Capítulo 7
El problema llega a la redacción de Velvet porque después de muchas pruebas, va a ser el eje principal del número de otoño.
La actriz que han conseguido para la portada solo tiene una ventana de pocos días antes de volar a un rodaje en Londres, el estudio de Los Ángeles cuesta una fortuna, y Julian ya tiene a medio equipo de producción instalado en la Costa Oeste. No se pueden permitir cancelarlo.
Victoria se masajea la sien.
—Según Julian, si no cerramos el acuerdo pronto, el vestido irá para la competencia —añade Harper. Se cruza de brazos y la observa—. Y ya sabemos cuáles serán las consecuencias.
No. Ni de coña.
—Por encima de mi cadáver —sentencia Victoria, clavando la mirada en los de su exmujer—. Después de la paliza que nos hemos pegado durante el último para de días, no pienso tirar por tierra el concepto.
Harper le dedica una sonrisa, pero en sus ojos brilla exactamente la misma llama guerrera que enamoró a Victoria hace años.
—Me alegra que estemos de acuerdo.
En ese instante, la puerta del despacho se abre de par en par. Eleanor entra sin llamar, con una taza de té en la mano.
—Perfecto —comenta Eleanor, mirándolas sobre sus gafas de pasta—. Veo que ya estáis al corriente. Así no tendré que perder el tiempo convenciéndoos.
A Victoria le recorre un escalofrío por la espalda.
—¿Convencernos de qué, Eleanor?
Eleanor se acerca a la mesa y deja dos sobres con el logo de la aerolínea sobre el planillo de la portada. Harper los mira primero.
—El vuelo sale en dos horas y cuarenta minutos. Beaumont no solo está poniendo pegas a las fechas, está cuestionando el concepto creativo. Necesito que seáis las dos quien solucionéis esto. Y quiero que me informéis en tiempo real. —Eleanor le da un sorbo al té—. Que tengáis buen vuelo.
La puerta se cierra tras ella cuando se marcha del despacho y Harper se pasa una mano por la cara antes de soltar un bufido de frustración.
—La odio. De verdad que la odio.
Victoria coge su maletín y se coloca la chaqueta.
—Ponte en la cola.
*
Cuatro horas más tarde, Victoria está sentada en el asiento de primera clase con una copa de champán la mano derecha y Harper casi pegada.
La situación debería ser cómoda. Pero no lo es. No cuando la mujer que tiene al lado es su exmujer, huele a una mezcla embriagadora y lleva un traje verde que le sienta de puta madre.
Han pasado la mañana corriendo entre controles de seguridad, llamadas desesperadas y correos enviados a toda prisa.
Victoria saca por cuarta vez el dosier y se pone a leer.
—La cláusula está bastante clara —comenta Victoria, golpeando con el dedo una frase en concreto—. Y van a correr un riesgo muy serio si al final ese vestido no aparece en nuestro número.
—Pero como siempre, hay vacíos legales que no se han tenido en cuenta.
—Lo que tenemos que hacer es venderles nuestro estatus —replica Victoria—. El prestigio de alcanzar a millones de lectores en papel. Algo que una simple portada digital no les va a dar jamás.
Harper da un sorbo a su copa y la mira por encima del cristal.
—Te veo muy segura —le dice a su exmujer.
Victoria sonríe con un toque de amargura.
—Siempre has dicho que mi seguridad era lo que más te atraía de mí.
Harper se queda congelada con la copa a medio camino de los labios. El tiempo se detiene en la cabina. Victoria ve cómo traga saliva y cómo sus ojos se oscurecen ligeramente.
—Lo siento. Ha sido un patinazo. No quería sacarlo.
Harper deja la copa en la bandeja con suma calma y se acomoda en el asiento, mirando hacia la ventanilla.
—No pasa nada, tampoco podemos ocultar el pasado. ¿No?
—No, supongo que no.
En ese momento, la azafata se acerca con una sonrisa amable para ofrecerles otra ronda. Harper, para sorpresa de Victoria, extiende su copa sin dudarlo un segundo. Victoria la mira con una ceja levantada.
—¿No has dicho antes de subir al avión que teníamos que llegar a la reunión con la mente despejada y la cabeza fría?
—Una copa más no me va a nublar las ideas —protesta Harper, dándole un sorbo generoso—. Me relaja las neuronas.
—Está bien, entonces brindemos por un futuro trabajo bien hecho —comenta Victoria y choca su copa con la de ella.
Una sonrisa se acentúa en los labios de Harper durante unos segundos. Se ha quitado la chaqueta del traje y lleva las mangas de la blusa remangadas hasta los antebrazos.
Victoria se descubre mirándola fijamente, al menos, hasta que Harper carraspea.
«Recuerda no repetir lo que pasó», se dice Victoria.
—Deberíamos... repasar la estrategia —comenta Victoria—. No podemos permitirnos improvisar.
Durante la siguiente hora se sumergen en las cifras, el impacto digital, los datos de distribución y los compromisos publicitarios. Y, como siempre que trabajan juntas, la magia vuelve a surgir. Harper encuentra el punto débil de la negociación y ambas ponen la nueva propuesta a punto.
Siempre fueron el mejor equipo. Quizá por eso divorciarse dolió tanto: Victoria no solo perdió a la mujer de su vida, perdió a la única persona en el mundo capaz de entender su mente sin necesidad de explicaciones.
Victoria gira la cabeza y se la queda mirando mientras Harper revisa un documento.
—¿Qué pasa? —pregunta Harper sin levantar la vista del papel.
—Nada. Solo… estaba pensando en cómo enfocar la reunión.
—Me estás mirando la boca, Victoria —responde Harper, girándose para mirarla a los ojos—. Eso no es pensar en cómo enfocar la reunión. ¿Te recuerdo cómo acabaron las cosas cuando hiciste lo mismo?
La mención al vestidor, le pone a Victoria los pelos de punta, y la ola de deseo le recorre de nuevo todo el cuerpo. Harper se pone roja y vuelve a enfrascarse en los papeles.
—Voy a intentar dormir un rato —anuncia Victoria, cerrando el portátil—Quiero estar al cien por cien cuando lleguemos.
—Buena idea —murmura Harper sin mirarla—. Yo haré lo mismo.
Victoria cierra los ojos, pero el sueño es una causa perdida. El perfume de Harper y el recuerdo abrasador de sus gemidos la mantienen en un estado de alerta insoportable.
No mucho después, Los Ángeles las recibe con un cielo de un azul precioso y un ambiente maravilloso, a pesar del tráfico infernal.
El coche que les ha puesto la agencia las deja en la puerta de un hotel de lujo en Beverly Hills con la noche ya caída. Entran en el vestíbulo perfumado con la única idea de darse una ducha e irse a la cama. Sin embargo, en cuanto se acercan a la recepción, Victoria sabe que pasa algo más.
El joven teclea como un loco mientras Harper tiene cara de querer estamparle algo en la cara.
—¿Ocurre algo? —interviene Victoria, acercándose al mostrador.
El chico suspira, visiblemente agobiado.
—Lo siento muchísimo, señoras. Ha habido un error. Solo tengo disponible una suite confirmada a su nombre. La segunda habitación se ha asignado por error a otro cliente y el hotel está al cien por cien de ocupación por la convención de medicina.
Harper parpadea, pasando del cansancio a la indignación.
—¿Me está diciendo que solo hay UNA habitación para las dos? —masculla y echa la cabeza hacia atrás.
«Genial, muy de novela romántica».
—Me temo que sí —responde el chico, tragando saliva—. Pero es nuestra Suite Ejecutiva. Tiene una cama maravillosa y un sofá cama en el salón privado. Además de unas vistas espectaculares.
—Genial, esto es lo que menos podía esperar después de un vuelo larguísimo.
El recepcionista parece a punto de llorar, y Victoria siente que una chispa de diversión la atraviesa.
—A ver, tampoco es para tanto, Harper —aclara Victoria, apoyando el codo en el mostrador—. Estamos en Beverly Hills, la suite es gigantesca y somos dos mujeres adultas. Creo que podemos sobrevivir una noche sin matarnos, ¿no?
Harper se gira hacia ella muy despacio. Sus ojos marrones son dos puñales afilados.
—¿Perdona?
Victoria se acerca un paso más a ella, bajando el tono de voz para que solo Harper pueda oírla, disfrutando del brillo que hay en su mirada.
—Digo que no pasa nada. Estoy completamente segura de que no te voy a comer… a menos que seas tú la que no se fía de su propio autocontrol.
A Harper se le encienden las mejillas al instante.
—Yo confío mil veces más en mi autocontrol que en el tuyo, Victoria. De aquí a la luna.
—Perfecto. Asunto arreglado —sonríe su exmujer con malicia.
Mira al recepcionista, que las observa como si estuviera viendo un episodio de un drama televisivo.
—Nos quedamos con la suite, gracias. Y aplique ese descuento por las molestias que está a punto de ofrecernos.
—¡Por supuesto! —sentencia el chico, respirando aliviado mientras codifica las llaves—. Planta diecisiete. Ascensor a la derecha. Que disfruten de su estancia.
La suite es todo un espectáculo. Amplia, elegantísima, iluminada con luces cálidas e indirectas y con un enorme ventanal con vistas a las luces centelleantes de Los Ángeles. Y, por desgracia para su frágil salud mental, es la habitación más romántica que Victoria ha visto en su vida.
Hay un arreglo de orquídeas frescas en la mesa del recibidor, una botella de champán en una cubitera acompañada de dos copas de cristal y, presidiendo el dormitorio principal, una cama de dimensiones colosales vestida con sábanas de seda que parecen gritar «pecado».
Harper deja su maleta junto al sofá del salón.
—Increíble —farfulla Harper, mirando la botella de champán con sarcasmo—. Flores, velas y champán. Eleanor debe de estar descojonándose de la risa desde Manhattan.
—La botella se puede quedar ahí sin abrir —dice Victoria, mientras abre el armario principal para colgar su chaqueta—. Nadie nos obliga a beberla.
—Es la ironía de la situación, Victoria. No esperaba que el universo nos encerrara en una suite nupcial.
Victoria suelta carcajada mientras coloca dos de sus blusas en las perchas.
—Acepta el juego, Harper. No nos va a pasar nada.
Harper se queda en el marco de la puerta del dormitorio, observándola con los brazos cruzados sobre el pecho. Victoria ve cómo sus ojos siguen cada uno de sus movimientos mientras organiza sus cosas.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta Harper.
—Deshacer la maleta. No quiero que la ropa se me arrugue. Y dejándote el sitio libre para ti. —Victoria se encoge de hombros—. Tampoco quiero que tu ropa sufra las consecuencias.
—Qué considerada. París te ha cambiado.
—Siempre he sido así —replica Victoria, mirándola sobre el hombro con una media sonrisa—. Cuando quiero serlo.
Sus ojos se cruzan durante tres segundos eternos.
Estar ahí con ella, haciendo algo tan cotidiano como compartir un armario, le resulta extrañamente familiar.
Le recuerda a los viajes que hacían cuando estaban casadas, a las risas en los hoteles, a hacer el amor hasta las tantas antes de afrontar una reunión de trabajo.
A Victoria se le seca la boca de golpe. Necesita salir de esta burbuja antes de hacer alguna estupidez.
—Si quieres, puedes quedarte tú con la cama —ofrece Victoria, señalando el colchón—. A mí no me importa dormir en el sofá cama.
Harper abre la boca para replicar, pero Victoria se adelanta antes de que pueda empezar a protestar.
—Voy a darme una ducha rápida —anuncia Victoria, cogiendo su bolsa de aseo y un pijama de satén negro—. Después pedimos algo de cenar y repasamos los puntos clave para la reunión de mañana. Los límites que no vamos a cruzar y lo que podemos ceder.
Harper la mira con recelo, como si buscara la trampa en sus palabras.
—Puedo dormir en el sofá. No te preocupes.
—Bien. Pues así quedamos.
Victoria se dirige hacia el cuarto de baño buscando desesperadamente un poco de distancia. Justo cuando va a poner el pie dentro, la voz de Harper la detiene.
—Victoria.
Victoria se gira en el umbral, con la mano apoyada en el marco de la puerta.
—¿Sí?
—Nada —dice Harper al cabo de un segundo, negando con la cabeza—. Yo iré pidiendo la cena para cuando salgas.
—De acuerdo —murmura Victoria.
Entra en el baño y cierra la puerta. Después, se apoya de espaldas contra la madera, dejando caer la cabeza hacia atrás mientras suelta un largo suspiro.
—Ni se te ocurra, Victoria —se advierte—. Ni se te ocurra complicar esto más de lo que ya está.