Te quiero a ti Capítulo 2
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Capítulo 2

La puerta de la sala de juntas se cierra tras la salida del último miembro del consejo dejando a Victoria Vance en un extraño vacío.

El examen al que la han sometido doce pares de ojos evaluando su currículum —como si sus cinco años triunfando en París pudieran reducirse a unos simples datos— ha llegado a su fin.

Y solo queda Harper.

Victoria sujeta la carpeta negra contra las costillas mientras frente a ella, Harper Brooks recoge sus documentos. Tiene la mandíbula apretada, y se da cuenta de que es la imagen viva de una mujer que intenta contener una horrible tormenta.

Cinco años. Cinco años de intentar olvidar que ahora parecen quedar en nada.

Harper lleva el pelo un par de dedos más largo que cuando compartían cama en Brooklyn; una melena castaña con destellos miel que ahora le enmarca el rostro con ondas mucho más maduras y sofisticadas.

Su estilo también ha evolucionado: el blazer marrón le sienta de muerte y acentúa su cintura. Está… «preciosa».

—Veo que sigues haciendo entradas dramáticas para acaparar los focos —suelta Harper rompiendo el silencio sin levantar un momento la mirada.

Victoria deja la carpeta sobre la mesa y alza la barbilla.

—Me alegra comprobar que tu legendario sentido del humor sigue intacto aun con mi ausencia.

—No todo gira alrededor de ti, Victoria. Por mucho que te guste imaginarlo.

—Esa respuesta también me resulta extrañamente familiar.

Harper suelta una exhalación y eleva el mentón. Un gesto natural y muy suyo.

Victoria sabe que debería frenar. Que la prudencia exige mantener el asunto en un plano estrictamente profesional. Pero Harper la está mirando, y por mucho que lo niegue, le encanta que lo haga de esa manera.

Es arrogante. Hay pasión. Una frialdad que ella misma se va a encargar de destruir.

Victoria rodea la mesa con pasos lentos, como una pantera evaluando a su presa, y apoya ambas manos sobre la madera.

—Y por lo que veo, te has creído la ilusión de que este imperio te pertenece —provoca Victoria mientras esboza una sonrisa—. Prepárate bien, Harper, porque no he cruzado todo el océano para conformarme con las sobras de nadie.

Trabajar para la misma empresa, nunca le había parecido tan peligroso hasta este mismo momento.

Los ojos de Harper se oscurecen de inmediato, dejando atrás la sorpresa. Victoria nota su propio pulso. Sabe que está jugando con fuego, pero la parte más imprudente y temeraria de su ser despierta de golpe ante la chispa de la batalla.

Harper bordea la mesa a su vez y se planta a unos pocos centímetros de ella.

—¿Las sobras? —repite Harper.

—Has oído perfectamente.

—Pensaba que vivir cinco años en la capital de la moda habría refinado un poco tu vocabulario.

—Lo ha hecho. Vaya que sí —replica Victoria reduciendo la distancia entre sus rostros a apenas dos dedos—. Me enseñó a ser dolorosamente precisa.

—Pues alguien en Francia debería haberte advertido de que irrumpir en una redacción donde la gente lleva cuatro años dejándose la piel, la salud y la vida, para llamar «sobras» a su trabajo, no es precisamente una muestra de sofisticación. Es de una prepotencia insufrible.

Victoria se traga la réplica que le quema la lengua.

Cinco años atrás, le habría saltado al cuello sin dudarlo.

Con Harper, el autocontrol siempre fue una quimera.

Porque esa mujer tiene el poder de sacar a la luz a una Victoria temperamental, pasional, que discutía antes de medir las consecuencias. Pero ya no es esa mujer.

O, al menos, eso ha querido creer.

—No estoy despreciando tu esfuerzo ni tu dedicación —aclara Victoria—. Lo que digo es que no he dejado mi puesto en Francia para venir a Nueva York a ocupar un cargo sin más. Si Eleanor Sterling me ha ofrecido esta Co-Dirección, es por una razón importante.

Harper suelta una carcajada.

—Qué alivio. Dormiré mucho más tranquila esta noche.

—No pretendía darte tranquilidad.

—En eso no has cambiado nada. Siempre has tenido un talento descomunal para joderme el día.

Victoria siente un pellizco violento en el diafragma, pero se fuerza a mantener el rostro impenetrable.

—¿De verdad vamos a jugar a esto, Harper?

—¿A qué te refieres?

—A hablar con segundas intenciones, sarcasmos y puñaladas traperas hasta que alguna de las dos pronuncie la palabra «divorcio».

Harper se congela.

Victoria se arrepiente del impacto de la palabra en el mismísimo instante en que la última sílaba abandona sus labios.

Como si pudiera sintetizar en tres sílabas las noches en blanco, las discusiones a gritos en la cocina, los silencios que duraban días y el dolor de ver cómo su hogar se les quedaba grande porque ya no sabían habitarla sin hacerse daño.

Harper es la primera en romper el contacto visual, desviando los ojos hacia los ventanales de la planta cuarenta y dos. La pequeña victoria dialéctica no le aporta a Victoria ni un gramo de satisfacción; solo un regusto amargo.

—No pienso ponerme a debatir sobre nuestro matrimonio en esta sala —afirma Harper.

—Me parece una excelente decisión.

—Ni del motivo exacto por el que cogiste tus maletas y te largaste.

Esta vez, a Victoria le cuesta demasiado responder. La pausa se prolonga varios segundos. Harper vuelve a fijar sus ojos en los suyos, y en esa mirada hay un cóctel indescifrable.

—No tienes ni la menor idea de lo que hablas, Harper.

—Claro que no —le responde su exmujer—. Nunca se te dio especialmente bien compartir tus pensamientos. Siempre fue más fácil para ti levantar un muro o coger un avión antes que sentarte a hablar de lo que sentías.

—Y a ti nunca se te dio bien escuchar nada que no encajara en tu esquema perfecto de las cosas —contraataca Victoria—. Preferías convertir cualquier conversación incómoda en una guerra antes que admitir que podías estar equivocada.

Harper esboza una sonrisa triste, carente de la luz que Victoria recordaba de sus años buenos.

—Ahí está. La Victoria Vance de siempre —masculla Victoria—. La que siempre guarda un argumento de más bajo la manga para justificar cualquier huida.

Victoria rompe la cercanía entre las dos y se dirige hacia el ventanal.

—No tienes ni la más remota idea de la persona en la que me he convertido en estos cinco años.

—Tampoco la tenía cuando estábamos casadas, Victoria. O al menos eso me demostraste.

Victoria nota una oleada de calor en el cuello.

—Lo único que me faltaba es que llegaras tú para robarme el puesto por el que tanto he luchado —le espeta Harper.

Victoria arruga la frente.

—¿Eleanor te prometió la jefatura?

—Eso no es de tu incumbencia.

—Ahora resulta que sí lo es —recalca Victoria—. Si el consejo nos va a obligar a compartir el mando, necesito saber exactamente qué terreno piso y qué promesas se han roto. —Esboza una sonrisa—. Nos guste o no, tenemos seis semanas para hacer nuestro trabajo.

Harper entrecierra los ojos.

—Muy bien, pero ni se te ocurra querer ser mi jefa.

—Tú tampoco serás la mía. Me gustaría que lo tuvieras claro.

—Créeme, lo sé —responde Harper.

—En ese caso, no habrá ningún problema para trabajar juntas —concluye Victoria con frialdad.

—Ninguno en absoluto.

—Perfecto.

—Perfecto.

Harper es la primera en romper el hechizo. Se gira bruscamente hacia la silla donde dejó su bolso, coge su móvil y comprueba la pantalla.

—Tenemos la reunión de presentación con todo el equipo editorial a las once y media. Eleanor quiere que haga los honores.

Victoria consulta su reloj de pulsera.

—Tiempo de sobra para ponernos al día y ser las mejores compañeras de trabajo.

La puerta de la sala se abre de par en par.

Solange Smith irrumpe en la estancia llevando un portatrajes en una mano y dos vasos de café para llevar en la otra.

Se frena en seco al verlas frente a frente, separadas por la mesa.

Su mirada va de Harper a Victoria y de Victoria a Harper como si estuviera viendo un partido de tenis.

—Vaya —suelta sin más—. Menuda sorpresa.

Victoria no puede evitar que una amplia sonrisa asome a sus labios. Solange se acerca a Harper y le entrega uno de los vasos de café.

—Así que vamos a tenerte por aquí rondando, Victoria.

—Ese es el plan. Al menos durante las próximas seis semanas.

—Maravilloso. Nada fomenta tanto la creatividad como trabajar codo con codo con tu exmujer. El ambiente de trabajo ideal —bromea la estilista.

—¿Has terminado ya con el show? —interviene Harper dando un sorbo a su café.

—Todavía me quedan un par de chistes, pero tengo una sesión de fotos en el plató tres en quince minutos y no puedo llegar tarde. Solo quería aligerar el ambiente con un poco de café.

Solange se inclina hacia el oído de Harper y, con un susurro deliberadamente alto para que Victoria lo escuche perfectamente, añade:

—Si necesitas que la atropelle «sin querer», me lo dices. Tengo coartada.

—Lo tendré muy en cuenta, gracias —responde Harper.

—Para eso estamos las mejores amigas.

Con un movimiento dramático, Solange abandona la sala a paso ligero. Victoria contempla la puerta cerrarse.

—Me alegra comprobar que Solange me sigue teniendo el mismo afecto.

—Te adora —ironiza Harper.

—Se nota. Hay cosas que el tiempo no cambia.

Harper termina su café y recoge su carpeta poco después.

—Nos vemos luego. Procura no retrasarte.

Victoria asiente, intentando apaciguar el galope de su corazón.

—Allí estaré.

Harper camina hacia la puerta. Cuando su mano ya está sobre el pomo, Victoria la llama.

—Harper.

Durante un segundo infinito, Victoria no sabe exactamente qué quiere decirle.

Desearía pedirle perdón por haber huido a París.

Decirle lo orgullosa que se siente al ver lo lejos que ha llegado en la revista.

Confesarle que no tenía ni idea de que Eleanor le había hablado del puesto a ella.

Decirle que volver a verla, y tan bien, le gusta.

Pero no dice nada de eso.

—El número de septiembre es maravilloso.

Harper se queda helada. La rigidez de sus facciones se ablanda por un segundo, dejando entrever a la mujer dulce que Victoria amó con locura.

—Lo sé —responde Harper—. Pero… gracias.

Y, sin añadir una palabra más, abre la puerta y desaparece por el pasillo.

Victoria se queda completamente sola en la inmensa sala de juntas y contempla el horizonte de Manhattan.

Cinco años convenciéndose de que marcharse había sido la decisión más madura de su vida.

Cinco años construyendo un muro infranqueable.

Y han bastado menos de quince minutos al lado de su exmujer para que la vida la ponga en el mismo punto de partida.

—De nada, Harper Brooks.