Te quiero a ti Capítulo 3
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Capítulo 3

Victoria Vance tiene muy claro que Eleanor Sterling disfruta moviendo a los seres humanos como si fueran peones en un tablero diabólico cuando, a las ocho y doce de la mañana, descubre que su flamante nuevo despacho tiene dos mesas. Y que, además, va a trabajar en el mismo espacio que su exmujer.

—No me jodas.

—¿Te parece mal que haya tomado la iniciativa? —pregunta su jefa, con los brazos cruzados mientras se apoya en el marco de la puerta.

Victoria gira sobre sus tacones para enfrentar su mirada.

—Hay siete despachos vacíos en esta planta —señala Victoria.

—Siete despachos que no necesito ocupar —apunta Eleanor—. Porque lo que quiero es que estéis cerca. Conexión, fricción, chispa y resultados, Victoria. No es mucho pedir ¿verdad?

—No, claro que no —pronuncia Victoria.

—El número de otoño ya va con retraso —sentencia su jefa, dando un golpecito seco sobre la carpeta que hay en el escritorio una vez entra al despacho—. Necesito que tú y Harper encontréis una dirección común antes del viernes a las cinco de la tarde. ¿Está claro? El tiempo corre.

—Mucho, pero no sé si tengo muy claro el método de trabajo.

—Pues como forma parte de mi método, lo único que me importa es que los resultados lleguen —Eleanor sonríe de lado—. Aceptaste volver de París para darle alma a esta revista. Pues bien: haz tu magia.

Eleanor se da la vuelta y se marcha antes de que Victoria pueda añadir palabra, dejándola en silencio mientras se muerde la cara interna de la mejilla.

—Maravilloso —suelta quitándose la chaqueta—. Justo lo que le pedí para mi regreso a Nueva York.

—Al menos ya estamos de acuerdo en algo.

Victoria da un pequeño brinco y gira la cabeza.

Harper Brooks acaba de aparecer en el pasillo. Viste unos pantalones negros de talle alto y una camisa de seda color borgoña que a Victoria le gustaría no haber visto. Porque joder, el tono borgoña le sienta indecentemente bien.

Durante tres segundos eternos, ninguna de las dos dice nada.

—Dime que esto es una broma y que Eleanor no te ha metido en mi despacho —suelta Harper.

—Esa ha sido exactamente mi reacción —responde Victoria—. Y puedes ahorrarte el viaje si vas a quejarte. No dará su brazo a torcer. Ya la quemaremos cuando le demos en la cara con nuestro mejor trabajo.

La respuesta provoca que la comisura izquierda de los labios de Harper se eleve un poco.

Es un conato de sonrisa, pero desaparece antes de asentarse.

Aun así, Victoria experimenta un chispazo de satisfacción en el pecho por haber sido la causante.

Inmediatamente se reprende a sí misma. «Victoria, madura.

No estás aquí para volver a coquetear con tu exmujer.

Estás aquí para dar el mayor paso de tu carrera. »

—En fin, voy a preparar un poco de café y nos ponemos a la obra —comenta Harper—. Hazte un sitio en el despacho.

*

Durante la mañana, Victoria no tarda en notar que los redactores y asistentes fingen trabajar mientras las observan descaradamente por los paneles de cristal.

Cada vez que Harper entra al despacho con muestras de ropa, dos jóvenes de comunicación levantan la cabeza como si fueran suricatos.

Cada vez que Victoria sale a buscar agua, un grupo de estilistas dejan de hablar.

A las diez de la mañana, se da cuenta de que la mitad del personal de Velvet & Silk ya debe de conocer hasta el último detalle de su divorcio.

Decidida a ignorar los murmullos, Victoria se reúne con el equipo de diseño. Revisa tres propuestas de maquetación sobre la mesa central y descarta dos conceptos. La tercera idea tiene posibilidades, pero carece de la audacia que sabe que ambas necesitan para la portada de otoño.

—Necesitamos un punto de riesgo, chicos —comenta Victoria, cruzándose de brazos mientras analiza los bocetos—. Es bonita, sí, pero esto me aburre.

Uno de los diseñadores mira de reojo hacia Harper, que está al fondo del espacio revisando unos figurines. Victoria capta la mirada. Y Harper, por supuesto, también.

—Si estás esperando mi bendición, Leo —dice Harper desde su sitio, sin levantar los ojos de las telas que tiene entre manos—, coincido con Victoria. La tercera opción es la única que me dice algo, y por eso debemos mejorar.

La naturalidad con la que Harper ha respaldado su criterio toma a todo el mundo por sorpresa. Victoria parpadea con cierto asombro, mientras Harper prepara un nuevo argumento.

—Necesitamos un contraste más agresivo —añade Harper, acercándose a la mesa y señalando el boceto con un bolígrafo—. Me gusta la iluminación, pero no siento que cuente una historia de poder. Que tenga esa fuerza.

—Exactamente —interviene Victoria, tomando el relevo—. Mantengamos la paleta de colores y cambiemos el enfoque del vestuario, con más riesgo visual.

El diseñador asiente enérgicamente, aliviado por no haber presenciado una batalla entre ellas.

Durante diez minutos exactos, las dos trabajan codo con codo como si no hubieran pasado cinco años alejadas la una de la otra. Siguen sabiendo cómo piensa la otra. Porque el lenguaje no verbal que construyeron juntas sigue ahí, intacto bajo las cenizas.

A media mañana, Victoria sale a los pasillos para atender una llamada telefónica con un fotógrafo de París. Al terminar, regresa mientras envía un par de mensajes y, al pasar junto al vestidor principal de la zona de estilismo, escucha un par de voces familiares.

—…creo que Eleanor lo está haciendo a propósito —está diciendo Harper. Y suena fatigada—. Estoy segura de que quiere ponerme a prueba para que acabe tirando la toalla y le presente mi dimisión. Me ha metido con mi ex en una jaula como si fuéramos dos gallos de pelea.

—A lo mejor solo quiere que lo hagáis bien.

—No digas tonterías.

Victoria se detiene en seco y se queda escuchándolas.

—Pues entonces no le des el gusto de verte derrotada, Harper —responde Solange—.

Pon tu mejor sonrisa y demuéstrale a esa arpía que la jefa de esta revista eres tú.

No es que odie a Victoria, pero no puedes permitir que venga aquí de nuevas otra vez y dinamite tus sueños.

Has trabajado como una bestia durante cuatro años para conseguir este puesto. ¿Me oyes?

A Victoria se le forma un nudo en la garganta.

«Dinamitar sus sueños».

Jamás se le había pasado por la cabeza su llegada a Nueva York desde esa perspectiva.

—Lo tengo claro —responde Harper, ahora mucho más dura y fría—. Y eso es justo lo que voy a hacer. Nadie va a quitarme lo que me he ganado con mi trabajo. Ni Eleanor.. ni Victoria.

Victoria se obliga a andar antes de que la descubran. Camina hacia el despacho con la rabia recorriendo sus venas. Al entrar en el despacho, encuentra una pila de fotografías de gran formato sobre su mesa. Harper entra unos segundos después y cuelga el bolso en el perchero.

—Julian acaba de mandar las pruebas de imprenta —dice Harper, apartándose un mechón de la cara.

Victoria sujeta la primera fotografía y la examina.

—La opción cuatro está bien.

—Yo preferiría la siete —corrige Harper, acercándose a su escritorio—. La composición geométrica es infinitamente más interesante.

Harper coloca ambas fotografías una al lado de la otra y apoya las palmas de las manos sobre la mesa.

—Podemos buscar una mezcla de ambas, ¿no te parece? —propone Harper, y pone una sonrisa en sus labios.

Victoria baja la vista hacia los dedos de Harper y luego vuelve a subir a sus labios.

—Tú, ¿cediendo ante mi petición? No me lo creo.

—Pues vas a tener que empezar a hacerlo —le responde Harper—. Creo que podría funcionar, tendría mucho sentido visual.

—Muy bien, vamos a diseñar la mezcla de conceptos.

*

Esa misma noche, las maletas de Victoria siguen abiertas de par en par sobre la alfombra de su dormitorio.

Está sentada en el suelo, rodeada de jerséis y vestidos que no ha sido capaz de guardar en los armarios.

Su nuevo apartamento en el Upper East Side es elegante, espacioso y tan magnífico que parece el decorado de una película.

Lo alquiló desde París sin verlo en persona y contrató a una decoradora para que lo amueblara.

Y ahora, en parte lo ve como un error, porque falta mucho de ella entre esas cuatro paredes.

El timbre de la puerta suena, rompiendo la calma.

—Qué raro… No espero a nadie.

Victoria suspira. Al abrir la puerta se encuentra a su hermano Liam Vance, cargado con dos bolsas de comida tailandesa, una botella de tinto y la sonrisa más fresca de Manhattan.

—¡Bienvenida a Nueva York! —le grita Liam.

Su hermano entra a la estancia y deja las bolsas sobre la encimera de la cocina americana y la envuelve en un abrazo.

—Te he echado de menos —murmura Victoria contra su hombro.

—Lo sé. Soy generoso, guapo y adinerado, imposible no echarme de menos —brinda Liam al separarse—. Traigo pad thai, rollitos de primavera y un tinto que está increíble. ¿Cómo han ido las primeras horas de trabajo?

—Mmmm… muy enfocadas en la producción.

Liam entrecierra los ojos.

—¿Solo eso? —Liam busca en la bolsa el sacacorchos—. Porque me he enterado de que tu bienvenida ha incluido un cara a cara de alto voltaje con Harper. Dime que no os habéis tirado los tacones a la cabeza.

Victoria lo mira horrorizada.

—¿Cómo demonios sabes lo de Harper?

—Nueva York tiene más de ocho millones de habitantes, pero en el sector editorial los cotilleos vuelan —Liam descorcha la botella y sirve dos copas.

—Podré sobrellevarlo —asegura Victoria, tomando la copa que él le ofrece—. Estamos profesionalmente centradas en la revista. Nada más.

Liam bebe un sorbo largo, mirándola por encima del cristal.

—Lo mismo dijiste cuando os conocisteis.

—Liam, hablo en serio.

—Victoria, estuve en vuestra boda. Y también estuve presente cuando os divorciasteis. Lo vuestro nunca ha sido estrictamente profesional.

—Gracias por el repaso —espeta ella.

Liam le lanza una servilleta que le da de lleno en el pecho.

—Te fuiste a seis mil kilómetros corriendo como una cobarde para no tener que encontrártela cara a cara. Y ahora que la tienes en el escritorio de enfrente, sigues jugando a lo mismo. No te lo crees ni tú.

Victoria estruja la servilleta en su puño.

—No me fui por cobardía. Me fui porque me ofrecieron un puesto directivo increíble.

—Te ofrecieron el puesto y aceptaste en tres segundos sin pensarlo porque significaba poner un océano de por medio.

La verdad en las palabras de Liam cae sobre el salón. Victoria se da la vuelta y camina hacia el dormitorio, tratando de refugiarse en la tarea de las maletas.

—Si has venido a ayudarme a instalarme, coge una caja —le espeta a su hermano—. Si no, ya puedes irte a tu casa.

—Ya sabes que yo siempre llego con el pack completo.

Liam la sigue al dormitorio. Empieza a sacar camisas de la maleta y las cuelga en el armario sin ningún tipo de orden.

—¡Eh, para! —protesta Victoria, quitándole una prenda de las manos—. Las Camisas blancas van por un lado, agrupadas por tejido y color.

—Madre mía. Cinco años en Francia te han convertido en una neurótica del orden —se burla Liam—. Menudo desperdicio de piso como te dé por huir otra vez.

Victoria se queda con la camisa en el aire.

—No voy a volver a huir —murmura.

—Eso espero, aunque tenga que decirte las cosas claras —comenta Liam y empieza a colocar los jerséis—. En estos años Harper nunca ha dicho ni una sola palabra mala de ti porque, contra todo pronóstico, es una reina con más clase que todos nosotros juntos.

Victoria se gira hacia él bruscamente.

—¿Te sigues hablando con Harper?

Liam se pone tenso al darse cuenta de que se ha delatado.

—A veces.

—¿A veces cuánto? Habla, Liam.

Él suspira, derrotado. Se cruza de brazos y apoya en la cómoda.

—Nos felicitamos los cumpleaños. Nos enviamos memes a veces. Y cuando papá estuvo ingresado el año pasado, me llamó casi todos los días para saber cómo estabas tú al estar tan lejos. Si… todos estábamos bien.

«¿Qué?»

—¿Por qué nunca me dijiste nada?

—Porque no había quien hablara contigo —responde Liam—. Además, no quería hurgar más en la herida.

Victoria se deja caer en el borde de la cama. El peso del viaje, la trampa de Eleanor, estar cerca de Harper…

—Yo no nunca quise destrozarle la vida —confiesa Victoria—. Nunca quise hacerle daño.

Liam se sienta a su lado y le pasa un brazo por los hombros.

—A veces no tenemos malas intenciones, pero lo hacemos igual.

—Ya sabes que las cosas entre nosotras eran… insostenibles. Sentía que yo nunca era suficiente para ella. Que siempre esperaba algo que yo no sabía cómo darle. Y cuanto más me pedía que me abriera, más aterrorizada estaba de decepcionarla. Así que me fui yo primero.

—Una estrategia clásica de Victoria Vance —comenta Liam y la apretuja contra su cuerpo—. Huir antes de que te puedan rechazar. Muy maduro.

Victoria le da un codazo en las costillas. Se levanta de la cama, necesitando moverse para no ponerse a llorar.

—Y ahora mismo, después de encontrarme esto, no sé qué espera de mí en esa oficina.

—Probablemente espera que no arruines la oportunidad de su vida.

—Yo no sabía que ella optaba a la dirección —asegura Victoria—. Eleanor me prometió libertad creativa. No me habló de nada de eso.

—Eleanor es una serpiente con tacones, eso está claro —dice Liam, sirviéndose un poco más de vino—. Le encanta el morbo. Os ha puesto juntas porque sabe que el choque entre dos fuerzas de la naturaleza genera muchas cosas.

Victoria se detiene junto al armario.

—Nos está utilizando —concluye—. Quiere ver qué pasa cuando dos exmujeres que no se han superado tienen que respirar el mismo aire. Y que eso se traslade a la revista. Más que un enfoque estético, parece que esté buscando que se hable de otra cosa.

—Por fin tu brillante cerebro parisino saca conclusiones correctas —celebra Liam—. Bravo.

Victoria le tira un jersey de lana a la cabeza, y Liam lo atrapa en el aire mientras se ríe.

—Solo te digo una cosa, hermanita —añade él, doblando el jersey con sorprendente pericia—. No conviertas a Harper en tu enemiga solo porque te resulta más fácil pelearte con ella que admitir que sigues locamente enamorada de ella.

A Victoria se le corta la respiración.

—Yo no estoy enamorada de nadie.

—Ya, seguro. Te crees que a mí me engañas.

Ella contempla las cajas sin abrir, el piso impersonal y la noche neoyorquina a través de la ventana. E inevitablemente, la imagen de Harper sonriendo en el despacho le llena el pensamiento. Cinco años intentando borrar ese rostro. Y en menos de dos días, Nueva York vuelve a tener nombre de mujer.

—No sé qué voy a hacer —admite Victoria.

Liam le da un beso cariñoso en la sien.

—Por una vez en tu vida, prueba a no salir corriendo al aeropuerto. A ver qué pasa.