Te quiero a ti Capítulo 6
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Capítulo 6

Harper sabe que ha cometido el error de su vida incluso antes de abrir los ojos.

No porque recuerde de inmediato cada detalle de la noche anterior, sino porque su propio cuerpo se encarga de enviarle un informe detallado de todo lo sucedido.

Durante diez segundos se queda quieta, clavando la mirada en el techo de su dormitorio mientras Manhattan despierta al otro lado de los ventanales con su habitual concierto de cláxones. Y entonces, como un bofetón de realidad, la memoria le devuelve las imágenes en alta definición.

—Joder… Joder, joder, ¡joder!

Las imágenes llegan una tras otra.

Victoria. Su boca. Sus manos. La forma en que sus cuerpos chocaron contra la pared del vestidor, cuando ella misma buscó a su exmujer hasta en tres ocasiones.

El sonido de los gemidos ocultándose entre besos feroces.

El tacto de los dedos de Victoria dentro de ella, llevándola al límite hasta hacerla perder la cabeza por completo.

Harper se tapa la cara con ambas manos y ahoga un grito contra las palmas.

—Joder, joder, joder —repite una y otra vez.

A las siete y veinte ya está duchada, vestida con un traje verde botella que grita «soy una mujer de negocios» y perfectamente maquillada para disimular que ha dormido exactamente tres horas.

A las siete y cincuenta descubre que engañar a los redactores de la planta cuarenta y dos quizá sea posible, pero engañarse a sí misma se va a convertir en un chiste de mal gusto.

Ha quedado con Solange en Maman , una cafetería con encanto parisino a tres calles de la redacción. Es su refugio habitual cuando necesitan desplegar el gabinete de crisis sin que las hienas de relaciones públicas escaneen cada uno de sus movimientos.

Harper llega primero. Pide un cappuccino doble y se sienta en un rincón discreto, bajo la luz cálida de una lámpara de mimbre.

El olor a croissants recién horneados debería ser su lugar feliz, pero tiene el estómago cerrado.

Revisa el teléfono cada cuarenta segundos. Perfecto, Victoria no le ha escrito.

«Y que siga así», se dice a sí misma mientras tamborilea los dedos sobre la mesa.

La puerta de la cafetería se abre y Solange aparece envuelta en un abrigo camel, con gafas de sol oscuras a pesar del día nublado y una energía desbordante que a Harper le parece una agresión.

—Buenos días, pecadora —saluda Solange, quitándose las gafas con un gesto dramático de diva de los años cincuenta.

Harper cierra los ojos un instante, tomando aire.

—Buenos días a ti también, Solange.

Su amiga se deja caer en la silla de enfrente y la examina.

—¿Qué tal la noche con el demonio vestido de Chanel?

Las mejillas de Harper arden al instante, y de inmediato, se apura a coger la taza para esconder la cara, rogando que la cafeína obre un milagro.

—Bien. Muy bien. Fuimos superproductivas.

Solange se queda muda. Su sonrisa se apaga, y enseguida se inclina sobre la mesa, sobrepasando el florero, para atrapar las manos de su amiga en cuanto deja la taza de café.

«Mierda. Se ha dado cuenta».

—Harper Brooks. Mírame a los ojos. ¿Qué ha pasado?

Harper mira sus manos. Las separa de golpe y las esconde bajo la mesa, maldiciendo mentalmente a su amiga.

El camarero interrumpe el tenso momento al dejar un plato con tostadas de aguacate y el café de Solange. Harper espera con la mandíbula apretada a que el chico se aleje. Es la hora de la verdad.

—Tú ganas. Y de todas formas te vas a enterar —apunta rápido. Toma aire, y se llena de valor—. Anoche… Victoria y yo nos follamos.

Solange parpadea. Una vez. Dos. La taza de café se le queda a medio camino de la boca.

—¿¡QUE QUÉ!? —chilla.

Tres personas de las mesas colindantes se giran de golpe. Un señor maduro que leía el The New York Times baja el periódico para mirarlas sobre sus gafas de lectura. Harper siente que se derrite de vergüenza y se hunde en el respaldo de la silla.

—Más alto, por favor. Creo que en la cocina no se han enterado —masculla entre dientes, con las orejas ardiendo.

—Dime que es una broma —exige Solange en un susurro histérico—. Dime que te has despertado con ganas de tomarme el pelo antes del segundo café.

El silencio de Harper es denso, culpable y tridimensional. Solange se lleva las manos a la cabeza, despeinándose su melena.

—Madre mía de mi vida.

—Solange, por favor…

—¡Madre mía!

—Baja el volumen. Te lo suplico.

—¡Es que has roto la primera norma del manual de lo que debe ser una ex!

—farfulla su amiga, gesticulando salvajemente—.

No se vuelve al pasado. No se pisa terreno quemado.

Y, sobre todo, ¡no te acuestas con tu exmujer cuando os estáis jugando la dirección de la revista más importante del grupo editorial!

¿En qué demonios estabas pensando, Harper?

Harper le da un sorbo a su cappuccino, buscando desesperadamente algo de valor en el líquido amargo.

—Sinceramente… en el cuerpazo que tiene Victoria.

Solange se queda petrificada, con la boca abierta en una «O» perfecta. Luego, lentamente, se lleva la mano al pecho.

—Madre mía.

—Deja de repetir eso, joder —protesta Harper—. Que pareces un disco rayado.

—Es que no tengo vocabulario suficiente para describir la magnitud de este desastre. Que Victoria lleva aquí tres días y ya te has liado con ella —protesta Solange—. ¿Dónde…?

Harper baja la mirada hacia su tostada, jugueteando con el tenedor.

—En el vestidor de producción.

Solange se atraganta con el café.

—¿En el vestidor? ¿Entre la ropa prestada de Dior y Chanel?

—Empezamos a discutir… Nos echamos cosas en cara… Ella me acorraló, me desafió a que la detuviera… y no lo hice.

—Aquí está la mujer que lleva cinco años pregonando que es independiente y que había superado a su ex.

—En mi defensa, diré que ahora es más dominante y que… no fui capaz de pensar en nada más.

Su amiga suspira, esta vez abandonando para deslizar su mano sobre la mesa y acariciar los nudillos de Harper.

—No te voy a juzgar. Bueno, un poco sí, porque la situación es para escribir un guion, pero te entiendo —afirma Solange antes de esbozar una sonrisa—. De repente te la ponen a trabajar contigo y la tensión sexual ha estallado. Imposible de rechazar.

Harper apoya la barbilla en la mano libre, sintiendo el cansancio de repente.

—Es un desastre. Si Eleanor se entera…

—Eleanor no se va a enterar a menos que os pongáis a hacer un bis en el despacho —la interrumpe Solange—. Lo que me preocupa no es Eleanor. Me preocupas tú. Para ti el sexo con Victoria nunca ha sido «solo sexo». Aunque te quieras convencer de que fue un desahogo de madrugada entre percheros.

—No va a repetirse. Lo digo totalmente en serio. Anoche fue una excepción catastrófica. Un momento de debilidad por el cansancio —comenta Harper con la taza de café cerca de sus labios—. A partir de ahora, va a ser una compañera más.

Solange ladea la cabeza, mirándola con escepticismo.

—Eso ha sonado precioso. Lástima que no te lo creas ni tú.

—Me lo creo porque no tengo otra opción —sentencia Harper, levantando la vista con determinación—. Me he matado a trabajar para conseguir este puesto. No voy a tirar mi carrera por la borda por un par de orgasmos increíbles y un bonito recuerdo del pasado.

—Bien —asiente Solange, dándole un mordisco a su tostada—. Me gusta esa actitud. Solo asegúrate de que cuando tengas a Victoria a diez centímetros, tu cuerpo no decida por ti.

*

A las nueve y cinco, la redacción de Velvet & Silk es un hervidero de actividad. Los asistentes corren con perchero cargados de ropa, las impresoras echan humo y el teléfono de recepción no para de sonar. Harper atraviesa la planta con el vaso de café de Starbucks y con la barbilla bien alta.

Al entrar en el despacho compartido, el corazón le da un vuelco salvaje.

Victoria está de pie junto a la mesa central, inclinada sobre una maqueta impresa gigante.

Lleva un pantalón de talle alto de color crema y una camisa de seda negra con los primeros botones desabrochados.

Su melena cae en ondas perfectas y tiene el ceño fruncido en ese gesto de concentración que Harper conoce tan bien.

Al oír la puerta, Victoria levanta la vista.

Sus ojos verdes, intensos y magnéticos, se clavan en los de Harper. Por un segundo interminable, el aire del despacho desaparece. Es imposible no mirar su boca y no recordar el sabor a menta y café, o no mirar sus manos y no sentir la presión de esos dedos dentro de su cuerpo.

—Buenos días —saluda Victoria Como si la noche anterior no se hubiera manchado los dedos con la humedad de Harper.

—Buenos días —responde Harper mientras deja su bolso sobre la mesa.

Victoria sostiene la mirada un par de segundos más, analizando la postura rígida de Harper, antes de dar un paso hacia atrás y cruzarse de brazos.

—Imagino que venimos a lo mismo.

—Exacto —asiente Harper, dejando que la mesa sea un muro entre ambas—. Lo de anoche fue una locura. Algo que no puede volver a suceder bajo ninguna circunstancia.

Victoria arquea una ceja con elegancia. Su expresión es una máscara impenetrable, pero Harper detecta que no está del todo de acuerdo a pesar de lo que le dice a continuación:

—Coincido plenamente —responde Victoria con frialdad—. Fue un desliz impropio de nuestra posición. Ambas nos dejamos llevar por el agotamiento y cruzamos un límite profesional inaceptable. Acepto mi parte de culpa.

Harper parpadea. Vaya. Esperaba cierta resistencia, o al menos un comentario sarcástico. Escuchar a Victoria calificar lo que ocurrió como un «desliz impropio» le daña un poco en el orgullo.

—Estupendo. Me alegra que estemos en la misma página.

—Por supuesto. Somos personas adultas. Nos espera una reunión con el consejo la semana que viene y no podemos permitir que… distracciones físicas interfieran con el trabajo.

—Me parece perfecto —dice Solange.

«Pero a partir de ahora te pido que no me provoques», quiere añadir.

Victoria pierde la sonrisa y su mirada va a parar a todo el material que tiene sobre la mesa.

—Entonces haremos como si lo de anoche no hubiera ocurrido jamás.

Harper se fuerza a sí misma a romper el contacto visual y se abalanza sobre el planillo desplegado.

Durante las dos horas siguientes, el despacho se convierte en una demostración magistral de eficiencia. A pesar de la barrera invisible que han levantado, la compenetración entre ambas a nivel profesional es casi espeluznante.

—Los anunciantes nos han pedido que movamos estas cuatro páginas —dice Victoria, señalando un bloque en azul con un rotulador—. Quieren meter la doble página de Chanel justo después de la entrevista principal.

Harper examina la maqueta y niega con la cabeza de inmediato.

—Ni de broma. Eso va a romper la narrativa. Si metemos un anuncio agresivo justo después de un texto tan íntimo, mataremos el ritmo de lectura. La sección de joyería tiene que ir antes del editorial.

Victoria se queda mirándola en silencio durante tres segundos. Harper se prepara para la próxima discusión, conteniendo el aliento.

—Les he dicho exactamente lo mismo —revela Victoria, y una pequeña sonrisa de triunfo ilumina su rostro—. Y el director me ha mirado como si le estuviera tomando el pelo.

Harper parpadea, sorprendida.

—¿Has defendido la transición narrativa frente a la comercial?

—Por supuesto —afirma Victoria—. Puede que haya estado cinco años en París, pero sigo sabiendo cómo se estructura una revista de prestigio, Harper. No voy a dejar que destrocen el ritmo del número por rascar unos cuantos miles más en publicidad.

—Vaya —murmura Harper, sintiendo una calidez absurda en el pecho—. Esto tendríamos que celebrarlo.

—No te acostumbres —bromea Victoria—. Aunque reconozco que da gusto trabajar con alguien que no necesita que le explique tres veces por qué la jerarquía importa.

Harper sonríe de forma genuina. Es un error, lo sabe. Porque cuando Victoria sonríe de vuelta, el despacho deja de parecer una oficina y vuelve a ser un refugio que le recuerda a otras maquetas, pizzas frías a las tres de la mañana y sueños gigantescos.

La complicidad flota entre ellas, tan sólida y palpable como la mesa de madera que las separa.

Y Harper teme que la facilidad con la que sus mentes se conectan, le traiga muchos más problemas.

Porque debajo de los cinco años de rencor, del divorcio, de la distancia y de la competencia por el puesto, Victoria sigue siendo el mejor equipo que ha formado.

—Esto va a ir muy bien —sonríe.