Te quiero a ti Capítulo 8
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Capítulo 8

Harper no ha dormido nada. No ha pegado ojo, y no es por culpa del sofá cama —que es mucho más cómodo de lo que había imaginado—, ni por el cansancio del vuelo. El verdadero motivo está a menos de cuatro metros de distancia, al otro lado de la separación entre la zona de estar y el dormitorio.

Victoria Vance lleva horas respirando a pocos pasos de ella.

Respirando, moviéndose y emitiendo esos minúsculos ruiditos nocturnos que Harper juró haber borrado de su memoria.

Pero los recuerda todos. Por supuesto que los recuerda.

Victoria siempre empieza la noche con una respiración profunda y rítmica, y cuando entra en la fase de sueño más ligero, deja escapar un suspiro imperceptible cada cierto tiempo.

A veces también emite algún que otro murmullo.

Y como hace años, Harper ha intentado adivinar qué estaría sonando al hacer ese sonido.

—Esto es absurdo… —murmura muy bajito.

Harper se gira de lado por enésima vez. Su mente viaja sin permiso al antiguo piso que compartían.

A las protestas de Victoria porque Harper le robaba la manta y las excusas de Harper jurando que era inocente mientras tenía tres cuartas partes del edredón enrolladas en los muslos.

«Mierda». No puede empezar la mañana dejándose llevar por la nostalgia.

Poco después, suena el despertador. Victoria lo apaga al primer pitido.

Harper se queda inmóvil y cierra los ojos mientras finge que está dormida.

No sabe muy bien por qué lo hace. Quizá porque ver a Victoria despeinada y con los ojos entornados es cruzar un umbral que intenta evitar; o quizá porque teme que su exmujer lea en su cara que lleva horas escuchándola respirar como una adolescente.

Escucha los pasos descalzos de Victoria. El sonido de un cajón, y el recorrido de una cremallera.

—Sé que no estás dormida.

Harper abre un ojo con lentitud. Victoria está de pie junto a la mesa del salón, sujetando una botella de agua. Tiene el pelo revuelto y la expresión adormilada, una expresión que Harper no estaba preparada para enfrentar tan temprano.

Cuando se incorpora, Victoria dibuja una sonrisa pequeña y la mira con serenidad.

—Buenos días, Harper.

—Buenos días —musita esta, apartando la sábana. Victoria deja la botella sobre la mesa.

—La reunión con la directora de comunicación es a las nueve y media.

Tenemos que ser puntuales —le comunica Victoria—.

Y si somos puntuales, nos dará tiempo a tomar algo cerca de la sede y revisar el dosier por última vez.

¿Quieres utilizar el baño primero? Yo aún necesito diez minutos más para espabilar y enfrentarme al espejo.

Harper entrecierra los ojos.

—Vale, voy a ello.

Cuarenta minutos más tarde, Harper está de pie ante el espejo de cuerpo entero del vestidor.

Ha optado por un vestido midi en tono azul petróleo que cambia sutilmente de matiz según la luz.

Tiene un escote cuadrado muy sobrio, mangas cortas y una cintura limpia que enmarca su figura sin resultar agresiva.

Es profesional, impecable y proyecta la imagen de una mujer que sabe exactamente lo que hace.

También le sienta escandalosamente bien, un detalle que no debería importarle pero que le hace sonreír.

A su espalda, Victoria se está dando los últimos retoques frente al tocador.

Harper intenta concentrarse en sus propios pendientes, pero su mirada se desvía por el reflejo.

Victoria ha elegido un vestido marfil de líneas arquitectónicas, con un cuello asimétrico sutil y mangas hasta los codos.

La tela cae sobre sus curvas, ceñida por un cinturón fino de tono oscuro. Está… «imponente».

Harper traga saliva y vuelve la vista a su propio vestido, frunciendo el ceño al notar un pequeño fallo.

—Maldita sea. Se me ha enganchado la cremallera al final de la espalda.

Victoria levanta la mirada del espejo, sujetando el pincel de maquillaje.

—¿Qué ocurre?

Harper se gira de espaldas, sintiéndose ridículamente expuesta.

—¿Me echas una mano con la cremallera, por favor? Antes de que pierda la paciencia y rompa el vestido.

Harper escucha los pasos de Victoria aproximándose.

—Quédate quieta —pide la voz de Victoria.

Harper contiene la respiración. Victoria toma el pequeño tirador y empieza a subirlo.

Lo hace de una manera exasperantemente lenta.

Harper no sabe si lo hace a propósito o si la tela le está ofreciendo resistencia.

Es casi un martirio. Los nudillos de Victoria rozan su piel desnuda.

Una. Dos veces. Y de repente, un escalofrío nítido y violento le recorre toda la espalda, haciendo que el vello se le erice.

Victoria detiene el movimiento de la cremallera, y sus dedos se quedan apoyados en la nuca de la mujer.

—¿Tienes frío, Harper? —pregunta Victoria.

Harper clava la vista en el espejo frente a ellas. Victoria está pegada a su espalda. Tan cerca que Harper puede sentir el calor de su cuerpo.

—No. Estoy bien. Termina de abrocharme esto antes de que nos arrepintamos.

Victoria esboza una pequeña sonrisa.

—Listo.

Harper gira sobre sus talones. La distancia entre ambas sigue siendo ridículamente estrecha. El perfume de Victoria la rodea de lleno.

—Gracias.

—Faltaría más —responde Victoria, recorriéndola de arriba abajo—. Estás muy guapa.

—Tú tampoco estás mal —dice Harper.

Victoria se aparta hacia el tocador para coger un par de pendientes de perlas.

—¿Te parecen demasiado formales? —pregunta mientras se coloca uno—. No quiero parecer la típica que pretende dar lecciones de elegancia a una casa de alta costura.

Harper analiza el conjunto de su exmujer.

—Para nada. Creo que vas perfecta.

Harper traga saliva, necesitando romper esa ficción perfecta.

—Repasemos la hoja de ruta… —empieza Harper, endureciendo un poco el tono—. Para que ninguna improvise cuando estemos frente a la directora de comunicación.

Victoria asiente, apoyando las manos sobre la mesa.

—Adelante. Dispara.

Harper abre la primera página del cuaderno de notas, repasando los datos con el índice.

—La revista les va a ofrecer el compromiso de producir un reportaje audiovisual tras el lanzamiento.

Harper señala un punto del dosier.

—Como también les prometeremos reforzar la mención de la marca en la narrativa del artículo principal —prosigue Harper—. Citar el savoir-faire de la firma, destacar al diseñador y darle un espacio destacado en la sección de tendencia.

Victoria afirma con la cabeza.

—Sin rozar el publirreportaje, claro.

—Exacto.

—Pues yo creo que lo tenemos todo claro —apunta Victoria, y se echa un nuevo vistazo en el espejo.

Harper cierra la carpeta y va a buscar su perfume.

—Entonces, ya podemos irnos.

*

El coche con chofer rueda por las avenidas de Beverly Hills mientras la ciudad despierta.

Harper va pegada a la ventanilla, repasando sus notas mentalmente.

Victoria está a su lado, respondiendo correos en el teléfono.

Debería ser un momento lleno de ansiedad; la portada del año depende enteramente de los próximos minutos.

Sin embargo, Harper siente un aplomo extraño.

A pesar de los años de resentimiento, trabajar con Victoria sigue siendo una experiencia casi mística. Sus mentes se entrelazan con la misma perfección con la que solían hacerlo sus cuerpos.

Tiene el ejemplo de ello.

—¿Qué te preocupa? —suelta Victoria sin apartar los ojos de la pantalla.

—¿Cómo sabes que estoy preocupada?

Victoria se señala el entrecejo.

—Tienes esa arruga diminuta justo aquí. Siempre te sale cuando estás algo preocupada.

Harper se pasa la mano por la frente de inmediato.

—No digas tonterías…

Harper se gira hacia la ventanilla para ocultar la sonrisa rebelde que amenaza con aparecer en sus labios.

El coche las deja frente a Alfred Coffee , una cafetería selecta ubicada a pocas calles donde tendrá lugar la reunión.

El local es tranquilo, impregnado de un aroma intenso a grano tostado.

Consiguen una mesa pequeña junto a la gran vidriera que da a la calle.

Victoria pide un café americano sin azúcar; Harper opta por un cappuccino con abundante espuma de leche.

El camarero sirve las tazas y se retira.

—Sigues siendo fiel a tu cappuccino —comenta Victoria, observando la taza de Harper mientras remueve la suya.

—¿Qué esperabas? ¿Que me convirtiera en una persona diferente?

—No lo sé —admite Victoria—. Quizá esperaba encontrar a una Harper que me resultara ajena. Alguien a quien fuera fácil ignorar.

—A veces cuesta reconocer que seguimos siendo las mismas personas.

—A mí me cuesta horrores —confiesa Victoria, mirándola—. Especialmente cuando estoy sentada frente a ti.

Harper pasa los dedos por el asa de la taza, sintiendo que los nervios vuelven a tomar el control de su cuerpo.

—Estoy nerviosa —admite, en un intento por girar la conversación—. Sé que nuestra propuesta es sólida. Que no hay revista en este país que pueda ofrecerles el prestigio que nosotras les vamos a garantizar. Pero perder este vestido sería un varapalo enorme para la nueva etapa de Velvet pero descubrir que siguen siendo el equipo perfecto es una amenaza que no tiene ni idea de cómo afrontar.