón.
Harper ahoga un gemido cuando los labios de Victoria abandonan su mandíbula y descienden hasta el hueco de su garganta.
Los dientes de Victoria muerden suavemente la piel sensible de su cuello que queda al descubierto, provocando un escalofrío violento que recorre la espalda de Harper de arriba abajo.
Las manos de Harper —que unos segundos antes intentaban aferrarse al borde de la mesa para no perder el equilibrio—, suben instintivamente hasta la nuca de Victoria, enredando los dedos en su melena y tirando de ella para pegar aún más sus bocas.
El beso es hambriento, caótico, lleno de la frustración.
Victoria domina el encuentro con la lengua, explorando la boca de Harper con una contundencia que le arrebata el aire.
Su cuerpo, presiona la pelvis de Harper contra el borde del escritorio, marcando un ritmo lento y pesado que hace que la temperatura del despacho se dispare.
Al fondo del pasillo, un sonido grave rompe la penumbra de la planta. El arrastrar del cubo del personal de limpieza suena contra el suelo de mármol, a apenas unos metros de ellas.
—Victoria… —susurra Harper contra sus labios, intentando recuperar un vestigio de cordura mientras siente las manos de su exmujer subir por la parte interna de sus muslos—. Van a ver la luz…
—Que miren si se atreven —gruñe Victoria con la voz rasgada por la excitación, sin detener el movimiento de sus manos.
Con un movimiento preciso e impaciente, Victoria deja al descubierto la lencería de Harper.
Las palmas de Victoria, calientes y ligeramente ásperas por la tensión de la jornada, se ciñen a la curva de sus muslos, apretándolos con fuerza.
Harper arquea la espalda, enterrando las uñas en los hombros de Victoria mientras los labios de esta vuelven a devorar los suyos, acallando un jadeo agudo.
Victoria no pierde el tiempo. Sin romper el contacto visual, sigue desnudando a Harper.
La luz tenue de la lámpara dibuja sombras doradas sobre la piel agitada de la mujer, que respira con dificultad, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético.
Victoria deja escapar un suspiro pesado, rindiéndose a la visión de la mujer que nunca dejó de pertenecerle.
—Eres insoportable. Odio que me excites tanto —murmura Victoria, deslizando la boca por la curva de su escote hasta atrapar uno de sus pezones por encima de la tela transparente del sujetador.
—Quién… fue a hablar…
Harper echa la cabeza hacia atrás, apretando los párpados mientras las paredes del despacho parecen girar a su alrededor.
La fricción del encaje húmedo contra su piel le arranca un gemido que ahoga presionando la frente contra el hombro de Victoria.
Siente la dureza del escritorio a su espalda, el peso dominante de Victoria sobre ella y la amenaza de que alguien abra la puerta en cualquier instante.
La combinación de riesgo, deseo y admiración actúa como un veneno embriagador que disuelve cualquier barrera mental.
Las manos de Harper bajan hasta la cintura de Victoria, mete las manos más allá y Victoria la ayuda a quitarse la ropa.
Harper desliza las manos y acaricia su espalda, sintiendo la contracción de sus músculos cada vez que Victoria se mueve contra ella. Es una danza que sus cuerpos recuerdan a la perfección, una memoria muscular que el tiempo y el rencor no han conseguido borrar.
Victoria se separa apenas un centímetro, respirando con dificultad, con los ojos encendidos fijos en la mirada nublada de Harper.
Con un gesto decidido, engancha un dedo en el lateral de la braguita de encaje de Harper y la desplaza hacia un lado, exponiendo su intimidad al aire frío del despacho.
La humedad que encuentra allí le arranca una sonrisa oscura y llena de satisfacción.
—Pensaba que querías irte a casa —provoca Victoria en un susurro, rozando con la yema del dedo el coño de Harper, deslizándose con una lentitud exasperante sobre su clítoris hinchado.
Harper suelta un jadeo involuntario, abriendo más las piernas para ofrecerle un mejor acceso.
—Cállate y hazlo ya —exige Harper.
Victoria no se hace rogar. Introduce dos dedos de golpe en su interior, encontrando una calidez estrecha y empapada que la acoge con una pulsación ansiosa.
Harper ahoga un grito, enterrando el rostro en el cuello de Victoria mientras esta empieza a marcar un ritmo firme y profundo, empujando los dedos hasta la base y retirándolos casi por completo antes de volver a penetrarla con fuerza.
El sonido de su humedad, se une a la sombra del limpiador que se proyecta un segundo fuera del despacho. Harper se congela por completo, clavando los dedos en los brazos de Victoria, conteniendo el aliento con el corazón desbocado.
Victoria, lejos de detenerse, intensifica el movimiento de su pulgar sobre el clítoris de Harper.
—Si gritas, sabrán que estás aquí conmigo —le susurra Victoria al oído, mordisqueándole el lóbulo con una sensualidad maliciosa—. Contente, Harper. Sé una buena editora y mantén el control.
Harper la mira con los ojos abiertos de par en par, al borde del colapso, luchando entre el terror a ser descubiertas y el placer aplastante que le recorre las entrañas.
Se lleva el dorso de la mano a la boca y muerde sus propios nudillos mientras Victoria acelera el ritmo, combinando la presión interna con un masaje circular rabioso e implacable en su centro.
Las embestidas de los dedos de Victoria son profundas, rítmicas, implacables.
Cada empuje hace que la madera del escritorio emita un leve crujido que se pierde entre los delicados gemidos de ambas.
Harper siente cómo las paredes de su coño se contraen alrededor de los dedos de Victoria, devorando cada movimiento con una voracidad que la deja sin aliento.
La sombra del pasillo finalmente se aleja, llevándose consigo el sonido del cubo de limpieza, pero la adrenalina ya ha prendido la mecha definitiva.
Harper retira la mano de su boca y engancha sus brazos alrededor del cuello de Victoria, tirando de ella para besarla.
—No pares… Victoria, por favor, no pares —suplica después entre jadeos, perdiendo toda la compostura, arqueando el cuerpo al encuentro de cada embestida.
Victoria responde aumentando la fuerza y la velocidad. Siente cómo los músculos internos de su exmujer empiezan a temblar violentamente, amenazando con aprisionarla en un espasmo definitivo.
—Córrete, vamos —ordena Victoria con voz dominante, deteniendo ligeramente el ritmo para clavar sus ojos en los de Harper—. Y no se te ocurra mirar a otro lado.
Harper abre los ojos, completamente entregada a la tormenta de sensaciones que se avecina.
La mirada de Victoria es fuego, desprovisto de corazas, desprovisto del orgullo que las destruyó en el pasado.
En ese instante, en la penumbra del despacho y sobre las pruebas de la portada, no hay herida antigua, solo dos mujeres que se reconocen en el abismo.
El orgasmo golpea a Harper. Su cuerpo se tensa en una línea perfecta antes de romperse en una serie de espasmos continuos y violentos que atenazan los dedos de Victoria con una fuerza aplastante.
Un gemido agudo y ahogado se le escapa del pecho, rebotando contra las paredes del despacho mientras sus caderas se mueven involuntariamente contra la mano de Victoria, buscando apurar hasta la última gota de placer.
Victoria no retira los dedos; los mantiene dentro, acompañando suavemente las oleadas de las contracciones, disfrutando del temblor imparable que sacude las piernas de Harper.
Cuando las olas empiezan a amainar, Victoria extrae los dedos lentamente, dejando a Harper flotando en un estado de letargo y plenitud absoluta.
Harper se deja caer hacia atrás sobre la mesa, con la respiración agónica retumbando en el silencio de la estancia. Se pasa un brazo por la cara, intentando procesar el choque térmico y emocional que acaba de sufrir.
Victoria se queda de pie entre sus piernas. Dibuja una sonrisa lenta, llena de una satisfacción victoriosa y arrolladora, mientras se lleva los dedos a los labios y lame lentamente el rastro del placer de Harper, sin apartar la mirada de ella ni un solo segundo.
El gesto, hace que a Harper se le vuelva a paralizar la respiración.
—No pienso hacerte caso cuando digas que nos quedemos a trabajar —consigue articular Harper con la voz rota, intentando incorporarse sobre los codos mientras busca aire.
—Pues para mí, ha sido perfecto —corrige Victoria, dando un paso adelante para sujetarle la nuca y depositar un beso suave, casi tierno, en sus labios hinchados—. ¿Te recuerdo que solo estamos empezando a ponernos al día?
Harper mira a Victoria, sintiendo cómo el miedo y la admiración se entrelazan de nuevo en su pecho, pero esta vez, bajo la cansada luz de la lámpara del escritorio, la idea de volver a perderse en ella ya no parece una derrota.