Te quiero a ti Capítulo 4
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Capítulo 4

A las nueve y nueve minutos de la mañana, la primera reunión de producción del número de otoño se convierte en un auténtico desastre.

Harper Brooks lo sabe porque mira fijamente el reloj de pared de la sala, convencida de que, si se concentra lo suficiente, podrá congelar el tiempo y evitar que Victoria Vance vuelva a abrir la boca.

La mujer contempla las fotografías extendidas sobre la mesa mientras Victoria desmonta a placer una propuesta que ella y su equipo llevaban puliendo dos semanas antes de que llegara.

—No podemos basar toda la editorial en tonos tan apagados, creí que ya habíamos visto ese punto —afirma Victoria.

Y con un gesto despiadado, desliza tres fotografías de prueba al centro de la mesa—.

Puede que sea otoño en Nueva York, pero no estamos en un funeral en Connecticut. Necesitamos más vida e impacto.

Harper inspira por la nariz, contando hasta cinco en un intento desesperado por mantener la calma que tanto le ha costado construir en Velvet & Silk .

— Es una paleta contenida. Sofisticada y reconocible, Victoria —responde, forzando a la calma—. Exactamente lo que nuestros lectores esperan ver en portada cuando abran la revista.

—Si de verdad crees que eso es lo que la gente quiere ver… Adelante, vamos a avocarnos al fracaso.

Frente a ellas, Julian, el jefe de fotografía, se lleva la taza de café a la boca para ocultar una sonrisa traicionera. Aunque Harper lo caza al vuelo.

—¿Quieres compartir algo con nosotras, Julian? —lo ataca de inmediato—. Porque este es el momento.

Julian niega con una inocencia francamente insultante, aunque le brillan los ojos por la escena tan divertida que está viendo.

—Jamás osaría interrumpir un intercambio creativo tan enriquecedor. Me limito a observar. Es una experiencia educativa fascinante.

—Necesitamos otro contraste —continúa Victoria, ajena a todo lo demás—. Más improvisación, textura. Y menos de esta perfección tan estudiada. Tal y como hicimos en el nuevo boceto.

—Pero es que ese boceto no lleva un trabajo anterior de dos semanas, Victoria.

—Para esto he venido ¿no? Para cambiar lo que haga falta —le espeta.

«¿A qué viene este cambio de opinión?», se pregunta.

Harper golpea la punta de su bolígrafo rítmicamente contra el cuaderno.

—La revista lleva cuatro años recuperando lectores y anunciantes porque hemos creado una identidad visual sólida y reconocible —le recuerda Harper, remarcando cada palabra—.

Una identidad que la gente busca, que espera y que distingue en un quiosco entre cincuenta publicaciones más.

Eso no se construye de la noche a la mañana.

—Una identidad visual que no evoluciona se convierte en una fórmula. Y por eso la tendencia está disminuyendo internacionalmente. ¿Te recuerdo que debemos fusionar nuestra visión? —replica Victoria sin pestañear.

«Maldita seas Victoria Vance», piensa Harper para sí misma.

Victoria lleva tres días en Nueva York, tres días opinando sobre decisiones que hasta el viernes pasado le correspondían a ella.

Sabe que la junta la ha traído para «revolucionar» la revista.

Lo sabe. Pero una parte de ella, la parte que firmó los papeles del divorcio hace años, interpreta cada una de sus correcciones como un juicio personal.

Como si le estuviera diciendo: «¿Ves, Harper? , tampoco sabes hacer esto bien».

Victoria entrelaza las manos y esboza una pequeña sonrisa.

—¿Y bien? ¿Estamos de acuerdo o no?

Solange carraspea sonoramente. Julian, por su parte, se rasca la barbilla con interés, como si estuviera presenciando un choque de trenes en cámara lenta.

—Esto no va a solucionarse de la noche a la mañana —responde Harper.

—Tenemos una fecha de cierre —le recuerda Victoria—. No podemos estar discutiendo eternamente estos puntos de visión.

—No, no podemos. —Harper deja el bolígrafo y entrelaza sus dedos sobre la mesa—.

Vamos a dejar las cosas claras. Si has vuelto pensando que cinco años en Francia te convierten en la reina del criterio, tendremos un problema.

Un problema que habla de respeto hacia el trabajo que ya hay construido aquí.

Victoria endurece la mandíbula. Por un segundo, la coraza se agrieta y se atisba a la mujer con la que compartió cama durante años. Los ojos se le oscurecen.

—Y si tú pretendes que tu experiencia te dé la voz cantante, estás equivocada.

—Basta ya. Por favor.

A todos se les había olvidado que Eleanor Vance estaba sentada frente a ellas. Lleva toda la reunión observándolas con las manos cruzadas sobre su carpeta. Disfrutando de la batalla. Incluso parece entretenida, sobre todo, porque una curva mínima y maquiavélica adorna sus labios.

—¿Habéis terminado ya? —pregunta después.

Harper suspira.

—Yo sí. Por ahora.

Eleanor inclina la cabeza, satisfecha, como si acabara de presenciar un combate de boxeo.

—Excelente. —La mujer carraspea y observa a todo el equipo—.

Hay algo innegable: juntas eleváis la tensión de esta sala a niveles que no veíamos desde 2019.

El problema es que no estáis aplicando esa tensión a lo que verdaderamente importa: La revista.

Y Velvet & Silk no paga vuestros sueldos para alimentar el ego de nadie. Paga por la excelencia.

—Yo no estoy alimentando nada… —empieza a protestar Harper.

Victoria suelta una risita. Harper gira la cabeza hacia ella tan rápido que casi le da un tirón en el cuello.

—Ni se te ocurra reírte.

—No he dicho nada, Brooks.

—Tu cara sí.

—¡Harper! —interviene Eleanor de nuevo, clavándole la mirada—.

Guarda las garras para la competencia. Mañana a las ocho y media de la mañana quiero ver que os habéis puesto de acuerdo con ese boceto del que habláis.

—Eleanor recoge su iPad con parsimonia—.

Y una advertencia para las dos: esta revista sobrevivió al crack del 2008, sobrevivió a la era digital y sobrevivirá a vuestro divorcio.

Si alguna de las dos no es capaz de anteponer el número de otoño a sus rencores personales, le facilitaré una caja para que recoja sus cosas.

La puerta sigue estando en el mismo sitio.

Sin decir más, Eleanor sale de la sala, y Victoria da razón a la conversación que tuvo con su hermano.

Nadie respira durante cinco largos segundos. Julian es el primero en ponerse en pie, recogiendo su equipo a toda velocidad.

—Bueno. Ha sido un verdadero placer. Si no muero de un infarto, mañana nos vemos. Os deseo lo mejor.

Solange mira a Harper con compasión.

—¿Necesitas algo?

—Vete antes de que esto vaya a mayores, Solange.

—Muy bien. Ahí os dejo… tortolitas.

*

A las nueve y veinte de la noche, Harper ha empezado a desarrollar un odio visceral por cualquier gama cromática derivada del verde oliva.

Tiene tres vestidos colgados del perchero central del archivo de vestuario, catorce muestras de seda desparramadas sobre una mesa y una contractura en el trapecio que le va a doler durante días.

El edificio de la avenida Madison está en penumbra. A esta hora, la redacción ha perdido el ritmo frenético del día y solo se escucha el murmullo lejano de la vida que hay más allá.

Victoria lleva casi dos horas al otro lado del vestidor, en silencio, anotando cosas en su libreta de bocetos. No han cruzado más de diez palabras desde las seis de la tarde. Y eso es muy peligroso.

—El esmeralda —dice de pronto Victoria.

Harper levanta la vista del ordenador, parpadeando para enfocar la vista.

—¿Qué?

Victoria señala los dos vestidos con la punta de su pluma.

—El esmeralda. Funciona mejor que el tono tierra que defendías. Tiene más peso.

—Hace dos horas me dijiste que el verde esmeralda parecía un árbol de Navidad fuera de temporada —le recuerda Harper, entornando los ojos—. Insististe, de hecho.

—He cambiado de opinión —comenta Victoria, dándose la vuelta. Sus ojos se cruzan con los de Harper—. No quiero opciones fáciles. La opción cobarde. El verde es peligroso, es rico. Y esta portada necesita un poco de peligro que nos saque de la época.

Harper la observa con desconfianza. El cansancio no es excusa para bajar la guardia.

—Jamás habría imaginado ver que tumbas hasta tu propia opinión.

Victoria se vuelve hacia los percheros, pero Harper está segura de haber visto el temblor de una sonrisa real.

Y, de repente, Harper vuelve a ver los detalles.

La forma en que se engancha un mechón de pelo detrás de la oreja cuando duda…

El pequeño toque que le da con el pie al suelo cuando lee un texto largo…

Los movimientos de sus dedos cuando se quita la chaqueta…

«Maldita memoria fotográfica».

—Podríamos mantener el esmeralda, sí —dice Harper rápidamente, forzándose a mirar los tejidos—, y equilibrarlo con accesorios más… sencillos.

Victoria se acerca despacio.

—Enséñame esa combinación.

Harper junta dos telas sobre la mesa y sus dedos se rozan de manera deliciosa.

—Sí, me gusta —anuncia Victoria.

—Ya llevo dos puntos.

Harper debería alegrarse de que por fin estén de acuerdo en algo. En cambio, siente un nudo opresivo en el estómago. Porque está claro que funcionan. A nivel profesional, juntas son una apisonadora. Y verlo le dan ganas de pegarse un tiro.

—Como ves, no todo el universo gira alrededor de ti, Harper —le comenta Victoria—. Aunque mantengas esa fantasía.

Una sonrisa tonta y traicionera se le escapa a Harper antes de que pueda frenarla.

—Eso mismo me dijiste la noche que nos conocimos en la fiesta de Vogue. ¿Te acuerdas?

—Tengo mejor memoria de la que te gustaría —le responde su exmujer—. Y deberías aplicarte la lección.

Harper se acerca a la mesa y coge la foto de la modelo de prueba.

—Tenemos que elegir cómo vamos a querer la foto de apertura. La que de inicio al reportaje principal.

Victoria se coloca a su lado. Demasiado cerca. Otra vez.

—Me gustaría que sedujera al lector poco a poco, que le dé ganas de pasar la página sin saber muy bien por qué.

—¿Y no te parece que eso lo conseguiremos con algo más llamativo?