Te quiero a ti Capítulo 5
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Capítulo 5

—¿O es que vas a mentirme y decirme que no te acuerdas?

Victoria apenas reconoce su propia voz cuando formula la pregunta.

Suena más grave, erosionada por la falta de aire y por algo infinitamente más peligroso que lleva años ignorando.

Harper permanece inmóvil delante de ella, pegada al perchero.

Sus ojos, oscurecidos y retadores, están clavados en los suyos.

Debería apartarse. La parte sensata de su cerebro se lo exige a gritos. Debería dar un paso atrás, e irse a su apartamento antes de que los últimos años de distancia queden reducidos a cenizas en un vestidor.

Pero Harper no se mueve. Su respiración es agitada, una marea rápida que hace subir y bajar el escote de su prenda de seda, y el calor que desprende su cuerpo atraviesa los escasos centímetros que las separan.

—Siempre haces lo mismo —murmura Harper. Su voz suena ronca, rasgada en los bordes.

Victoria arquea una ceja, aunque siente cómo el pulso le martillea desbocado en la garganta.

—¿El qué?

—Llevarme hasta el límite —responde Harper, humedeciéndose los labios con la punta de la lengua, un gesto inconsciente que a Victoria le arde entre las piernas—. Hacer que no sepa si quiero tirarte algo a la cabeza o…

—¿O qué, Brooks? —la desafía Victoria, inclinando apenas el rostro.

—No te hagas la idiota. Sabes perfectamente a qué me refiero.

—Nunca se me ha dado bien adivinar las cosas. Y menos contigo.

—Mentira. Contigo siempre ha sido todo a vivir o morir.

Harper intenta desplazarse hacia la derecha para poner distancia —y un poco de cordura—, pero su talón choca contra una caja de accesorios olvidada por ahí.

Pierde el equilibrio y el instinto de Victoria se mueve de inmediato: le rodea la cintura con el brazo izquierdo y la atrae hacia sí.

La caja se desliza y un choque de brazaletes metálicos resuena como música de fondo.

El impacto pega a Harper de lleno contra su cuerpo.

Victoria deja de respirar. Su mano presiona la cadera de Harper; la otra se aferra a su hombro.

Siente el pecho de su exmujer aplastado contra el suyo, el endurecimiento instantáneo de sus pezones tras la tela, y ese maldito perfume con un toque de sándalo que la ha perseguido en cada sueño desde que pisó Francia.

—Suelta —susurra Harper. Pero no hace el menor gesto por separarse. Al contrario: apoya la palma de la mano sobre el pecho de Victoria, aferrándose a la tela de su ropa.

—No parece que sea eso lo que pide tu cuerpo —responde Victoria con voz áspera, deslizando los dedos de la cadera hacia la parte baja de la espalda de Harper, obligándola a pegarse aún más. Siente el centro cálido de Harper rozando su muslo.

—No te atrevas a decidir por mí —protesta Harper, clavándole la mirada. Hay rabia, sí, pero también una necesidad que ahoga cualquier intento de mantener la dignidad.

—Dime que me detenga, entonces —desafía Victoria, inclinándose hasta que sus labios casi rozan la comisura de la boca de su exmujer—. Dímelo ahora y me largaré de aquí.

Harper traga saliva. Sus ojos bajan a la boca de Victoria, hinchada y ansiosa, y luego suben.

—Cállate la boca, Vance —murmura Harper, e interrumpe la distancia enganchando sus dedos en el cuello de Victoria para arrastrarla hacia abajo.

El beso no tiene nada de prudente ni de diplomático.

Es un choque hambriento, una explosión de rabia y deseo acumulados.

Los labios de Harper se abren al instante y Victoria no pierde un segundo: introduce la lengua con posesividad, explorando esa cavidad cálida que conoce mejor que nada en el mundo.

Harper gime en el acto, un sonido grave que vibra directo en el pecho de Victoria, y enreda las manos en su pelo, tirando con fuerza para profundizar el contacto.

Victoria la empuja contra la pared del vestidor.

Varios vestidos caen de sus perchas en un susurro de seda, pero a ninguna le importa.

Victoria acorrala a Harper con su propio cuerpo, encajando la rodilla entre las piernas de su exmujer.

Harper ahoga un gemido al sentir la presión en su centro, abriendo de par en par las piernas para darle acceso y rodear la cintura de Victoria con sus muslos.

—Maldita seas —jadea Harper en cuanto Victoria separa los labios unos milímetros para bajar la boca hacia su cuello.

—Sigue hablando… —susurra Victoria contra la piel caliente de su garganta, mordisqueando la línea de su mandíbula hasta sacarle un escalofrío.

Las manos de Victoria bajan a toda prisa por la espalda de Harper, y luego cuela una mano entre su ropa.

Harper echa la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello por completo, mientras sus manos buscan ciegamente la piel cálida de Victoria.

Se cuela también entre su ropa y Harper mete las manos directas al sujetador de encaje de Victoria, apretando sus pechos con una desesperación que sacude a la mujer.

—Joder… —jadea Harper entre besos desordenados, tirando de la prenda de Victoria hasta quitársela de los hombros y dejarla caer—. Llevo años queriendo que mueras en mis labios.

—Puedes intentarlo luego… —responde Victoria, con una sonrisa deliciosa en sus labios.

Desliza las manos por debajo de la ropa interior de Harper. La piel de sus nalgas está ardiendo. Cuando Victoria presiona la palma de su mano contra la entrepierna de Harper, la encuentra empapada, desprendiendo un calor abrasador que atraviesa el encaje.

—Dios… —Victoria suelta un suspiro entrecortado, sintiendo el triunfo y la necesidad arder en su vientre—. Me tenías ganas ¿eh?

—Calla y fóllame —exige Harper, tomándola de la nuca y clavando sus uñas en la piel mientras arquea la cadera hacia arriba, buscando desesperadamente el contacto.

Victoria no se hace rogar. Desplaza la tira de la lencería a un lado y hunde dos dedos directo en la humedad caliente de Harper.

El gemido de Harper es alto, nítido, amortiguado solo porque Victoria le tapa la boca con la suya en un beso profundo y húmedo.

Victoria empieza a mover los dedos dentro de ella, despacio al principio, sintiendo cómo las paredes internas de Harper la aprietan con violencia, reconociéndola, abrazándola.

—No has cambiado nada… sigues siendo igual de impertinente… —murmura Harper entre jadeos, abriéndose más de piernas sobre la rodilla de Victoria mientras esta acelera el ritmo.

—Y tú sigues deseándome exactamente igual que cuando estábamos casadas —le susurra Victoria al oído, rozando el clítoris de Harper con el pulgar.

Harper suelta una maldición, sacudiéndose contra la mano de Victoria. Sus dedos se clavan en los hombros desnudos de la mujer, que teme dejarle alguna marca.

—Victoria… no te atrevas a parar… no puedo…

Victoria añade otro dedo, estirando a Harper mientras aumenta el ritmo y la presión del pulgar sobre su clítoris.

Harper pierde la cabeza. La editora impecable y diplomática desaparece por completo; en su lugar hay una mujer fuera de control, con los ojos enredados de placer, la cabeza echada hacia atrás y las caderas moviéndose en un compás salvaje contra la mano de su exmujer.

—Mírame —le ordena Victoria, dominante, rozando su frente contra la de ella mientras no deja de mover los dedos en su interior—. Harper, mírame.

Harper abre los ojos, empañados por la niebla del orgasmo inminente. La mira con una mezcla de devoción y rabia.

—Eres un demonio —consigue articular Harper, justo antes de que el movimiento ágil y preciso del pulgar de Victoria la empuje al abismo.

El orgasmo golpea a Harper con la fuerza de un rayo.

Su cuerpo convulsiona, apretando los dedos de Victoria en su interior.

Suelta un gemido agudo que Victoria absorbe pegando la boca a la suya, sintiendo cómo los cimientos de Harper se desmoronan por completo entre sus manos.

Harper se aprieta contra ella, temblando de los pies a la cabeza, aferrada a los hombros de Victoria como si fuera lo único firme en un mundo que acaba de dar una vuelta de ciento ochenta grados.

Victoria no la deja respirar. Mientras Harper aún se recupera de las oleadas de placer, Victoria la gira con firmeza, pegando el pecho de Harper contra la pared. Harper suelta un gemido de sorpresa al verse desmelenada, con la ropa bajada hasta los muslos y las mejillas encendidas.

—¿Qué… qué haces? —jadea Harper, mirando el reflejo de Victoria en uno de los espejos.

Victoria le baja la ropa interior del todo y se pega a su espalda. Con una mano le sujeta ambas muñecas sobre la cabeza; con la otra, desliza la mano por el vientre de Harper hasta volver a hundir sus dedos húmedos entre sus labios hinchados.

—Todavía no he terminado contigo —murmura Victoria contra su oreja, mordiéndole el lóbulo mientras vuelve a meterle dos dedos hasta el fondo por detrás.

—Ah… ¡Victoria! —Harper se arquea, apoyando la frente e incapaz de resistirse a la embestida.

Victoria trabaja el sexo de Harper con ritmo feroz, usando su propia humedad para lubricar el frote incansable sobre su clítoris. Harper mueve las caderas hacia atrás, buscando más profundidad, suplicando implícitamente con cada impacto de su trasero contra Victoria.

—Dilo —exige Victoria, acelerando el movimiento hasta que el sonido de la lubricación llena el vestidor—. Di de quién es este cuerpo.

—Tuyo… maldita sea, tuyo —grita Harper, perdiendo todo el orgullo, mirando fijamente a los ojos de Victoria en el reflejo mientras se contrae de nuevo en un segundo orgasmo devastador que la deja sin fuerzas en las piernas.

Victoria la sostiene antes de que se desplome.

Retira los dedos lentamente, disfrutando del leve temblor involuntario que recorre el cuerpo de Harper, y la gira hacia ella.

Harper se apoya contra su pecho, respirando como si hubiera corrido una maratón, con el pulso acelerado batiendo contra las costillas de Victoria.

Victoria le retira un mechón de pelo sudoroso de la frente con una ternura inesperada que descoloca a ambas. Harper levanta la vista, todavía aturdida por la intensidad del encuentro, con los labios enrojecidos y la mirada vulnerable.

—Esto… —empieza Harper, tratando de arreglarse la ropa con manos temblorosas—, esto es una locura.

—Definitivamente —coincide Victoria—. Una imprudencia de primer nivel.

Harper suelta una risa, sin aliento, acomodándose la ropa y apoyando la espalda contra la pared.

—Eleanor nos va a matar si se entera. O peor: nos va a ascender por trabajar con tanta «pasión».

—Técnicamente, hemos optimizado el tiempo —sonríe Victoria, buscando su propia ropa—. Aunque la propuesta sigue sobre la mesa.

Harper la mira, recorriendo con los ojos la boca de Victoria. La tensión entre ellas no ha desaparecido, pero el aire denso y sofocante de antes ha dado paso a una complicidad peligrosa, cargada de electricidad e incertidumbre.

—Mañana vamos a tener que mirarnos a la cara en la reunión de las nueve —dice Harper.

—Y seremos dos profesionales intachables —responde Victoria, acercándose un paso más a la mujer, rozando su vientre con la yema de los dedos—.

Dos personas adultas, maduras y civilizadas que no se han hecho nada malo.

Así que…, vas a tener que esforzarte. Porque la noche es muy larga…

y la temporada en Nueva York solo acaba de empezar.

Y después de eso, Harper se lanza a los labios de Victoria otra vez.