Te quiero a ti Capítulo 10
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Capítulo 10

La suite del hotel las recibe con un silencio abrumador, solo roto por el caminar de ambas sobre la alfombra.

Harper se descalza en el recibidor sin mirar a Victoria, y camina recta hacia el cuarto de baño principal.

Lleva los hombros tensos, con el fantasma de Serena Cole revoloteando entre las dos y con esa rabia que amenaza con hacer saltar por los aires la fina tregua que han mantenido en Los Ángeles.

Victoria camina tras sus pasos, impulsada por un instinto primario que ha dejado sin argumentos a su yo más analítico.

Cuando Harper cruza el umbral del baño y se acerca al lavabo para soltarse el pelo y aflojar el talle de su vestido de gala, Victoria se desliza al interior.

Girando sobre sus talones, pasa la mano por la madera pesada y la cierra.

Harper se gira de golpe. El reflejo del espejo la ilumina de espaldas, pero su mirada se clava en la de Victoria a través del cristal con una intensidad que corta la respiración. Su pecho sube y baja a un ritmo acelerado.

Sin pronunciar una sola palabra, Victoria se encamina hacia la amplia ducha, un cubo transparente de cristal y piedra volcánica que domina la esquina del baño.

Estira el brazo y gira la llave hasta el tope.

El agua empieza a caer a borbotones, y el calor llena el espacio casi al instante, creando una fina cortina de vapor que empieza a empañar las paredes de cristal y los espejos del tocador.

—Creía que habíamos dejado claro que esto no se podía repetir… —murmura Harper.

Pero ya ni siquiera recuerda cuándo se lo plantearon.

—Párame entonces —la desafía Victoria, sintiendo la vibración del pulso de Harper bajo la yema de sus dedos.

—Eso no es lo que quiero hacer, joder —resopla Harper.

Harper no espera. Busca su boca con impaciencia, atrapando los labios de Victoria en un beso profundo, húmedo y abrasador. Victoria la toma por la cintura, sintiendo el satén bajo su palma, y la arrastra consigo hacia el interior de la ducha sin importar las consecuencias.

Cruzan el umbral del cristal y el chorro de agua caliente las golpea de lleno.

El agua cae sobre ellas con violencia y constante liquidez, empapando en cuestión de segundos su ropa.

El vestido de Harper se adhiere a sus curvas, volviéndose transparente y revelando cada contorno de su anatomía; el diseño de Victoria se vuelve pesado, oscureciéndose por completo mientras el agua corre por su espalda descubierta.

Las manos de Harper se enredan en el pelo de Victoria, deshaciendo su peinado.

A diferencia del encontronazo acelerado que tuvieron en el vestidor, la rabia inicial empieza a disolverse bajo el peso del agua.

El ritmo de sus cuerpos cambia. La prisa cede su lugar a caricias más deliberadas, más lentas, impregnadas de erotismo y una vulnerabilidad que las deja totalmente expuestas la una a la otra.

Victoria se pega a su cuerpo empapado, sintiendo el calor abrasador que emana de la piel de Harper. Sus manos descienden por la espalda de su exmujer, maniobrando con los dedos hasta que el vestido de Harper resbala por sus caderas, dejándola en ropa interior.

Después, la lengua de Victoria traza una línea húmeda hasta la clavícula, deteniéndose en el hombro. Muerde un poco su carne, escuchando cómo se le entrecorta la respiración.

—Victoria… —jadea Harper, arqueando la espalda contra la pared mojada, y busca el rostro de Victoria con ambas manos para obligarla a mirarla.

Se miran fijamente a través de la cortina de agua. Los ojos de Harper están oscuros, dilatados por la excitación.

—Desnúdame —le pide Victoria.

Harper la ayuda, desprendiéndola de la tela con una delicadeza inesperada.

Sus dedos rozan la piel de las costillas de Victoria, provocándole un escalofrío tan intenso que tiene que apretar los dientes para no gemir.

El vestido cae, reuniéndose con el suyo en el suelo húmedo, dejando el cuerpo de Victoria expuesto ante la mirada hambrienta de su exmujer.

Victoria la ve tragar saliva mientras sus ojos recorren cada pulgada de su anatomía empapada.

El agua resbala por el pecho de Victoria, por su vientre, goteando desde las puntas de sus pezones erguidos.

Harper estira una mano y, con una lentitud que roza el tormento, rodea uno de los pechos de Victoria, presionando la palma contra su piel caliente mientras su pulgar acaricia la cima endurecida.

Un gemido bajo se le escapa a Victoria de la garganta, perdiéndose entre el estruendo del agua.

—Eres preciosa, maldita sea —murmura Harper—. Siempre has sido la mujer más hermosa que he visto en mi vida.

Victoria le toma las muñecas a Harper y la pega con fuerza contra la pared de la ducha, encajando su muslo entre las piernas empapadas de su exmujer.

Harper abre las piernas instintivamente, acomodando el muslo de Victoria contra su centro.

Al sentir la presión, deja ir un gemido que retumba en el baño.

Victoria empieza a mover la pierna con un ritmo lento y constante, rozando la tela mojada contra la zona más sensible de Harper.

—Ahí… Victoria, por favor —suplica Harper, perdiendo el control por completo.

Victoria no le da tregua, pero tampoco se apresura.

Se recrea en cada uno de los sonidos de Harper, en la forma en que su pecho asciende y desciende desenfrenadamente, en la manera en que sus caderas se mueven buscando más contacto, más presión.

Con la mano libre, Victoria aparta el encaje empapado de la braguita de Harper, desnudando su centro.

Su palma encuentra la piel ardiente de Harper, saturada de su propia humedad natural mezclada con el agua de la ducha.

Al primer contacto directo de los dedos de Victoria con su clítoris hinchado, Harper da un salto, ahogando un grito contra el cuello de Victoria. Sus labios buscan la piel de Victoria, dejando besos húmedos y desordenados en su garganta mientras los dedos de Victoria empiezan a trabajarla.

Victoria conoce el cuerpo de Harper mejor que el suyo propio.

Sabe exactamente qué presión ejercer, qué velocidad le hace perder el juicio y cómo llevarla al límite.

Desliza dos dedos en su interior, encontrando una estrechez ardiente.

Harper está hirviendo, ridículamente sensible, totalmente entregada al placer que Victoria le está proporcionando.

—Victoria… no puedo… es demasiado —jadea Harper, intentando seguir el ritmo de los dedos de Victoria con sus caderas.

—Mira cómo me tienes, Harper —le dice Victoria al oído, mordisqueándole el lóbulo de la oreja mientras mantiene un ritmo pausado, profundo y penetrante—. Mira lo que me haces hacer.

Entra y sale de ella con lentitud, saboreando el sonido húmedo de la fricción que se mezcla con el murmullo del agua.

Con el pulgar, Victoria empieza a trazar círculos concentrados sobre su clítoris.

El efecto es instantáneo: las piernas de Harper empiezan a temblar visiblemente.

Pierde la fuerza en las rodillas y Victoria tiene que afianzar su agarre en su cintura para sostenerla contra la pared.

Los ojos de Harper buscan de nuevo los de Victoria.

—Bésame —le pide Harper, con la voz rota por el deseo—. Bésame mientras me haces tuya.

Victoria la atrapa en un beso profundo, hambriento, sellando sus bocas mientras incrementa la velocidad de sus dedos. Harper se convulsiona contra ella, su cuerpo entero se tensa como una cuerda a punto de romperse.

Sus paredes internas se contraen con violencia alrededor de los dedos de Victoria, aprisionándola en medio de un clímax brutal y prolongado.

Harper ahoga un grito desgarrador contra los labios de Victoria, temblando de la cabeza a los pies mientras las oleadas de placer la sacuden una y otra vez.

Victoria mantiene la presión de su pulgar sobre su centro hasta que la última contracción cede, dejándola completamente exhausta, apoyada sobre el cuerpo de Victoria con la respiración desbocada y el rostro escondido en el hueco de su cuello.

El agua caliente sigue cayendo sobre ellas, limpiando el rastro de la pasión, envolviéndolas en un abrazo líquido que amortigua el choque de la realidad.

Victoria, con delicadeza, retira sus dedos del interior de Harper y le acaricia la espalda mojada, trazando la línea con la yema de sus dedos.

Harper tarda unos largos minutos en recuperar el aliento. Cuando finalmente alza la cabeza, sus ojos están brillantes, llenos de un afecto que le oprime el corazón a Victoria con una fuerza dolorosa.

—Eres una tramposa —murmura Harper con una leve sonrisa temblorosa, acariciándole la mejilla mojada a Victoria con el dorso de la mano.

—¿Yo? Si eres tú la que me incita todo el rato —responde Victoria con la voz todavía grave por la excitación.

—Sabes perfectamente que esto no resuelve nada —dice Harper, aunque sus dedos se demoran en la línea de la mandíbula de Victoria, repasando sus rasgos con nostalgia mientras baja poco a poco por su cuerpo—. Hay mucho en juego cuando volvamos.

—Lo sé —asiente Victoria—. Sé exactamente lo que hay en juego.

Harper se desliza hacia abajo, arrodillándose sobre la piedra mojada sin importarle el agua que también cae por su cara. Sus manos rodean los muslos de Victoria, separándolos con una decisión que deja a Victoria sin aliento.

—Harper… —empieza a decir Victoria, pero el resto de las palabras se le atragantan en la garganta.

—No quiero pensar en otra cosa que no seas tú… —interrumpe Harper, mirándola desde abajo con determinación.

Sin darle tiempo a reaccionar, Harper desliza sus manos por los glúteos de Victoria, pegando la pelvis de esta a su cara.

Se desprende de la ropa interior y la deja caer al suelo.

Cuando su lengua caliente entra en contacto directo con el centro húmedo de Victoria, a esta se le escapa un gemido que rebota contra las paredes del baño.

Victoria se agarra a la grifería de la ducha para no perder el equilibrio. El contraste del agua caliente cayendo sobre su espalda se vuelve secundario ante la tortura deliciosa que Harper está desplegando entre sus piernas.

Harper no tiene prisa. Su lengua dibuja trazos largos y profundos, saboreándola con una devoción religiosa. Se toma su tiempo para explorar cada pliegue de la carne de Victoria, succionando su clítoris antes de deslizar dos de sus dedos en su interior.

—Oh, Dios… Harper —jadea Victoria, echando la cabeza hacia atrás mientras el agua le baña el rostro.

Harper la penetra con ritmo constante, usando la otra mano para acariciar la parte interna de los muslos de Victoria, llevándola lenta pero inexorablemente hacia el abismo. Su devoción la supera.

Aumenta el ritmo de las embestidas con sus dedos, coordinando la presión de su lengua sobre el clítoris de Victoria. El cuerpo de Victoria responde instintivamente: su cuerpo se contrae, sus muslos empiezan a temblar y una presión insoportable se acumula en su bajo vientre, exigiendo ser liberada.

—No te guardes nada —le pide Harper desde abajo—. Dámelo todo.

El orgasmo golpea a Victoria con fuerza.

Gemidos incontrolables se le escapan de la garganta mientras sus paredes internas se cierran en espasmos violentos alrededor de los dedos de Harper.

La vista se le nubla por completo; el placer es tan intenso que roza el dolor, una explosión de calor que se extiende desde su centro hasta la última fibra de su ser.

Se agarra al pelo mojado de Harper, sosteniéndose en ella mientras un millón de sensaciones la sacuden el cuerpo una y otra vez.

Harper no se aparta de su coño hasta que el último temblor ha abandonado el cuerpo de Victoria.

Se pone en pie despacio, y envuelve a Victoria en sus brazos inmediatamente.

Se quedan alineadas bajo el flujo continuo de la ducha, abrazadas con una desesperación silenciosa, sintiendo sus corazones latir al mismo ritmo desbocado.

Victoria pasa sus brazos alrededor de la cintura desnuda de Harper, pegando su rostro al hombro de ella. El agua cae, tibia, constante, arrastrando las últimas gotas de maquillaje y los mecanismos de defensa que tanto les ha costado construir durante años de separación.

—Esto es peligroso —murmura Victoria contra su piel, sintiendo cómo se le rompe la voz.

—Muy peligroso… —responde Harper, apretándola con más fuerza contra su cuerpo—. Pero me encanta.

Se separa apenas unos centímetros para mirarla a los ojos. Las gotas de agua gotean desde las puntas de sus pestañas, enmarcando una mirada llena de una tristeza dulce y de una verdad innegable.

—Pero no me arrepiento de nada de lo que ha pasado —añade Harper, deslizando su pulgar por el labio inferior hinchado de Victoria.

—Yo tampoco —reconoce Victoria, rindiéndose por fin a la evidencia.

Harper estira el brazo y cierra el grifo de la ducha. El estruendo del agua cesa de golpe, dejando paso a un silencio casi místico, interrumpido solo por el sonido de su respiración coordinada.

El vapor empieza a disiparse lentamente, dejando ver sus reflejos en el cristal. Se quedan en silencio durante un rato largo, disfrutando del calor residual de sus cuerpos antes de salir. Harper coge dos toallas grandes del toallero y le entrega una a Victoria sin pronunciar palabra.

Cuando salen del cuarto de baño, la suite parece diferente.

Harper se detiene junto al borde del colchón y mira a Victoria, aguardando una señal.

Victoria no dice nada; simplemente aparta las sábanas y se desliza en el interior.

Harper la sigue sin dudarlo, colándose bajo las cobijas y acomodando su cabeza en el hueco del hombro de Victoria, exactamente igual que hacía años atrás.

Victoria le pasa el brazo por los hombros, atrayéndola hacia sí, y cierra los ojos mientras el aroma de la piel de Harper la envuelve por completo.

Sabe que mañana las barreras volverán a levantarse, que los miedos al rechazo volverán a atenazarle el pecho.

Pero esta noche, en Los Ángeles, no hay máscaras que valgan.

Solo quedan Harper y Victoria, perdidas en unos sentimientos que ya son imposibles de controlar.