Capítulo 9
Victoria Vance se da cuenta de que la reunión ha cambiado de rumbo en cuanto Camille Beaumont deja de hojear el borrador del contrato y alza la vista.
Hasta ese segundo, la implacable directora de comunicación de Maison Beaumont no ha querido ceder ni un milímetro en sus intenciones.
Durante cuarenta minutos ha desmenuzando el acuerdo de exclusividad, desde las ventanas de publicación hasta el control de los clips para redes sociales, mientras sus dos asistentes asentían y garabateaban notas como posesos.
A la derecha de Victoria, Harper no ha perdido la sonrisa ni un solo instante.
Y esa es, sin duda, la razón principal por la que están a punto de anotarse un gol en ese partido.
—Entiendo perfectamente su celo por darle otro enfoque a la colección, Camille —afirma Harper, deslizando sobre la mesa una de las pruebas de imprenta de la portada—.
Pero reflexione un poco. Sabe muy bien que Velvet a pesar de su estilo tradicional, va a conseguir cosas que en otro lugar no encontraría. El ruido mediático va a ser increíble.
—¿Y qué pasa con el control creativo que no nos dejan tener? —recalca Camille, enarcando una ceja—. Eso es un desequilibrio. ¿Quién me garantiza que el resultado final no arruinará nuestra propia narrativa?
—Porque son dos cosas diametralmente opuestas —interviene Victoria.
Después, entrelaza sus dedos sobre la mesa—.
Tener la exclusiva con nosotros protegerá el impacto de su pieza.
Sabe muy bien que Velvet luego a Victoria.
—Confieso que me esperaba un cuerpo a cuerpo bastante más desagradable. La fama que precede a Velvet casi en el cuello de Harper, una dentellada de celos primitivos e irracionales se apoderan de Victoria.
—Estúpida arrogante —masculla por lo bajo.
—¿Decía algo, señora? —pregunta el camarero, atento.
—Nada. Ponme otra copa, por favor. O mejor, déjala.
Atravesar la terraza le toma menos de veinte segundos. Camina erguida, con paso firme, notando sus tacones sobre la madera. Cuando llega a la altura de las dos mujeres, Serena está rematando la faena:
—Podríamos continuar esta charla en un ambiente un poco más íntimo —sugiere Serena—. Conozco un club privado a cinco minutos de aquí.
Harper abre la boca para responder, pero Victoria se cruza en su campo de visión.
—Perdón por interrumpir —interviene Victoria—. Tengo que robarte a mi codirectora por un asunto de la revista.
Sin pedir permiso, Victoria apoya la mano sobre la cintura descubierta de Harper. La mirada que esta le clava a Victoria es fulminante.
Serena mira la mano de Victoria en la cadera de Harper. Luego mira a Victoria a los ojos y sonríe.
—Vaya, no sabía que venías con acompañante —recalca Serena—. Una pena. Estábamos entrando en la parte interesante. Otra vez será… cuando no tengas guardaespaldas.
La inversora se despide con un gesto de cabeza y se pierde entre la multitud. Harper aguarda exactamente tres segundos antes de soltarse del agarre de Victoria.
—¿Se puede saber qué haces? —sisea Harper, encarándola mientras echa chispas—. Tú eres la que quiso venir a la fiesta. ¡Tenía abierta una posible vía de financiación para la sección de talentos! —protesta en un susurro furioso.
—Esa mujer no quería financiar nada, quería llevarte a su cama —suelta Victoria sin filtro—. No hace falta ser Sherlock Holmes para saberlo.
Harper se cruza de brazos y la observa detenidamente.
—No me lo puedo creer. Estás celosa.
A Victoria se le frena el corazón. Poco después, suelta una risa sonora.
—¿Yo? ¿Celosa? No digas tonterías. Solo he evitado que pierdas el tiempo con alguien que no te llega ni a la suela de los zapatos.
El silencio cae entre las dos. Las palabras de Victoria se quedan flotando en el aire, transparentes y demoledoras. Harper deja de sonreír.
La música de la terraza cambia en ese instante, dejando paso a un tema lento y envolvente. Victoria mira hacia la zona de baile junto a la piscina y luego vuelve a fijar los ojos en Harper. El impulso que la mueve es absurdo y desastroso, pero irresistible.
—Baila conmigo.
—Ni de broma —se niega Harper, dando un paso atrás.
Victoria le extiende la mano con elegancia.
—Nos están mirando —murmura Victoria con voz seductora—. Camille, dos redactores y un par de fotógrafos. Hazlo por las relaciones públicas.
Harper mira a su alrededor, comprobando que, efectivamente, hay varios pares de ojos atentos a sus movimientos.
—Te odio —masculla Harper, pero termina poniendo su mano sobre la de Victoria—. Odio que siempre te salgas con la tuya.
—Eso ya lo hemos debatido. Y aquí estás, aceptando mi mano.
Victoria la guía hacia la pista. Coloca su mano derecha en la cintura de Harper y esta apoya la suya sobre el hombro de Victoria. Al principio, la distancia entre ambas es prudencial, formal, apta para todos los públicos.
Dura diez segundos.
Con el avance de la música, el espacio se evapora. La mano de Victoria en la espalda de Harper se acomoda con familiaridad. El aroma al perfume que Harper siempre ha usado invade los sentidos de Victoria, transportándola a madrugadas pasadas que creía olvidadas.
—Sigo enfadada contigo —susurra Harper cerca de su oído, haciendo que a Victoria se le erice la piel de los brazos—. Has espantado a una de las mujeres más influyentes de Los Ángeles por un ataque de celos injustificado.
—Lo sé —admite Victoria—. Y no me arrepiento ni un poquito.
Harper alza la vista, clavando la mirada en sus ojos.
—No puedes ir por la vida haciendo esto. Ya no tienes ningún derecho.
Las palabras escuecen, pero la realidad es así. Victoria siente un pellizco en el estómago.
—Ha sido un impulso.
—Un impulso muy cómodo para ti —reprocha Harper—. No me puedes exigir ciertas cosas y luego marcarte esta escena.
—Tienes razón. De ahora en adelante… me contendré.
Pese a sus palabras, ninguna de las dos se mueve. Al contrario: el agarre de Harper en el cuello de Victoria se vuelve más cercano, deslizando los dedos hacia su nuca.
Victoria no puede evitar sonreír.
Se quedan balanceándose al ritmo de la música, hablando a media voz sobre la reunión con Camille, imitándose mutuamente y riéndose de las manías de su jefa en Nueva York. Por un momento, el tiempo se detiene. Solo están ellas dos, bailando en un ambiente maravilloso.
Cuando la canción empieza a languidecer, los movimientos de ambas se frenan hasta quedarse en medio de la pista.
—Hoy hemos trabajado de lujo —dice Harper, rozando con el pulgar la curva del hombro de Victoria—. Hacemos un buen equipo.
Victoria la mira, sintiendo un nudo en la garganta.
—Un equipo formidable. Y eso me hace pensar que…
Harper ladea la cabeza.
—¿Qué?
—Si todavía funcionamos así de bien… si la química sigue intacta tras todo este tiempo… ¿qué hicimos tan mal para tirarlo todo por la borda?
Harper le dedica una sonrisa triste.
—No te sabría decir —responde Harper.
Sus rostros están tan cerca que Victoria solo necesita inclinarse un par de centímetros para probar sus labios.
—Deberíamos volver —rompe la magia Harper, dando un paso atrás—. Y poner distancia. Antes de que esto se nos vaya de las manos.