Te quiero a ti Capítulo 11
45%

Capítulo 11

Victoria no mira a Harper cuando le da una taza de café sin haberlo pedido todavía. La mujer está apoyada contra la mesa de producción, con la luz blanca de los focos resaltando su perfil perfecto y ese aire de control que siempre la precede.

—Necesito que estemos al cien por cien desde el minuto uno —comenta Victoria sin levantar la vista del papel—. No puede haber un solo fallo en la sesión. Sobre todo, después de conseguir que Beaumont aceptara el contrato, el número dependerá de que estas imágenes tengan impacto.

Harper le da un sorbo al café, saboreando la mezcla amarga y perfecta.

—Qué romántico. Un chute de cafeína aderezado con presión a primera hora de la mañana. Justo con lo que sueño cada vez que suena el despertador.

Victoria levanta la cabeza. Durante un segundo, un destello de diversión cruza su mirada.

—Aquí hay que ser profesionales. Ya veremos cómo gestionamos el resto —le menciona a Harper con un guiño—. O cómo sobrevivimos a ello.

—Mucho mejor —asiente Harper.

Da otro largo sorbo para tapar una sonrisa tonta. Deben seguir las normas, y no caer de nuevo en unos labios que, personalmente, a Harper le vuelven loca.

—¡Cinco minutos! —anuncia Julian desde el centro del estudio—. Quiero a todo el mundo presente.

Harper agradece la interrupción de Julian.

La sesión que llevarán a cabo durante la mañana, será el pilar central de la edición. El concepto definitivo que han diseñado es arriesgado: mezclar la alta costura con una estética urbana. Cristal, estructuras metálicas, sombras duras y una mujer que huye del cliché.

La primera modelo sale con el vestido principal: una pieza monumental de gasa con incrustaciones metálicas en el torso que parece flotar a cada paso.

Harper se acerca inmediatamente para evaluar la caída de la tela, mientras Solange, se arrodilla a su lado para colocar el bajo con alfileres entre los dedos.

—Tengo la sensación de que la tela cae sin ninguna fuerza —comenta Harper, inclinando la cabeza—. Le falta añadir un punto agresivo.

Solange eleva la mirada desde el suelo y entorna los ojos.

—Iba a decir lo mismo. Le falta fuerza, y aquí no vendemos cuentos de hadas.

Victoria se une al grupo.

—Con el cinturón de añadido quedará mucho mejor —sugiere Victoria, y se golpea los labios con el índice.

—Sí, concuerdo contigo —responde Harper.

Solange las observa durante unos segundos y después sonríe.

—Se nota que habéis trabajado codo con codo.

Harper la fulmina con la mirada.

—Ve a buscar ese cinturón, anda.

Victoria contiene una carcajada, y Harper la observa de reojo. El problema de conocerse desde hace tanto es que los automatismos no desaparecen por un divorcio firmado. Si acaso, están mucho más afilados.

Poco después, la música llena el estudio; un ritmo electrónico, pausado y envolvente que llena el espacio. El equipo se dispersa y la modelo adopta la primera pose, siguiendo las órdenes de Harper y Victoria, como si ambas tuvieran el mando.

Julian suspira desde el plató.

—¿Me vais a dejar trabajar? Pregunto para ir pidiendo un café —refunfuña—. Os recuerdo que yo soy el fotógrafo.

La siguiente ráfaga mejora exponencialmente. Harper sonríe, satisfecha, y señala la pantalla con el índice.

—La toma catorce. Esa es la portada —dicen Harper y Victoria al unísono.

Julian baja la cámara y las mira.

—Vale, esto ya da miedo. A este ritmo voy a terminar la sesión antes de comer y eso va contra mi ética de trabajo.

—Tú sigue disparando, Julian —ordena Victoria recuperando la compostura—. Menos cháchara y más fotos.

La sesión fluye durante la siguiente hora. Hasta que la pose de la chica empieza a verse forzada.

—Vamos a tomarnos diez minutos y aprovechamos para hacer el cambio de vestuario —anuncia Harper.

El plató recupera su murmullo habitual. El equipo de maquillaje se abalanza sobre la modelo y el ruido de fondo vuelve a llenar el espacio. Harper se apoya contra la mesa, repasando el carrusel de imágenes tomadas. Victoria se sitúa a su lado, tan cerca que sus hombros prácticamente se tocan.

—Sigo pensando lo mismo —comenta Harper mientras pasa las miniaturas con el ratón—. La toma catorce es imbatible.

—Sí —admite Victoria—. Aunque la veinte tiene un aire más… melancólico ¿no crees?

—Puede ser, pero a la gente le gusta más el impacto. En estas cosas es donde se nota que trabajamos tan bien juntas.

Victoria guarda silencio unos segundos. Su rostro pierde esa rigidez habitual y suspira, mirando hacia el suelo antes de volver a mirar a su exmujer.

—Sí… y por eso sé que cometí muchos errores, Harper. Sé que me encerraba en mi visión. Que me aislaba en el trabajo para no gestionar lo que nos pasaba fuera, pero ahora siento que…

—No es el lugar para hablar de esto. Eleanor podría aparecer en cualquier momento.

Julian regresa al set ajustando la correa de la cámara, ajeno a la brecha emocional que acaba de abrirse a medio metro de él.

—¿Listas para continuar? Porque el tiempo vuela.

*

La segunda parte de la sesión es un espectáculo visual.

El vestido exige un enfoque mucho más visceral.

Victoria propone una luz cenital dura que marque los volúmenes, mientras Harper elimina joyas y accesorios innecesarios para que todo el protagonismo recaiga en la caída de la seda.

La sincronía entre ambas vuelve a funcionar.

Harper intenta concentrarse en las fotografías que van saliendo en la pantalla, pero al alzar la vista hacia la planta superior del estudio, su mirada choca con la galería que rodea el plató.

Allí arriba, apoyada contra la barandilla y con una taza de té entre las manos, está Eleanor Vance.

La mujer las observa desde las alturas. Harper no sabe cuánto tiempo lleva ahí parada.

Pero Eleanor no sonríe, aunque tampoco muestra desaprobación; su rostro es una máscara.

Una máscara que nadie podría descifrar. Su mirada analítica se posa primero en Victoria, luego en Harper, y finalmente se detiene en la ridícula proximidad que acaba de haber entre ambas sobre la mesa de control.

Harper siente cómo el entusiasmo de la mañana y el calor del coqueteo se congelan al instante.

Eleanor nunca hace nada por casualidad. Y esa mirada inquisitiva sobre ellas solo puede significar una cosa: que sus planes no han hecho más que empezar, y cualquier paso en falso puede costarles absolutamente todo.