Capítulo 1 #2
El silencio cae en la sala. Harper mira a su alrededor. A la izquierda, a la derecha. Ninguno de los miembros del consejo parece sorprendido. Todos evitan su mirada o asienten. Lo sabían. Todos sabían que ese iba a ser el resultado mientras ella se dejaba la piel trabajando catorce horas diarias.
—Perdón… —habla Harper, forzándose por no temblar—. ¿Una… Co-Directora ?
—Así es —confirma Eleonor.
—Creía que esta reunión se había convocado para formalizar mi ascenso como Editora Jefe.
—Tu ascenso sigue estando sobre la mesa, Harper. Pero es la única respuesta que te puedo dar en este momento.
El sabor que a Harper se le queda en la boca es amargo.
La decepción no viene solo por el puesto prometido, sino por la humillación a la que se siente sometida: le han dejado acariciar el premio con la punta de los dedos mientras por detrás negociaban a sus espaldas para traer a alguien con quien compartir el poder.
—¿Y puedo saber quién es? —exige Harper, cruzándose de brazos.
—Lo sabrás en este preciso instante.
Detrás de Harper, la puerta doble de la sala vuelve a abrirse y le atraviesa un escalofrío.
Al sonido de los tacones, se le une el perfume sutil pero inconfundible a flores blancas, sándalo y ese fondo cálido y limpio que Harper creía haber borrado de su memoria tras cinco años de terapia y trabajo compulsivo.
«No. No puede ser.»
Harper se gira. Y en ese momento, todo a su alrededor se desvanece. La mujer que acaba de cruzar el umbral y se ha detenido junto a la puerta es Victoria Vance.
Su melena oscura y brillante le cae sobre los hombros. Lleva un traje sastre negro de corte impecable que grita «París» a los cuatro vientos, combinado con una blusa de seda en tono crema. Está diferente. Harper no sabría señalar exactamente qué ha cambiado en ella.
Cinco años. Cinco malditos y eternos años desde que cogió un avión rumbo a Francia sin mirar atrás.
En sus fantasías, Harper se ha imaginado la posible escena de su reencuentro un millón de veces.
Ella siempre se mostraba distante, altiva, felizmente indiferente.
Pero la realidad, como de costumbre, es una bofetada humillante.
Porque lo primero que siente Harper al verla no es odio precisamente.
Es un impacto visceral en el centro del pecho que le corta la respiración.
E inmediatamente después, llega la rabia. La bendita, salvadora y ardiente rabia.
—Buenos días a todos —saluda Victoria.
Su voz. Joder, esa voz. La recuerda grave, con ese matiz terciopelado que Harper ha intentado olvidar.
Victoria hace una leve inclinación de cabeza, y entonces, sus ojos se cruzan con los de Harper.
Es solo un segundo. Un pequeño instante. Pero suficiente para que Harper capte una grieta diminuta en la máscara insondable de Victoria Vance. Un destello de sorpresa que desaparece rápido.
Eleanor interviene desde la cabecera con una calma casi obscena.
—Veo que no hacen falta las presentaciones.
Harper no aparta los ojos de su exmujer ni un solo milímetro. La mandíbula le duele de lo fuerte que está apretando los dientes.
—No, Eleanor. No hace falta. Y debo decir que mi exmujer muy competente.
La mitad del consejo de administración ya conocía el dato. La otra mitad disimula con algún carraspeo.
—En vista de vuestra historia y experiencia compartida… —continúa Eleanor sin perder la compostura—, el consejo confía en que sabréis actuar como las dos profesionales excepcionales que sois y separar lo personal de lo laboral.
Victoria da un paso firme hacia la mesa.
—Aunque hubiera estado bien conocer que ella iba a ser mi compañera —apunta la mujer—. Para organizar un poco mejor las cosas…
—A la empresa le interesan los resultados trimestrales, no las viejas rencillas matrimoniales. Tenéis ante vosotras un reto colosal —les advierte la directora a las dos—. Y quiero que lo llevéis a cabo.
Eleanor hace un gesto con la mano y su asistente personal se acerca para deslizar una voluminosa carpeta de proyectos frente a Victoria y otra frente a Harper.
—Tenéis seis semanas para diseñar una edición internacional, fusionando nuestra visión para que el resto de departamentos tengan un empujón. Si el proyecto funciona y los números responden, definiremos el organigrama para nuestra sede.
—¿Y si no funciona? —pregunta Harper, clavando los ojos en Eleanor.
Eleanor regala a la mesa una sonrisa gélida que no le arruga la piel.
—Si no funciona, ninguna de las dos tendrá que preocuparse por compartir despacho. Ni en esta revista ni en ninguna otra filial del grupo.
«Definitivamente», piensa Harper con amargura, «Hoy iba a ser un gran día».
Victoria tira de la silla frente a ella y toma asiento.
Sus piernas quedan separadas apenas por unos centímetros de las de Harper bajo la mesa de nogal.
Harper baja la mirada al documento de la carpeta, obligándose a concentrarse en las palabras clave: « Rebranding global. Sinergia. Campaña de Otoño/Invierno».
Pero su cerebro es incapaz de procesar el texto.
Solo puede rememorar la última conversación que tuvieron en su apartamento de Brooklyn, con las maletas de Victoria junto a la puerta y la lluvia golpeando los cristales.
«Quizá nos estamos haciendo tanto daño porque nos empeñamos en salvar algo que ya está muerto, Harper».
Mientras Eleanor sigue desgranando análisis de mercado y plazos de entrega, Harper comprende la magnitud del desastre.
El puesto de su vida, la meta por la que se ha dejado hasta la salud durante años, acaba de convertirse en un campo de minas.
Una guerra abierta contra la única mujer que ha sido capaz de destrozarle el corazón.