Te quiero a ti Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—A ti siempre te ha gustado el espectáculo —le espeta Harper, mirándola a los ojos—. En las reuniones, en las entregas de premios… en todo.

Victoria se gira. Sus ojos se clavan en los de Harper con una intensidad que la hace dar un paso atrás hasta chocar contra el borde de la mesa.

—En realidad, no en todo… —comenta dando un par de golpecitos sobre la mesa—. Solo cuando sentía que valía la pena el esfuerzo, o cuando había alguien al otro lado a quien realmente le importaba ver cómo brillaba.

Harper siente un vuelco en el corazón.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Nada.

—Déjate de historias. No tengo el cuerpo para tus adivinanzas, Victoria.

Ella no contesta. Se limita a mirarla. Harper deja la fotografía sobre la mesa porque le tiemblan las manos.

Necesita salir de su radio de alcance. Camina hacia el fondo, donde cuelgan los abrigos de muestra, y se pone a recolocar las perchas por orden de color.

Es un trabajo absurdo e inútil, pero le permite darle la espalda.

El cansancio le está jugando una mala pasada, eso lo tiene muy claro.

Las defensas que ha tardado años en construir con la ayuda de la terapia, se están rompiendo delante de sus narices.

De repente, Harper se acuerda de los domingos por la mañana en su apartamento.

Se acuerda de cómo Victoria se acercaba por detrás mientras ella preparaba el café, rodeándole la cintura y apoyando la barbilla en su hombro sin decir nada.

Se acuerda de la sensación de que, mientras ella estuviera allí, el mundo exterior podía arder.

Qué traicionera es la memoria. Porque solo recuerda el calor. La boca de Victoria en su cuello. Las promesas en la oscuridad.

—Harper.

Harper cierra los ojos un segundo antes de darse la vuelta.

—¿Qué?

Victoria está a tres pasos de ella. Ha dejado la pluma sobre la mesa. Tiene los hombros caídos y la mirada desnuda.

—Estoy agotada, Victoria. No tengo ganas de tonterías —añade.

—Podemos dejarlo aquí si quieres —responde Victoria—. Venimos mañana a eso de las seis y terminamos de montar la maqueta antes de que Eleanor.

—Eleanor quiere un trabajo limpio —protesta Harper—. No voy a darle el gusto de pensar que no he podido con esto.

Victoria suspira.

—No hace falta que te tomes esto como algo de vida o muerte. Si estás cansada lo suyo es que te vayas a casa.

—Tú no eres la persona más indicada para darme lecciones de moderación —le reprocha Harper, dando un paso hacia ella.

—¿Por qué no?

—¡Porque entraste por esa puerta dispuesta a aplastarme! Para demostrarle al mundo entero que podías hacer mi trabajo mejor que yo. Desde el primer minuto.

—¡Eso no es verdad! —dice Victoria, recortando la distancia entre las dos.

—¿Ah, no? ¿Y qué demonios ha sido lo que ha pasado en la reunión de esta mañana?

Victoria se detiene justo delante de Harper. Puede sentir el calor que emana de su cuerpo.

—Intentaba sobrevivir a volver a verte —suelta Victoria de golpe.

La frase se estrella contra las paredes, y Harper se queda sin aliento.

—¿Qué?

—Intento hacer mi trabajo —repite Victoria—. El trabajo por el que me han pagado para volver a esta ciudad. Y estoy intentando… intentando por todos los medios no mirarte más de tres segundos seguidos. Porque cada vez que lo hago, recuerdo exactamente por qué me fui. Y me entra un pánico atroz.

—Esa es una excusa cobarde, Victoria.

—Es la única verdad que tengo ahora mismo. Lo que pasó entre nosotras… el desastre que provocamos… no cabe en esta revista, Harper. Ni cabrá en las seis semanas que dura este proyecto.

—Claro —dice Harper, sintiendo que la rabia vuelve a circular por sus venas—. Qué conveniente para ti. Marcar los límites cuando te interesa.

Se gira de nuevo para alejarse, pero enseguida, escucha pasos detrás de ella. Victoria se detiene tan cerca que Harper siente su respiración rozándole la nuca.

Y entonces, Victoria se inclina apenas un milímetro hacia su cuello.

—Todavía usas el mismo perfume… —murmura.

Harper se queda paralizada. El corazón le da un vuelco tan salvaje que teme que pueda oírlo.

—Pensé que lo habrías cambiado —continúa Victoria, y Harper tiene la ilusión de que le acaricia el cuello—. Por cualquiera que no me hiciera pensar en ti cada vez que cruzas los pasillos.

Harper aprieta las manos contra uno de los percheros.

—No voy a cambiar mis hábitos solo porque a ti te traigan recuerdos de nuestro fracaso —consigue decir Harper.

Victoria da un paso más. Harper siente su mano dudar en el aire, a milímetros de su cintura, aunque no llega a tocarla.

—No fue del todo un fracaso —le dice.

Harper se vuelve, obligándola a mirarla de frente. Su rostro está a escasos centímetros. La mirada de Victoria baja un segundo hacia sus labios antes de volver a clavarse en sus ojos. El gesto es tan rápido que cualquiera lo habría pasado por alto, pero Harper conoce cada una de sus reacciones.

—Nos destruyó el trabajo, Harper —continúa Victoria, con total honestidad—.

Nos destruyó la ambición, las horas extras, el miedo a no ser suficientes.

Pero sabes perfectamente que había cosas entre nosotras que hacíamos de forma insuperable.

Cosas que no tenían nada que ver con una puta revista.

Cosas que solo existían cuando apagábamos las luces.

Harper nota el calor de su cuerpo envolviéndola. Victoria inclina la cabeza hacia ella. Un movimiento casi imperceptible. Tan lento que le da a Harper todo el tiempo del mundo para apartarse.

Pero no lo hace en absoluto.

—¿O es que vas a mentirme y decirme que no te acuerdas? —susurra contra sus labios.