Capítulo 12
Harper Brooks lleva casi veinte minutos mirando el mismo tono de negro cuando el teléfono empieza a vibrar sobre la mesa.
No es que no distinga la diferencia entre las dos pruebas de imprenta que tiene delante.
El problema es que lleva desde primera hora revisando correcciones, pies de foto, perfiles cromáticos y ajustes de última hora, y ya no sabe cómo interpretar la información que tiene delante.
Victoria lleva fuera más de una hora en una reunión con Eleanor, el departamento comercial y dos responsables de la edición europea.
El teléfono vuelve a vibrar, y cuando mira la pantalla, suspira profundamente y se pasa la mano por el cuello. «Mamá» . Durante una fracción de segundo considera dejar que salte el buzón de voz. Pero después recuerda que la semana anterior no pudieron hablar, así que descuelga:
—Hola, mamá.
—Por fin. Pensé que el trabajo te había devorado. Otra vez —resuena la voz de Nora, enérgica y directa.
Harper apoya la espalda contra el respaldo, se cruza de piernas y empieza a mover el pie que tiene en alto.
—Qué dramática eres —sonríe Harper, jugueteando con un lápiz entre los dedos—. Pareces una de esas clientas que exageran cuando el ramo de novia no llega a la hora fijada.
—He criado a una editora de moda en Nueva York. Algo se me habrá pegado.
—Ah, que ahora es mi culpa, mamá.
—Quizás solo un poquito —bromea su madre.
Harper sonríe. Sea como sea, Nora siempre consigue trasladarla a Connecticut.
A la pequeña floristería donde pasó tantas tardes de adolescente haciendo deberes entre cubos de hortensias, rosas y ramas de eucalipto.
Incluso ahora, a millas de distancia, parece percibir el aroma fresco y terroso que se le quedaba adherido a la ropa cada vez que ayudaba a su madre a cortar tallos.
—¿Cómo va la tienda? —pregunta Harper, relajando la postura—. ¿Ya ha llegado la oleada de arreglos otoñales?
Su madre se echa a reír.
—Pues llena de gente que ha decidido que enamorarse en octubre necesita de flores color calabaza.
Y rojas. Y alguna combinación imposible que solo existe en sus cabezas.
Horrible —resopla Nora al otro lado de la línea—.
Estoy pensando seriamente en cerrar y dedicarme a otra cosa que no implique explicar, por enésima vez, que las peonías no son perennes todo el año.
—Se te daría fatal —se burla Harper, soltando una risita—. Lo tuyo siempre han sido las flores.
—También tienes razón.
Harper toma una de las pruebas de imprenta y la observa mientras sujeta el teléfono entre el hombro y la oreja.
—Deberías de contratar a alguien más. Jenna y tú no podéis con todo solas.
—Siempre me dices lo mismo, hija.
—Y tú siempre ignoras mis consejos.
Durante diez minutos hablan de la floristería, de una novia neurótica que pretende decorar una boda entera con flores fuera de temporada y del vecino de al lado, que ha vuelto a dejar las bolsas de reciclaje donde no corresponde.
—Por cierto, me alegra que todo fuera bien por Los Ángeles y que tengáis los vestidos.
Harper se queda congelada en el sitio. El lápiz se le escapa de los dedos y rueda por la mesa hasta chocar contra el teclado. Planta los dos pies en el suelo y mira la pantalla del teléfono.
—¿Y tú cómo sabes eso? ¿Quién te lo ha contado?
Nora se queda callada. Está claro que ha metido la pata.
—Mamá… respóndeme. ¿Cómo sabes que tenemos los vestidos? Porque que yo recuerde, no te lo he contado todavía.
—Me lo dijo… —habla Nora, y se hace un nuevo silencio—. Me lo contó Victoria. Entre otras cosas. Como hace de vez en cuando desde hace tiempo.
—¿De vez en cuando? —repite Harper—. ¿Me estás diciendo que mi exmujer, lleva años llamando a mi madre a mis espaldas y que no te has atrevido a decirme nada?
Harper se pasa la mano libre por el pelo, desordenándose el peinado con un gesto frustrado.
—Harper, cariño. Sabes que quiero mucho a esa mujer. Y yo no fui capaz de dejar de hablarle.
Un escalofrío recorre la espalda a Harper.
—Esto es increíble. Tú viste cómo se marchó. Viste cómo me destrozó mientras ella se subía a un avión con rumbo a París como si nuestro matrimonio fuera un abrigo viejo que se cambia al pasar de temporada.
—Harper… —Ahí viene la gran charla de Nora Brooks—. Los últimos seis meses de vuestro matrimonio fueron una competición constante. Tú tampoco diste tu brazo a torcer.
Harper se echa hacia atrás y cierra los ojos con fuerza. Descubrir que hubo llamadas, que hubo interés, que hubo un hilo invisible mantenido en la sombra, le acaba de desencajar todos los esquemas. Pero sobre todo… «Joder, espero que no le haya dicho nada». «¿Y por qué me preocupo ahora por eso?»
—¿Y qué te ha contado estos días exactamente? —pregunta Harper.
—Nada que deba compartir.
—¡Esto es el colmo!
—Lo único que sé, cariño. Es que deberías tomarte un tiempo para averiguar qué es lo que quieres en tu vida —responde Nora. Harper escucha de fondo cómo alguien llama a su madre—. Tengo que dejarte. Cuídate, ¿vale? Te quiero.
—Y yo a ti, mamá —murmura Harper antes de colgar.
Deja el teléfono sobre la mesa y entierra la cara entre las manos.
—Esto es una mierda…
*
Veinte minutos después, Solange entra al despacho cargada con una bolsa de papel y dos vasos grandes de café.
—Vaya cara traes —dice Solange, dejando las bebidas sobre la mesa—. Perfecto para carbohidratos y opiniones no solicitadas.
Solange se acomoda en la silla de enfrente y le pega un buen trago al café.
—Suéltalo. ¿Qué ha pasado esta vez?
—Resulta que mi madre no ha dejado de tener contacto con Victoria durante todos estos años —suelta Harper, cruzándose de brazos—. Incluso la llamó para contarle lo bien que nos había ido en Los Ángeles.
Solange se queda inmóvil y pestañea dos veces.
—Vaya —Solange deja el envase sobre la mesa, procesando la información—. Eso es… un giro de guion digno de prime time. Bastante fuerte, la verdad.
Harper entrecierra los ojos, dándose cuenta la tranquilidad con la que Solange ha hablado.
—Esa reacción no me gusta nada. Deberías estar escandalizada. ¿Tú también vas a ponerte de su parte?
—Yo siempre estoy de la tuya, idiota. Pero soy tu mejor amiga, lo que me da derecho legal a decirte unas cuantas verdades —Solange se inclina hacia adelante, apoyando los codos en la mesa—.
Y estás cabreada con tu madre porque es más fácil enfadarte con ella que asimilar lo que significa que Victoria siga alterándote.
Harper aprieta los labios y siente que las mejillas le arden. Se pasa una mano por la nuca, se levanta de la silla y empieza a recoger los papeles de la mesa solo para mantener las manos ocupadas.
—Madre mía. Cuando volvió a Nueva York, todo era facilísimo —murmura Harper—. Podía mirarla, sentir rabia y recordar cada una de las razones por las que nos divorciamos.
—¿Y ahora qué es lo que pasa? —pregunta Solange, abandonando por un segundo el tono sarcástico.
—Que la química nos desborda —confiesa Harper, clavando la mirada en su amiga—. Y estoy aterrada, Solange. Me aterra porque no sé si es solo deseo, si es nostalgia… o si me estoy volviendo a enamorar de la mujer que me destrozó la vida.
Solange le da otro sorbo al café con una sonrisa reconfortante.
—Yo creo que, en lo primero que debes centrarte es en la portada que tienes entre manos.
Nadie dijo que volver a la cima fuera a ser un paseo tranquilo por Central Park.
Ni mucho menos que la presencia de Victoria no fuera a cortocircuitar tu cerebro.
Porque está claro que lo ha hecho —apunta Solange y después le guiña un ojo—. Eso… y despertarte otros instintos.
Harper no puede evitar reír.
—Eres insoportable.
—Lo sé. Por eso me pagas —dice Solange—. Ahora tómate el café y respira para afrontar lo que queda de día.
Harper dibuja una sonrisa amarga. El miedo vuelve a colarse por sus grietas.
—Lo único que tengo claro, es que no quiero volver a pasar por el mismo infierno.
Si le permito cruzar de nuevo esa barrera…
si dejo que esto se convierta en algo más…
no sé si tendría fuerzas para levantarme.
—Harper busca entre las bolsas y da con uno de los dulces que ha traído su mejor amigo—.
Y no, no quiero ser la típica idiota que confunde el sexo increíble con algo más. Por mucho que la admire.
Harper ve en los ojos de Solange que va a decirle «y la quieras».
—Ahora mismo no deberías ponerle una etiqueta a lo que sientes. Ya te lo he dicho —apunta Solange—. Disfruta de lo que hay, y deja que el resto se ordene solo con el tiempo. Harper entorna los ojos y la mira con escepticismo.
—¿Ese es tu grandioso consejo? ¿«No hacer nada»?
Solange sonríe, da un bocado al dulce que le ofrece Harper y se limpia los labios con una servilleta.
—Lo único que tengo claro, es que estás metida hasta el cuello. Y que, estoy segura, de que a Victoria le pasa exactamente lo mismo.
No le da tiempo a responder, porque en ese preciso instante, Victoria entra al despacho. Y tiene cara de pocos amigos.
—Eleanor ha intentado tumbar el presupuesto —anuncia—. Quiere recortar varias páginas para meter un publirreportaje de cosmética, para darle más aire a la tirada internacional.
Harper se olvida instantáneamente de la conversación que ha tenido con su madre y también la que está teniendo con Solange, quien las mira con una sonrisa de placer en los labios.
—¿Qué ha hecho qué? —exclama Harper, poniéndose de pie de un salto—. No pienso permitir que…
—Tranquila —la interrumpe Victoria—. Ya le he recordado lo que exige el contrato con Beaumont. Y también le he enseñado cómo están quedando las cosas.
Harper la observa, y el orgullo aparece en su mirada.
—No me puedo creer que la hayas desafiado.
—Sé cómo moverme en estos campos —responde Victoria—. Especialmente cuando defiendo algo en lo que creo. Y creo mucho en lo que estamos haciendo las dos.
Solange bebe café sin dejar de observarlas.
Harper se queda mirándola, con el pulso desbocado y la mente recordando las palabras de su madre y de Solange. «¿Y si esta vez las cosas sí que funcionan?»
—Pues tenemos que ponernos manos a la obra, porque el tiempo corre.
—Lo vais a bordar —comenta Solange, dedicándole una sonrisa amable a Victoria.
—Desafío aceptado —responde Victoria—. Y habrá que cenar en el despacho. Nos espera una noche muy larga.